Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 37
71%

Capítulo 37

D ORIAN

Entro y salgo con fuerza del apretado coño de Abbi y me pierdo en sus ruidos, en cómo tira de su labio con sus blancos dientes cuando está cerca o me araña la piel cuando no puede más.

Nunca me ha importado con quién follaba, si eran una o dos.

Me daba igual, solo quería liberarme de mi carga unos instantes.

Pero con ella estoy aquí en cada momento, en cada puto gemido.

Aprieta el sexo y sé que estoy perdido. Me corro con fuerza derramándome en su interior y llenándola con mi semen. Se corre conmigo y disfruto de este momento. Luego me mira y sonríe.

—Buenos días, me muero de hambre. —Me río y tira de mí hasta que la abrazo.

Esto no es real, pero sería genial vivir ocultos del mundo un poco más.

Salgo desnudo de la cama y busco en el móvil qué nos pueden traer de desayuno.

El hotel tiene varias opciones, pero no nos han llamado la atención.

Pedimos un desayuno completo a una cafetería cercana.

No tardan mucho en llamar a nuestra puerta y voy hasta ella desnudo con Abbi gritando a mi espalda si estoy loco.

Abro y el botones me mira directamente la polla.

—Lo sé, es enorme. —Paso el carro y cierro la puerta.

—¡Eres un exhibicionista! —me grita desde el aseo, donde ha entrado a darse una ducha.

—Te encanta cómo soy.

—Ni un poco.

Sale con una bata del hotel puesta y me tira otra a la cara.

—Por si llaman de nuevo para ver tu gran polla. No me gusta compartir —dice sincera y me la pongo sintiendo que a mí tampoco me gustaría que otros la vieran a ella desnuda.

Es algo raro, he tenido sexo en orgías donde ir en pelotas era lo más normal. Pero no me gustaría que ella fuera parte de eso. Ni yo estar ahí ahora.

Prepara su desayuno y disfruta de los cruasanes recién hechos.

—¿Es cierto lo que dicen de que has tenido mucho sexo?

—Sí, mi primera vez fue con catorce años... y siempre necesité más. Cuando me corría, mi mente se quedaba en pausa. Cuando recuerdas todo con tanta facilidad, tener un momento de paz te alivia.

—Te entiendo. Pocos comprenden lo que es tener la presión de que tu mente vaya a tanta velocidad. —Sigue comiendo—. ¿Tu abuelo no se fía de ti?

Sé que lo dice por lo de las pruebas sorpresa que me hace para ver si estoy limpio.

—Mi padre era como yo, superdotado. Y cuando empezó a beber se perdió. Era un alcohólico agresivo.

Me cuesta hablar de este tema. Por eso miro a cualquier parte menos a ella.

—Tal vez la primera vez usó el alcohol para apagar su mente.

—Seguramente —admito, y hasta ahí puedo entenderlo.

—¿Solo te perdiste una vez? —Mi respiración se agita y lo nota, porque me coge la mano y suelta mis puños—. No tienes que responder si no quieres.

—Solo una vez..., una puta vez..., ya te lo dije.

—Sí.

Me pierdo en esa noche, en los pocos recuerdos que tengo de ella, y me levanto agitado a mirar hacia la ciudad desde mi ventana. Se pone a mi lado tomando su café sin presionarme y cuando acaba lo deja en la mesa. Y luego me abraza.

—Mi primera experiencia sexual fue con quince años.

Sentía mucha curiosidad por el sexo. Quería saber si era real o si los libros contaban mentiras.

El porno me ponía, pero siempre lo vi algo masculino.

La mujer nunca disfrutaba y quise hacer un estudio.

—La puedo imaginar tomando notas de cómo meterla bien.

—¿Hiciste apuntes previos? —Quiero saber si lo que imagino es real.

—¿Por quién me tomas? —Me río y eso me relaja—.

Lo tenía todo calculado y sabía cómo podía hacer que llegaran a mi punto G.

Solo me faltaba un sujeto de prueba. Como era verano y viajaba con el circo, parecía fácil.

Solo tenía que ir a un bar y seducir a alguien.

Encontré a uno y salió corriendo cuando le dije cómo hacerlo bien.

—Solo a ti se te ocurre.

—Ya, lo sé, pero un equilibrista del circo sabía que yo estaba sintiendo esa curiosidad y me propuso ayudarme.

Para mí era solo experimental... y lo hicimos como yo quería.

La primera vez... fue una mierda. Y luego quiso chantajearme para no contar a nadie nada.

Pero se fue. —Se queda callada—. Al verano siguiente regresó y me acosaba desde las sombras mientras me cambiaba.

—Hago cálculos y me pregunto si por eso dejó de bailar—.

Me hacía sentir un objeto. Me decía que estaba muy buena, que quería volver a tocarme, y cuando lo ignoraba me decía —toco su espalda— que se corría pensando en mí.

No me tocó, solo me miraba, pero me hacía sentir sucia.

—No hace falta que me diga que por eso dejó de actuar allí.

Lo sé y si tuviera delante a ese imbécil lo mataría y saberlo me hace volver a ese momento en que vi morir a mi padre y deseé su muerte.

Tal vez solo sea un monstruo—. Se lo dije a mi madre cuando me vio los brazos llenos de marcas —le paso los dedos por las marcas—, y lo echaron.

Estaba asqueada y quería quitarme su recuerdo, así que busqué a otro para tener sexo.

Y cuando me tenía que venir la regla no llegaba.

Al final solo era un susto, pero me aterré mucho y mi madre sugirió que tomara la píldora si eso me relajaba porque sabía que mi curiosidad sexual no acabaría ahí.

Pero el sexo nunca me ha satisfecho del todo.

Y no se lo contaba a nadie por qué a veces me escondía o me costaba dejarme llevar. Porque lo que pasó fue...

—Humillante, ¿no?

—Muy humillante. Desde entonces solo me dejo llevar y no busco mi punto G, ni ninguno. Solo espero estar con alguien que por un momento me haga olvidarme de todo. Pero pocos entienden lo rápido que va mi mente.

—Búscalos conmigo —le digo y la beso antes de ir hasta la cama y quitarme el albornoz—. Vamos, disfruta de tu curiosidad con alguien a quien le encanta que lo uses como sujeto científico.

Se ríe, se muerde el labio y luego se acerca hasta la cama.

—Contigo ya sé que va a funcionar, pero me encanta tenerte a mis pies.

—Ya te lo dije, soy tuyo...

—Hasta que salgamos de la oscuridad y te debas a tu abuelo. —No lo desmiento; como Eros, yo también tengo una responsabilidad familiar y si alguien se enterase de esto no la matarían, pero Idelia sí iría a por ella.

Espero y casi puedo ver cómo trabaja su mente.

No lleva maquillaje y cuando se quita el albornoz sé que tampoco lo necesita.

Es jodidamente preciosa. Con un cuerpo con curvas bien definidas.

Y odio que alguien le hiciera daño y por eso se cubra, porque sé que es por eso que usa ropas anchas.

Algo así, a tan tierna edad, te marca. A mí me pasó con lo de mi padre.

Era un niño, pero lo que viví ha condicionado el camino de quien soy ahora.

Si aun cubriéndose es preciosa, si no lo hiciera Idelia tendría una clara competencia.

Por eso la odia tanto, porque ella ha tenido que gastarse una pasta para tener el cuerpo y la cara que diseñó, y Abbi, no.

No veo mal que la gente se opere, pero, como con todas las adicciones, hay que saber parar e Idelia no sabe.

La envidia la corroe por dentro y la hace desear siempre ser la más hermosa.

Abbi no necesita nada para serlo, solo ser ella misma.

Se sube a la cama y se sienta apoyada en sus rodillas. Se muerde el labio y bajo la mirada por su cuello, donde tiene rojeces de mis besos. También en sus pechos. Se le ponen duros los pezones por cómo la contemplo.

—Para, no me dejas pensar. —Me pongo las manos bajo la cabeza.

—No estoy haciendo nada.

—Me miras como si quisieras devorarme entera.

—Es que quiero. Me encanta cómo te corres en mi boca.

—¿Ves? Así me olvido de todas mis notas.

—¿Y si solo te dejas llevar y haces lo que te apetezca? Conmigo siempre lo haces y dices lo primero que se te pasa por la cabeza.

—No me lo recuerdes. Seguro que al principio pensaste que era idiota...

—No, pensé que eras como un chorro de aire fresco. —Su mirada se dulcifica—. Gracias —alza una ceja— por no rendirte conmigo. —Le acaricio lánguidamente la mejilla.

Sus ojos brillan de emoción por mis palabras y siento latir en mi pecho algo que se expande.

—Sabía que tú me entendías y yo a ti. —Se acerca y me besa dulcemente hasta que el beso se nos va de las manos y gime en mi boca.

Se separa y me quedo quieto, a la espera de que se decida. De cederle el control de todo mi cuerpo. Se debate entre seguir sin unas reglas o pensar su siguiente movimiento.

—A la mierda. —Gatea hasta mí y me cuesta mucho quedarme quieto cuando la tengo desnuda y lista para mí—. Me gusta eso de correrme en tu boca.

Pasa una pierna y veo su trasero y su coño perlado sobre mi cara. Madre mía, esta mujer va a matarme. Me gusta que sea tan directa, tan sincera, que diga lo que quiere. Lo que piensa. Que no se quede quieta mientras yo tengo que hacerlo todo. A mí me fascina su mente curiosa.

Pongo las manos en sus caderas y ella se apoya en mi torso.

Baja y le cuelo la lengua hasta el fondo tras abrirle bien su trasero para meter mi cara dentro.

Su sabor me encanta y más los gritos que emite.

Abro más su sexo y me doy un festín con ella mientras se inclina hacia delante.

Devoro su tierna carne y separo sus labios vaginales para no dejarme nada por explorar.

Le muerdo el clítoris levemente y creo que va a correrse cuando siento su lengua pasar sobre mi glande. Y sin previo aviso baja la boca y se mete mi polla hasta el fondo.

Madre mía.

La como mientras ella me devora a mí. Sube y baja mientras su sexo se perla más de sus jugos, de lo mucho que le excita esta postura. Es todo tan real que dudo que pueda conformarme con menos que esto. Ella no finge conmigo, solo siente.

Meto los dedos dentro mientras le lamo el clítoris.

—Gíralos un poco a la derecha..., a la izquierda, un poco más hondo... ¡Joder! —Lo hago y noto cómo se retuerce—. ¡Sí! Sabía que ahí estaba mi punto G.

Me río y froto su punto G, un punto reservado para mí.

—Me encanta comerte el coño. —Se excita, le gustan mis palabras guarras —. ¿Y a ti comerme la polla?

—Mucho..., es tan grande y gorda...

—Joder.

Casi me voy por sus palabras. Seguimos dándonos placer al otro hasta que no puedo más y me dejo ir en su boca tras avisarla y ella no parar. Ella se corre en la mía y luego se tira a la cama y se abraza a mi cuerpo.

—Vamos a dormir. —La acerco a mi pecho y sigo sin tener ganas de marcharme de este lugar.

Como si fuera nuestro Kit Kat de quienes somos en verdad. Nos tapo y caemos dormidos.