Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

A BBI

—Quiero dos hamburguesas con queso.

—¿Dos? —dice Dorian divertido mientras paso sobre él para pedir mi comida. Estamos en su coche y vamos a comer en el hotel, pero hamburguesas.

Parece más relajado, como si no pensara en nada más que en estar en este lugar conmigo, y me encanta. Cuando lo vi en aquel sitio, tan relajado y hasta feliz, me gustó, me gustó ser parte de esa felicidad.

—¿Algún problema, diosito?

—Ninguno, becada, para lo que tengo en mente mejor que estés fuerte. —Me muerdo el labio recordando el pedazo de polvo en las escaleras de emergencia.

Se nos fue de las manos, pero eran muchos días deseando esto. Deseo tanto a Dorian que me duele.

—Dos raciones de patatas y un helado —digo.

—Sí, buena idea, se me ocurren muchas cosas que hacer con ese helado.

Me sonrojo, y más cuando oímos la risita de la que está tomando nota. Pasamos a la siguiente cabina. No dejan de mirarnos. Y me da igual. No soy nada para esta gente.

Nos dan la comida y huele tan bien que paramos en el aparcamiento y nos lo comemos.

Está buenísima y gimo con cada bocado. Dorian me mira divertido.

Parece otro, más tranquilo. Como si por un momento hubiera olvidado quién es o quién debe ser.

Y yo también. Me encantó ese lugar al que me llevó y me recordó lo feliz que era con mi familia materna y la gente del circo.

Lo feliz que era sin el peso de tener que aprobar para poder librar de la cárcel a mi abuelo Hadrian.

Me acerco a besarlo y me sigue el beso. Cuando me separo, jadeamos.

Sigo comiendo y me tiro llena sobre el asiento.

—Y yo que creía que no te podías meter eso...

—Ahora mismo estoy pensando en meterme otra cosa más dura y larga en el hotel.

—Joder, Abbi, si dices esas cosas mando a la mierda todo.

Me río.

—Sé que esto no es real. —Deja de guardar las cosas—. Lo que quiero decir es que cuando volvamos tú seguirás siendo un dios intocable del Olimpo y yo una simple semimortal.

—Lo del mito de Psique y Eros se te ha subido a la cabeza

—Lo digo en serio. Yo soy hija de una mujer mortal. —Se ríe—. Y tu Afrodita quiere que me destruyas. Solo hay que ver cómo me miró en el gimnasio y cómo te trata.

—Vale, dejando a Idelia y sus movidas a un lado..., intuyo que tu padre era rico.

—Lo es, sí, tiene dinero, pero para él nunca fui importante.

Y, aunque no debería, duele. Pero nunca lo admitiré.

—Tal vez tu fin sea demostrarle que puedes conseguir estar en su mundo a pesar de él.

—Tal vez... Nunca quiero pensar en él. Enamoró a mi madre con un fin. Ella solo tenía dieciocho años y la engañó. Cuando mi madre no quiso seguir sus condiciones, la dejó y se casó con otra...

—Bueno, mi madre cobró una gran suma de dinero y me dejó a vivir con mi abuelo. Me manda postales de vez en cuando, pero no sé mucho de ella.

—¿Las lees?

—No, eligió el dinero por encima de mí y no tengo por qué perder mi tiempo leyendo las tonterías que quiera decirme para tener en paz su alma.

—¿Tú habrías elegido el amor por encima del dinero?

—No lo sé. Cuando murió mi padre, algo cambió en mí, Abbi. Ahora estoy contigo y me gusta estar aquí, pero no es real. No soy así. No sé ser esta persona todo el tiempo.

Lo deja claro, lo sé, pero duele. Aun así, lo entiendo porque siento que él nunca ha recibido amor. No como yo, que tuve un montón. Aparto los restos de la comida y me siento a horcajadas sobre él. Lo abrazo con fuerza y me devuelve el abrazo.

—Este fin de semana eres todo mío.

—Soy tuyo.

Acepta y regreso a mi asiento. Conduce hasta el hotel y subimos juntos a la habitación.

Dejamos lo que nos ha sobrado en la mesa y me quito la ropa de camino a la ducha.

Dorian hace lo mismo y cuando entro en la ducha me sigue gloriosamente desnudo.

Madre mía, lo de los dioses es broma, pero es que él bien podría serlo.

Busca mi boca y me besa mientras el agua riega nuestros cuerpos. Toco su cuerpo y él el mío. Nos damos el jabón sintiendo que, como no entre dentro de mí, voy a morir de puro placer.

—Túmbate en la cama —me pide tras secarnos.

Lo hago a mi modo. Camino desnuda a cuatro patas de forma seductora sin dejar de mirarlo y de ver cómo su polla me mira, cada vez más gorda.

Coge el helado, ya algo derretido, y lo deja caer sobre mi trasero haciendo que se deslice por mi culo hasta mi sexo.

El frío hace que me recorra un escalofrío antes de sentir cómo me caliento.

—A mí también se me da bien jugar a esto, becada. —Echa el resto del helado y de nuevo el frío me enciende.

Coge mi culo entre sus manos y me guía hasta el borde de la cama. Luego mete su cabeza entre mis piernas y me lame todo el helado.

¡Joder!

Aprieto las sábanas con las manos. Gimo mientras siento su lengua moverse adelante y atrás. Sabe lo que hace, sabe dónde lamer para que suplique, para transportarme a una espiral de pasión. Me abre el trasero con las manos y luego me lame ahí también y de vuelta hasta mi clítoris.

Se da un festín con mi sexo hasta que casi me corro una y otra vez.

—No sin mí dentro.

—¿Tienes condones?

—Mierda... —Me mete un par de dedos hasta el fondo.

—Tomo la píldora y..., bueno, hace años que no estoy con nadie.

—Eso no lo esperaba porque se nota que te gusta el sexo.

—Mucho, pero no la gente que elegí para tenerlo. —Mete y saca los dedos con fuerza.

—A mí me hicieron un análisis hace poco porque mi abuelo tiene la puta manía de comprobar cada poco tiempo, por sorpresa, que no me meto nada. —Introduce un dedo más y los mueve más hondo—. ¿Estás segura?

—¡Sí!

No se lo piensa más y me la mete hasta el fondo dejando claro que a pesar de todo confiamos en el otro. Pone sus manos en mis caderas y se agacha hasta besarme en el cuello. Nos quedamos quietos sintiéndonos piel con piel.

Sale y deja su polla en la entrada. Giro la cabeza y veo su mirada maliciosa sabiendo que me mata que no vaya más rápido. Me coge el culo con sus manos y luego entra con fuerza. Grito por la impresión de sentirlo tan hondo.

Lo siento como nunca he sentido a nadie. El sexo, para mí, siempre fue el deseo de sentir todo esto. De sentirme en este lugar sin pensar en nada más que lo que estoy viviendo.

Sale y entra más fuerte. Más duro, más guarro. Me encanta que me folle sin miedo a romperme.

Toca el centro de mi trasero y presiona con un dedo.

—Pienso en follarte por todas partes. —Presiona un poco más y ahora mismo le dejaría hacerme cualquier cosa—. Me encanta ver cómo mi polla se pierde dentro de tu apretado coño. Estás chorreando..., joder...

Gruñe y sus palabras me excitan.

Se mueve más fuerte, más hondo. Escucho nuestros cuerpos chocar el uno contra el otro buscando alivio.

Se acerca y me besa el cuello. Me muerde la piel y la chupa mientras yo aprieto con fuerza los puños contra la sábana. Luego se aparta y me tira del pelo para que lo mire.

—No te imaginas la imagen tan increíble que tengo ahora mismo de ti. ¿Más duro?

—Por supuesto.

Entra y sale de mí con más y más fuerza. No deja de hacerlo hasta que se corre dentro de mí. Lo hace antes de que pueda correrme y protesto. Lo miro y parece satisfecho. Luego pasa los dedos por mi sexo perlado por su semen y mis jugos, y los mete dentro.

—Quería verlo así, mojado por mí.

Su mirada es oscura cuando lo contemplo sobre mi hombro mientras mete y saca los dedos de mi sexo y mueve su pulgar sobre mi clítoris mientras no deja de mirarme. Cuando me corro lo hago con fuerza y caigo sobre la cama, agotada.

—Vamos a la ducha.

—No puedo moverme. Me rindo. Has ganado. Eres el mejor jodiendo a la gente. —Se ríe por mi juego de palabras y hace algo que no espero.

Me coge en brazos y me lleva a la ducha con ternura. Cuando me ayuda a enjabonarme sé que puedo enamorarme de esta versión de él.

Tengo miedo.

¿Tan malo sería contarle la verdad?

Le he confiado mi cuerpo, aunque siento que mi alma no puedo. Pero cuando me clava sus ojos aguamarina sé que lo tengo muy jodido. Dorian está ligado a mí... El destino tiene una forma retorcida de ponerte delante a quien no puedes desear y a la vez lo deseas más que nada en el mundo.