Capítulo 35
D ORIAN
Llega el final de noviembre y nada de novatadas.
Idelia dice que ella sabe qué movimiento dar.
Que confiemos en ella. Pero yo no confío en ella.
Es sádica y retorcida. De vez en cuando pillo a Abbi mirándome y me pregunto si debería contarle la verdad.
¿Pero qué verdad? ¿Que me intriga? ¿Que mi vida es una mierda?
¿Que mi abuelo me tiene cogido por los huevos?
¿Que por primera vez no pienso solo en mí mismo y la quiero proteger y eso me asusta mucho?
No sé si merece la pena arriesgarlo todo por ella.
Ahora estoy de paseo por la ciudad. Necesitaba escapar de todos, sobre todo de Idelia. Fuimos el otro día a una fiesta con nuestras familias y de nuevo han dado por hecho que somos pareja y ella ha sonreído dejando claro que tal vez.
Hasta hace poco, este era todo el mundo que conocía. Pero ahora me pregunto si no puedo merecer algo más. Noto cómo me tiembla la mano por la ansiedad y por las palabras de mi abuelo, que siempre me han recordado que sin él no valgo para nada. De hecho, ya lo intenté y todo salió mal... Muy mal.
Alzo la mirada y veo a Abbi mirando un escaparate. Lleva un gorro y una bufanda de color azul celeste. Pero la reconocería en cualquier parte. Y me pregunto si soy un poco como Eros, que vivió a oscuras su amor con Psique sin que eso impidiera que se encontraran el uno al otro.
Alza la cabeza y me ve. Estoy perdido. No puedo huir. En este lugar solo somos ella y yo. Aquí no me valen las excusas para no dejarme llevar y terminar de acortar esta distancia que nos separa.
Sobre todo, cuando me mira como si se alegrara de verdad de verme. De tenerme cerca. Como si estar a su lado la hiciera sentir bien.
—Hola —le digo al llegar a ella—. ¿Escapando del internado?
—Sí, era eso o volverme loca. —Miro su brazo y me pregunto si se sigue lastimando con las uñas. Yo sé lo que es eso. Tener tanta ansiedad que te pican los brazos y no puedes evitar rascarte.
—Yo... —Miro su pelo corto.
—¿Tuviste algo que ver? —Sus ojos marrones buscan la verdad en los míos y se toca el cabello.
—No —le digo sincero.
—Entonces no me expliques lo que ya sé. No soy tonta para no saber que Idelia se cree que eres de su propiedad y le gusta marcar territorio.
Lo lleva haciendo desde que llegué y esto solo es una de sus ideas descabelladas para anularme.
Además, vi tu cara antes de que llegaran, querías sacarme de allí.
Aunque ella me dijo que tú me mandabas ese mensaje, no la creí.
—Mira hacia el escaparate: es una librería.
Idelia no me contó nada de eso y odio que usara mi nombre para ello.
Pero Abbi no la creyó y es raro saber que, a pesar de todo, confió en mí.
¿Por qué? Si yo solo soy un capullo que la lleva ignorando todo este tiempo.
Ella no ha parado de trazar un puente entre los dos desde que nos conocimos.
Me ha esperado al otro lado sin prisas. Sin presionarme y sin hacerme sentir mal por necesitar más tiempo, como ahora.
Cuando me mira no hay distancia entre los dos. Depende de mí dejarme llevar y aceptar lo que me ofrece.
—¿Me regalas un libro y yo a ti otro? —Y así, sin más, me mete en su mundo de nuevo sin esperar miles de excusas.
Es raro. Y algo me hace desconfiar. ¿Y si ella no es quien dice ser y me está usando? No, imposible, lo notaría. Ella es... especial. Y siento, al mirarla, que me entiende. Que entiende mi soledad.
Por eso decido dejar de luchar y acepto.
Entramos y se quita el gorro. Tiene el pelo tan corto que odio que eso fuera así por celos. Le queda bien porque ella es preciosa y eso es lo que jode a Idelia.
—¿Qué te hizo?
—Chicles, me pegaron chicles en el pelo mientras estaba atada.
Las veía masticar a ella y a sus amigas y me los iban pegando uno a uno.
Metí el pelo en hielo y vinagre, todos los remedios en la red...
, pero no salió todo. Con los de más arriba me pude hacer capas y por suerte se quitaron mejor.
Pero los de abajo no había forma de quitarlos y tanto yo como mis compañeras estábamos cansadas del proceso y opté por cortar.
Y, bueno, ahora he dejado de ser una sirena de largos cabellos.
—En el fondo siempre fuiste Psique, la hermosa mujer con alas de mariposa.
—Tal vez. Entonces solo me falta mi Eros. —Sonríe y mira las filas de libros—. Búscame un libro y yo a ti otro que crea que te puede gustar.
Me muevo por entre las estanterías y cuando me mira me sonríe como si no pasara nada.
Me intriga. Es raro que alguien no se quiebre ante tal crueldad.
Lo que le hizo Idelia fue denunciable. Y solo de imaginarla arrodillada con Idelia jugando con ella me dan ganas de mandar todo a la mierda y enfrentarme a mi abuelo.
No lo haré, claro. Porque no puedo. Me tiene cogido por los huevos...
Era más fácil vivir cuando solo tenía que dejarme llevar. Me pregunto si fue eso lo que sintió Eros cuando tuvo que ir contra los suyos por una mujer. Es fácil dejarse llevar porque ir contra corriente puede salir caro y yo lo sé bien.
Cojo varios libros y veo uno de Mario Benedetti que ya tengo. Uno que no he entendido nunca, pero que abro para leer algo al azar:
Te veo todos los días y, aunque mi corazón anhele ser parte de tu felicidad, solo puedo agradecer que estés bien, aunque no sea conmigo.
Se me encoge el pecho al sentir estas palabras como mías. Al sentir que eso es justo lo que siento. No había entendido un alma como la de este autor porque nadie, en toda mi vida, me había hablado con cariño.
Alzo la mirada y veo a Abbi mirar varios libros. Cuando me pilla contemplándola alza la cabeza y sonríe. Lo hace como si mirarnos fuera algo mágico. Cierro el libro y lo dejo en su sitio, pero sé que volveré al ejemplar que tengo.
Compro un libro de mitología nórdica y otro de mitología griega. Al salir los llevo tras la espalda y me mira a la espera de que se los dé.
—No te los voy a dar aún.
—¿En serio?
—En serio. Quiero marcarte mis partes favoritas. Son libros que leía de niño.
—Vaya, ¿no me puedes enseñar cuáles son? —Dudo, pero los saco de detrás de mi espalda y su mirada se agranda y se muerde ese labio que me encantaría volver a morder—. Los he leído.
—De ahí que me los lleve y anote cosas. —Se ríe y saca el suyo.
Es de magia con monedas o, como también se llama, «numismagia».
—¿Lo has leído?
—Ese en concreto, no.
—Vale, pero mejor me lo llevo y te anoto cosas que me enseñó el abuelo o mi regalo, al lado del tuyo, será una mierda.
—No lo sería, Abbi. —Se sorprende porque use su nombre—. Digo, becada. —Se ríe.
—Sin notas es un libro más, pero con mis notas será único e irreemplazable.
Lo guarda en su gran bolso. Andamos hasta mi coche y lo abro. No quiero que termine este momento. Estoy cansado de nadar a contracorriente. Me gusta estar con ella.
—Vamos a ir a un lugar que te gustará.
—«Vamos a ir». Das por hecho que voy a confiar en ti sin más. —Esto lo dice yendo hacia el lado del copiloto—. En verdad pensaba ir de todos modos. Estar a tu lado es como cuando me juego la vida en el bordillo. No pienso en otra cosa, salvo en sobrevivir.
—No sé bien dónde me deja eso. —Se ríe y entra al coche.
Lo pongo en marcha y me pregunto si sé lo que estoy haciendo. En verdad no lo sé, pero necesito escapar y no pensar en nada, y donde vamos bien poco importa quién eres.
Aparcamos fuera de una nave. Abbi sale mirando los coches y las motos de nuestro alrededor.
—Y yo que pensaba que íbamos a un sitio pijo. —No parece para nada desilusionada de que nuestro alrededor parezca tan sencillo.
Va hasta una escultura hecha de alambres, hace varias fotos y veo cómo las manda.
Luego me mira con el móvil en alto y duda antes de hacerme varias fotos.
Me han hecho millones de fotos, pero nunca me he sentido tan expuesto en una de ellas.
Tal vez porque ninguna de las personas que había tras el objetivo era ella.
Andamos hasta dentro y nos piden los móviles y las llaves del coche. Abbi me mira extrañada y más cuando dejo mis cosas sin problema. Hace lo mismo, pero veo en sus ojos el miedo a que esto sea una trampa.
—Confía en mí..., al menos hoy —le digo al oído y es un gran error porque su perfume me recuerda lo que fue besarla y hacer que se corriera con fuerza entre mis dedos.
Solo de pensarlo se me pone dura y ando incómodo hasta dentro. Abro la puerta y se queda petrificada.
En este lugar hay un poco de todo. Zonas para el patinete. Zonas de baile. Al fondo, una zona de escalada. También una donde hacen equilibrios. Y, al final, una zona de música para bailar y beber... cócteles sin alcohol.
Dejamos las chaquetas en el ropero y sigo a Abbi por este lugar.
Por cómo mira todo sé que le gusta mucho lo que ve.
Va hasta la zona de equilibristas, como imaginaba, y pide permiso para subirse a la barra.
Le dicen que claro. Se quita las botas y se queda solo con los leggings y una sudadera ancha, que parece un vestido.
Sube con maestría y anda por la barra como si fuera fácil.
Da varios giros y saltos y la miro embobado.
Ella ha nacido en este mundillo y sabía que estar aquí le recordaría a su hogar.
Al acabar hay varias personas mirando y cuando alza los brazos le aplauden.
Los ojos de Abbi se clavan en mí. Hay tanto brillo en su mirada que odio cada instante de felicidad que el internado le ha robado.
Lo del pelo le ha hecho daño y no por habérselo tenido que cortar.
Está preciosa con el pelo por los hombros. Es más por la humillación.
Al acabar se baja y viene hasta mí agitada. Parece recién follada y eso me pone mucho, la verdad, porque la imagino así después de haber entrado en ella con fuerza. Se apoya en mis piernas. Y se me acerca al oído.
—Este lugar es increíble. Gracias. —Su aliento me acaricia. Se ha acercado porque hay mucho ruido en esta parte.
—Pues hay muchas más cosas que seguro que te gustará explorar.
—¿No te vas a aburrir?
—No.