Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

A BBI

Llevo todo el fin de semana nerviosa esperando las novatadas.

Esta espera va a acabar conmigo. No paro de rascarme el brazo y no es porque me pique, es por los nervios.

Tengo heridas y todo, y es horrible. Estoy estudiando mucho, pero la espera me mata.

Y sé que lo saben, que saben que la ansiedad nos destroza más que una putada.

De las putadas te repones y sigues, la ansiedad te reconcome hasta no dejarte respirar.

Entro a clase y siento los ojos de Dorian puestos en mí.

No lo miro porque no sé si podré evitar que el resto note lo que me hace sentir solo una mirada suya, ahora que hemos tenido ese encuentro más sexual.

Voy hasta mi sitio y saco mis cosas. La clase empieza y no dejo de sentir su mirada.

La piel se me pone de gallina y recuerda el tacto caliente de sus dedos.

Aprieto las piernas y me centro en todo menos en él, y así lo hago una clase tras otra hasta irme a la biblioteca y perderme en las últimas filas, las más alejadas y solitarias, para hacer inventario de los libros que hay en ella.

Volví a recoger a mis amigos. No habían dormido y siguieron la fiesta en el coche.

Al parecer, Marvin se acostó con alguien que no quiere decir.

Sentí algo raro al saber que parecía interesado en mí y de golpe estaba hablando de su misteriosa chica como si nada.

Es cierto que me da igual, pero me hace desconfiar.

Y todo por culpa de Dorian y su gran bocaza.

Cojo varios libros y anoto sus títulos en el ordenador. Siento que alguien me observa, giro la cabeza y veo a Dorian apoyado en la estantería. Me mira fijamente. Serio, muy serio. Los latidos se me aceleran. Y aquí soy incapaz de ocultar lo mucho que me gusta tenerlo cerca.

—¿Qué haces aquí?

—Ni idea. —Coge un libro al azar, lo hojea y pone mala cara—. Es aburrido.

Lo deja y coge otro. Sigo con mi trabajo sin perderlo de vista y sintiendo algo crecer en mi pecho.

Sobre todo, por sus caras de enfado o su mirada perdida.

Dorian está muy roto y tal vez muy solo.

A veces me deja ver esta parte de él y lo entiendo; yo me he sentido así muchas veces, pero yo tenía a alguien. Siento que él siempre ha estado solo.

—¿Sabes lo que es tener memoria fotográfica? —me pregunta.

—Intuyo que sabes que de tonta no tengo un pelo —bromeo y se me acerca. Me pasa sus dedos por la mejilla. Su contacto me quema y me hace ansiar más. No esta leve caricia que parece el revoloteo de una mariposa sobre mi piel.

—Recuerdo cada instante de esa noche. Y es una mierda. Porque quiero volver a ella.

Mi estómago da un vuelco ante su confesión y mi sexo se contrae al recordar lo que sentí cuando me tocó justo ahí.

—Bueno, si tienes tanta memoria puedes volver a ella una y otra vez.

—No es lo mismo, joder. —Se revuelve el pelo, agitado, y se apoya de nuevo en la estantería que da a la pared.

Parece perdido, inquieto, nervioso, por eso le digo que me ayude.

Y lo hace. Se quita la cazadora de cuero y se arremanga la sudadera; ninguno de los dos va con el uniforme al estar fuera del horario escolar.

No mirarle las manos y los antebrazos me cuesta mucho.

Sus dedos me recuerdan lo bien que los sentí dentro de mí.

No lo hago porque creo que necesita algo lejos del sexo. Algo lejos del placer.

Voy diciéndole títulos y los va metiendo en el ordenador. Cuando suena mi alarma del móvil para acabar la jornada nos miramos agitados.

—Podemos ser amigos.

—No tengo de eso.

—Bueno —me acerco y le saco de la oreja la moneda—, siempre hay una primera vez para todo. Y yo me he esforzado mucho por que volvieras a mí. Merezco que al menos lo intentes.

Pongo la moneda delante de sus ojos y pasa la mano por ella.

Luego la hace desaparecer entre sus dedos.

Es muy rápido. Y muy bueno. Cuando se aleja, no sé dónde cojones ha metido la moneda, pero sé que la llevo encima.

La busco y está en el bolsillo trasero de mi vaquero.

Pero ¿cómo narices me ha engañado hasta ese punto?

¡Dorian Wilson no puede ser mejor que yo!

Lo que me recuerda que mi libertad depende de que lo haga en los estudios.

No podemos ser amigos..., pero me marcho a mi cuarto girando la moneda y pensando en cómo sorprenderlo la próxima vez. Por un momento me permito ser solo una estudiante más, sin una carga demasiado pesada. Que siente mariposas por el chico más increíble de toda la universidad.

Por un segundo solo soy Abbi, sin más. Y me encanta.

Al día siguiente, Dorian llega antes que yo donde nos vimos ayer, en la biblioteca.

Yo creo que ha entrado por otra puerta, porque si no, ayer Marvin me hubiera preguntado por ello.

Hay que tener en cuenta que esta mansión era de su familia y que usaron el dinero de la mía para remodelarla.

Si alguien se sabe todos los secretos de este lugar es Dorian.

Lo miro de reojo mientras trabajo. Saber que lo tengo cerca me altera y me hace desear perderme en él.

Pero siento que ahora mismo, si cruzo los límites, perderé esto que tengo con él y que me importa más que el deseo que siento cuando me toca.

El problema es que el sexo es solo un intercambio momentáneo.

Necesitarlo en mi vida es más aterrador.

—Me encanta el algodón de azúcar —le digo tras traer un par de cafés muy malos de la máquina. Él se toma el suyo sin quejarse.

—A mí no me gusta mucho lo dulce —admite—. Pero la menta, sí. De vez en cuando masco chicles de menta.

—Por eso sabes a menta. —Sonríe.

—¿Ganas de probarme de nuevo, becada?

—En tus sueños. —Nos miramos y ambos sabemos que miento.

Oímos pasos y pienso que vienen a por mí. Que es una trampa. Que empiezan los dichosos juegos. Llevo mi mano al brazo y me rasco hasta que Dorian me la coge y me mira el estropicio.

—¿Y eso?

—Eh... —Me observo el brazo rojo y con algunas heridas finas de mis uñas—. Me pica.

—Pues deberías ponerte una crema y no hacerte esa carnicería.

De nuevo, más pasos. Miro a Dorian y pienso si está aquí para vigilarme. Voy a rascarme de nuevo, pero me sujeta la mano. Lo miro alterada cuando las pisadas aumentan. Entonces se van las luces de la biblioteca y grito.

—¿Es una trampa? —No puedo verlo, pero parece tenso.

—¡Joder! Te dije que te fueras de este puto lugar... —Duda y tira de mí tras una estantería—. Vamos por el pasadizo.

—No puedo, si me ayudas de nuevo no podré cumplir mis objetivos...

—¿Qué objetivos?

—El primero es que no quiero que nadie me regale nada —le digo rápida, y eso parece que lo relaja—. Lo siento. —Lo empujo para que el que se aleje sea él y aterrada regreso donde estaba.

Voy hasta donde está mi móvil y lo escondo en una leja.

Al poco aparecen y me tapan la cabeza con una capucha negra.

No veo nada. Dejo que mi imaginación vague libre.

E imagine cientos de cosas. Sin darme cuenta voy a cada uno de los besos de Dorian y a cada momento a su lado.

Quiero detener todo esto. Pero me pierdo en los recuerdos como sé que no debería.