Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

D ORIAN

—Apestas a sexo. ¿Con quién has estado?

—No te importa, Idelia. —Tira de mi camiseta y me mira enfadada. La aparto y me marcho hasta mi coche.

Al llegar, veo a Abbi detrás del volante del coche de Marvin sin ponerlo en marcha.

Parece perdida. Agitada y nerviosa. No parece la misma chica que se acaba de correr entre mis dedos.

He estado con muchas mujeres, pero con ella todo es más...

real. Tanto, que me he asustado. Porque a su lado me siento menos solo.

Como si pudiera dejar de vivir la vida entre tinieblas.

Eso me aterra, por eso me he ido creyendo que puedo escapar de esto.

«Por eso ahora no puedo irme sin más...», pienso mientras toco la ventanilla, y ella la baja.

Me mira y veo cómo su mirada pasa de perdida a ardiente.

La recuerdo corriéndose en mis manos con los pechos blancos y la punta rosada dura, y noto cómo mi polla da una sacudida.

Ella se corrió, pero yo estoy cachondo como nunca, perdido en sus gemidos y en la sensación de tener mis dedos dentro de su apretado coño.

Es la primera vez en mi vida que he dado un orgasmo a alguien sin obtener nada a cambio.

—¿Todo bien?

—Mis amigos van a pasar la noche aquí y mañana los recojo..., pero tengo que volver a oscuras.

Miro a mi alrededor. Podría decirle que yo la llevo, pero si alguien nos ve juntos, se harían muchas preguntas. Si nos ve Idelia, irá más contra ella. Y puede atar cabos por lo que ha pasado esta noche.

—Iré detrás de ti.

Asiente, menos nerviosa.

—Gracias.

—De nada —le digo, incómodo de nuevo por hacer esto, por no poder mirar a otro lado cuando se trata de ella.

Entro al coche y la sigo de cerca. Me doy cuenta de que a ella le da miedo la oscuridad y me empieza a dar mucho más miedo ella y lo que siento cuando la tengo cerca. O cuando la siento lejos y no paro de buscarla con la mirada o de preguntarme si estará bien.

La sigo hasta que llegamos a la cochera. Aparca en la zona de los becados y yo, en la mía. Voy hasta las escaleras que suben a mi cuarto y la veo ahí esperándome.

—¿Acaso quieres seguir con lo que dejamos a medias?

—¿A medias? Yo me quedé bien satisfecha. —Sonríe mientras subimos juntos por la escalera—. Ah, lo dices por ti..., vaya, no tengo ganas. Lo siento. —Bromea y saberlo me gusta; la gente se me acerca solo por quien soy y a ella eso parece no importarle—. Gracias por seguirme con el coche.

—De nada. —Llegamos a su planta—. Las cosas se van a poner complicadas y muchas de las pruebas van a ser a oscuras. Deberías irte —repito porque si está lejos no me preocuparé por ella o por lo que siento.

—Así no tendrías que evitarme, ¿no?

«Ni querer cuidar de ti», pienso. Y desecho esa idea.

—Tú misma, becada. Buenas noches.

Empiezo a subir las escaleras y me detienen sus palabras.

—No puedo irme..., no puedo.

Me giro y espero que diga algo más. Aparta la mirada.

No confía en mí. Yo tampoco en ella, pero aquí estamos.

Nos miramos a los ojos y mi necesidad de prolongar este encuentro es muy grande.

Por eso me alejo. Me estoy ahogando con estas nuevas emociones latiendo en mi pecho que no sé cómo controlar.

Entro en mi solitario cuarto. Voy hasta la ducha tras quitarme la ropa y esta vez sí me permito el placer de correrme mientras recuerdo a Abbi tan apretada y mojada por mí. Por una vez cedo a mis deseos. No puedo negarme lo mucho que me pone.

¿Qué mierda voy a hacer con esto que siento?

Estoy aterrado...

Ella empieza a ser mi debilidad.