Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Si no me atrajeras como me atraes, seguramente buscaría un sitio donde besarte hasta perder el sentido y luego te la metería hasta el fondo. Pero es por lo mucho que me atraes precisamente por lo que no quiero hacer nada.

—Espera, que me recojo las bragas, que se me han caído con tu lindeza poética. —Se ríe. Se ríe de una forma que no le he visto nunca y que hace que mis labios se curven—. Me gusta tu risa.

—Yo la odio. —Mira la noche—. No voy a volver a besarte. Ni a rogarte, pero tal vez no huya de tu compañía.

—Tal vez yo tampoco. —Dejo la mano cerca de la suya y miro la noche hasta que noto sus dedos tocar los míos. No hago nada, siento que si lo hago espantaré a ese niño que vive en él y que no avanzó tras lo que le pasó. Y que está aceptando que estar a mi lado no le molesta tanto como le gustaría.

Nos hemos acariciado otras veces, pero tengo la sensación de que esto es diferente para él, como si fuera su forma de admitir que no quiere seguir huyendo de lo que siente con mis atenciones, con mi cercanía.

Dorian y yo somos muy jóvenes, pero hemos vivido cosas que nos han hecho madurar demasiado pronto. Solo que él no intuye las mías. Me siento una traidora. Si supiera que soy la nieta del hombre al que tratan de encontrar me odiaría.

—Hace mucho frío. Es mejor que entremos.

Se aleja y me pregunto si de verdad va a dejar de huir de mí.

Al salir de la azotea nos quedamos muy cerca cuando cierra la puerta.

Estamos a oscuras en este rellano, la luz de emergencia apenas alumbra.

La música se oye de fondo. Debería estar aterrada por la falta de luz y, sin embargo, con Dorian cerca tiemblo, pero no de miedo.

—Marvin no me gusta.

—Tampoco me gustas tú. —Lo miro.

—Oculta algo.

Entonces decido mentir para provocarlo.

—Es mi amigo y, tranquilo, que no me gusta, solo lo usaría para darle un respiro a mi consolador...

Antes de que me dé cuenta, Dorian me acorrala contra la pared del rellano y me abre las piernas con la rodilla. Desliza la mano por el interior de mis muslos hasta cerca de mi sexo. Noto cómo este se sacude y se agita de forma dolorosa, mojando mi ropa interior.

—Esta noche, no —dice y sube su mano hasta abarcar todo mi sexo tras romper las medias oscuras para colarse dentro y posarla sobre mi ropa interior.

Me muerdo el labio mientras la palma de su mano se restriega sobre mi sexo y palpa lo mojado que está.

Por su gruñido sé que le gusta lo que nota.

Deseo su boca, pero no pienso suplicarle.

Se acerca a mi cuello y me lame y me chupa mientras sus dedos apartan la ropa interior y encuentran mi clítoris para frotarlo esparciendo mi esencia.

—Tan mojada... y es por mí.

—Ya quisieras...

—Vamos, becada, admite que te encanta que te toque. Me lo suplicas cada vez que me miras.

—A ti y a todos. Me gusta el sexo.

Mete un dedo y me quedo sin pensamientos coherentes.

Lo mueve hasta adentrarlo en mi vagina. Añade otro dedo y los mueve con fuerza.

Acerco las manos a su torso y busco el bajo de su camiseta.

Meto una mano dentro para tocar sus oblicuos.

Araño su piel tersa cuando el pulgar me acaricia el mojado clítoris.

—Tan apretada. —Apoya su frente en la mía.

Lleva su otra mano a mis pechos y los toca sobre el vestido.

Los pezones están tan duros que me duelen.

Tira de ellos y baja el cuello del vestido hasta liberar uno.

Baja la cabeza y pasa la lengua por él. Joder, si estaba jodida con un beso, esto va a ser peor.

No podré conformarme con menos. Es lo más erótico que he vivido en mi vida.

Me muerde el pezón y gimo. La música se lleva mis ruidos mientras entra y sale de mí con fuerza.

—¿Vas a irte con él o con otro?

—Solo si no acabas lo que has empezado. —Sonríe contra mi pecho y luego me succiona con fuerza el pezón.

Estoy cerca del orgasmo, pero temo que cuando me lo regale se aleje de nuevo.

—Te encanta que te folle con mis dedos. —No me pasa desapercibida esa posesividad.

—Podría estar imaginándome a cualquiera.

Se aparta y casi protesto hasta que veo que saca el móvil.

Pone la linterna y lo deja en la escalera para que pueda verlo.

Luego se acerca y me pasa una pierna por su cintura antes de meterme los dedos dentro.

Nos miramos a los ojos mientras me penetra con fuerza y gimo de placer.

Mis pechos rebotan sobre el vestido. Me muerdo el labio porque esto es demasiado.

Su caliente mirada hace estragos en mi cuerpo.

Es ardiente, me mira como si fuera la mujer más hermosa que ha visto en su vida.

Él, que ha tenido tanto sexo, me observa como si fuera la primera vez.

Apoya su frente en la mía y acaricia mi nariz con la suya.

Cierro los ojos, presa del momento. Tiro de su camiseta y lo acerco más a mí. No nos besamos, pero mis labios tiemblan por la cercanía de los suyos.

Ahonda más los dedos y los mueve más fuerte.

—Joder..., estás tan mojada. —Cierra los ojos y tiembla por el deseo de verme así de cachonda por sus atenciones.

Nos miramos a los ojos mientras su pulgar hace estragos frotándose contra mi clítoris hasta que no puedo más.

—Vamos, becada, córrete con mis dedos. Lo estás deseando.

Mueve el pulgar sobre mi clítoris más fuerte. Me corro con fuerza notando cómo mi cuerpo se convulsiona por él. No dejo de mirarlo y él tampoco, como si se embebiera de mi imagen.

Nos quedamos en silencio. Jadeantes y agitados.

Entonces veo algo en su mirada que no sé cómo descifrar: como si sintiera miedo.

—No volveré a tocarte —promete.

Se aparta y coge el móvil antes de irse. Aunque no quería que lo viera, he percibido su mirada perdida y su rostro pálido. Dice que no volverá a tocarme. Siento que ni él puede controlar este fuego que nos quema cuando estamos cerca del otro.

Yo tampoco y tal vez lo mejor sería hacer justamente eso, tomar caminos separados.

Yo sí sé quién es él, pero él no sabe quién soy yo.