Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

A BBI

Meto la mano en mi bolsillo para buscar el móvil y mis dedos chocan con la moneda que le di a Dorian. Cuando me quité el bolso, la moneda cayó del bolsillo que lleva para guardar las llaves de la residencia. Al parecer, no soy la única a la que se le dan bien los trucos.

Sentí que Dorian estaba perdido. Y quería verle la cara.

Ver en sus ojos si estaba mintiendo. Casi hablé de más y le dije que, aunque me aterra, siento que él y yo estamos conectados...

Pero si lo hago estoy perdida. Temo contarle mi verdad y que mi abuelo Uriel vaya contra los míos.

Es mejor no recordar que solo estoy de paso y que cuantos menos amigos haga, mejor.

Él tal vez no me llegue a mentir tanto como yo a él.

Ahora estoy en la biblioteca, trabajando.

Ordenando libros que los estudiantes dejan por cualquier parte.

Hace dos semanas que Dorian y yo nos besamos.

Lo creí cuando dijo eso del beso de Idelia, pero eso no cambia que ahora solo lo mire de reojo mientras él parece hacer como si yo no existiera.

Ni una mirada, ni un detalle. Y, por supuesto, no ha vuelto a la azotea.

Es peor que antes. Antes no venía a la azotea, pero su mirada siempre estaba puesta en mí. Ahora me ignora, como si no sintiera este vínculo que nos une tanto como yo.

Es como si todo lo que vivimos solo hubiera sido producto de mi imaginación. Es cierto que solo fue un beso, unos encuentros y la facilidad de hablar de cualquier cosa. Pero me pareció especial.

Es mejor así, lo sé. Pero siento que sigo ligada de alguna forma a sus ojos aguamarina y cada vez que lo tengo cerca busco que nuestras miradas se encuentren.

—Es viernes y nos vamos a la ciudad a tomar algo. —Marvin termina de ordenar los libros que me quedan y me muestra la hora—. Fin del trabajo, ya he avisado a Dafna y a Mina. Mis amigos nos esperan allí.

—¿Y si no quisiera ir?

—Te llevamos a rastras —pone la cuenta atrás—, tienes quince minutos para cambiarte y bajar a las cocheras. ¡Corre!

—¡Idiota! —le digo entre risas mientras cojo mi mochila y corro hasta mi cuarto.

Mis compañeras me esperan ya cambiadas. Entro a mi cuarto y busco qué ponerme. Me decido por un vestido sencillo de media manga de color negro. Busco mis botas y la chaqueta, y salgo corriendo del cuarto.

—¡Vamos! —les digo divertida.

Miran mi cara sin maquillaje y Mina coge su neceser. Salimos del cuarto y vamos hasta las cocheras. Al llegar, Marvin nos espera apoyado en un coche negro.

Cada vez me siento más unida a mis compañeras. Paso mucho tiempo con ellas, al final es inevitable.

—Te han sobrado treinta segundos. Casi me marcho.

—Tonto.

Marvin y yo también estamos cada vez más unidos.

Pasamos muchas horas juntos trabajando y más de una vez he sentido cómo me mira la boca.

Hace unos meses no habría necesitado más para lanzarme y besarlo buscando sentir algo.

Hasta que besé a Dorian y comparar ese pequeño algo con todo eso me parece absurdo.

Voy hacia la parte de atrás y antes de entrar oigo el motor de un coche.

Miro y veo a Dorian clavando sus ojos en mí tras tanto tiempo.

Aprieta las manos en el volante y mira hacia Marvin, que habla con Mina, que se ha sentado delante.

Cuando vuelve a mirarme, sus ojos claros parecen más oscuros que nunca.

Entro al coche sin entenderlo. Es él quien ha marcado las distancias.

Marvin se pone al volante y Dorian nos cede el paso.

Salimos del garaje seguidos por él. Y así sigue todo el camino hasta la ciudad, lo que me pone muy nerviosa.

Me giro varias veces a mirarlo. No hace amago de adelantarnos.

Marvin mira de vez en cuando a ver si nos pasa, pero nada.

Llegamos a la ciudad y los tenemos detrás, a él y a los otros tres dioses del Olimpo, como los llaman por aquí los nuevos becados.

Unos dioses que últimamente no hacen nada y la espera me está matando.

Nada está saliendo como llevo planeando años.

Y lo peor es que esta calma me está haciendo abrirme a mis amigos.

Y no me gusta esta necesidad de protegerlos. Es más fácil sobrevivir si luchas solo.

Llegamos al restaurante-pub, Marvin detiene el coche y, ¡sorpresa!

, Dorian a su lado. Cuando salgo del vehículo también lo hace él.

Nos miramos y me cuesta mucho no devorarlo con la mirada.

Lleva el pelo rubio un poco más largo y le cae sobre las cejas con ondas.

Sus ojos, su boca, la curva de su cuello...

, sus manos. Todo me tienta, me hace recordar lo que sentí al dejarnos llevar y no negarnos el placer de ver adónde nos llevaba este deseo.

—Buenas noches, becada —me dice.

—Buenas noches, capullo. —Sé que dije que no lo era, pero estoy tan enfadada con que me ignore que se lo digo.

Sonríe de medio lado hasta que Marvin se acerca y tira de mí lejos de este ser sin corazón.

Vamos dentro y andamos hasta una mesa al fondo.

Cómo no, los cuatro jinetes del Apocalipsis, como tal vez los empiece a llamar ahora, se sientan en una zona vip más amplia y con vistas de todo.

El lugar tiene una zona para picar algo y beber y luego, abajo del todo, una pista de baile.

—Lo abrieron hace poco y está muy de moda entre la gente de la universidad. Por eso hay tantos aquí —apunta Marvin.

—¿Y no se te ocurrió un lugar en el que no tuviéramos que ver a las mismas personas una y otra vez? —pregunto algo tensa, sintiendo la mirada de Dorian puesta en mí cuando Idelia no se da cuenta.

—Vamos, lo pasaremos bien. —Marvin coloca su brazo sobre mi hombro y Dorian se tensa.

Bien, que se joda. Solo por eso no aparto la mano de Marvin. Centro mi mirada en la carta sintiendo las caricias que traza sobre mi brazo. Me está poniendo nerviosa. Mis amigas comparten una mirada cómplice, dejando claro que se han dado cuenta.

Me centro en la comida. Es lo mejor. Dejo la carta y miro a Dorian de reojo.

Gira el Zippo con sus dedos mientras Idelia le pasa la mano por el torso.

Va vestido con unos vaqueros y una camisa azul, que ha arremangado.

El resto va con ropa más elegante, pero a él parece que con la camisa le sobre y, joder, está más increíble que todos los demás.

No quiero seguir su mirada...

Ni buscarla...

Ni necesitarla.

Nada está saliendo como estaba planeado. Mi abuelo Uriel debe de estar que se sube por las paredes. No me ha escrito, pero siento que, si esto no cambia, pronto recibiré noticias suyas. Porque cada poco tiempo me llega una carta de mi querida tía.

Traen los primeros platos y la verdad es que están buenos. Aunque los disfrutaría más si Marvin no pusiera de vez en cuando su mano en mi pierna. Debería pararlo, pero ver la rabia en los ojos de Dorian me está dando alas para ser una capulla.

Marvin se viene arriba en las copas y le bajo varias veces la mano que trata de meterme bajo la falda.

Una cosa es jugar y otra, quemarme. No quiero que piense que quiero ir más lejos.

Cuando se acerca a hablarme al oído, en un momento en que la música es alta, y me da un beso, me levanto como un resorte para ir al aseo.

Salgo de la mesa y me gritan que luego irán a la pista.

Les digo que vale y, en vez de ir al aseo, subo a donde pone que lleva la escalera: a la azotea del personal.

Los escalones están iluminados por las luces de emergencia y como esperaba la puerta está cerrada con llave y eso me molesta mucho.

Cojo una de mis horquillas para abrirla.

—Entonces es así como abriste el candado de la universidad. —Dorian está tras de mí—. Y yo que te traía las llaves. —Se acerca y me quita la mano para abrir la puerta con facilidad con la llave.

Su cercanía me mata.

Me tienta.

Me desborda.

Su cuerpo se queda pegado al mío, tentándome con su calor. La respiración se me agita y hablo sin querer que se note en mi voz lo nerviosa que me pone.

—¿Acaso eres el dueño?

—No, lo es mi abuelo. Se aburre con todo el dinero que tiene y ha abierto esto. Para dejármelo cuando todo sea mío. Qué amable. —Noto angustia en su voz—. Vamos, toda tuya.

Abre la puerta, lo que hace que me eche más para atrás y me choque con él en este rellano en penumbra.

—Quería estar sola.

—Prometo no molestarte ni meterte mano —lo susurra en mi oído y su aliento me pone la piel de gallina.

—No, lo segundo ya lo has dejado muy claro.

—¿Pensabas eso cuando ese idiota trataba de tocarte las bragas bajo la mesa? —Se me acerca más.

Su perfume entra en mis fosas nasales. Me encanta cómo huele a fresco, a bosque, a libertad. A menta. Sube su mano hasta ponerla en mi cara.

—Al menos, él se muere por meterse dentro de ellas y no lo disimula.

—No lo dirás por mí. Ya no te deseo. —Su aliento me acaricia y quiero que me bese, me tiembla el cuerpo solo de volver a imaginar su boca sobre la mía.

¿Qué tiene Dorian que me vuelve loca?

—No pienso besarte —dice con los dedos cerca de mis labios.

—Yo tampoco hasta que me supliques. —Lo empujo y salgo al frío de la noche.

El frío se posa en mi cuerpo, caliente por él. Estoy helada hasta que se pone a mi lado. Muy cerca. Miramos los edificios a nuestro alrededor. Su espalda me da calor. No me aparto. Me gusta sentirlo tan cerca.

—¿Crees que alguien puede enamorarse a oscuras? —Sé que habla de Psique.

—Creo que el alma ama entre las tinieblas.

—Con lo lista que eres y crees en el amor.

—Lo he visto. Y, cuando lo ves, deseas sentirlo.

—Yo nunca he visto tal amor. —Se separa, anda hasta la barandilla y se apoya en ella—. Me gusta más follar. Es más placentero. Menos doloroso y más solitario. Al final, follar es pensar en tu propio placer mientras crees que la otra persona solo goza por tenerte dentro.

—Qué poético, Dorian, y sí, follar es una mierda egoísta que nos incita a creer que la siguiente vez será mejor mientras buscamos algo que no sabemos si existe.

—Y luego dices de mí.

—Bueno, tú has empezado.

Se gira y me mira. El viento me mueve el vestido.