Capítulo 30
D ORIAN
Idelia trata de besarme de nuevo, pero no la dejo.
Antes me pilló con la guardia baja. Tras el beso con Abbi, mi mente está en otra parte.
Es la primera vez que he sentido una fuerza más poderosa que mi oscuridad.
Sabía que besarla sería increíble, pero no esperaba sentir nada.
Quería besarla y sentir la nada latiendo en mi pecho; sin embargo, me vi preso de un latido acelerado y noté el deseo corriendo por mis venas con ímpetu.
Hasta hizo que su aliento apestando a alcohol no me importara.
Odio besar a la gente que ha bebido, pero con ella no fue así.
—Te dije que no me besaras más.
—Y yo creo que tú no entiendes que tú y yo somos uno. Si no estás follando conmigo, ¿a quién te tiras?
—No te importa, Idelia.
—¿Hablo con tu abuelo de lo malo que eres conmigo? —pregunta de morritos. Me pone enfermo.
—Haz lo que te dé la gana.
—No te interesa tenerlo enfadado.
Voy hasta ella y la acorralo contra la pared, cansado como nunca de sus tonterías.
—Escúchame bien: si yo no quiero, nunca serás una Wilson, así que déjame en paz o, si existe alguna posibilidad de que un día tengas mi fortuna, te juro que antes desaparezco que dejarte poner un solo dedo en ella y los dos sabemos que a tu padre le interesa el apoyo de mi abuelo.
A ver si voy a ser yo el que informe de lo poco que te soporto.
—No pareces tú —dice aterrada, como si esto fuera malo—. No haré nada, pero no te interesa tenerme como enemiga.
Sube a su cuarto y yo voy a hacer lo mismo, pero acabo en la azotea, no sé muy bien por qué, tal vez para fumar o para ver si Abbi está allí. Entro y la veo andando por la barandilla. Voy hasta ella agitado. Odio cuando hace eso.
—¡¿Acaso estás loca?!
—Nací en el circo, idiota. ¿Ya has terminado con ella? ¿Ni tres minutos, Dorian?
—Primero, tú y yo no somos nada. Segundo, me besó ella...
—Tercero, me importa una mierda. —Sus ojos muestran el rastro de las lágrimas bajo todo ese potingue que se ha puesto para no destacar.
Se levanta viento y no lo pienso: me la cargo al hombro para evitar que se caiga y me golpea el culo con las manos mientras ando con ella lejos de este lugar.
Por un segundo me pregunto qué habría pasado si no llego a subir.
¿Y si se cae? Me entra ansiedad solo de pensarlo.
Nunca me había importado tanto esto con otra persona.
Es raro. Sí es cierto que evito que mi abuelo putee a los empleados, pero lo hago por deber, no porque me duela. O me angustie.
Cierro la puerta que da paso a la azotea y la dejo en el suelo del descansillo. Acorralo su cuerpo con el mío y la miro a los ojos.
—Solo nos hemos besado. No te debo nada.
—Ni yo a ti tampoco. —Nos miramos agitados.
—Deberías irte.
—Dime algo que no me hayas dicho mil veces.
—Van a cambiar todo, Abbi. Este año no es como los otros. Deberías marcharte.
—No puedo. Y no tengo miedo. —Miente; la escasa luminosidad que proporciona la luz de emergencia me permite verlo en sus grandes ojos castaños—. No tengo miedo.
La luz de emergencia emite un destello y luego se apaga, y Abbi grita de miedo. Luego tiembla.
—¿Te asusta la oscuridad?
—No. Nada... —miente. Empiezo a alejarme de ella.
—¿A dónde vas?
—A ti no te asusta la oscuridad y yo me sé de memoria esto. Buenas noches.
—¡Eres un cabrón! ¡Te odio! ¡Y besas fatal! Por mí como si te besas con media universidad.
—Dime algo que no sepa o que no haya hecho ya. —Me apoyo en la pared. Está tan nerviosa que ni se ha dado cuenta de que estoy cerca.
Escucho su respiración agitada y luego dice algo que no entiendo. Es una cabezota. Pero sé mejor que nadie el daño que puede hacer que otros conozcan tus debilidades. Estiro la mano y cojo la suya.
—Uno, odio que besarte me gustara —le digo y le acaricio la mano—. Dos, no volverá a repetirse. Tres, Idelia me besó. No tengo por qué mentirte cuando tú lo has dicho, soy un cabrón.
Se relaja poco a poco con mis caricias y es raro que una persona confíe en mí sus miedos.
—Uno, a mí también me gustó besarte; dos, me encantaría que se repitiera, y tres..., me dolió verte besarla. Y añado un cuarto, no eres un cabrón, eres un solitario y eso la gente lo confunde muchas veces con ser mala persona.
—Y como te jodió que la besara —digo ignorando el último punto, donde ella me hace bueno—, se te ocurrió hacer el idiota sobre la barandilla. Ninguna persona merece tanto la pena como para morir por su causa y mucho menos yo.
—Me relaja jugarme la vida. Es algo incomprensible, pero cuando lo hago tengo que centrarme solo en eso. Mi mente deja de ir a toda velocidad y solo existen mis movimientos precisos. Quería que dejara de doler.
Nos quedamos en silencio tras su confesión y, aunque sé que es mejor no besarla más, una parte de mí se pregunta si sería tan malo dejarse llevar. Sería aterrador. Si solo un beso me ha trastocado tanto, no quiero imaginar qué pasaría si fuera más lejos.
Llevo desde que la conocí luchando a contracorriente. Queriendo ir contra lo que siento a su lado. No queriendo dejarme llevar. Llevo desde que la conocí tratando de ignorar que ella nunca podría ser como el resto.
—Lo entiendo —admito confesando mis inquietudes ante ella. Quebrando mis escudos por una mujer que tal vez me traicione.
Porque la entiendo y entiendo su temblor, su angustia. Lo entiendo todo y no me gusta. Me siento expuesto. Agitado. Nervioso. Vuelvo a ser ese niño al que su padre pegaba..., tiemblo y es ella la que me acaricia la mano.
Su caricia no debería calmarme, pero lo hace. Es peligrosa.
Muy peligrosa.
—¿Conoces la leyenda del hilo rojo del destino? —pregunta de golpe. Es algo que hace siempre, suelta información sin pensar, y eso me gusta de ella. Sobre todo, porque siempre dice cosas que sé y que nunca comento con nadie.
—No —miento.
—No mientas, Dorian. Eres un diccionario con patas. —Me río sin poder evitarlo—. Yo sí creo que estamos unidos a algunas personas, ya sea por amor o por amistad, y que nuestra vida girará hasta encontrarnos. Y, aunque el hilo se estire, nunca se rompe...
—Si me estás diciendo que tú y yo estamos conectados, te juro que invento la forma de cortar esa mierda de cuerda.
Se ríe y su risa me gusta.
—Idiota. No lo decía por eso... Mi abuelo tiene un espectáculo sobre eso. Los artistas están atados a un hilo rojo y en todo momento parece que se lía o se va a romper. Pero no lo hace y es alucinante cómo coordinan sus movimientos para que el hilo se pueda enredar y desenredar, pero nunca romper.
Se nota que quiere mucho a su abuelo Hadrian y me pregunto cómo sería eso. Tener una familia a la que admiras, sentirte querido... Todo esto me agita por dentro y necesito aire.
—Te llevo a tu cuarto.
Tiro de su mano y saco el móvil para iluminar las escaleras.
«Eres un cobarde», me grita mi mente. Lo hace mientras la acompaño hasta su puerta.
Lo sé, soy un cobarde. El más grande, por eso siempre me escondo.
Me oculto y me río del mundo, para que nadie vea que en verdad nunca dejé de ser ese niño aterrado ante el golpe de su padre.
Y tengo miedo de estar a su lado y que vea todas y cada una de mis taras.
Porque sé que ella puede verlas todas si le dejo.
—Dorian...
—Es mejor hacer como si nada.
Deja algo en mi palma y siento que es una moneda.
—Para cuando quieras volver. La magia existe.
—La magia solo es un cuento de niños...
—Mi abuelo me dijo un día que para creer en algo con fuerza solo hacía falta un pensamiento. Que ese era el inicio de algo más grande. No puedo obligarte a que estés a mi lado..., pero me gustaría que no me alejaras de ti más.
—Solo te haré daño..., tengo que destruirte...
—Lo sé, Dorian, yo sé cuál es tu papel en esta historia. Pero tú no sabes cuál es el mío. Si me dejas..., tal vez un día te lo cuente.
Algo me oprime las entrañas. Y no quiero saberlo, siento que si lo sé será su condena.
Me acerco a ella y guardo la moneda en un bolsillo de su bolso cruzado, donde lleva el móvil. Ella no sabe que yo de niño admiraba a su abuelo, el gran Hadrian, y que aprendí a hacer trucos de magia para ver si un día mi padre desaparecía.
—No te necesito... ni tampoco tus secretos.
Me marcho agitado, pero siento que es lo mejor. Lo mejor para ella y para mí. Sentir duele. No quiero sentir, no quiero experimentar dolor. No quiero sentir nada. Solo cuando no siento nada puedo respirar sin ahogarme con cada bocanada.
Porque, a pesar de que mi padre era un cabrón y me pegaba..., yo lo quería.
Todos los que me han importado me han fallado.
Y eso me hizo aprender a ser un cabrón para sobrevivir en soledad.