Capítulo 27
A BBI
Ando por los pasillos con la cesta de la ropa limpia. Llevo la música puesta y estoy metida en mi mundo. Por eso, cuando me atacan y me golpean no estoy preparada y mi cabeza rebota contra la dura pared.
Idelia se me acerca y me restriega un panfleto por la cara hasta hacerme daño.
—¿Te creías muy lista? Porque te hemos pillado. Al final, por un poco de dinero..., la gente vende a quien sea.
—No sé de qué me hablas.
—¿Un hermano? ¿Tienes un hermano? —Hace como que le da un escalofrío—. Seguro que era tan horrible como tú.
—O te lo follaste y te gustó, quién sabe.
Les hace una seña a sus amigas para que me sacudan de forma que la cabeza me golpee otra vez contra la pared, pero esta ocasión estaba preparada. Lo peor es que mi mente viaja lejos, hasta los recuerdos de una niña perdida y varias chicas que querían divertirse conmigo.
—¿Tu abuelo tiene un circo? —No dije nada—. Está llorando, qué ridícula.
Se rieron de mí mientras yo lloraba asustada y luego me metieron en una sala oscura. Golpeé la puerta con fuerza hasta que me dolieron los brazos. Mi abuelo vino a por mí. Uriel me miró en el coche y me preguntó:
—¿Te da miedo la oscuridad?
—Sí —le dije creyendo que me ayudaría.
—Bien.
No me ayudó. Usó ese miedo contra mí. Por eso sé que no puedo hundirme. No ahora que estoy tan cerca de la meta y que solo cuando gane cada lágrima habrá merecido la pena.
Tomo aire y regreso a este momento, y sonrío a pesar de los fuertes latidos de mi corazón.
A Idelia le molesta mi sonrisa. Le molesta mucho y me grita.
Me dice cosas horribles, pero no me inmuto mientras me sacuden.
Hasta que oyen pasos y se marchan. Me agacho a recoger mis cosas y veo cómo me tiemblan las manos.
Las meto un momento dentro de los bolsillos de mi chándal para que nadie lo vea.
—Aquiles era un héroe, a pesar de su talón. —Dorian se agacha conmigo y me ayuda a recoger la ropa. Al coger mis bragas negras se las quito de la mano y sonríe.
—Trae. —Me mira las manos. Siguen temblando—.
A Aquiles lo mató su debilidad. —Lo miro a los ojos.
Estoy temblando y no me importa que él lo vea.
No hago nada por ocultarlo porque a su lado siento que puedo ser solo yo—.
No sé cómo detener los pensamientos negativos.
—Tomo aire mientras siento que me ahogo.
—Idelia irá a más.
—¿Lo has visto?
—Si te hubiera ayudado habría sido peor y solo vi el final. Por eso pisé más fuerte contra el suelo.
Lo miro y siento que él está tan atrapado en esto como yo.
Oímos pasos, mete toda la ropa en el cesto y me coge la mano para llevarme a una sala. Entramos y vamos pasando de una sala a otra hasta llegar a un invernadero destruido. Hay plantas silvestres por todos lados, pero a esta hora de la tarde le da su encanto a este lugar.
—Por suerte para ti, Idelia no conoce este sitio o te haría comerte las plantas.
—Eso seguro. —Dejo el cesto en el suelo y me paseo por la sala disfrutando de las plantas silvestres que han tomado el invernadero—. Tuvo que ser bonito.
—Tal vez hace muchos años.
Vamos hasta un cristal roto desde donde se ve el patio y la gente pasa cerca de nosotros sin vernos. Tomo aire y poco a poco noto cómo dejo de temblar.
—He conocido a muchas Idelias, con otros nombres, otras caras y otros fines. Es como si hubiera nacido para despertar los demonios de cientos de mujeres sin nombre.
—Tal vez te toca afilar bien tu espada. —Me río.
Lo miro. No sé qué hace en este lugar conmigo.
No sé por qué se queda a mi lado. Deja caer la mano y yo la mía, y nos acariciamos sin querer ahondar en este leve roce.
Ahora tiemblo, pero por algo diferente. Es por él, por lo que siento cuando me pierdo en su mirada.
O cuando dejo la mía caer hasta su boca y preguntarme a qué sabrán sus labios.
Noto cómo mi respiración se agita y el sexo se me contrae de denso y oscuro placer.
Sus dedos rozan los míos.
Estamos en este lugar tan infernal. Pero a la vez no, a su lado es como si creara mi propio mundo dentro de la tempestad.
—No debería estar a tu lado —dice como si recordara que somos enemigos.
—No.
Es la verdad porque tristemente no estoy aquí para hacer amigos, o para desearlo tanto que me duelen las entrañas.
Pero aquí seguimos, perdidos en el otro un poco más.
Sin que él aparte su mano o yo la mía. Cuando me acaricia la muñeca, me dejo.
Quiero sus manos más arriba, por todo mi cuerpo, quiero sus labios sobre mi piel, quiero...
Suena su móvil. Lo saca y veo que es su abuelo.
Se tensa y se marcha; por su mirada, espera que lo siga. Cojo mis cosas, pero le ha colgado. No hablamos mientras salimos de aquí y cuando regresamos a los pasillos abre la boca para hablar, pero luego niega con la cabeza y se marcha.
Voy hasta mi cuarto sintiendo la piel donde me ha tocado aún ardiente por su contacto. Quería más, mucho más. Lo deseo como nunca he deseado a nadie y siento que cruzar esa línea solo complicará más todo esto, que no está saliendo como planeaba.
D ORIAN
Mi abuelo me hace una videollamada. La descuelgo y veo que está tirando los libros que dejé en su casa uno a uno a la hoguera.
Odio cuando hace eso. Para mí los libros lo son todo.
Son esa familia que nunca me abrazó, ese beso que siempre deseé sentir, esa caricia en medio de la soledad que me calmó.
Ese viaje que me emocionó y ese lugar en el que perderme una y otra vez para escapar.
—Para que no olvides lo que debes hacer. —Toca la carpeta roja, esa carpeta que usa para amenazarme con las pruebas que contiene de la única noche que he olvidado en mi edad adulta.
Cuelga y ahora soy yo el que esconde las manos para que nadie vea cómo me afecta la ansiedad. Al llegar a mi cuarto golpeo con el puño la pared, enfurecido.
No puedo olvidar mis metas por nadie y menos por alguien que a pesar de todo sigue aquí. No dejo de pensar por qué y a veces siento que es como si al lado de Abbi mis alertas se apagaran para no correr en dirección contraria.
No puedo olvidar que es solo una becada que, a pesar de toda esta mierda..., sigue aquí.
Y si no..., que se vaya, ojalá lo hiciera, aunque eso me doliera.