Capítulo 25
A BBI
Me llega una carta en clave de mi abuelo, que supuestamente me manda una tía mía.
Sí, es así de metódico y nos ha hecho aprender a todos su forma de comunicarse: señalar mentalmente una de cada cuatro letras y unirlas para formar el mensaje.
Junto las letras y leo lo que dice, dejando a un lado todo lo que me cuenta mi falsa tía de su último viaje:
Van a dudar de ti si eres diferente. Intenta ser más como el resto o todo se irá a la mierda. No olvides cuál es tu papel.
Está claro que mi abuelo tiene a alguien aquí que lo informa de todo.
Seguramente está pagando mucho dinero a un estudiante para que sea su confidente a cambio de su silencio, aunque dudo que le diga su verdadera identidad.
Seguramente solo le dirá que está preocupado por su nieta y que si le cuenta todo lo que hago le pagará bien. Uriel no es tonto.
Mis compañeras siguen aquí y no han salido corriendo.
Claro que he ido dejando caer cómo serían las siguientes pruebas y ellas han corrido la voz; al final, esto es entre ellos y nosotros, los becados.
Me preguntaron cómo lo sabía y les dije que por un hermano, lo que es verdad, y no le dieron más vueltas.
Mina habló con Marvin y este le contó lo que le hicieron.
No suelen hablarlo, por miedo a las represalias.
Pero como yo fui la que lo inició, sé que a la hora de la verdad será a mí a quien culparán de todo. Y el resto se lavarán las manos.
—Siguen el mismo patrón —dijo Dafna tras redactar una lista.
—Eso parece —les dije yo, y Mina decidió hacer fotocopias y pasarlo, seguramente lo vende. No sé qué esperar de Mina; a veces me cae bien y otras siento que oculta algo.
Pero con Dafna también me pasa. Hay días que parece una adolescente pasota y otras, una hermana mayor. Me descolocan las dos.
Subo a la azotea. El candado está quitado desde la primera vez que lo forcé, pero, aun así, nadie sube a este lugar.
Sé que Dorian estará aquí antes de entrar siquiera.
Dudo, porque lleva muchos días evitándome y hoy está aquí.
No sé qué esperar de él. Y no quiero confiar en nadie, a pesar de que estar aquí me está haciendo bajar las barreras que desde hace años he construido en torno a mi corazón para poder sobrevivir mentalmente a este momento.
Dorian es el más listo de mi clase, ya se ha ido viendo en las notas.
Al final, esto será entre él y yo, pero cuando lo tengo cerca me olvido por un momento de que somos enemigos.
Sé que no debería haber vuelto a este lugar hasta que él regresara, pero aquí estamos los dos.
Ando hasta que lo veo apoyado en la barandilla. Se ha encendido un cigarrillo mentolado, que deja que se consuma. Ya he llegado a la conclusión de que a alguien de su entorno no le gusta que fume y este es su desafío.
No le digo nada. Solo me tumbo al revés, como la primera vez, y dejo que la sangre se me vaya a la cabeza. Una de las pruebas es estar en esta postura muchas horas hasta que suplicas por tu vida. No queda mucho para ella y temo no estar preparada.
Lo sé, parecen los Juegos del Hambre para ricos aburridos.
—Apártate, no me dejas ver el momento de la llegada de los seres mágicos.
Se aparta y se apoya a mi lado en el saliente de la calefacción. Veo cómo el sol se oculta y siempre me parece un espectáculo único.
—¿Qué serías si pudieras ser un ser mágico? —me pregunta mirando el atardecer.
Y sé que es su forma de aceptar que, a pesar de todo, quiere estar aquí. Conmigo en cada atardecer. No en forma romántica, pero sí en algo que solo comprendemos él y yo. Es nuestra forma de escapar del mundo real.
Lo observo: su belleza parece tallada en piedra. Podría ser Eros perfectamente, tan bello como letal. Se gira a mirarme esperando mi respuesta. Sus ojos aguamarina parecen más oscuros y se lo nota tenso. Como si le molestara haber cedido y estar de nuevo aquí.
—Una sirena —respondo, aunque en verdad siempre he soñado con ser Psique, pero no quiero revelar todas mis cartas aún y las sirenas también me gustan—, porque, o bien puedo ser bondadosa, o malvada y vengativa.
Eso sin mencionar mi gran belleza. —Mira mi cuerpo más de lo que debería y me sonrojo, y no por estar del revés.
—Y yo que creía que era por encontrar a un príncipe, como la Sirenita.
—Para el amor ya sabes que quiero ser Psique. —Vale, no he aguantado mucho sin dejarme llevar. Sonríe de medio lado y su sonrisa hace revolotear algo en mi pecho, por eso digo lo primero que se me pasa por la cabeza—. ¿Sabes que al principio a las sirenas no se las representaba con cola de pez?
—Lo sé. —Claro que lo sabe y eso me encanta—. Cuerpo de ave, pero desde la Edad Media se las representa con cola de pez y atractiva voz, con la que cautivaban a los marineros.
—Al final, en la vida casi todo tiene una doble cara.
Te engatuso con mi belleza y mi voz —me levanto con rapidez y le pongo en el cuello, en la yugular, la pequeña navaja que siempre llevo porque es multiusos, y para defenderse pone sus manos en mi cintura— para que no descubras que en verdad quiero matarte.
Nos quedamos pegados. Muy pegados, sus manos me queman sobre la sudadera. No dejo que note cómo su presencia me perturba ni cómo su perfume me atonta. Me gusta cómo huele; es caro, pero también huele a bosque, a libertad.
Miro su boca y él la mía, y casi gimo por cómo se le nublan los ojos por el deseo. Quiere besarme. Ansío que me bese. Tomo aire. Se acerca y su boca queda cerca de la mía. La distancia entre los dos me mata de la misma forma que el deseo por este hombre se intensifica en mi interior.
Sus ojos se centran en los míos y antes de que me dé cuenta me ha quitado la navaja, que ahora descansa sobre mi cuello. No lo vi venir, el cazador cazado.
—No eres la única que aprende pronto, becada.
—Aprieta el arma, no me corta, pero la deja ahí haciendo que la piel me lata con fuerza bajo su contacto.
Acerca su boca a la mía de nuevo—. Ve con cuidado o acabaremos contigo y eso me aburriría mucho.
—Su aliento me hace temblar—. Eres mi nuevo entretenimiento, becada, y destruirte...
me va a divertir mucho. Nos vemos en el siguiente atardecer.
Y si eres lista, te irás. Este lugar acabará por destruirte, como ya lo hizo conmigo antes.
—Nada lo hará. —Me acerca a él y mete su nariz en el hueco de mi cuello. Cierro los ojos y me muerdo el carrillo para no gemir por su aliento sobre mi piel, su cercanía y su perfume atontándome.
—Pareces nerviosa.
—¿Por ti? En tus sueños. —Acorta más la distancia entre los dos, su aliento acaricia mis labios. Quiero su boca contra la mía. Tanto que noto cómo mi sexo palpita.
—Si te deseara, ya te habría probado..., pero no es el caso. —Me suelta y se aleja dejando el frío en mi piel.
A los pocos metros se para y deja algo en la repisa.
—Vigila con esto, becada, si tienes algo que ver y lo descubre Idelia... Solo ten cuidado.
—Tarde. —Me mira y su mirada se oscurece.
—No te tengo por una idiota, becada, juega bien tus cartas o el juego acabará pronto para ti.
Se marcha con paso firme, pero su confesión me hace ansiar saber qué le pasó para quebrarlo. Debería irme. Lo sé, pero no puedo. Todos mis instintos de supervivencia me dicen que corra lejos. De este lugar, de él..., pero no puedo escapar de ninguna de las dos cosas.
Me levanto y cojo el panfleto. Por detrás hay un teléfono y sé que se lo han dado a Dorian para conseguir sus afectos.
Tiene razón, no estoy siendo muy lista. Todo esto me está superando un poco.