Capítulo 24
D ORIAN
Las pesadillas me hacen despertar jadeando y sudado. Odio cuando esto pasa. Cuando vuelvo a ser ese niño asustado mientras su padre bebía y sabía que sus manos podían acabar sobre él. ¡Odio recordar mi debilidad!
Me doy una larga ducha y cojo un libro para leer. Veo uno de Mario Benedetti que me compré, pero no entiendo sus poemas sobre el amor. Porque lo veo un absurdo. Aun así, lo dejo cerca. Y busco otro con tal de perderme en otra mente que no sea la mía.
—No viniste a mi cuarto —me dice Idelia en el bufet de desayunos del centro.
—No tenía ganas.
—Una vez más, no tenías ganas. —Su enfado es evidente y me pregunto cuánto aguantará sin irle con el cuento a mi abuelo—. No vas a estar rechazándome siempre. Al final volverás a caer. Siempre caes.
No anoche, ni desde hace más de un mes. Estar con ella ya no me motiva.
Ni con otra que no sea cierta becada de grandes ojos marrones.
Mi mano da buena cuenta de ello cada vez que me resisto a hacerme una paja en la ducha porque nadie me atrae como Abbi y ceder a mis deseos es admitir lo mucho que me pone. Y eso me jode.
—¿Estabas con otra?
—No te importa. Por si lo has olvidado, no eres mi novia.
—Sabes que tampoco me importa compartir y volver a hacer un trío... Si quieres, elige a quien quieras y la compartimos. Pero únicamente en la cama, luego, solo yo para ti.
Algo me hace girar la cabeza y veo a Abbi mordiendo una manzana subida a una mesa, mirando al resto como si ella fuera más lista que nosotros.
No sé si le importa todo bien poco o es una suicida.
Su boca da otro mordisco y se relame los labios.
Noto cómo el gesto va derecho a mi polla y me remuevo inquieto por desear que muerda otra cosa.
—Todas menos esa. Es la nieta de un feriante, un mago. Y algo en ella no me gusta.
Veo el odio de Idelia a Abbi. Más cuando se da cuenta de que, a pesar de sus ropas anchas, más de uno la mira con deseo. Abbi destaca, aunque no quiera. Lo logra sin hacer nada. Sin pasarse horas maquillándose como Idelia y sin llevar las mejores ropas.
—No me gusta —repite y rechina los dientes furiosa.
Yo sé qué es lo que no le gusta, que Abbi, aun sin intentarlo, es jodidamente sexi.
—Su familia vive en una caravana. ¡En una puta caravana! —añade ella asqueada, cuando yo lo veo algo bueno—. El circo de su abuelo no es tan bueno como la gente dice en redes. Está sobrevalorado. ¿A qué idiota le interesa la magia?
A mí. Ojalá de niño hubiera podido ir a ver un truco de magia. O ir al circo. Sobre todo, antes de la muerte de mi padre. Me habría gustado, por un segundo, creer que la magia existe.
—No la tengo en mente —miento y aparto la mirada de Abbi—. ¿Qué tal noche ha pasado encerrada?
—Ni idea, fueron a por ella y se marchó dando las gracias por la hospitalidad.
Tenemos que encontrar su talón de Aquiles o nuestros abuelos nos lo harán pagar.
Aquí, la cabeza alta solo nosotros. Y este año los becados me están agotando, sobre todo porque parece que alguien les cuenta qué pasará antes de que suceda.
—Tal vez lo saben porque siempre hacemos lo mismo año tras año.
—Quizá. Tal vez deberíamos pensar putadas nuevas. Estoy deseando ver cómo cierta circense suplica por su vida. —Mira a Abbi y esta la saluda con la mano, lo que cabrea aún más a Idelia—. Pienso destruir a esa zorra.
No puede ser tan complicado encontrar su punto débil y seguro que Idelia da con ello.
Yo tampoco quiero que mi abuelo me ponga en el punto de mira y este año estamos fallando.
Nada funciona. Por si tenía dudas, el director nos llama a los cuatro descendientes de los fundadores para recordarnos la importancia de joder la vida a los becados para que ninguno destaque y nos enseña las notas de los primeros exámenes: hay varios que destacan.
Entre ellos, Abbi. Su nota es tan impecable como la mía.
—Parece que algo estáis haciendo mal si están sacando estas notas. Tal vez debemos daros un escarmiento.
Un escarmiento es jodernos donde más nos duele; al resto les quitan la tarjeta de crédito, pero en mi caso, como eso no me importa, a veces mi abuelo manda quemar mis libros o joder a los trabajadores de su casa y decirles que eso va de mi parte.
No quiero que nadie sufra por mi culpa y tampoco perder mis libros.
Son lo único que me ha mantenido cuerdo en este mundo y muchos tienen notas y apuntes, perderlos sería perder una parte de mí.
Aunque sé que si doy un paso más es, al final, por los pobres trabajadores. Ellos ya sufren la tiranía de mi abuelo.
—No hace falta —digo y lo miro frío—. Subiremos el nivel.
—Eso espero. Si no, pronto tendréis noticias.
No son mafiosos, pero casi; solo les falta ir por ahí con pistolas en plan El padrino . Conocen nuestros puntos débiles y, o hacemos lo que quieren, o los usan para presionarnos.