Capítulo 19
A BBI
Dos semanas de curso y sigo viva. Al final voy a tomarme esto con algo de humor porque si no acabaré trastornada.
En estas semanas no nos han hecho nada. A mí, solo mirarme como si fuera una apestada.
Porque, como Idelia me odia, el resto no tiene personalidad propia y hacen lo mismo. Algo que ya me ha pasado otras veces.
El golpe de la cabeza ya no se nota y los moretones tampoco. Al fin tengo una cara que reconozco.
Íbamos a ir a la ciudad Dafna, Mina y yo, de fiesta, pero está lloviendo y nadie tiene ganas de coger el coche con la que está cayendo por una carretera tan pequeña.
Entramos a la sala común, donde hay billares y una zona para pillar bebidas, todas sin alcohol.
Pero hemos visto a Marvin y nos ha dicho que aquí podemos pasarlo bien.
Iba con un amigo suyo, Elias, que se nos ha presentado.
Y los hemos seguido. Aunque yo tengo mis dudas de que en este lugar nos lo podamos pasar bien.
Hay muchos estudiantes porque, como llueve, casi nadie se ha ido. Miro hacia las ventanas y dudo que nos dejen en paz esta noche. Pero Dafna y Mina están tranquilas, como si pudiéramos hacer una fiesta aquí sin ser carne de cañón.
Tomo aire y siento que alguien me mira. Giro la cabeza sabiendo con quién me encontraré: Dorian.
Está sentado en un sillón de madera que parece un trono bajo el escudo de su familia, que es el mismo que llevamos en los uniformes.
A su lado hay otros tres más e Idelia está en el suyo haciendo un vídeo para sus redes sociales.
Tal vez ella sí pueda mandar vídeos fuera; el resto, no podemos, pero ya no me extraña nada.
Dorian clava sus ojos aguamarina en mí antes de apartar la mirada como si le aburriera mirarme.
No he estado cerca de Dorian desde la primera clase, cuando escribió con una letra masculina y preciosa la historia de Freya y las valquirias.
Me la sabía, el mundo nórdico siempre me ha gustado.
Pero arrugó las hojas y se las llevó. Y desde entonces me evita.
Me habría gustado que compartiera conmigo esa historia.
Como si entendiera que a mí me fascina todo lo que sabe.
Dorian es muy listo. Muy muy listo. Ganarle va a ser complicado y más si no tengo tiempo para estudiar.
No me mandaron las materias hasta que empezamos y cada año cambian los temas para que nadie pueda aprenderse todo antes de empezar el curso.
Está claro que me evita.
A pesar de eso, subo a la azotea y cada atardecer espero verlo. No debería, lo sé, estoy jugando con fuego con uno de los cuatro dioses que van a por mí. Pero soy incapaz de usar la cordura cuando se trata de él.
—Listo, ya las tengo. —Marvin abre su chaqueta y muestra una petaca.
Vamos a por bebida y le echamos un chorro de alcohol. Yo no bebo mucho porque he pillado a Idelia mirándome como si quisiera matarme con sus propias manos. Me pregunto si así se sintió Psique cerca de Afrodita cuando quería destruirla solo por puros celos.
Alguien se acerca a Idelia y ella asiente.
—Nos van a putear —digo, y el resto me miran.
—No creo —dice Mina y reparte cartas de un juego algo subido de tono que te pregunta cosas sexuales—. Que beba quien haya follado con más de dos a la vez.
Bebo, pero no por su pregunta, sino por la boca seca. El resto se ríen y creen que me lo he montado con más de dos. Y así siguen preguntando y contando cosas indecentes. Se lo están pasando bien y querría ser parte de ese juego despreocupado.
Dorian me mira de nuevo y luego se levanta, aburrido.
Me he fijado en que, aunque siempre está rodeado de gente, no habla con nadie.
Como si solo estuviera físicamente mientras en realidad su mente se hallase muy lejos de aquí.
Sé lo que es eso y no debería comprender tan bien a alguien que he venido a ayudar a destruir.
O a su familia. Porque sé que, cuando tenga su herencia, mi abuelo irá a por ellos.
O no, a saber.
De repente las luces se apagan y nos ponen unas capuchas. Cierro los ojos y me concentro en todo menos en la oscuridad. Como ya esperaba, por este día de lluvia, nos sacan fuera. Y el agua de la tormenta nos moja la ropa. Ya va haciendo frío y noto cómo esta me cala los huesos.
Para mí, estar bajo la lluvia no es nada nuevo. Mi abuelo Uriel me lo hace desde niña.
—Tengo frío, abuelo —le dije una vez llorando.
—Lo siento, esta es tu única meta en la vida.
Poco después me puse enferma y estuve en cama varios días, pero no dije nada a mi madre porque mi abuelo me amenazó con hacerle daño. Mi madre no sabe que mi abuelo me sacaba de los internados a golpe de talón para llevarme con él a pasar sus pruebas.
El agua me empapa y nos llevan a la zona embarrada de la montaña.
—Os toca coger piedras hasta que os digamos que paréis. —Quien nos lo dice lleva la cabeza tapada y no, ninguno de los cuatro está aquí.
Cogemos una piedra tras otra. Noto cómo la arena se me mete bajo los dedos y el frío me penetra hasta los huesos.
Aparto piedras para Dafna y Mina. Se las dejo cerca para cuando regresan y llevo mi mente lejos.
Estoy en el circo viendo a mi madre bailar con mi padrastro y a mi abuelo contando el mito de Eros y Psique.
Mi madre se mueve con la música.
—A veces el amor duele y nos pone a prueba —decía la voz de mi abuelo—, y si no, que se lo digan a Eros, que se enamoró de la mujer que debía destruir.
Cuando la gente baja a los infiernos, de golpe, ven que en sus manos tienen papeles rojos. Están tan metidos en el sufrimiento de Eros que no se dan cuenta de lo que pasa. Y tras el gran beso desaparecen y aparece mi abuelo:
—Un día uno de vosotros amará tanto que será capaz de bajar a los infiernos por esa persona.
La gente aplaude con fuerza y yo entre ellos. La imagen se disipa y sigo aquí. Rodeada de piedras y barro hasta que no puedo más. Por suerte nos dicen que regresemos dentro.
De vuelta nadie dice nada. Y miro a mis amigas sin saber por qué soportan todo esto. Eso me hace desconfiar de ellas. Y pensar en lo que me dijo Dorian de que la gente se rebaja solo por el placer de conseguir ser como ellos. ¿Merece la pena? No, no la merece.
Entro en la cama y no aguanto un solo segundo despierta.