Capítulo 14
D ORIAN
Carreras de sacos mugrientos. Qué patético y aburrido.
Siempre lo mismo. No quieren cambiar. Porque esto les funciona.
Miro cómo preparan los sacos y los llenan de barro y mierda de los establos.
Estoy apoyado en el sauce llorón, como siempre.
Paso de implicarme. Idelia no anda lejos.
Fuimos a la ciudad a por algo de ropa que quería porque, sobre todo, tras lo de Abbi en la piscina, quiere seguir siendo la más guapa de este lugar.
Es una celosa de cuidado y me recuerda un poco a Afrodita; ella también sería muy capaz de separar al sol y la luna solo por joder.
La llevé para que luego me dejara en paz.
No tengo ganas de volver a acostarme con ella.
Me aburre el sexo, con ella y sin ella, y ahora que lo he admitido me siento mejor.
Y cada vez más es como si todo lo vivido hasta ahora solo hubiera sido con el deseo de encontrar algo, tal vez felicidad, tal vez olvidar.
Lo raro es que cuando pienso en meterme en un coño prieto y mojado me excito, hasta que llega el momento y no siento nada salvo el deseo de que pase el subidón y marcharme.
Entonces es cuando mi traicionera mente me recuerda el cuerpo sexi y mojado de Abbi y noto cómo los pantalones me aprietan y más si recuerdo cómo sus pezones se endurecieron hasta doler bajo mi mirada...
Para, eso no va a pasar. Esa becada es peligrosa.
Espero que traigan a los becados del primer curso y a Abbi.
Los veo aparecer, la gran mayoría con malas caras.
Todos menos Abbi, que se toma esto como una fiesta, o eso quiere aparentar.
Nuestras miradas se cruzan y siento opresión en el pecho.
No me gustó que me viera mientras Idelia me metía mano.
Aunque le aparté la mano pronto, no me gustó que presenciara ese momento.
Algo que normalmente me importa una mierda; he tenido sexo delante de más gente de la que recuerdo en este lugar.
Aparta la mirada y se centra en los sacos.
Mete los pies descalzos en uno de ellos y ni se inmuta.
Parece imperturbable, como si esto no fuera con ella.
Toma aire y agarra el saco con fuerza mientras les dicen que los primeros en cruzar la meta no tendrán que beberse lo que han preparado.
Lleva el suficiente alcohol para despertar a un muerto.
Por eso estoy lejos. Odio ese olor. Me trae amargos recuerdos.
Veo cómo empieza la carrera y los tíos más fuertes van contra las mujeres.
Derriban a varias y les pasan por encima, y luego los malos somos nosotros.
Abbi los esquiva y se va hasta una zona con pendiente, que parece que la derribará, pero no es así.
Tiene mucho equilibrio. La recuerdo en la azotea andando por la barandilla como si nada.
Sigue corriendo con el saco cogido hasta que uno de baloncesto muy alto la sujeta por detrás y la tira aposta, haciendo juego sucio.
Abbi cae contra el suelo y se da con una piedra.
La veo quieta, inmóvil. Nadie se da cuenta.
Maldigo y voy hasta allí al tiempo que Abbi se levanta y se toca la frente.
Tiene un feo corte sobre la ceja. Por un momento, al verse la sangre, parece muy vulnerable y una parte de mí quiere abrazarla y protegerla, ¿de dónde mierda ha salido eso?
Alza la cabeza y me ve. Su mirada cambia y quiere aparentar que no le importa.
Se levanta con la cabeza alta y pasa por mi lado.
—Sígueme —le digo cuando está cerca y el resto de las personas están centradas en la meta.
—No, he perdido y tengo que beberme esa mierda.
Anda, pero se marea. Tiro de su codo y esta vez no protesta cuando nos metemos entre los árboles.
La llevo hasta una cabaña que antiguamente usaban los cazadores y ahora es un refugio para las fiestas de mi familia cuando están aquí.
Solo yo tengo la llave y uso este lugar para escapar del internado.
Entramos en la cabaña y le digo que se siente en el sillón.
Tiene la piel pálida y me preocupa que el golpe sea grave.
No porque me importe, sino porque no quiero esa mancha en mi expediente.
Hago las novatadas, pero no soy un cabrón sin corazón y muchas veces he tratado de frenarlas si se pasan o me he preocupado por alguien si no está bien.
Bueno, a mi modo. No sé ser dulce, pero no me gusta que esto se vaya de madre.
Una cosa es hacer una novatada y otra llevarla a un nivel cruel.
Pero el resto no lo ve así, por eso muchas veces ni aparezco, porque no sé cómo lidiar con su crueldad.
Salgo del cuarto de aseo con todo lo necesario para curarla y le limpio la herida con cuidado.
—Se te da bien curar.
—De pequeño ayudaba al veterinario de mi casa con los animales... —Me molesta haberle confesado eso—. Nada importante.
—No, sí lo es, ahora soy un caballo, por suerte son mis animales favoritos.
—¿Sabes montar?
—No, pero me gustaría, a veces imagino que monto.
Centra sus ojos marrones en mí y me recuerdan a una taza de chocolate caliente.
Son muy cálidos. Y tienen pequeñas motas de más a menos marrones.
Pero mi mente calenturienta no la ha imaginado montando caballos precisamente.
Enfadado, me centro en el corte. No es profundo.
E intento no acariciar su piel, aunque me veo tentado a ello.
—¿Te desmayaste?
—No, pero me quedé aturdida y con miedo de lo que podría pasarme. —Aparta la mirada como si se avergonzara de sentir esa debilidad—. ¿Me has traído aquí para ahora burlarte de mí o algo? Somos enemigos. Vas contra mí.
Voy a decir que no, pero la puerta se abre y aparecen mis «queridos» amigos.
—Y aquí está la última, como ya sabíamos.
—Abbi me mira con una triste sonrisa—. Gracias por vigilar que no esté muerta.
—Idelia le tiende una botella para que beba—.
No te creas importante, Dorian tiene la manía de vigilar que no nos pasemos con los novatos.
—La miro frío—. Tú no eres más importante que nadie, querida.
—¿La has traído aquí para que podamos follar todos con ella? —Edey es un cabrón. Se acerca a Abbi, pero esta lo coge de los huevos y se los estruja con fuerza.
—Antes me meto a monja que dejar que un cerdo como tú me toque. —Vale, sabe defenderse solita.
Idelia se ríe y le acerca de nuevo la bebida. Abbi la coge y se la bebe de un trago casi sin pensar. Luego eructa de forma poco femenina y no sé quién la mira más sorprendido.
—Gracias, estaba delicioso.
Se marcha y veo cómo se tambalea. Iría tras ella para asegurarme de que llega bien. No lo hago porque eso no es propio de mí, que una cosa es controlar y otra llegar tan lejos, y porque haría que el resto se preguntaran qué mierda hago.
—¿Por qué la has traído aquí? —Idelia se sienta donde antes estaba Abbi.
—Para follársela —apunta Hermes—. Está claro. Menudo culo tiene la becada, debe dar mucho gusto entrar entre sus nalgas. Yo, si quieres compartir, me apunto, ya lo dije.
—No, si tonto no eres —dice Edey sentándose repantingado en un sofá—. Estaba medio atontada por el golpe y la traes aquí para desplegar tus encantos y poder meterte entre su buen par de tetas. Eso es más propio de mí que de ti, pero me encanta que la gente caiga.
No digo nada. Les hago creer que todo es cierto. Da igual lo que piensen. Cuanto más crean que me conocen, más me dejarán en paz.
Se quedan para beber algo y me marcho a mi cuarto.
Les dejo que hagan lo que les dé la gana; seguramente acabarán follando entre ellos.
Antes de dormirme pienso en si Abbi estará bien.
Que se muera no me es tan indiferente como me gustaría.
Lo que me faltaba, que una becada me importe lo suficiente para joderme la vida.