Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

A BBI

Miramos varias tiendas de ropa, ya en la ciudad.

No necesito nada, pero cojo algunas cosas para disimular.

Luego proponen ir a tomar algo y veo que las dos se piden cervezas sin importar que supuestamente Mina deba conducir a la vuelta.

Piden otra ronda y proponen comer algo. Por suerte, nos iremos de aquí antes de que se haga de noche. Odio conducir de noche.

Por la tarde estoy aburrida de verlas beber y no me hacen caso para volvernos. Salgo a llamar a mi madre para distraerme y no ponerme en modo madraza con dos personas que casi ni conozco.

—Hola, hija, qué bien que me llames. Te echaba de menos.

—Hola, mamá, estoy bien y de una pieza.

—No digas eso, que mi mente te ve en trozos como cuando tu abuelo hace ese número de magia.

—Por suerte mi hermano te deja parar poco. —Se ríe.

Mi madre me tuvo muy joven, con solo dieciocho años.

Cuando se volvió a casar descartó tener más hijos, y ella y mi padrastro lo veían bien, pero el destino tenía otros planes y hace tres años trajo al mundo al niño más bonito que he tenido la suerte de conocer.

Lo malo es que lo veo muy poco y cada vez que nos separamos se me rompe el alma.

Desde que Defin nació empecé a preguntarme qué sería de mis otros hermanos.

Si, como yo, se veían atrapados en esto.

Conozco a varios hijos de mi padre y son a cuál más idiota y mis primos, igual.

Pero esto no acabará. Mi abuelo, mientras viva y no consiga su herencia, hará de la vida de todos un infierno.

Tengo que detener esto también por ellos.

—No me deja, no. Te echa mucho de menos.

—Y yo a él. Es el mejor de mis hermanos. —Ella se ríe.

—Con diferencia, no es clon del resto. —Se queda callada—. Por un lado, me arrepiento de haber conocido a tu padre, pero, por otro, me dio lo segundo mejor de mi vida... Siento que por su culpa te veas metida en esto.

Mi madre sabe lo justo, pero sí que estoy aquí por exigencias de mi abuelo y que ellos me dejaron ir de pequeña.

Muchas veces me he preguntado por qué no lucharon más por mí.

Pero sé que mi abuelo Uriel no los habría dejado ir tan tranquilos y, al fin y al cabo, ellos no saben lo terrible que es.

Todo lo vivido con él siempre me lo he guardado para mí misma porque no se puede cambiar y mi madre sufriría mucho si lo supiera.

Ella no puede perdonarse, siempre es así, y explicarle que esto no es su culpa no cambia nada.

Mi abuelo Hadrian también se siente culpable por haberse visto envuelto en cosas turbias para salvar a sus trabajadores.

Un día me dijo que por ellos haría lo que fuera, pero no esperaba que, una vez zanjado el asunto, quedara ahí marcado para ser algo con lo que presionarme.

Mi abuelo es muy honrado, pero ama con intensidad.

Y por la gente que quiere va a los infiernos si hace falta.

Un día me dijo que yo era como él. Que un día amaría tanto a alguien que por él no me importaría bajar al inframundo y enfrentarme a sus demonios.

Él lo hizo por mi abuela, hasta que ella se marchó con otro que le prometió una vida mejor.

La sigue amando y un día me dijo que, aunque la odia con todo su ser, a veces se pierde en el recuerdo de lo feliz que era cuando ella lo veía a él entre toda la multitud. Era bailarina y su amor fue corto pero intenso.

Sigo hablando con mi madre hasta que decido volver junto a mis compañeras y sacarlas a rastras. Por suerte me siguen cuando amenazo con irme sin ellas.

Conduzco de vuelta y ambas se quedan dormidas.

Aún es de día, pero cada vez se ve menos. Aprieto las manos en el volante y tomo aire varias veces para no agobiarme.

Lo malo de odiar la oscuridad y conducir es que cuando conduces no puedes imaginar libremente sin arriesgarte a tener un accidente.

Por eso ir tan pendiente de la carretera sin luz me tensa mucho.

Llegamos al internado y dejo el coche. Despierto a mis compañeras, pero ni puñetero caso.

Las dejo en el coche y le digo al que registra los vehículos que entran y salen que hemos vuelto.

Le entrego las llaves y me marcho tras informarle de que mis acompañantes no quieren salir.

Voy a salir del garaje cuando el rugido de un coche caro llama mi atención.

Giro la cabeza en esa dirección y veo un cochazo negro que rezuma lujo por los cuatro costados.

Dentro está Dorian, que resalta rodeado de tanta oscuridad por su pelo rubio.

Junto a él va Idelia, que baja la mano por su pecho.

La mirada de Dorian y la mía se encuentran un segundo antes de que rompa el contacto visual y me marcho a mi cuarto a guardar mi ropa nueva a buen recaudo.

Mis compañeras llegan entre risas bien entrada la noche. A ver cómo se toman que nos vuelvan a sacar de la cama. Esta noche tocan carreras de sacos y me siento un poco traidora por no haberlas avisado.

Tengo que recordar que mi misión no es hacer amigos. Pero que ellas hayan cuidado de mí tras lo de la ducha hace que me sienta peor. Tal vez no debería estrechar lazos con ellas. Sin duda lo haría todo más fácil.