Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

A BBI

Salgo de mi cuarto y veo a varias de las pelotas de Idelia enfrente. Me dispongo a ignorarlas cuando me cogen y me llevan a rastras hasta un cuarto que no se usa. Me empujan dentro e Idelia se levanta del sofá.

—No me gustas, no me gustas un pelo.

Ahora es cuando sería bueno callarse, pero no puedo.

—¿Qué parte de mí no te gusta —me señalo las tetas—, esta o esta? —Idelia me mira enfurecida—. Ah, no, que a ti lo que te molesta es mi inteligencia... o no, porque eso te da igual.

Me cruza la cara. Me da una bofetada que me dan ganas de llorar.

Tristemente, no es la primera vez que sufro acoso. Que alguien me humilla o me hace sentir débil. Por eso le aguanto la mirada con una sonrisa, a pesar de que por dentro duele su bofetada y sentir cómo me desprecia.

—Y yo que pensaba que no te gustaba ensuciarte las manos.

—Te la merecías. Ellas son testigos. Me has provocado tú, metiéndote con mi físico y con mi inteligencia. Que todos saben que me tuve que operar para tener mejores tetas. Eres una zorra rastrera.

No lo sabía, aunque lo intuía, pero no lo dije por eso. Me encantan las personas, se pongan o no tetas. Lo que me jode es que lo hagan para sentirse superiores a los demás, como ella. Por eso lo dije.

Las demás la miran como si la pobre estuviera sufriendo mucho y yo fuera lo peor. No digo nada. O, bueno, lo intento.

—Si quisiera meterme con tu físico habría empezado por hablar del grano tan enorme que te está saliendo en la mejilla derecha, pero me he callado, ¿verdad?

Me mira enfurecida y se toca el minigrano. Es ridículo, pero sé que ella se irá corriendo a ponerse crema y me dejará en paz, o eso creía.

—Metedla en la ducha con agua fría. Que se joda, por zorra.

—¡Y dale con las zorras!

Idelia se marcha y sus amigas, o pelotas de turno, me golpean y agreden hasta que me tiran dentro de la ducha. Noto cómo me arañan, cómo me lastiman mientras trato de defenderme. Al final abren el grifo y se ríen de mí.

—No eres más que una ridícula.

Cuando era pequeña me decían lo mismo. Ahora la edad no importa, pero en el colegio ser la más pequeña de la clase era horrible.

Y pagué las consecuencias. Dejo que el agua fría me congele y trato de no temblar mientras se ríen y me hacen vídeos para mandarlos al grupo y que todos se burlen de mi cara con el rímel corrido.

Por eso no pierdo la sonrisa, no queriendo que mis fantasmas les demuestren cuánto me jode esta humillación que va más allá de las novatadas.

Al final se marchan. Dafna entra corriendo con ropa seca.

—He visto el vídeo.

—Sí, parece que a Idelia no le gustan mis tetas.

—No le gusta nadie que le haga sombra, y menos una becada —dice y me seco delante de ella—. ¿Cómo estás?

—Bien, esto no es la primera vez que me pasa.

—Vaya. Lo siento.

—Solo me hizo más fuerte. Y tal vez hasta me preparó para esta mierda. No van a romperme.

—No, claro que no. Cuanto más sonrías, más les jodes.

Termino de arreglarme y salimos del cuarto.

—Novatadas para ti sola, no te quejarás —dice uno—. Yo, si quieres, me doy una ducha fría contigo. Y te caliento.

Le saco un dedo corazón, eso sí, con una sonrisa. Vamos hasta el cuarto y Mina entra corriendo.

—¿Estás bien? —Asiento—. Vale, pues vamos a coger las cosas e irnos a la ciudad. Así te alejas de esas pavas.

—Me apunto. Vamos a pedir un coche prestado.

En el garaje hay coches para los estudiantes.

Bajamos y solicitamos uno para ir a la ciudad.

Conduzco yo y trato de no pensar en lo que ha pasado y en cómo eso me lleva a cuando de niña me quitaban el almuerzo o me lo tiraban al suelo las otras crías.

Para ellas ser tan lista era de raritos y ser rarito en un internado era una condena.

O en un colegio. Pero allí lo sufría a cada hora.

Y, cuando tenía un descanso, mi abuelo Uriel me recogía para llevarme con él a su casa y que practicara.

Tomo aire y me centro en mis metas, en mis objetivos, que están lejos de personas que se creen superiores por hacer llorar a los demás.

Ellos no saben lo dura que puedo llegar a ser. No voy a dejar que me rompan.