Capítulo 10
A BBI
Voy con Dafna y Mina a la piscina. Aún no ha empezado el frío y esta piscina está climatizada.
En cuanto llegamos se quitan los vestidos y se meten al agua.
Me quedo bajo la sombrilla. No me importa ir a la playa, quedarme en bañador y disfrutar del sol.
Lo que no me gusta son las miradas que nos lanzan los de segundo.
Como si nunca hubieran visto un par de tetas.
Y suelo ir a playas con mucha gente, donde eres uno más entre cientos de cuerpos medio desnudos.
Idelia se acerca a la piscina con un traje de baño ideal. Mira a las de primero como si fuéramos escoria y se tiende en una tumbona, creyéndose la mismísima reina. Luego alza la mano y sus pelotas le traen varias bebidas. Madre mía, qué patético es todo esto.
No hay dioses entre los humanos, solo personas a las que estos convierten en intocables.
Y eso ocurre con estos cuatro. Dorian pasa por su lado y la ignora, cosa que a Idelia le molesta mucho y va tras él. Dorian se quita la camiseta blanca y se tira a la piscina sin hacerle caso tras tirar su ropa a la silla.
Tiene un cuerpo fibrado y tentador. Se me seca la boca solo de mirarlo emerger y dar varias brazadas. Gira la cabeza y su mirada se encuentra con la mía. Cuando me guiña un ojo porque me pilla mirándolo sé que he tenido suficiente.
Y luego me quejo yo de la gente que me mira a mí... Soy patética.
El problema es que yo lo digo por lo que viví, porque eso me marcó. Ojalá ese momento no hubiera pasado y pudiera ser libre para que las miradas de la gente no me llevaran a ese instante.
Saco el móvil y miro las redes como si todo este espectáculo no me importara nada. Lo hago hasta que alguien me tapa el sol y me moja las piernas. Alzo la mirada sabiendo qué persona necesita que lo mire hasta idolatrarlo.
Dorian.
—¿Qué escondes bajo la ropa?
Lo miro, gran error. Está mojado y solo lleva un bañador negro, que se le pega a la piel. Y madre mía. Su cuerpo parece de verdad tallado en piedra o hecho para el pecado...
Eros...
¡¡Que no, joder!!
Lo miro a la cara tras empaparme de su tonificado torso y sus tatuajes con motivos celtas y también alguno con letras griegas.
No debería sentir calor bajo mi vientre.
Acierto a centrar mi atención solo en partes de su cuerpo poco comprometidas y veo cómo el pelo rubio parece más oscuro por el agua.
Recuerdo su pregunta y le respondo:
—Unas tetas tan impresionantes que acabarían por eclipsar las del resto y no me apetece deslumbrar a nadie. No estoy aquí para convertirme en estrella.
—Para saber si tienes razón tendría que verlas.
—No vas a tener ese honor y ahora aparta, que me mojas.
—Admites que te mojas por mí. —Se acerca y pienso en qué cojones hace cuando tira de la toalla que tengo tras de mí y la coge—. De nada.
Se marcha con mi toalla, como si este lugar fuera suyo y pudiera tomar todo lo que se le antojase. La miro enfadada y más cuando, tras secarse, me la tira a la cara.
—¡Eres un capullo!
—Dime algo que no sepa, becada.
Idelia me mira, contenta del desprecio de Dorian.
No pienso dejar que me hundan. Por eso sonrío y tiro de mi vestido playero hasta arriba.
Luego dejo al descubierto mi cuerpo tonificado y mis pechos.
Sé que tengo unas buenas tetas. Un cuerpo con curvas y moldeado por el ejercicio duro al que me ha sometido mi abuelo paterno desde niña.
Idelia echa chispas al verme en bañador y tensa la mandíbula. No es la única que me mira mientras voy a la piscina corriendo y hago un salto con voltereta antes de caer al agua. Aquí da igual si caigo de culo.
Que se joda. Lo peor es que sé que ahora, cuando salga, sentiré muchas miradas indiscretas.
Me quedo bajo el agua tomando fuerzas y luego salgo y nado hasta la escalera.
Tiemblo, pero nadie lo nota. La gente me mira, entre ellos Dorian, que no aparta los ojos de mí.
Y noto cómo eso, sumado al viento que hace, me endurece los pezones.
Voy hasta donde tiró su camiseta y la cojo para pasármela por el cuerpo. Idelia agranda los ojos y más cuando se la tiro a Dorian a la cara. Este levanta una mano y se aparta antes de que le dé.
—Como decía, no quería eclipsar a nadie con mis tetas bien puestas y naturales.
Sonrío y me marcho a por mis cosas. No me pongo el vestido y entro al edificio descalza, mojada y medio en pelotas. Lo peor. Las miradas lascivas me recuerdan momentos de mi pasado que quisiera olvidar.
Al menos me queda el consuelo de que esta guerra de momento la voy ganando yo.