Capítulo 6
D ORIAN
Entro en la cafetería a primera hora para coger algo de desayuno.
No he dormido una mierda. Entre otras cosas, por las primeras pruebas y porque Idelia me invitó a su cama tras ellas.
Follamos juntos con frecuencia. A ambos nos gusta el sexo.
Aunque me aburre desde hace tiempo hacerlo con ella y con otras personas y, de hecho, no recuerdo si alguna vez lo disfruté.
Siempre siento ese subidón de que me gusta.
De follar hasta perderme, pero luego, tras tener sexo, me quedo frío.
Y más desde hace años, cuando se me pasó la novedad.
Tras probar con varias mujeres y tras probar varias cosas.
Tríos u orgías. Nada de eso conseguía hacerme sentir algo más allá de ese placer momentáneo antes de correrme.
Un instante de liberación antes de sentir asco por estar en ese sitio.
Por eso, tras el sexo me fui a mi cuarto.
Me duché y a mi mente vino cierta morena de grandes ojos almendrados.
Su mirada es desafiante y llena de vida. La vi sonreír mientras los demás imploraban piedad. Su gesto era tranquilo y parecía imperturbable. No les gustó que le quitara la mordaza. No sé bien por qué lo hice; a ellos les dije que era para que los olores le jodieran más. Ni se pararon a pensarlo.
La busco entre la gente. La veo al fondo con sus dos compañeras. No tienen buena cara, las compañeras, pero Abbi, que así es como se llama la joven de la azotea, sonríe como si hubiera dormido de lujo y se sintiera de maravilla. O está loca o es jodidamente fuerte.
Como ayer, usa ropas anchas que parecen decir: «No me mires dos veces, que no hay nada para ti». Dudo que sea el caso. Ella llama la atención hasta llena de basura por el cuerpo.
Hasta que no empiecen las clases no tenemos que usar los uniformes.
Se está tomando una manzana jugosa. Cruza su mirada con la mía cuando la muerde y juro que es como si me mordiera a mí y me mirara mientras lo hace. Noto latir algo bajo mi pecho y miro aturdido a Idelia mientras habla.
—Dentro de dos noches daremos otra lección a los becados. Me dan hasta asco. ¿Has visto sus ropas tan poco favorecedoras?
Ni lo comento, solo me termino el café y me marcho.
Idelia me llama porque cree que tiene poder sobre mí.
Aún no ha entendido que solo la busco para follar, pero que nunca será nada para mí si puedo evitarlo.
Decírselo una y otra vez no hace que lo comprenda.
Al final me cansé de dejarle claras mis intenciones con ella porque acaba por pensar lo que le da la gana.
Y, mientras crea que me tiene, mi abuelo y su familia me dejan en paz.
Al pasar por la mesa de Abbi me mira con intensidad y me pregunto si esa sonrisa no se irá convirtiendo en otra más oscura y triste.
No sabe lo que se le viene encima, o sí; si está aquí es porque ha decidido que un puesto de trabajo vale más que todo lo demás.
Si yo pudiera elegir, nunca elegiría estudiar aquí, pero no puedo.
Por eso a mí los becados me dan rabia. Porque tienen un mundo de posibilidades y eligen este lugar apestado.
No me importa su ropa, o cómo son, me importa que no valoran la libertad que tienen sin darse cuenta.
Llego a mi cuarto, donde me espera una de las pelotas de Idelia, que me tiende una lista y sale corriendo. La abro ya dentro de mi habitación; es la letra de Idelia:
Para que no se te olviden las normas:
1. Nada de confraternizar con becados.
2. Nada de tenerlos en cuenta como personas en este lugar.
3. No evitar su destino aquí.
4. Joderles la vida hasta que estudiar sea lo último que deseen.
5. Y, por supuesto, nada de enamorarse de becados.
Arrugo la nota y la tiro a la basura. No sé a qué viene esta mierda, pero con Idelia es así: o te vas cuando ella te ordena, o te manda notas o recados con las jóvenes que se mueren porque les haga caso.
Me sé las normas de memoria, las escribió mi abuelo y me las ha repetido desde pequeño una y otra vez.
Salgo a la azotea y veo a Abbi subida a la barandilla. Voy hasta ella preocupado, algo raro en mí porque me la suda el mundo. Anda por la barandilla como si estuviera en el circo. Y puedo verla allí, rodeada de luces y haciendo a la gente feliz cuando, en vez de matarse, sale ilesa.
Me siento donde ella estaba apoyada la última vez. Si se cae, se mata, pero siento que necesita esa certeza. Esa victoria. Anda por la barandilla y luego se pone recta y sale dando una voltereta en el aire. Cae de culo, muy poco artístico. Pero se ríe.
—Nunca se me ha dado bien la salida, por eso siempre lo hago sobre colchonetas. —Se levanta y viene hacia mí limpiándose la gravilla de los vaqueros anchos.
Por qué me quedo aquí es algo que ahora mismo no quiero analizar.
—Estás loca. —Saco un cigarro y lo enciendo odiando ese instante, luego lo dejo entre mis dedos hasta que ella me lo quita y lo pisa con sus deportivas.
—Necesitaba tener el control.
Que me confiese eso me pilla por sorpresa; sabe que ahora mismo somos enemigos en este lugar. Y lo peor es que sé lo que es eso. Esa sensación de que la vida va demasiado rápido y necesitas algo que te recuerde por qué merece la pena respirar.
Nos miramos a los ojos. No lleva casi nada de maquillaje y su mirada guarda una inteligencia increíble.
Sé por los estudios a los becados que es superdotada.
Ha estudiado siempre en cursos en que la gente era mayor que ella.
Yo le saco tres años, pero siento que a su corta edad ha visto demasiado.
Tal vez lo esté confundiendo todo, perdido en sus grandes pozos marrones.
Sus pestañas son oscuras y le hacen una mirada felina. Podría seducir a un muerto solo así.
Pero a mí, no. Solo es una becada más.
—No deberías hablar conmigo. Luego te putearé y pienso disfrutarlo mucho.
—Contaba con eso. Pero aquí estamos los dos.
No digo nada, solo veo cómo el atardecer da paso a una noche muy oscura.
—Es la hora de los monstruos y de la magia. —Se gira y me mira con una sonrisa. Luego me acerca su mano a la oreja, en la que no parece haber nada, y casi sin tocarme saca una gran moneda plateada—. Tachán.
Deja la moneda en mi mano. Es pesada y grande. ¿Cómo narices la ha escondido entre sus pequeños dedos?
—Ese truco es infantil y estúpido. —Uno que yo conozco, pero la gente que lo hace me sigue sorprendiendo.
—Seguramente, pero siempre me recordará de dónde vengo y hacia dónde quiero ir.
—Nos miramos a los ojos. Es preciosa; sus labios son grandes y jugosos.
Tiene la nariz y las mejillas salpicadas de pecas, pecas reales, no como las que usa Idelia para estar a la moda—.
Nos vemos esta noche. Intentad esta vez llevarnos a un spa .
Algo parecido a una sonrisa se pinta en mi cara y cuando bajo la mirada me ha quitado la moneda sin que me dé cuenta. Solo un truco de niños que me recuerda que esta becada es peligrosa y no es como el resto.
Es mejor no olvidarlo.
Va a ser divertido verla caer y tal vez antes la ponga de rodillas y le diga qué puede hacer para darme placer con esa boquita. Noto cómo mi polla da una sacudida ante esa idea y algo fuerte me late en el pecho. Al parecer, la idea de que me la coma no me desagrada...