Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

A BBI

Entran en nuestros cuartos y nos sacan de la cama tras ponernos una capucha negra.

Tiran de nosotros hacia fuera y escucho gritos y lloros.

Como si no supieran a dónde venían. Yo no hago nada.

Solo tratar de no dejarme llevar por la ansiedad.

No me gusta que me toquen y siento manos que tiran de mis brazos.

Me centro en respirar y llevo mi mente a otro lugar.

A las letras y cuentos de hadas y mitología...

, donde, sin querer, pienso otra vez en Eros, pero le pongo la cara de Dorian...

Mierda. El espectáculo de mi abuelo Hadrian hila el mundo mágico con sus trucos. Por eso siempre me ha encantado.

Salimos. Hace frío y los guijarros del suelo se clavan en la planta desnuda de nuestros pies.

Tomo aire para ser fuerte; mi abuelo Uriel me ha preparado para esto.

Y he odiado cada día de los que pasé en su casa.

Nos tiran de rodillas y atan nuestras manos a la espalda.

Escucho mi respiración resonar en los oídos y no veo nada tras la capucha negra.

«Ya estamos listos para el sacrificio de las brujas», pienso para centrarme en todo menos en el frío y las heridas de mis pies.

Vamos, tú puedes, puedes con esto, Abbi.

Esto solo es el principio de un horrible juego macabro donde las novatadas son el hilo conductor.

Nos quitan las capuchas negras y siento el frío de la noche posarse en mis acaloradas mejillas.

Veo que estamos ante el gran sauce llorón, el árbol que se plantó cerca de la universidad como símbolo de este nuevo comienzo.

Y no muy lejos hay un busto de mi abuelo cuando era joven.

Era muy guapo, pero yo solo veo al monstruo que es ahora.

Observo a todos los niños ricos mirarnos como si fuéramos su cena.

No solo están los dioses, sino todos los hijos de papá que les hacen la pelota.

Idiotas. Y también hay becados de cursos superiores, con pasamontañas negros, que son los que han claudicado y ahora hacen todo lo que les piden. Vamos, el trabajo sucio.

No sé cómo pueden caer tan bajo. Hace que sienta asco por ellos. Asco porque saben lo que es ser jodido en este lugar y, aunque hay becados que firman no subir de nota y se mantienen al margen de las novatadas, estos hacen cualquier cosa con tal de ser uno de ellos.

Todos parecen disfrutar de esto. Todos menos Dorian Wilson.

Está al fondo, apoyado en el árbol, mirando aburrido el espectáculo.

Sus ojos se cruzan con los míos y le sonrío como si esto fuera lo más divertido del mundo.

Va todo de negro y juega con un Zippo de su bolsillo.

El pelo rubio le cae sobre las cejas como si se lo hubiera revuelto o como si antes de venir hubiese estado follando con alguien y le hubiera tirado del pelo mientras entraba en ella... ¿Por qué he pensado eso?

Aparto esos pensamientos calenturientos de mi mente y me centro en este espectáculo, que parece sacado de una película mala de terror.

—Estáis aquí para sufrir, jodidos becados de mierda. —Quien habla es Hermes Scott—. ¿Estáis asustados? Deberíais...

—¿Es ahora cuando nos quemáis por brujos y brujas?

—Hermes me mira por mi chulería y por interrumpirlo—.

Lo digo porque hace frío y así de paso me caliento un poco.

A mi hoguera dadle más potencia, que me pone lo ardiente.

Por suerte estamos en Europa, y aquí a los brujos se los quemaba, solo faltaba que estuviéramos en Salem y nos cortaran la cabeza de cuajo.

Vale, sé que debería callarme. Pero, cuando estoy nerviosa, a veces me pasa que doy datos o menciono cosas aleatorias.

Casi nadie me sigue el ritmo o sabe de lo que hablo.

Salvo Dorian. Él sí sabía lo que era el brillo ceniciento.

Lo miro y parece divertido por mis palabras.

Luego se da cuenta de su sonrisa y cambia el gesto.

—Cierra la boca, pequeña zorra —dice Idelia como si le debiera miedo y respeto. En persona es muy guapa, pero tiene una belleza demasiado falsa tras tanto maquillaje.

—Joder, qué gran piropo, ser una zorra es un don. Ser astuta, ágil e inteligente. Algo que seguro que por aquí escasea.

Vale, para..., o no, tal vez así me cierren la boca con algo y eso iría genial para la siguiente prueba.

—Los zorros controlan las plagas. Ya sabes, ratas, ratones y víboras. —La miro, dejando claro que lo digo por ella—. Así evitan que se extiendan...

Como era de esperar, me cierran la boca con una mordaza y casi lo prefiero. He interrumpido su gran discurso. Hermes Scott tiene fama de perder los nervios con facilidad.

A su lado está Edey Adams; parece tranquilo, que no ha roto un plato, pero circula por redes el rumor de que le gusta abusar de la gente. Nunca han probado nada, aunque seguramente sea por el dinero. Han silenciado los rumores. Pero yo no me fío.

—Bienvenidos a la Universidad Uriel Nelson.

Hay bustos y fotos de mi abuelo. Retratos por todos lados.

Yo sé por qué lo hicieron: era la forma de que todos supieran esta historia, para encontrarlo.

Pero mi abuelo se escondió bien. Muy bien, y seguramente por eso se los lleven los demonios, por no saber si sigue vivo.

Si sus nietos un día aparecerán y reclamarán su herencia.

No sé cómo fueron tan idiotas de robarle la herencia y dejar una opción de recuperarla.

Pero no lo van a encontrar a menos que él quiera.

Para empezar, mi abuelo se juntaba siempre con mujeres de pelo castaño y ojos negros o marrones, para que sus genes se perdieran con los años.

Él es rubio de ojos azules. Y le dijeron que el color de ojos marrón era más dominante.

Alguno de sus nietos tiene los ojos claros y de esos no ha querido saber nada.

Solo de los que, gracias a sus manejos, no se le parecían nada.

Es todo tan retorcido que da para una película.

Hasta dónde es capaz un hombre de llegar para conseguir su venganza y recuperar su ansiada herencia.

—Preparados para sufrir —dice Idelia Harris.

Idelia mira a Dorian como si esperara que él la devorara con los ojos.

Hacen buena pareja, la verdad. Pero, por cómo él la mira cuando ella le lanza un beso, si hay algo es puramente sexual.

Sus ojos siguen impasibles. Como si el mundo lo aburriera, como si nada alterase sus emociones. Salvo yo y mi palabrería incesante.

Siento a gente tras nosotros. Me vuelvo, pero antes de que pueda ver qué pasa nos tiran cubos llenos de comida podrida. Es asqueroso, aunque yo tengo una mordaza en la boca, que hace que no me entre nada. Es lo bueno de saber lo que iba a pasar y anticiparme.

Cierro los ojos y escucho cómo se ríen mientras la gente grita y llora.

Yo solo me concentro en otra cosa. Llevo mi mente lejos de aquí.

En mi imaginación, el árbol cobra vida y sus ramas les hacen pagar por esto.

Se les enredan en la cintura y los lanzan lejos.

Los oigo gritar y lloriquear. Es entretenido.

Imagino a una gorgona transformando a todos en piedra. Sería divertido.

Mi abuelo Hadrian me dijo hace años:

—Eres muy lista, pequeña Abbi, y puedes hacer que tu inteligencia te salve usando tu imaginación.

—El abuelo Uriel espera de mí que estudie cosas aburridas.

—Hazlo solo hasta que te libres de él, pero, hasta entonces, sueña, vive, ama.

Nadie puede dominarte la mente. Solo tú y seguro que sabrás cómo hacerlo.

Crea magia. —Me tocó la oreja y de esta sacó un dulce de chocolate—.

Crea ilusión mientras el resto piensa que han conseguido lo que quieren. Solo así serás libre.

—¡Quiero saber ese truco! —Mi abuelo dejó una moneda en mi mano.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Pues empecemos. Vas a ser la mejor maga.

Lo miré ilusionada y le di un fuerte abrazo mientras mi madre nos miraba desde la puerta con mi padrastro. Un malabarista que se incorporó al circo poco después de que yo naciera. Es un buen hombre y, lo mejor, la ama con locura y ella a él.

Le hizo olvidar a su primer amor. Mi padre. Solo la sedujo porque mi madre era muy lista y se rumoreaba que era superdotada. Aun así, mi madre ama el circo y no quiso estudiar, o eso me han contado, pero a veces siento que hay algo en toda esta historia que no me cuentan.

Mi padre se acercó a ella y la ilusionó.

Hasta que le dio lo que quería: un hijo.

Y luego cambió y de ella solo quería otro hijo, pero mi madre no deseaba tener nada más que ver con un hombre que la engañaba con otras mujeres.

Cerdo asqueroso... Y, cuando yo tuve edad suficiente para saber si destacaba en el colegio, apareció mi abuelo Uriel con mi padre...

y me llevaron a los mejores internados. Había entrado en su juego.

Regreso a este mundo lleno de mierda y nunca mejor dicho.

Nos van a dejar aquí solos con las manos atadas para que pasemos la noche.

Para eso nos atan los tobillos y luego unen una cuerda a las manos, para que movernos sea imposible.

Y luego se marchan. Dorian me mira al pasar y antes de que me dé cuenta me ha quitado la mordaza y puedo respirar mejor.

Lo ha hecho tan rápido que nadie se ha dado cuenta.

No sé si lo ha hecho para ayudarme o para escucharme gritar pidiendo clemencia. Dudo que haya sido un gesto de bondad.

Hay varios becados con pasamontañas que nos vigilan y cuando alguien dice que renuncia lo desatan.

Yo cierro los ojos y me concentro en todo menos en esta pesadilla para la que ya estaba preparada.

¡Sorpresa! Mi abuelo Nelson me hizo esta putada varias veces de niña, hasta que me acostumbré a ella.

Esta gente está pasando todo esto por primera vez, pero a mí me han hecho revivir las novatadas desde niña.

A mí y a todos los primos o hermanos que tienen potencial para entrar aquí, que no eran muchos.

Los suficientes para saber qué es lo que hacen aquí.

El tiempo pasa y la gente implora. Siento frío y asco.

Pero en mi cabeza estoy en el circo. Viendo a mi abuelo Hadrian hacer trucos de magia y, mientras la gente lo mira a él, los escenarios cambian, el entorno se vuelve diferente y cuando dice: «Nos hemos trasladado a un mundo mágico», la gente no entiende cómo no se dieron cuenta del cambio.

Los aplausos, la felicidad. Dejo que todo eso me envuelva.

Y de golpe nos riegan con agua fría. Siento el agua a presión en mi cuerpo y hace daño.

No me inmuto. No hago nada. Por dentro me estoy muriendo de frío.

Pero dejarles ver mis debilidades es darles demasiado poder.

Y, cuando me quitan las cuerdas, me levanto con chulería y con una amplia sonrisa les digo:

—Buenas noches, ha sido una ducha increíble. —Mis ojos se cruzan con los de Dorian, que ha regresado en algún momento. Les hago una reverencia.

Es mi forma de reírme de ellos por ir de dioses. Con paso firme y seguro ando hasta mi cuarto y al entrar voy derecha al aseo y solo ahí me permito temblar y agitarme. Y esto solo acaba de empezar. Toca tener la mente fría y mantener la ansiedad a raya.

Ahora ya saben que nunca me faltó ni inteligencia ni chulería.

Esto segundo sacaba de quicio a mi abuelo.