Capítulo 4
A BBI
La puerta de mi cuarto se abre y aparece una chica rubia menuda que parece muy nerviosa.
Aparenta mi edad, pero quizá sea algo mayor porque en esta universidad hay gente de diferentes edades que ha decidido estudiar más tarde.
Parece tener una de esas caras que se mantienen juveniles con el paso de los años.
Entiendo su miedo por recorrer este edificio. Y no por los altos techos oscuros, las pinturas antiguas o los largos pasillos con puertas que parecen cerrarse solas. No, lo que da miedo aquí es saber que a los becados se les hacen putadas hasta que abandonan por no poder soportar la presión.
Tengo un libro en que se recopila todo lo que han ido haciendo a lo largo de los años, con mis propias notas, y me tocará añadir las cosas nuevas que puedan venir.
Ninguno de mis hermanos más pequeños destaca académicamente, eso oí gritar a mi abuelo una vez, por eso hay tanta presión sobre mí.
Desde pequeña he sido preparada para este momento.
Mi padre, después de mi nacimiento, dejó a mi madre cuando esta no quiso tener más hijos.
La trató fatal por su decisión y al poco supimos que se había liado con otra mujer y esperaba un niño.
Con los años entendimos su insistencia en tener más hijos.
Todos los hijos de mi abuelo han tenido tanta descendencia como han podido, y lo mismo la siguiente generación.
Y, por extraño que parezca, soy la única mujer entre todos.
Lo triste es que en toda esta historia ni uno solo renunció al dinero por amor o por su familia.
Para ellos los hijos solo son una forma de conseguir la meta final.
Y a esto se le suma que cada niño adopta los apellidos de la madre en vez de los del padre.
Y a nadie, nadie, podemos hablarle de ello.
Por eso a mi abuelo lo veo en contadas ocasiones, pero se encarga de que me lleguen los mensajes.
Aunque perdió todo hace años, después se hizo con una buena fortuna, que regentan otros, que son la cara visible, mientras él lo maneja todo en la sombra para que nadie lo reconozca, pero no tiene suficiente: quiere más y quiere lo que es suyo.
Algo pasó aquí hace años que causó que mi abuelo renunciara a todo su dinero.
Ni siquiera él lo sabe. A veces me he preguntado qué hace que un hombre renuncie a todo.
Siempre suele ser para silenciar algo. Una vez lo vi como ido, sentado junto a la ventana, y de sus labios salía el nombre de Vicent.
Cuando me acerqué a él me miró como si no me viera.
Estaba en trance, aún dormido. Se durmió de nuevo y al despertar le pregunté:
—¿Por qué no vuelves a la universidad para ver si recuperas tus recuerdos?
—La única vez que estuve cerca me dolió tanto la cabeza que el dolor casi me mata. El médico me recomendó no forzar las cosas. Si un día regreso será porque sé que voy a ganar, y si el dolor me mata..., no perderé mi herencia.
—Yo habría invertido mi vida o en saber la verdad, o en ser un buen abuelo.
—Por suerte para mí, lo que tú pienses no me importa.
Y tras decir eso pidió a sus otros nietos que me dieran un baño de agua fría para que dejara de pensar tonterías. No volví a sacar el tema. Pero siento que mi abuelo se cegó por la herencia sin pararse a pensar en nada más. Y por culpa de sus decisiones yo me he visto arrastrada a este lugar.
Por eso no solo estoy aquí para librarme de él. Una parte de mí se pregunta qué pasó. Y tal vez antes de irme descubra la verdad.
A nadie más parece importarle saber la verdad. Solo el dinero, pero, por desgracia para ellos, yo no soy así. Y pienso descubrir todo lo que pueda para unir las piezas.
—Hola, soy Abbi. —Tiendo una mano a mi nueva compañera y le ofrezco una de mis mejores sonrisas.
La misma que he usado también con el borde del tejado.
El borde y sexi a rabiar. Por suerte, a mí un guapo rubio de ojos aguamarina no me hace mojar las bragas.
Soy inmune a los encantos de los hombres idiotas.
Al ser superdotada, siempre he ido cursos por delante.
No he podido hacer amigos de mi edad, y no conozco a mucha gente con la que compartir cómo me siento, aparte de los integrantes del circo de mi abuelo materno.
Allí he aprendido muchas cosas cuando he podido estar con ellos.
Algunas me han marcado porque tristemente personas indeseables hay en todos lados.
Por eso he tenido que lidiar con muchos idiotas desde que era pequeña. Y muchos tíos que se creían que por ser más joven podían meterse bajo mi falda con más facilidad.
A ver, me gusta el sexo, pero no me gusta que me miren quitarme la ropa sin mi permiso, o que cuando bailo o actúo solo les interese como rebotan mis tetas.
Tal vez por eso, o porque en los internados siempre era la más joven y algunos se creían que por eso podían aprovecharse, siempre suelo ir con ropas anchas.
Pero no tengo complejo de mi cuerpo. Al contrario, me encanta, pero me gusta lucirlo cuando yo decido.
Este lugar va a estar plagado de niños de papá y de personas que se creen que solo por tener dinero debes besar el suelo donde pisan.
No todos son así, lo sé. He tenido la mala suerte de conocer a los peores.
Y si quiero saber a qué grupo pertenecen, solo deberé mirar los uniformes.
Se dice que se hizo para que los becados nos pudiéramos costear la ropa, ya que los hijos de papá querían un uniforme de marca y así todos contentos.
Ja, lo hacen para trazar líneas visibles.
A mi mente acude de nuevo la imagen del rubio de la azotea. O, mejor dicho, de Dorian Wilson. El nieto del dueño de este internado. Uno de los cuatro dioses de este curso.
Dorian tiene veintidós años, es superdotado y lleva aquí desde los dieciséis. Ha cursado ya otra de las carreras que se imparten en la universidad y obtuvo la mejor nota, pero aquí sigue e iremos juntos a las mismas clases.
Mi abuelo me ha preparado para enfrentarme a ellos. A los cuatro nietos de sus antiguos amigos.
Dorian es el más difícil de batir, no solo porque es muy sexi y un mujeriego, sino también porque sin esfuerzo saca buenas notas.
Mi abuelo piensa que esto no es real, que puede estar amañado, pero no lo creo.
Hace años acusaron a la universidad de hacer trampas.
Fue uno de los amigos de un tío mío, ya que los Nelson no queremos llamar la atención, es preferible influir sobre la gente para que haga lo que tú quieras (palabras de Uriel, cómo no), y desde entonces, para que vean la trasparencia del centro, los exámenes los revisan ante notario; así de lejos han llevado todo en este lugar.
Me tocará saber si tengo que ir contra él para conseguir la nota más alta.
Y lo bueno es saber que nadie podrá amañar mis resultados.
De nuevo mi mente va a Dorian. Estaba preparada para verlo. Pero cuando lo he tenido delante he contenido el aliento. En persona es mucho más atractivo y las fotos no le hacen justicia.
Pero más allá de eso, su cara de capullo, ese hoyuelo en la mejilla y esos aires de «sé que soy un puto dios bajado a la tierra» no me han impresionado.
Aunque, al mirarlo, es como si viera en persona a Eros, o como siempre he imaginado que sería.
El atardecer resaltando su pelo rubio solo ayudó a mi fantasía.
Eros es uno de mis personajes mitológicos favoritos.
Su historia de amor es mi preferida y mi abuelo tiene un espectáculo sobre ella que me pone la piel de gallina.
De cuando Eros baja a los infiernos a por su amada Psique.
Si Eros fuera real, sería como Dorian Wilson, pero no lo es y no quiero que me joda el mito.
A veces mi cerebro tiene demasiada imaginación. La uso para escapar de la vida. Para poder perderme mientras todo a mi alrededor se desmorona.
Se ha encendido un cigarrillo odiando fumar.
Lo he notado enseguida por su cara de asco cuando aspiraba el humo.
Quitárselo ha sido muy fácil, no en vano mi abuelo Hadrian es el mago del espectáculo.
Y cuando nos hemos visto me ha enseñado sus trucos y cómo hacer que alguien centre toda su atención en otra cosa mientras tú elaboras la «magia».
Tengo la capacidad de fijarme en detalles que otros no ven y a veces necesito desentrañar los misterios de la gente que me rodea por mero aburrimiento. La mirada de Dorian fue de asombro un segundo antes de ocultarla bajo capas de indiferencia.
Es alto, muy alto, y sus ojos aguamarina son mucho más impresionantes de cerca. Por un segundo contuve el aliento ante su afilada mirada. Mi corazón emitió un pequeño aleteo, que reprimí, y traté de no hacer un eterno contacto visual.
Es muy atractivo, pero ahora mismo es mi enemigo.
Que supiera lo de la luna no me sorprendió, pero me gustó hablar con él de datos curiosos que mucha gente ignora. No debí hacerle esa pregunta, pero mi lengua fue más rápida. A veces me pasa cuando estoy nerviosa, lo que no quiere decir que estuviera nerviosa por él...
Observo a mi compañera de cuarto. Se muerde las uñas y el labio. Es nerviosa y asustadiza. No durará nada en este lugar.
—Dafna. —Su voz es temblorosa y está a punto de echarse a llorar.
—Encantada de conocerte. ¿Quieres elegir cuarto? A mí me da igual.
Asiente mientras yo espero en la salita que comunica con los tres cuartos y, como yo intuía, se queda con la mejor habitación y más soleada. Algo que está bien, pero que habla de una persona que mira por sí misma más que por los demás.
Bueno, lo tendré en cuenta. Tampoco he venido a hacer amigas.
Hay otro cuarto más. Falta una de las chicas y sé qué cuarto es peor. Cuál es más feo y cuál ninguna de las tres quiere.
La puerta se abre y entra una chica menuda como yo con una maleta pequeña.
—Hola, me llamo Guillermina. —Me tiende la mano y se la estrecho—. Me suelen llamar Mina.
—Yo soy Abbi, y puedes elegir cuarto.
—¿No te importa?
—No.
Voy hasta la ventana y espero mientras juego con una moneda de la suerte. La escondo entre mis dedos. El primer truco que me enseñó mi abuelo Hadrian.
—Este cuarto es oscuro. Lo echamos a suertes, si te parece.
—No hace falta, no me da miedo la oscuridad. —Miento, la odio. Es mi talón de Aquiles. Muevo mi maleta vacía hacia allí; en realidad, mis cosas ya están en ese armario, pero antes quería averiguar cómo eran. Dejar que descubrieran sus cartas.
—¿Segura?
—Sí. —Meto la maleta que faltaba y abro el armario, donde, en un doble fondo, estaban el resto de mis cosas.
Antes de que ellas vinieran, ya preparé mi cuarto para que nadie supiera dónde guardo mis cosas más importantes y varios chándales de repuesto porque paso de ir con el otro tipo de ropa de uniforme, que la tengo ahí también guardada, pero no me siento cómoda con ella, tan ajustada y las faldas tan jodidamente cortas.
Por eso no han visto nada, aunque todo estaba ahí.
Allí está también el libro que me dio mi abuelo Uriel con todas las novatadas hasta la fecha y un diario.
Lo saco y apunto algo al tuntún sin pensarlo mucho:
He conocido a alguien que tal vez me ayude..., un aliado.
El abuelo quiere que use mis armas. ¿Podré usar la seducción con Dorian Wilson? ¿Sería capaz de seducir a alguien solo por llegar hasta el final?
No creo que pudiera hacerlo, pero sé que si Dorian fuera mi aliado esto sería más fácil. Pero nunca me he acostado con nadie para conseguir algo y no pienso empezar ahora. Cierro el diario y lo guardo sabiendo que tal vez no vuelva a escribir nada más.
Hay ropa que mi madre me compró. Vestidos preciosos que resaltan mi figura. Y los horribles uniformes de becados. No pueden ser más feos. Cierro la madera y me tumbo en la cama.
Escucho a Dafna y Mina hablar en la salita y hacerse amigas. Yo me quedo durmiendo; la primera prueba empieza en unas horas y quiero estar descansada. Aunque, si soy sincera, siento un poco de envidia por sus risas cómplices y por no saber cómo hacer amigas e integrarme en el grupo.
Mejor me centro en descansar: el juego está a punto de dar comienzo.