Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

D ORIAN

Nos adentramos en el bosque y vamos por una carretera de un solo carril hasta la mansión de mi familia, del siglo XVIII , que convirtieron en una universidad de prestigio tras varias remodelaciones.

El edificio está rodeado de bosque y tiene una piscina climatizada, un pabellón para el baloncesto y varias zonas de recreo, tanto dentro como fuera.

En el ala de la derecha están los cuartos de los estudiantes.

Todos hijos de papá, menos los becados. A más rico, mejores condiciones, por lo que sus habitaciones son las de las plantas más bajas, las peores.

Cómo no. Las de los hijos de los cuatro fundadores están arriba del todo, en la zona que llaman «el ático».

Hasta instalaron tronos en la sala de ocio para que nos sintiéramos destacados.

Cada uno bajo el escudo de su familia. Odio toda esta mierda.

Y en una pequeña colina se alza el sauce llorón que se plantó para simbolizar este nuevo comienzo.

Con su placa y todo. Y el busto de Uriel Nelson sonriendo, como si les importara a sus amigos.

La comida es en un salón común para todos y hay zonas de juego.

Salas de billar y biblioteca al más puro estilo La bella y la bestia .

Un lugar de ensueño para todos los que desearían ser parte de esto.

Así es como lo venden entre la gente de dinero que paga una pasta para que sus hijos entren aquí.

Algo que yo no haría ni loco, pero quien entra en este lugar espera salir con un buen puesto de trabajo.

La limusina se detiene y bajo de ella para ir a mi cuarto.

Siento la mirada de los estudiantes. Por este lugar somos como putos dioses a los que quieren hacer la pelota y más a mí, que llevo ya tantos años aquí.

Si no llevaran toda la vida mirándome de esta forma me sorprendería, o me subiría el ego.

Pero a estas alturas de mi vida me resulta hasta molesto.

A veces solo me gustaría desaparecer y pausar todo.

Tener el control de mi vida por una sola vez.

Saber qué se siente al ser algo más que un Wilson.

Tras dejar todo en mi ático, un lugar que no debo compartir con nadie, subo a la azotea para fumar sin que me toquen las narices por las normas de este lugar: nada de fumar, nada de alcohol...

Ya, claro, como si cuando hay fiestas no se hicieran los tontos...

, o cuando emborrachamos a los becados para que hagan cosas ridículas que grabamos para la red interna de la universidad, una red que no puede salir de este lugar porque tiene códigos que capan esos vídeos y todo lo que se mande desde aquí afuera no llega.

Por supuesto, están prohibidas las cámaras, para la seguridad de los alumnos, dicen...

Cuando queremos evadirnos nos vamos a la ciudad, que no queda muy lejos. Yo lo hago a menudo porque necesito escapar de este sitio.

Hipócritas, como si nuestros padres, antes, no hubieran sido lo peor.

Puedo dar fe de que mi padre lo era. Y siempre repetía que aquí hizo cosas muy malas.

Que se les fue de las manos. A veces, borracho, gritaba que lo dejaran en paz los fantasmas.

Odiaba esos momentos. Me ponían la piel de gallina.

Ojalá pudiera olvidarlos, pero no puedo.

Por eso intuyo que su generación de dioses hizo algo muy malo, pero les da igual.

Aquí, en este lugar, nunca habrá justicia.

Saco el paquete de cigarrillos y voy hasta la barandilla de piedra sin fijarme mucho en el entorno. Desde aquí se ven las montañas y por el otro lado, al fondo, hay un acantilado por el que si te caes te matas, cerca de un frondoso bosque. Por eso no vamos por allí.

Enciendo el cigarro. En realidad, odio fumar, pero a mi abuelo le jode tanto que fume que es mi forma de mandarle un mensaje a ese cabrón. No vuelvo a tocar el cigarro y dejo que se vaya consumiendo entre mis dedos.

—¿Puedes quitarte de delante? Me jodes el atardecer.

¿Pero qué narices? Este lugar tiene llave y la única copia es mía por ser el futuro dueño de esto.

Me giro y veo a una chica morena tumbada con la cabeza hacia abajo en uno de los salientes de piedra de la calefacción. Mira el atardecer al revés.

Sus ojos marrones se centran en los míos. Tiene la cara roja, al habérsele subido la sangre a la cabeza, y parece ridícula así. Y, sin embargo, cuando la miras, ves que tiene algo diferente al resto.

Por su ropa es una de los becados; la gente rica de este lugar siempre se empeña en dejar claro su estatus cuando no vamos con uniforme, pero ella lleva ropas sencillas, sin usar marcas.

O tal vez sea alguien a quien no le gusta seguir las normas.

Miro sus uñas. Cortas y sin pintar. Becada.

No lleva maquillaje. Ni tacones, ni uñas a la moda...

Una becada pirada. Su ropa es ancha y oculta sus curvas, pero tiene una mirada y una cara que te hacen perderte en ella más de una vez, y eso estando al revés.

—Por favor —me dice y cierra los ojos; cuando los abre, mira al fondo.

Al anaranjado del cielo. La barandilla tiene pequeños huecos por entre los que se ve el sol esconderse tras la montaña—.

Mi hora favorita. Es cuando los seres sobrenaturales pueden ser libres y el sol deja de ocultarnos las estrellas.

—Creo que la sangre se te ha subido a la cabeza. —Se ríe y se da la vuelta—. Este lugar es privado. Tenía un candado.

—Me da igual. Pienso ir donde quiera.

Se muerde la boca y me mira con firmeza y con algo más, algo dulce. Algo diferente a lo que se ve por aquí. Fuerza salvaje. No sé de dónde ha salido ese pensamiento y lo aparto de mi cabeza.

—No deberías hacerlo; te puede salir caro, becada.

—¿Tengo que llamarte yo a ti pijo de mierda? Es por hacer las presentaciones.

¿Pero qué cojones...? Descarada y no sabe quién soy, o sí y le da igual.

—No te interesa tenerme de enemigo —le digo y se levanta. Es más bajita que yo, que mido más de metro ochenta, mientras ella solo debe de llegar al metro sesenta y poco.

Alza la cabeza y me centro en qué narices va a hacer ahora esta loca.

Tiene el pelo largo y castaño, en ondas.

Los ojos, grandes y marrones. Una boca roja y muy sexi.

Sonríe y me fijo en sus pecas acariciándole las mejillas.

Y de golpe se lleva mi cigarro aún sin consumir a su boca.

¿Cómo me lo ha quitado? Le da una calada. Tose y lo tira al suelo.

—Una mierda. Siempre lo supe. Gracias por mi primera y última vez con el tabaco.

Sonríe, es preciosa. Tiene un aire inocente que la hace muy deseable.

—¿Sabes cómo se le llama al brillo de la luna? —Me mira de reojo. Mira a la luna, que ya asoma. Hoy es cuarto menguante y hay una parte que brilla mucho y otra que debería estar a oscuras, ya que no tiene luz.

—Luz cenicienta —respondo. Agranda los ojos y me mira con admiración. Le brillan con tanta intensidad que me pierdo en ellos.

—Es la luz que se refleja de la Tierra. Al parecer, aparte de pijo, eres listo. Nos vemos, pijito de mierda. —Me guiña un ojo.

Sin más, se marcha y me quedo sin saber cómo catalogar lo que acaba de pasar aquí.

Es una becada, así que nos volveremos a ver.

De golpe, joder a los becados tiene más atractivo que nunca; ella no sabe con quién está jugando.

Y seguro que pronto es una más de las que me ruegan para meterse en mi cama... hasta que las folle.

Quizá esta vez hasta lo disfrute.

No sabe lo lejos que puede llegar este pijo de mierda.