Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

D ORIAN

—¿Tienes todo listo para los putos novatos? —Miro a mi abuelo mientras termino de hacer mi maleta.

A mí no me sorprende esta forma de hablar.

Eso sí, cuando nadie escucha. De cara a la galería, el patriarca de los Wilson es un hombre bueno que se preocupa por los demás, un exrector de la universidad impecable y una persona respetada en el mundo.

También se nombró director del internado porque, al fin y al cabo, la mansión era suya.

Es un ser ambicioso y sin escrúpulos que hará todo lo que esté en su mano para que todo salga como él desea.

Es el mayor capullo que he conocido. Y luego estaba su hijo...

Por suerte, mi padre pasó a mejor vida hace años y dejó de joder al resto con su odiosa forma de ser. ¿Que si me dolió? No, lo único que me jodió fue que no se muriera antes.

Aparto esos pensamientos de mi mente; pensar en mi padre siempre me crea mucha ansiedad.

—Eso lo llevan los demás, a mí no me gusta ensuciarme las manos, ya lo sabes. —Se ríe y me da unas palmadas en la espalda—. Y, por si lo has olvidado, hay becados pelotas que hacen lo que sea por nosotros, aunque eso suponga joder a los suyos.

—No lo he olvidado, esa idea fue mía.

Sí, era un rector modelo que instaba a la gente a hacer putadas.

A mí las novatadas ya me aburren, me cansa esto.

Nadie se atreve a respirarnos encima por miedo a las represalias. En este lugar es como si el tiempo no hubiera pasado. Como si se hubiera quedado anclado en una época oscura y gris. Lo odio. Pero escapar queda descartado, yo lo sé mejor que nadie.

—Que ningún becado quiera seguir estudiando —me repite por enésima vez, olvidando que de tonto no tengo un pelo—.

No queremos putos becados en mi universidad.

Todos fuera, y, si se quedan, que ninguno destaque por sus notas, que firmen aceptando que no destacarán y se les conseguirá un buen trabajo a cambio.

Hay que atemorizarlos para que no saquen buenas notas.

Tampoco queremos levantar sospechas, pero si tenéis que jugar sucio sabremos cómo silenciarlos a todos.

—A golpe de talón, pero esto no lo digo.

Esta es la conversación que he tenido cada día antes de empezar la universidad. Estoy harto.

Mi abuelo tiene esa costumbre de silenciar todo con dinero.

Y si algo no le gusta lo cambia, con dinero, claro.

Por eso, cuando algo ha salido mal, todo lo han arreglado así.

Porque llevan años haciendo putadas a los pobres becados.

Más de una vez debió de írseles de las manos. Tal vez nunca sepamos la verdad.

Atemorizar a los becados es lo que lleva haciendo mi familia durante cuarenta y cinco años, ya que se tardó cinco en restaurar la mansión para que estuviera lista para albergar estudiantes y ser una universidad.

Y desde el principio establecieron una tradición que ha pasado de padres a hijos y que nuestros abuelos se encargan de que no olvidemos.

La gente de su círculo social empezó la tradición antes de que sus hijos crecieran y, por lo que sé, cuando lo hicieron se desató el caos, sobre todo en la época de mi padre, aunque yo sé muy poco o nada de cómo mis padres se conocieron allí.

El abuelo nunca me quiere contar cómo fue su historia de amor.

Si es que mi padre era capaz de amar a alguien.

No sé bien por qué odian a los becados. Tiene que ver con un tal Uriel Nelson, precisamente el que cedió el dinero para crear la universidad.

Algo de su pasado, ya que antes eran amigos, pero me la suda, yo odio a todo el mundo.

Entretenerme jodiendo la vida de los demás no me quita el sueño y a veces me divierte, pocas veces, para mi desgracia.

Cuando no sientes nada, sentir algo es maravilloso.

Cuando perdiste la capacidad de sentir siendo tan pequeño, sentir algo, por minúsculo que sea, es mejor que nada.

Lo peor es que no olvido: todo se queda en mi mente, lo bueno y lo malo, y lo malo suele volver a mi vida una y otra vez para joderme la existencia.

Para recordarme por qué odio tanto a mi familia.

Por eso, ver que los becados sienten miedo en ocasiones me divierte un poco.

Pero me gustaría que, por una vez, uno de ellos dijera basta y nos plantara cara.

No, agachan la cabeza sin más y no van contra nosotros.

Porque a pesar de todo quieren ser parte de nuestro mundo, aunque sea para tratarlos mal. Me dan asco por rebajarse de esa forma.

Por eso verlos llorar de miedo me divierte. Lo sé, no debería disfrutar con el miedo de otros. Pero a esa gente nadie le pide que esté ahí, vienen sabiendo lo que pasará y luego algunos hacen como si nada. Como si no hubiéramos llevado las novatadas a otro nivel.

Ellos pueden ser libres y vivir otra vida. Otra mejor, lejos de estos cabrones que se creen dioses, y sin embargo están ahí, aguantando toda esa mierda para lamer el culo a algún idiota rico en el futuro. ¿Cómo no voy a odiarlos si entre la libertad o ser el pelota de alguien eligen venderse?

No soporto a la gente en general, pero a la falsa, menos.

A los que van de una cosa y luego son otra.

Lo he visto toda mi vida y no puedo con las mentiras ni los engaños.

Llevo años en esa universidad: acabé la primera carrera cuando no tenía ni veinte años, ahora estoy en el tercer curso de la segunda.

Tengo veintidós años y estoy cansado de ir a ese internado, aunque me daría igual ese que otro.

Desde pequeño he estudiado en los mejores colegios y siempre he ido por delante de mi edad.

Es lo que tiene ser superdotado. Y mi abuelo lo vio como si le hubiera tocado la lotería otra vez.

Mi padre también lo era, pero no le sirvió de nada.

Aunque estar tanto tiempo en esta universidad me ha hecho ver pasar a la misma gente con diferente cara.

Personas que se mueren por ser algo en este mundo a base de hacer la pelota.

Como si ese lugar fuera una catapulta para prosperar a la sombra de alguien rico y, por consiguiente, tener más dinero.

Supuestamente las novatadas son un secreto a voces, pero, como tanto el director como el rector son hijos de los que empezaron todo como dueños y fundadores del lugar, nunca existen las pruebas.

Mi padre, como mi abuelo, iba a ser director y rector, pero, cuando murió, mi abuelo tuvo que ceder ambos puestos a dos de los hijos de sus amigos con la condición de que cuando yo tuviera la edad suficiente sería el director o el rector.

El problema es que, para cederme el puesto cuando acabe la universidad, una de las condiciones que ha establecido el actual rector es que me case con su hija, Idelia Harris.

Como si yo deseara alguna de las dos cosas.

Pero lo que yo quiera poco importa. Mi vida está trazada desde antes de que yo naciera. Por eso en un punto dejé de sentir, porque hacerlo no cambiaba mi historia y, además, me hundía. Aprendí a sobrevivir mientras era un títere.

Aun así, pienso que esos becados son masoquistas.

Les gusta creer que son invencibles y, tras las putadas de las noches, hasta he recibido insinuaciones sexuales, como si les diera igual.

Claro que he aceptado. ¿Quién rechaza un coño caliente?

Pero tras el sexo, nada más. No puede haber nada más.

Mi mente solo está ahí mientras dura el placer.

En cuanto se apaga, siento asco de estar en un lugar que no me hace sentir nada y me marcho sin dar explicaciones antes de que alguien vea la ansiedad en mi rostro.

Odio cuando la ansiedad me deja noqueado.

Y me cuesta horrores encerrar todos mis fantasmas para seguir impasible con una vida que, aunque es la mía, no lo parece.

Vienen a recoger mis cosas y al poco me informan de que la limusina está lista.

Entro en ella sin despedirme de mi abuelo.

Saco el móvil para hacer menos largo el camino.

El chat que comparto con los otros del grupo de los fundadores está inundado de tonterías.

Somos los cuatro nietos de quienes crearon esto y por eso somos los dioses de este lugar.

Vamos, una gilipollez para marcar más las diferencias de clase y que se note que nosotros estamos por encima.

Leo lo que dicen, pero ni contesto. No me molesto en hacerlo porque me da igual lo que puedan decir. Al final decido ponerme música, a ver si así mi mente me da un respiro y deja de dar vueltas de un lado a otro sin encontrar paz.

Tercer curso de esta carrera. Con suerte, en dos años acabo y me marcho lejos, si consigo escapar de él...