Epílogo
JURAJ
Un año más tarde…
Todos aplaudíamos con fuerza cuando Mia y Davenport se acababan de convertir en marido y mujer. Era emocionante ver a nuestro presi —bueno, expresi, aunque siempre lo sería para nosotros— tan feliz.
Kels estaba al lado de la novia, deshaciéndose en lágrimas mientras la abrazaba con amor. Mischa hacía lo mismo junto al novio, y a Kai y a mí nos tocó quedarnos con el pequeño Liam.
En los primeros asientos estaban el resto de nuestros amigos. No éramos muchos. Habían querido algo íntimo y reservado, lejos de la prensa, y optaron por hacerlo en el jardín de su nueva casa en Bellevue, una preciosa mansión con vistas al lago Washington.
Ahora la vida de Davenport se alejaba del foco mediático y también había decidido centrarse en su familia.
Aunque no podía evitarlo, siempre acababa dejándose caer por el club, aun poniendo de excusa a Mia, que seguía trabajando allí.
Todos sabíamos que, en el fondo, lo echaba de menos y nosotros a él.
Uno a uno fuimos felicitando a la flamante pareja y caminamos hacia la zona de cócteles. Cogí una copa de champán y observé a todos mis amigos.
Caden hablaba con mi hermano, seguramente de arte. Esos dos se habían vuelto inseparables. Estaba a punto de ponerme celoso… No, mentira. Me hacía muy feliz que Matej hubiera encontrado un apoyo en él.
Mischa estaba con el pequeño Liam y Kai con el pequeño Kai. Los niños ya no eran un tema incómodo entre ellos. Tenían claro que no era el camino que elegirían, pero disfrutaban de ratos con los de otros.
«Chicos listos», pensé, sonriendo.
Jordan y River estaban enfrascadas en una conversación que, por lo que parecía, incluía a la pequeña Rachel. Los hijos de Caden correteaban juntos y mi hermana estaba con Summer. Para la pequeña de los Hughes, Anica era claramente su ejemplo a seguir.
Los novios estaban a lo suyo, con arrumacos de adolescentes.
Y mi chica…
Miré alrededor sin encontrarla, pero sí sentí cómo Prescott se acercaba hablando por teléfono. Cuando pasó a mi lado, lo escuché con claridad:
—De eso nada, Kieran. No vamos a discutir esto de nuevo.
Te quedas en nuestra casa. Es muy grande y hay espacio de sobra.
No puedo ofrecerte la de invitados porque está ocupada indefinidamente, pero te aseguro que en la principal tendrás tu espacio.
Y no quiero volver a oír que molestas, porque no es así.
Ahí perdí el hilo de la conversación.
Kieran Price era el nuevo fichaje de los Rift. Abandonó su club de Chicago tan pronto como fue agente libre y no dudó en firmar con el club del que era presidente su gran amigo. A decir verdad, la incorporación me gustaba, siempre que el rubio no se acercara demasiado a mi chica.
Desde la baja de Liam había sido difícil encontrar un defensa que acompañara a Caden. Ese hueco se había notado demasiado.
Este año lo tomábamos con más ganas. La temporada anterior no fue mala, aunque no ganamos ni llegamos a las finales de los playoffs . Ni siquiera rozamos la Stanley Cup.
La ausencia de Liam pesó mucho y, además, Caden estuvo tiempo fuera por el disparo. En un deporte de impacto como el nuestro tardó más de lo esperado en volver a estar al cien por cien. Nuestros muros delante de la portería se resintieron, aunque Kai jugó como nunca.
Sin embargo, no fue suficiente.
Así que esta temporada íbamos a por todas.
Volví a centrarme en la fiesta, buscando a la princesita. Me moví un poco entre la gente hasta que vi a Conor cerca de la orilla, con una copa, completamente distraído. Estaba a punto de acercarme cuando Prescott se me adelantó, así que detuve los pasos.
Y entonces sentí unos brazos rodearme por detrás.
Cerré los ojos.
Solo podía ser ella.
—¿Qué haces aquí tan solito? ¿Estás huyendo de algo? ¿Demasiadas demostraciones de amor para tu gusto, Thor?
Me giré lentamente para quedar frente a frente.
—No, ya me he acostumbrado —rodeé su cintura—. A decir verdad, te estaba buscando.
—¿Ah, sí? —se colgó de mi cuello y besó mis labios.
—Sí —respondí contra su boca—. Llevo toda la ceremonia mirando lo endiabladamente guapa que estás con ese vestido.
—¿Te gusta? —sonrió.
—Sí, pero definitivamente me gustas más sin él, princesita.
—En eso estamos de acuerdo. A mí también me gustas más sin ropa, Thor.
—Venga, escapémonos un rato. No nos echarán de menos —enrosqué su mano en la mía para tirar hacia la orilla cuando escuchamos:
—Chicos, todos aquí. Vamos a brindar con los novios.
Entrecerró los ojos y la vi sonreír divertida.
—Te va a tocar esperar hasta que lleguemos a casa —susurró en mi oreja antes de atrapar el lóbulo entre los dientes, provocadora.
Sí, casa. Nuestra nueva casa.
Nos acercamos y todos alzamos nuestras copas. Kelsey y Mischa hablaron primero como madrinas de la boda y yo no podía dejar de mirar a mi chica. Estaba radiante y feliz por Mia, la mujer que había sido como una madre para ella.
Kels seguía con las redes, pero hubo un cambio significativo en ella. Ahora hablaba sin filtros de su día a día y, si había temas a los que creía que debía dar voz, lo hacía sin importarle la repercusión.
Y, sobre todo, mucho hockey.
La princesita se había aficionado al deporte. Era casi como una comentarista deportiva; sus análisis viendo los partidos me dejaban completamente fuera de juego. Quién me lo iba a decir.
Y cuando se juntaban Anica y ella, eso ya era como echarle gasolina al fuego.
Pero me gustaba verla tan involucrada en algo que yo amaba.
Cuando terminaron las palabras emotivas, Kels se acercó a mí y Nathan —que llevaba a su hija en brazos— tomó la palabra en nombre del equipo. Y justo en ese instante me entró una duda, algo que nunca había hablado con ella.
¿Querría ser madre?
Y no encontré mejor momento para soltarlo. Así era yo. A veces no tenía freno.
—Oye, Kels. ¿Qué piensas de tener hijos?
Se atragantó con la bebida.
«Ay, Dios, la he jodido con la preguntita».
—¿Por qué? ¿Tú no los quieres? —la esquivó con otra pregunta la muy lista.
—Puede… No lo había pensado hasta ahora. Creo que estaría bien, pero dentro de muchos años.
Soltó el aire.
—¡Qué susto me has dado! —se rio.
—Sigues sin responderme.
—Nunca me lo he planteado, la verdad. Si me preguntas ahora, te diría que no. No es algo que me inquiete. Si los tengo, los tengo, y si no, me da igual.
—Bueno, en algo estamos de acuerdo. Yo ahora no te compartiría con nadie más. Llámame egoísta, pero joder… quiero serlo.
—Y yo ansío que lo seas. Yo también quiero dedicarme a ti, a nosotros, a vivir…, a disfrutar.
Nos íbamos a dar un beso cuando Davenport tomó la palabra con los ojos vidriosos. A saber qué había dicho Nathan. Obviamente nos habíamos perdido todo el discurso, aunque viniendo de él seguro que había sido emotivo, con las palabras justas; es decir, perfecto.
—Quiero agradecer a todos los que nos habéis acompañado este día.
Amigos, familia, todos y cada uno de vosotros.
Llegar hasta aquí no ha sido fácil; alcanzar la felicidad, mucho menos —todos sonreímos con su comentario—.
Pero por fin hoy puedo decir que estoy donde tengo que estar, con la mujer que quiero —la besó—, con mi hijo Liam y con mis otros hijos fruto de los Rift.
Así que solo me queda daros las gracias por tanto, porque cuando no había esperanza y solo quedaba la tristeza y la soledad, de alguna manera me acompañasteis…
, igual que lo hacéis en este momento tan importante para Mia y para mí.
El resto de la velada transcurrió entre risas, baile, conversaciones y, sobre todo, alegría.
Al anochecer les dije a mis hermanos y a Kels que nos íbamos, porque tenía una sorpresa para los mellizos. Iban a ver la casa nueva.
—¿Por qué tanto misterio? —curioseó Matej desde el asiento de atrás.
—Es una sorpresa. ¿Puedes, por una vez, dejar de ser tan ansioso? —bufé, porque llevaba todo el día dándome la lata para que le revelara alguna pista.
—¿Habrá gimnasio? ¿Y tendré un cuarto grande para cuando traiga todas las cosas de la universidad? —ahora fue Anica, que también estaba emocionada.
—Aunque vuestro hermano se enfade, os voy a dar una pista —Kels me apretó la mano y negué con la cabeza; siempre se los ganaba, por eso la preferían—. La casa es tan grande que se divide en tres partes. Una para cada hermano Novák, lo que nos da la intimidad que todos necesitamos.
Ante su comentario, todos nos echamos a reír. Si hubiera habido más luz, juraría que Kels estaba roja. Carraspeó e intentó continuar.
—Pero, chicos, aquí viene la parte interesante. Al final vosotros dos —señaló a los mellizos— sois una extensión de Juraj, así que seguiréis conectados, porque se puede acceder desde el interior a todas las viviendas.
Esa idea había sido suya y tenía razón. Por mucho que creciéramos, en el fondo seguíamos necesitando sentirnos cerca, mantener ese lazo que tenía claro que no se rompería con los años.
Según Kels, yo no solo era su hermano ni siquiera su figura paterna; era todo para ellos, la única persona que nunca les falló.
—¿En serio? —Matej se echó hacia delante, entusiasmado—. Me encanta la idea. Así todos podemos follar sin tener que escucharnos.
Anica se lanzó sobre él para taparle la boca.
—Cállate y deja que siga contando. A nadie le interesa tu escandalosa vida sexual, Matej.
—Envidiosa, que la tuya es muy aburrida —contraatacó su mellizo.
—La mía es discreta, que es muy diferente. Además, no entiendo a qué viene tanto griterío. Yo creo que tu novio es un exagerado. Parece que lo estén abriendo en canal o, a lo mejor eres tan malo que el pobre, en vez de gemir, grita de pena.
Matej le agarró la cabeza y le revolvió el pelo, justo lo que ella más odiaba. Punto de no retorno.
—Ya vale. Ni a Kels ni a mí nos interesa cómo o con quién os lo montáis. Es información que vuestro hermano mayor no quiere tener, aunque… —se me escapó una risilla— un poco de razón tiene Anica. Dile a tu chico que se controle, porque esas voces no hay muro que las detenga.
Se desternillaron de la risa.