Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Epílogo #2
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Epílogo #2

—Capullos, ya os he dicho que no es mi novio. Creo que paso de relaciones después de que mi primera pareja me dejara por un hombre más «maduro» —bufó mi hermano con retintín.

—Mejor cambiemos de tema —propuso mi chica rápidamente, intentando que la situación se volviera más agradable.

—Sí, por favor, todavía me toca la moral ese temita —dijo mi hermano con molestia, que aún se estaba recuperando de que le rompieran el corazón por primera vez.

—Kels, ¿tendremos terreno alrededor de la casa? —Anica desvió totalmente la conversación en apoyo de su mellizo.

—Sí, uno muy grande donde encontrarás la piscina cubierta, las áreas de ocio exteriores y los jardines…, pero eso, digamos, lo compartiremos con alguien más.

—¿Con quién? —Matej entrecerró los ojos, intrigado, regresando a la conversación más animado—. Venga, no nos dejes así.

—Ya vale, princesita. Si sigues así, no habrá sorpresa —protesté—. Además, ya estamos llegando.

Mi chica miró a Matej y le hizo un gesto de lo siento con las manos. Entonces Anica coló la cabeza entre los dos asientos delanteros.

—Kels, ¿harías un directo conmigo y con las chicas del equipo de la universidad? —aprovechó. Siempre la metía en sus movidas y mi chica jamás se negaba a nada.

—Sí, dalo por hecho. Me encantará.

—Genial —aplaudió.

—Anica, eres una pesada. Siempre estás con tus rollos del hockey.

Creo que odio ese deporte. Vivo rodeado de sticks ; mi compañero de la uni también juega.

Dios, sois como una secta. Y no solo con el cerebro comido, sino además un poco neandertales: sueltan a seis jugadores en el hielo para que se den leches como tontos —se quejó Matej.

—Oh, cállate —Anica le dio un empujoncito—. Nadie se mete con tu rollo bohemio de artista. Respeta a los demás. ¿Sabes qué? Ojalá te enamores de un jugador de hockey y tengas que tragarte esas palabras.

—Y tú ojalá te pilles por un artista, a ver si consigue sensibilizarte —contraatacó su mellizo.

—Ojalá os quedéis solteros —lancé, cansado de sus dramas—, porque ya sois demasiado intensos como para aguantaros enamorados.

Todos empezaron a protestar. Creo que me estaban atacando, pero literalmente pasé de ellos. Había aprendido a desconectar. Ya no tenía que estar pendiente de todo; ahora me tocaba disfrutar de mi papel de hermano mayor, y cómo me gustaba.

Al girar hacia la casa de Kai, escuché a mi hermana decir:

—¿Pero no estamos en la casa de Mischa? Aunque está bastante cambiada desde la última vez que estuve aquí…

Matej también centró la atención allí. Yo miré a Kelsey y ella me sonrió.

Y sí, estaba diferente, porque la habían ampliado.

Continué por el pequeño sendero y paré frente a la casa-iglesia. Bueno… mucho ya no quedaba de lo que había sido aquel lugar antes de que la demolieran. Se había salvado el portón principal y la zona de la piscina cubierta. El resto era completamente nuevo.

Y ahora…

Ahora iba a ser nuestro hogar.

Después de que Conor decidiera desprenderse de ella.

—Aquí está. Esta es nuestra nueva casa, chicos —señalé al bajar del coche—.

Cada uno de los laterales tiene entradas independientes.

Elegid la que queráis, aunque, como supongo que esto creará conflicto y escogeréis la misma, os aviso de que por dentro está sin decorar, así que más os vale poneros de acuerdo y adecentarla antes de regresar a la universidad.

—Guau, Juraj. Es increíble —me abrazó Anica—. Eres el mejor. Y tú también, Kels —tiró de mi chica para incluirla en el abrazo.

Matej nos miraba perplejo, alternando la mirada entre la casa, nosotros y otra vez la casa.

—Esto es la hostia —y se lanzó a abrazarnos; casi nos tira al suelo.

—Por cierto, mañana por la mañana tenéis una cita con el decorador. Yo de vosotros iría teniendo claro cómo os vais a repartir el espacio.

Los dos se miraron, nos soltaron y echaron a correr hacia la casa.

Kelsey y yo seguimos abrazados, soltando una carcajada.

—Es perfecta —manifestó mi chica.

—Tú eres perfecta —rocé su nariz y atrapé sus labios.

—Seremos muy felices aquí, amor.

—Seremos felices en cualquier lugar mientras estemos juntos. Y hablando de estar juntos, ¿qué te parece si nos escapamos a la casita de Whistler? No quiero estar en medio de los mellizos, la decoración y el reparto de la casa. Que se espabilen, ya son mayorcitos.

—Te has vuelto un hermano muy renegado —me vaciló—. ¿Dónde quedó aquel hombre protector con reglas estrictas?

—Ese hombre se esfumó cuando apareció en su vida una princesita de Manhattan. Le trastocó todo su estructurado mundo.

—Mmm… no suena mal.

—No, nada mal.

—Ey —sentí un brazo sobre mi hombro. Era Kai. Ni nos habíamos dado cuenta de que acababan de llegar—. ¿Viendo la nueva adquisición, vecinito?

Mischa llevaba a su primo Liam en brazos.

Tanto ella como Kelsey se habían ofrecido a quedarse con él durante la mini luna de miel de los recién casados, aunque al final sería nuestra amiga quien se haría cargo del pequeño.

Nosotros estábamos hasta el cuello con la casa nueva y cualquiera que conociera a mis hermanos sabía que esos dos iban a monopolizar toda nuestra atención.

Kels se acercó y le besó la cabecita. Estaba profundamente dormido. Era un bebé precioso y sorprendentemente tranquilo.

Pero mi atención abandonó rápido a ese pequeñín para desviarse hacia otro… este con pelo y bastante más intensito, como su dueño. Hope, el perro de Kai, que por alguna razón que desconocía se había obsesionado con mi puñetera pierna. Y, por supuesto, solo con la mía.

—No puede ser. Ya está este aquí —protesté—. Jones, controla a tu perro, llévalo a que lo eduquen, pero ¡joder! —miré hacia abajo—. Que deje de follarme la pierna cada vez que me ve.

Todos estallaron en carcajadas y yo maldije mi suerte. El muy pillo me miraba con esa cara suya que al final siempre me ablandaba. Dio el último empujón y… listo.

Claro, ahora tocaba la caricia, porque el muy cabrón no se movía hasta que le rascabas la cabeza.

—Venga, hala, corre por ahí —le rasqué. Me lamió la mano y se fue tan feliz—. ¡Ay, que joderse!

—Te espero en casa, guapo —susurró Mischa—. Voy a acostar a Liam antes de que se despierte y a darle de comer a Hope.

—Voy contigo, me encargo yo del pequeño —añadió Kai, cogiéndolo en brazos mientras con el otro rodeaba a Mischa, y como no, Hope se acercó a toda prisa.

Me gustaba verlo así, tranquilo y feliz. Por fin la vida empezaba a darle lo que siempre había merecido.

Volví a centrar mi atención en mi chica. Rodeé sus hombros con el brazo y tiré de ella hasta pegarla a mi cuerpo. Kels hizo lo mismo con mi cintura y, mientras caminábamos hacia la casa, me pellizcó el trasero y, no conforme, me dio un azote partiéndose de risa.

Sí, definitivamente la princesita tenía cierta fijación con mis nalgas.

Y no, no me importaba en absoluto.

En lugar de entrar por la puerta principal, la guie por el jardín hasta la piscina cubierta. Abrí la puerta y el calor del interior nos envolvió al instante. Kels se quitó los tacones, moviendo los dedos magullados, y yo la abracé por detrás, apoyando la barbilla sobre su cabeza.

—Allí te vi por primera vez —señalé el jacuzzi — y pensé que eras la mujer más bonita que había visto en mi vida. Tenías algo salvaje y dulce al mismo tiempo.

—Yo también recuerdo cómo me robaste la parte de arriba del bikini y pensé que eras un idiota con todas las letras en mayúsculas y entre signos de exclamación.

—Guau, qué buena impresión te llevaste de mí.

Se giró entre mis brazos y me miró a los ojos.

—Pero también terriblemente guapo y peligrosamente capaz de ponerme nerviosa.

—¿En serio? —ladeé la cabeza, divertido.

—Sí. Porque eras la primera persona que me veía de verdad.

—Eso fue lo que me generó interés —confesé en voz baja—. Quería saber por qué te escondías del mundo. Desde ese día no paré de mirar tus redes, ya te lo dije.

—Bueno, a mí me pasó algo parecido. Pero desde antes.

Fruncí el ceño, desconcertado.

—¿Tú sabías quién era yo?

—Sí. Un día, hablando por FaceTime con Mischa, te vi en el hielo. ¿Recuerdas cuando te cortaron la cara con la cuchilla?

Asentí, atónito. Eso había sido mucho antes de conocernos.

—Te busqué en internet y desde entonces me salías jugando por todas partes. Así que digamos que tenía una ligera idea de quién eras.

Solté una risa incrédula.

—Así que todo este tiempo ocultándomelo, princesita. Eras una puck bunny y yo sin enterarme.

Le levanté el mentón y atrapé sus labios.

—No seas engreído —refunfuñó contra mi boca—. No me interesabas. Era simple curiosidad, la misma que yo desperté en ti.

Me quité la chaqueta y la pajarita y las lancé a una de las tumbonas. Esa mujer subía la temperatura de cualquier lugar con solo respirar.

—Entonces se puede decir que somos dos curiosos —la besé de nuevo, levantándola del suelo.

Ella sonrió contra mis labios.

—Yo creo que más bien éramos dos almas destinadas a encontrarse. La vida nos fue cruzando una y otra vez hasta que coincidimos en el momento exacto.

Apoyé mi frente en la suya.

—Dime una cosa, princesita. ¿Hay algún secreto más que deba saber?

Se quedó pensativa.

—¿En serio? —la bajé al suelo, fingiendo indignación.

—Ven, solo uno más.

Entrelazó nuestros dedos y me llevó hasta la piscina grande.

—Me quedo más tranquilo si solo es uno —ironicé.

—¿Te acuerdas de este sitio? —señaló la piscina.

Asentí.

—Hubo un momento en que creí que ibas a besarme.

—Probablemente lo habría hecho si no nos hubieran interrumpido.

Se puso de puntillas. Yo bajé la cabeza para escucharla.

—¿Quieres saber mi secreto?

Volví a asentir.

Se acercó a mi oído y susurró:

—Que yo me moría porque lo hicieras.

Me quedé mirándola, sin palabras.

Ella sonrió.

Y en ese preciso instante la puerta se abrió de golpe.

Ni siquiera nos dio tiempo a reaccionar. Los mellizos se lanzaron sobre nosotros y, al segundo siguiente, acabamos los dos en el agua.

Una vez dentro peleamos, jugamos, nos salpicamos y reímos como críos.

La ropa de boda quedó empapada, pero a ninguno parecía importarle.

Durante unos segundos el mundo se redujo a eso.

A mis hermanos riendo cerca, a Kelsey entre mis brazos y a la sensación cálida de estar exactamente donde quería estar.

La tomé de la cintura y la acerqué hasta el borde, justo donde todo había empezado para nosotros. Su cuerpo se pegó al mío y sentí cómo su respiración se aceleraba. Le levanté el mentón con cuidado y me incliné hacia ella.

Nuestros labios se unieron despacio, tanteando, y de pronto todo se volvió intenso. Se entreabrieron al mismo tiempo, buscando, explorando. Su lengua rozó la mía con avidez, cálida y urgente, y mis manos la apretaron un poco más contra mí, notando cada curva, cada reacción.

—Creo que desde hace mucho tiempo te debía este beso —musité, con la voz ronca por la cercanía.

Sus ojos brillaron y, con una sonrisa cargada de complicidad, respondió:

—Valió la pena esperar. Nunca habría sido tan perfecto como ahora.

Volví a acercarme, más intenso, y con un gesto travieso mordí suavemente su labio inferior. Ella soltó un suspiro entre la risa y el gemido, y nos quedamos así, frente a frente, respirando juntos, los labios todavía pegados, sonriendo.

—¡Eh, tortolitos!

La voz de los mellizos nos devolvió de golpe al presente y, un segundo después, el agua volvió a volar por los aires. Entre empujones, chapuzones y carcajadas, acabamos los cuatro jugando, vestidos, empapados, felices.

Y en medio de todo aquello, algo dentro de mí finalmente se acomodó.

La vida me había golpeado fuerte, sí. Había heridas, cicatrices y recuerdos que siempre estarían ahí, pero ya no dolía igual. Porque ahora sabía que existía gente buena. Gente que se queda. Gente que te quiere de verdad.

Había sacado a mis hermanos de Bratislava. Les había dado un hogar. Un futuro.

Y, contra todo pronóstico, yo también había encontrado el mío.

Era feliz. Con el hockey. Con mis amigos. Con mis hermanos. Con ella.

Así que por primera vez en mucho tiempo dejé de mirar atrás.

Y empecé, por fin, a vivir.

FIN.