Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Yo, como delantero, intentaba estar en cada jugada. Caden se hizo gigante en defensa y Kai cerró la portería como un muro. Ganamos 6-2, y el último gol de Vancouver llegó en los seis minutos finales, cuando el partido ya estaba más que sentenciado.

Celebramos el triunfo saltando como locos sobre el hielo.

Después vinieron las entrevistas.

A Prescott le preguntaron cómo veía al equipo esta temporada y cómo afrontaría el club los nuevos cambios.

Él sonrió con calma.

—Lo demostraremos en el hielo. Este equipo siempre será una gran familia. Aquí lo humano y el disfrutar estarán por encima de cualquier trofeo.

A Conor le preguntaron por la motivación del vestuario.

Su respuesta fue directa:

—Nuestro objetivo es levantar la Stanley Cup.

Luego me tocó a mí. Hablaban de que era una de las grandes promesas del hockey.

No supe muy bien qué cara puse, pero por dentro solo pensaba en seguir trabajando.

Después nos fuimos al local que habíamos reservado para celebrar.

Risas. Bromas. Música. Bailes. Y alcohol, demasiado alcohol.

Las más perjudicadas fueron Mischa y Kelsey.

Entre Kai y yo tuvimos que llevárnoslas prácticamente a rastras al hotel porque no querían irse. River ya se había marchado con Caden hacía rato —esos dos no perdían una oportunidad para desaparecer— y Jordan era bastante más responsable que sus amigas del departamento de relaciones públicas.

Kai y yo íbamos comentando el buen inicio de temporada mientras aquellas dos iban cantando por el pasillo del hotel, montando un escándalo y correteando como crías.

Al principio nos hacía gracia.

Hasta que llegamos a la habitación de Mischa y las vimos tiradas en la cama, abrazadas.

Intenté levantar a Kels.

Error.

Vómito inmediato.

—No me jodas…

Kai se estaba partiendo, pero la risa le duró poco.

Porque le tocó a él también.

Aquello ya no era divertido.

Las dos se arremolinaron entre las sábanas.

—Fueraaa —protestó Mischa—. Sois unos aburridos. Lo estábamos pasando bien y nos cortasteis el rollo.

—Yaaa… —se trabó Kelsey—. Sois unos acaparadores. Hay que dormiiir… hay que descansaaaar…

—Puff —resopló Mischa—. Amiga, ¿sabes por qué nos trajeron, no? Pues no se lo vamos a poner fácil.

—Eso, eso —Kels se partía de risa—. Castiguémoslos… nosotras dormimos juntas.

—Ey, no, princesita, no te pases. No quiero dormir con el puto Jones otra vez.

—Ni que a mí me guste dormir contigo, capullo —protestó Kai.

—Pues tenéis el suelo, parece bastante cómodo —Mischa se partía de la risa.

—Yo me piro —declaré—. Mejor así tengo una cama solo para mí.

—De eso nada. ¿No te vas a ir y dejarme con estas dos? —protestó Kai.

—Lo siento —me encogí de hombros—. Se han metido en tu cama, no en la mía.

—Que te den, Novák —me quitó la tarjeta de las manos—. Esa cama me la quedo yo.

Echó a correr y yo fui detrás. Entramos los dos a la vez por la puerta y casi nos quedamos atascados por el tamaño. Al mismo tiempo saltamos sobre la cama para ocuparla entera, pero lo único que conseguimos fue chocar el uno contra el otro.

—No me jodas. No te vas a ir de aquí, ¿no? —lo miré mientras me quitaba los zapatos y la chaqueta del traje.

—Definitivamente no. Pero no tengo inconveniente en que tú lo hagas —imitó mis gestos, aunque él se quedó en calzoncillos.

—Échate para allá. Como te empalmes durmiendo y me toques con eso, te juro que te la corto. Yo no soy Hughes —lo empujé casi tirándolo de la cama.

—Eslovaco, salta a la vista que no eres Hughes —señaló mi miembro—. Ese es el maldito dios de las pollas. Su rabo flácido supera al de cualquier ser humano.

Tuve que partirme de la risa, y joder, no quería, porque no era ni medio normal estar en mi cama con mi compañero de equipo en calzoncillos hablando del tamaño de otro.

«Princesita, te juro que esta me la vas a pagar».

—No me he fijado tanto para saber cómo es —solté.

—Cabrón mentiroso —Kai se partía—. Pones a Hughes desnudo en una portería del estadio y a un miope en la otra y se la vería igual. Eso se distingue más que una bengala en el cielo.

—Venga, ¿podemos dejar de hablar de su polla? En una de estas te vas a poner caliente y al final voy a tener que dormir en el suelo.

—No hasta que reconozcas que te pasa como a todos: que no puedes dejar de mirarla de lo impresionante que es. Venga, admítelo o haré que sueñes con ella.

—Vale, vale. Joder, sí es cierto. Los ojos se te van solos.

—¿A que sí? Es como si fuera un imán y tu vista, metal.

—Jones —le pegué con la almohada—, cállate ya.

—Novák, ¿alguna vez te han dicho que eres un viejo atrapado en el cuerpo de un joven? —lanzó pensativo.

Bufé. La que me esperaba toda la noche.

—Demasiado anticuado.

—Tío, que yo no sea… no sé ni cómo se llama… fluido y que no me guste tocar pollas no quiere decir que sea anticuado.

—Ja. ¿Fluido? Guau, guau. ¿Sabes lo que es eso?

—Vete a la mierda. Paso de ti.

—Y ahora que lo pienso, Kels es bi. ¿Cómo llevas eso?

—Te voy a matar como no te calles ya.

—¿Tu mente arcaica es capaz de asimilarlo? Bi, bi —me vaciló.

—Mi mente arcaica sabe que es a mí a quien ama y eso es más que suficiente. Me importa muy poco si se tiró a tías o a tíos antes que a mí.

—Muy bien, muchacho —me dio palmaditas en el brazo—. Has aprobado.

—Dios, ¿qué he hecho para merecer esto? —resoplé mirando al techo.

—Oye, ahora en serio —se puso de lado, apoyado en el codo, en una postura casi clásica—. Te veo muy bien, tío. Me alegro.

Giré la cabeza para mirarlo.

—¿Algún día desaparece del todo? ¿Se puede llegar a olvidar tanto dolor?

—Yo creo que el secreto es aprender a vivir con ello. Que esté ahí, pero que no nos pueda lastimar. Aunque, si te soy sincero, hay cosas que nos marcan para siempre de algún modo.

—¿Tú lo has conseguido?

—Estoy en ello, tío. Cuando mi cabeza se va donde no debe, pienso en Mischa y en la vida increíble que tengo a su lado. Como no quiero que nada la enturbie, vuelvo a sonreír y el pensamiento pasa de largo.

—Parece fácil dicho así, pero a mí no me dan miedo los recuerdos. Ya no pueden hacerme daño. Me asustan las personas, que todavía encuentren alguna forma de tener poder sobre mí y que toda esta felicidad que estoy sintiendo se esfume.

—Ey, eso no va a pasar, colega —se movió en la cama; su brazo pasó por encima de mi cabeza y me besó el pelo—. No estás solo. Te quiero, pequeño cabrón.

—Yo también te quiero, pero no me hables de pollas.

Soltó una carcajada enorme y me pellizcó el culo.

—Jones —lo golpeé con otro cojín—, aleja tus manos de mi cuerpo.

—Solo estaba comprobando si lo que dice Kels de tu culo era cierto.

—¿Mi chica habla de mi culo contigo?

—No, habla con Mischa y ella conmigo. Todo el mundo murmura cómo los llaman: «firmes glúteos». Digamos que se están convirtiendo en leyenda, como la polla de Hughes.

—Oh, Dios —cogí mi almohada y me cubrí la cara—. Definitivamente, la princesita me las va a pagar.

***

El teléfono de la habitación comenzó a sonar. Kai protestó y se dio la vuelta, cubriéndose los oídos con la almohada. Cuando volvió a insistir, miré el reloj, eran las cuatro y media de la mañana.

Estiré el brazo y descolgué. Inmediatamente, al otro lado habló una voz femenina.

—Recepción del hotel. ¿El señor Novák? Le informo de que el señor Hughes lo está esperando en el punto de recogida del autobús al aeropuerto. Dice que es urgente.

Le di las gracias, bastante desconcertado. Tras colgar, cogí el móvil y lo llamé.

¿Qué narices quería a esas horas?

Me senté en la cama mientras sonaba, pero no respondió. Decidido a no esperar más, me puse un chándal y, con el ruido, desperté a Kai.

—¿Qué sucede?

Le expliqué lo de Caden. A él también le pareció raro.

—Sigue durmiendo —le dije—. Cualquier cosa, te llamo.

Salí del cuarto. Todo estaba en el más absoluto silencio. El ascensor no tardó en llegar. Caminé por el hall , saludé al personal de recepción y, al salir fuera, sentí el aire fresco de la madrugada.

Miré a mi alrededor y allí, en un lugar algo apartado pero prácticamente pegado a la entrada, lo vi.

Abrió mucho los brazos y me miró con fastidio.

—Espero que me hayas hecho salir de la cama por un buen motivo, porque si no, chaval…

No terminó la frase.

—Espera. ¿Que yo te saqué de la cama? A mí me han despertado de recepción avisándome de que tú me estabas esperando aquí.

Nos miramos, completamente perdidos.

Aquello era muy extraño y, junto al desconcierto, empezó a crecer un mal presentimiento.

No tuvimos oportunidad ni de especular ni de movernos porque, en cuestión de segundos, sentí una presión en la espalda y el rostro de Caden se transformó en rabia.

—No hagas ninguna gilipollez, Caden. Tengo el cañón de una pistola en el cuerpo de tu amigo.

El aliento y la voz de Cole me golpearon de lleno y sentí cómo todos mis miedos se arremolinaban en la cabeza.

Nada había acabado. Nunca acababa.

—¿Qué cojones crees que estás haciendo, Cole? Suelta la puta pistola —bramó Caden.

—Cierra la boca y camina sin hacer ningún movimiento extraño —ordenó en tono seco— o la vida de tu amigo se esfuma aquí mismo, delante de tus narices.

—No vas a salirte con la tuya —gruñí, pegando un tirón—. Si usas esa arma, será tu fin.

—Mi vida ya está acabada —reconoció, frotando la nariz contra mi sudadera mientras volvía a inspirar hondo—. Y ahora voy a acabar con la vuestra.

Hizo una pausa.

—Hubiera preferido que este momento lo compartierais con Kai, pero el muy idiota no acudió a mi llamada. Ese cabrón tiene suerte. Aunque no importa. Cuando vea muertos a sus dos amigos, su vida se vendrá abajo.

Había intentado hacer lo mismo con Kai. Seguramente llamó a su habitación, pero, al estar las chicas allí, o no atendieron o pasaron de todo. Y joder… me alegraba de que así fuera. Al menos uno de nosotros saldría ileso de las locuras de este lunático.

Nos cruzamos con un empleado del hotel y Cole clavó más la pistola en mi espalda, advirtiéndonos en silencio que disimuláramos.