Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 42 #3
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Capítulo 42 #3

Volví a frotar su centro, pero esta vez con el glande. Se estremeció y se recostó hacia atrás. La imité, inclinándome hacia delante para meterle la punta.

Con la respiración entrecortada —y no precisamente de la excitación— me quedé rígido. Kels cogió mis manos y las colocó en su cadera.

—Relájate. Tú siempre vas a tener el control. Solo mírame, ¿vale? —su voz tembló un poco de preocupación—. Soy yo.

Asentí. Moví la pelvis y me hundí otro centímetro más.

Gemimos. Era algo jodidamente extraño, una mezcla de placer con dolor y angustia. Ella, en lugar de apoyarse en alguna parte de mi cuerpo, lo hizo en el respaldo del sofá, dándome espacio… para que no me sintiera invadido por su cuerpo ni por sus manos.

—¿Lo ves? No pasa nada. Sigues teniendo el control —repitió.

Verla así, con los brazos estirados, los pechos firmes, los pezones erectos, el abdomen terso… y después sus caderas —joder, esas caderas— esperando las órdenes de mis manos, empezaban a borrar cualquier pensamiento negativo.

—Lo estás haciendo muy bien —jadeó.

—Joder —gruñí mientras me hundía del todo, intentando mantener mi respiración a raya y mi necesidad de tumbarla sobre el sofá y embestirla más rápido.

Le solté la cadera y llevé mis manos a sus pechos, pellizcando sus pezones para provocarla mientras iniciaba un ritmo constante y profundo. Usaba el sofá para coger más impulso y poder moverse de adelante hacia atrás y recibir cada acometida.

—No dejes de mirarme. Quédate conmigo. Este cuerpo que estás tocando es mío.

Yo puedo estar sobre ti, pero no olvides que tú estás dentro de mí.

No hay nada que temer, porque esto que estamos haciendo está bien…

demasiado bien. Así que quiero que disfrutes de la magia que crean nuestros cuerpos juntos.

—Dios, eres jodidamente increíble… sexy. Y no sabes lo loco que me pones. Como no te calles de una vez y dejes de decirme esas cosas, se me va a ir la poca cordura que me queda, porque ahora mismo mi cabeza ha dejado de procesar cualquier tipo de información, princesita.

Me incliné hacia delante y le mordí un pezón. Siseó al notar la presión de mi boca sobre su pecho. Se estremeció y comenzó a mover las caderas con más intensidad incluso que antes.

Cada embestida, cada gemido que resonaba en la sala solo servía para hacerme perder el control.

—Volvámonos locos juntos —murmuró.

Jadeó más fuerte, se retorció y comenzó a trazar círculos con su cadera. La forma en que me apretaba iba a provocar que me corriera antes de tiempo. Me eché hacia atrás lo suficiente para ver cómo mi dureza desaparecía en su apretado interior y me deleité con esa imagen.

—¡Oh, Dios! —llevó los brazos hacia mis rodillas y se reclinó hacia atrás, acercándose cada vez más al clímax.

Deslicé una mano por su sexo y, con cuidado, le acaricié el clítoris mientras levantaba un poco mi cadera para introducirme más en ella. Se corrió gritando, bramando palabras que no llegué a entender, y me apretó tanto el miembro que apenas pude contenerme.

Tan pronto como se recuperó un poco del orgasmo, sin sacársela la tumbé debajo de mí en el sofá.

—Mírame, princesa —supliqué, embistiéndola de nuevo.

Ella abrió la boca emitiendo un jadeo de sorpresa cuando se la saqué y volví a hundírsela.

—Estoy bien jodido contigo. Me acabo de dar cuenta de que no importa la postura, porque cuando se trata de ti yo jamás he tenido el control de nada en mi vida… ¿y sabes qué? No me importa. Hasta me gusta —confesé, acompasando mis movimientos al de sus caderas.

Me moví más rápido, tocando el punto exacto en su interior que la llevó a arañarme el trasero y retorcerse. Más le valía correrse de nuevo pronto porque empezaban a tensárseme las pelotas.

Arqueó la espalda y sacudió con fuerza las caderas con un ritmo frenético que definitivamente me vi obligado a seguir. Unos pocos minutos después volvía a apretarme el miembro con fuerza.

Nos miramos a los ojos cuando mi pene se hinchó y sentí cómo Kelsey estallaba y me arrastraba con ella a un descomunal orgasmo.

—Te amo, con locura —gemí antes de desplomarme sobre ella.

—Yo también te amo, con todo mi corazón, Juraj.

La miré y ambos nos echamos a reír, felices. Porque lo había hecho. Había dado un paso adelante. Ahora, cada vez que recordara un cuerpo sobre el mío, sería el de la princesita. Ninguno más.

Tras varios minutos recuperándonos de la tremenda sacudida, nos quedamos en silencio, respirando juntos. Deposité un beso suave en sus labios y aparté con delicadeza algunos mechones de su rostro. Estaba preciosa.

Me incorporé un poco, consciente de que probablemente la estaba aplastando.

—¿Estás bien? —preguntó, alcanzando un poco de queso.

—Sí, fue perfecto, Kels. No te voy a negar que al principio costó, pero tú hiciste que todo fuera más fácil —acerqué mi boca al queso que tenía en las manos y le di un mordisco, metiéndome el trozo casi entero.

Ella protestó y fue a por más—. Creo que podríamos repetirlo…

no sé, qué tal después de cenar, en la piscina.

—Ja —soltó una carcajada, llevando su pie a mi pecho y acariciándolo con los dedos—. Me gusta la idea.

—Estate quieta, traviesa, porque como sigas jugando me salto la cena y te como a ti entera —tiré de sus piernas, que quedaron descansando sobre mis muslos.

—Vale, vale, me paro. Me gusta mucho estar contigo, pero en este momento opto por la comida —declaró con la boca llena.

Me eché hacia atrás, soltando una carcajada.

—Glotona —le volví a quitar el trozo de comida de las manos—. Creo que sabe mejor si tú me la das.

—Yo no te la doy, tú me la estás robando, Juraj.

—Viene siendo lo mismo, princesa.