Capítulo 42 #2
El plan estaba en marcha y nadie debía sospechar que Kels y yo seguíamos juntos. Y, por muy surrealista que sonara todo, yo diría que estábamos más unidos que nunca.
Todos seguían pensando que iba a firmar con Nueva York…
y, bueno, si las cosas no salían como esperábamos, ese sería el plan C.
Más valía que alguno funcionara, porque ya no había más opciones.
Si teníamos que llegar al C, eso significaba el final de los Rift y que la vida de todos cambiaría de forma significativa, repartidos por diferentes equipos.
Caden, Conor y Liam ya habían decidido que se retirarían si todo se iba a la mierda. No habría más hockey. Y Kai probablemente acabaría en Boston.
Preferí no seguir dándole vueltas al asunto.
Ahora tocaba estar con mi chica y disfrutar de esos pequeños momentos a solas.
—Estás muy pensativo, amor —apoyó el codo en mi asiento y me acarició la mejilla—. Venga, no te lo guardes.
—Kels, tengo miedo de que esto no salga bien y tenga que mudarme a Nueva York. El día que dijiste en la cabaña que me seguirías… ¿era cierto? ¿Dejarías tu vida aquí, a tus amigos y empezarías de cero?
—Sí, Juraj. Iré donde tú vayas —afirmó sin dudar—, porque ahora tú eres mi familia. Así que, venga lo que venga, lo enfrentaremos juntos.
—Si eso sucede, tendremos que seguir en la clandestinidad durante un tiempo indefinido para protegernos de Cole.
—Lo sé, y estoy dispuesta a ello. Además, es emocionante verte a escondidas —añadió, quitándole hierro al asunto.
Negué con la cabeza.
—No, Kels. No lo es. Es una puta mierda. Y he estado pensando que, si todo se tuerce, voy a dejar el hockey. Nos mudaremos a un lugar donde no tengamos que vivir escondidos.
Sus ojos brillaron.
—Me gusta el plan. Y entonces yo también dejaría las redes. Nadie volverá a saber nada de nosotros. Seremos anónimos y viviremos felices en un lugar remoto, donde nos visiten tus hermanos y nuestros amigos en vacaciones.
Solté una risa corta.
—Estás fatal. ¿De verdad crees que podrías ser feliz a mi lado renunciando a tanto?
—Oh, ya lo creo. Buscaremos la forma de entretenernos.
—Traviesa.
—Mal pensado —me dio un manotazo—. Mi idea es que podríamos pescar, dar paseos por un lago o por la playa, tomar chocolate bajo las estrellas…
—Uf, eso suena bien, aunque un poco aburrido, ¿no crees?
—Demasiado —admitió con una sonrisa—. Pero hagamos lo que hagamos será increíble porque estaremos juntos. Quizá podamos comprar una pequeña panadería en un pueblo y dedicarnos a vender pan y dulces.
Le lancé una mirada atónita. Ella estalló en carcajadas.
—Era broma. No te veo yo rebozado en harina y con todo sucio a tu alrededor.
El resto del camino lo pasamos bromeando sobre una vida hipotética, buscando las opciones más ridículas. Entre canción y canción, Kelsey tarareaba alguna melodía. Después nos quedábamos en silencio, mi mano envolvía la suya y ella apoyaba la cabeza en mi hombro.
Definiría aquel momento como perfecto.
Ella, yo y una carretera que nos llevaría a cualquier lugar… pero juntos.
Cuando llegamos a la casa de Whistler se había quedado dormida. La recosté con cuidado en el sofá, la tapé con una manta y encendí la chimenea.
La observé un momento. Dormía tranquila, con una pequeña sonrisa en el rostro. Y me pregunté cómo había podido tener tanta suerte. Cómo esa mujer podía elegirme a mí… a alguien que vivía lleno de parches.
Quería dárselo todo. Recuperar cada parte rota. Llenar cada hueco vacío. Y ser capaz de amarla no solo con el corazón, sino también con todo mi cuerpo, ese puñetero cuerpo dañado.
No fue fácil volver a la intimidad después de mi confesión.
Ella me dejó marcar el ritmo. No me presionaba. Solo me hablaba y me traía de vuelta al presente. Aun así, entre nosotros se había levantado un muro invisible que no nos permitía ser completamente libres.
Y eso tenía que cambiar.
Debía derribar cada ladrillo de mi pasado. Cada puñetero recuerdo. Cada miedo.
Me aparté de ella y llevé las bolsas de comida a la cocina. Había salido a comprar porque nosotros no podíamos hacerlo. Sí, así era nuestra relación. Encerrados entre cuatro paredes. Al menos allí estábamos rodeados de naturaleza y, por momentos, parecía que llevábamos una vida normal.
Me cambié de ropa, encendí la climatización de la pequeña piscina y preparé la cena.
Kels todavía seguía dormida. Fui colocando todo sobre la mesa de madera frente al sofá y, cuando terminé, me senté a su lado.
Encendí el televisor sin volumen y me quedé allí, con la vista fija en el fuego de la chimenea mientras acariciaba su cabeza.
Decir que me habría quedado en ese momento para siempre no era exagerar. Sentía paz. Esa calma y esa seguridad que solo me nacía cuando la tenía a mi lado.
Noté un pequeño movimiento, un ruidito suave. Desvié la mirada hacia ella justo cuando abrió los ojos, esbozando una sonrisa mientras se desperezaba. Se incorporó y miró primero al exterior, después a la mesa.
—Ay, Dios… ¿Cuánto he dormido? ¿Por qué no me has despertado?
—Necesitabas descansar.
—Uf, no. Ya descansaré cuando esté en casa de Jordan. Pero no quiero perder el poco tiempo que tenemos durmiendo. Quiero disfrutarlo contigo.
Sonreí y la apreté contra mi pecho, besando su frente. Era tan bonita que dolía. Imposible quererla más. Imposible renunciar a esto… a lo que me hacía sentir, a su amor, a ella.
—¿Tienes hambre, princesita? He preparado algo para picar.
—Más tarde. Ahora solo quiero achucharte… y darte besos… y abrazarte. Porque te echo muchísimo de menos. Verte todos los días y no poder acercarme…
Y empezó a besarme. En la frente, en las mejillas, en la barbilla, en el cuello… por todas partes, riéndose entre beso y beso.
La incorporé un poco para tumbarla a lo largo del sofá y esta vez fui yo quien respondió, devolviéndole los besos. Los míos ya no eran tan juguetones: eran más lentos, más profundos, más cargados de todo lo que me provocaba.
Mis manos se enredaron en su cabello, con una urgencia que crecía a cada segundo. La atraje hacia mí y nuestras bocas se fundieron en un beso hambriento.
Mi lengua se coló entre sus labios, encontrándose con la suya, que respondió con la misma intensidad. Y en ese instante todo cambió, ya no era un simple juego, era fuego, deseo, excitación.
Llevé mis manos a su cadera. Acaricié su trasero mientras buscaba el bajo de su camiseta. Lo levanté con firmeza y me deleité con esa suave piel.
Sin embargo, no era suficiente. Nunca lo era. Necesitaba más.
Recorrí con las manos todo su cuerpo, apretándola mientras ella rozaba sus labios contra mi boca y se frotaba contra mi erección.
Me deshice de mi camiseta; de la suya, con manos ansiosas y torpes. Nos desprendimos de los pantalones, la ropa interior… todo, hasta quedar completamente desnudos.
Mi cuerpo quedó sobre el de ella.
Sentí sus manos en mi trasero —cómo no, menuda obsesión tenía con él—. Yo no sabía si tomármelo como un cumplido o no cuando remarcaba su tamaño. Aun así, eso era suficiente para que sus manos acabaran siempre ahí.
—¿Qué sucede? —me miró con preocupación al ver que me detenía y me echaba para atrás.
—Nada. Estoy pensando que quizá hoy podamos probar algo nuevo —me senté sobre el sofá, cogiendo un preservativo y colocándolo sobre mi erección.
—¿Me debo preocupar?
—Puede —respondí, bastante sincero, porque a lo mejor jodíamos un buen polvo por intentar ir más allá.
—A ver… —se rascó la nuca, nerviosa, sentándose también con las piernas cruzadas—. No quiero que me ates; lo de los ojos vendados tampoco lo veo. Nada de azotes. Los juguetes… depende…
—Ey, ey, frena, frena. Jesús. Ya te he dicho que no me van esas movidas o eso creo. Tampoco es que las haya probado, pero por ahora no me atraen mucho.
Soltó aire.
—Menos mal. Si te soy sincera, creo que a mí todo eso no me pondría nada.
Solté una carcajada.
—Bueno saberlo… y también que estás dispuesta a probar diferentes «juguetitos» —me burlé, llevándome un manotazo.
—De todos modos, eso de mirar no pinta tan mal, ¿no crees? Es como ver porno en directo.
—Ay, joder —noté cómo mi polla palpitaba con su comentario.
—Y no sé lo que hizo River con Kai y Caden, pero lo veo interesante.
—¿Interesante? Ni de broma. No pienso ver cómo alguien más te toca delante de mí.
—Celosillo. Estaba bromeando. ¿Crees que después de sufrir las consecuencias de una relación poliamorosa estaría dispuesta a volver a jugar a tres? Con lo cual, también lo tachamos de la lista. Ahora dime, ¿qué era eso que me querías proponer? Estoy intrigada.
Y ahí ya me puse más serio. Agarré mi erección y la masajeé, temiendo que toda la excitación se esfumara solo de pensar en la terrible petición que le iba a hacer.
—Quiero… quiero… ay, joder… quiero que te sientes sobre mí y me folles.
Sus ojos se abrieron. Su respiración se agitó. Ella comprendía lo que eso suponía para mí.
—A ver, Juraj, no tenemos por qué hacerlo. No es necesario. Estamos bien como estamos. A ti te gusta tener el control; a mí no me importa cedértelo. Me siento cómoda con ello. No quiero llevarte a ese lugar ni a esa mujer.
—Kels, cariño —cogí su rostro entre mis manos—, quiero dejar todo eso atrás. Por ti, por mí, por nosotros. No puede seguir interponiéndose entre los dos. No puede limitarme. Quiero que seamos libres para escoger cómo hacerlo.
Negó, con los ojos humedecidos.
—Por favor. Necesito que tú borres esas imágenes y a ella de mi cuerpo. No quiero sentirme vulnerable ni impotente cuando tu cuerpo esté sobre el mío o tu boca en mi polla. Ayúdame, ¿sí?
Asintió y tomó una bocanada de aire.
Separó las piernas con delicadeza y las apoyó a cada lado de mis muslos, recostándose suavemente sobre mi pecho. Sentí cómo su cuerpo encajaba con el mío de una forma casi natural.
Acerqué la mano a su sexo y me perdí entre sus pliegues. Acaricié su clítoris mientras inclinaba la cadera hacia delante para situar la polla justo debajo de ella.
—Hazlo —susurré con la voz temblorosa.