Capítulo 42
JURAJ
Nos adentramos en la casa de Jordan. Detuve el coche enfrente sin apagar el motor. Kelsey se soltó el cinturón y se giró hacia mí.
—Prométeme que, cuando termines, vendrás a por mí. No quiero volver a separarme de ti.
Llevó sus labios a los míos y depositó un beso suave.
—Te lo prometo, princesita. Yo tampoco quiero.
Esta vez correspondí con más intensidad. Ella me regaló una preciosa sonrisa antes de bajarse del vehículo.
Y sí, teníamos mucho de qué hablar. Necesitaba corroborar que las palabras que me dijo —eso de que se iría a cualquier lugar del mundo conmigo— eran ciertas y no fruto del dolor del momento.
Porque, si era así, sería la primera vez que alguien me priorizaba de verdad, que me elegía a mí… que no me abandonaba.
Ahora me arrepentía de no habérselo preguntado en la cabaña, pero, a decir verdad, me quedé sin fuerzas tras la confesión y, sobre todo, después de enfrentar la palabra abuso.
Una que nunca terminé de creer, porque Vera me hizo sentir durante años que, inconscientemente, yo también quería aquello; que, si no, no habría sentido placer.
Durante mucho tiempo me juzgué por eso. Me sentí mal. Sucio. Manchado.
Así que, en los brazos de Kelsey, pasé horas y horas llorando por un dolor que llevaba demasiado tiempo guardando, enfrentándome por fin a la realidad de lo sucedido y a lo espantoso que había sido todo.
Incluso comprendí que había partes que mi cabeza mantenía borrosas, y ya no sabía si formaban parte de la realidad o eran fruto de mis pesadillas…
aunque eso último no llegué a decírselo.
Me habría gustado quedarme allí más tiempo, pero esa misma mañana, cuando por fin nos habíamos quedado dormidos en el sofá —después de una noche de completo insomnio, lágrimas, silencios y abrazos—, recibí una llamada de Davenport.
Reunión en casa de Conor.
No me dio más explicaciones ni opción a réplica.
«Es muy importante», fueron sus últimas palabras.
Así que nos despedimos del ex de Kels y de su nuevo novio, que nos miraban con preocupación. Mi mano se extendió hacia Owen y, cuando la aceptó, murmuré:
—Lo siento si en alguna ocasión te hice daño.
Una clara referencia a lo que había sucedido en Aspen. Era un buen tipo.
Él sonrió.
—No te creas tan importante. Nuestra relación ya venía mal de antes —le restó importancia—. Pero haz que mis cuernos merezcan la pena… y cuídala. Kels es única.
Asentí.
Después me despedí de su novio, Pierre, un tío extravagante de cojones, aunque con pinta de buena gente.
Torcí por la calle que llevaba a la casa-iglesia, muy cerca de la de los Prescott. Entré por el cierre, pasé junto a la de Kai —que habitualmente aparcaba allí— y seguí hasta el fondo, quedando casi en la entrada.
Cuando salí del vehículo sentí cómo el corazón se me aceleraba. A ver, esa sensación me acompañaba desde la llamada.
Toqué el timbre.
La puerta se abrió y Conor me agarró del cuello para que pasara. Cuando llegué a la sala, estaban todos allí, sentados y esparcidos, con el rostro sombrío.
Y tengo que decir que, por suerte, ninguno de mis amigos —tras conocer mi historia— me miró de forma diferente.
Actuaron igual.
Y eso era de agradecer.
—Siéntate —Conor señaló un sofá individual—. ¿Quieres que te traiga algo para tomar?
Negué enseguida. Él se apoyó a mi lado, en el reposabrazos, y Davenport, que estaba enfrente, comenzó a hablar.
—Hijo, quiero que sepas que estamos todos de tu lado y, si quieres denunciar a esa… mujer, contarás con todo nuestro apoyo. No puede salir impune de lo que hizo. Es terrible. Y Cole tampoco.
Me tensé.
Ahí estábamos otra vez con el mismo tema.
Sabía que en algún momento ocurriría. Me iba a poner en pie para largarme cuando la mano de Conor sobre mi hombro, haciéndome sentar de nuevo y negando con la cabeza, me lo impidió.
Por eso el muy capullo se había colocado ahí.
—No voy a denunciar nada. En Eslovaquia la edad mínima general para consentir relaciones sexuales es de quince años.
—Pero Vera tenía autoridad sobre ti, así que el consentimiento no se considera válido —contraatacó Davenport—. Esa mujer no solo abusó de ti, muchacho; además hay explotación de un menor dependiente.
—¿Y eso qué importa? ¿Crees que alguien me creería? Ya te lo digo yo: no.
Respiré hondo antes de continuar.
—El día que me dijo que tenía que irse a Estados Unidos y renunciar a nuestra custodia, porque Cole la había amenazado, a mí me quedaban apenas unos meses para cumplir los dieciocho.
Sentí que todo el esfuerzo de aquellos años no había servido de nada, que acabaríamos otra vez en un centro de menores… que me había jodido la vida para nada.
El silencio pesaba.
—Entonces le advertí que, si se marchaba, hablaría con servicios sociales y contaría todo lo que había ocurrido. ¿Y sabes cuál fue su respuesta?
Todavía podía verla.
—Sonrió… con esa sonrisa condescendiente, como si yo fuera un cachorro, y dijo: «Cielo, nadie te creerá.
Hemos hecho que todos piensen que soy la tutora perfecta.
Si hablas, me veré obligada a decir que te obsesionaste conmigo por falta de cariño de tus padres y que confundiste todo.
Diré que intenté ayudarte, pero fue imposible…
hasta que descubrí que te vendías a mujeres mayores.
Por eso renuncio como tutora, ya que considero que un centro es lo mejor para ti».
Apreté la mandíbula.
—Esa era la versión que tenía preparada por si yo hablaba. Vera nunca deja cabos sueltos, así que supongo que eso será lo que dirá si todo sale a la luz. Y, teniendo en cuenta lo que tuve que hacer para sobrevivir al salir del centro de menores, nadie me creería.
Recordé sus últimas palabras antes de cerrar la puerta.
—«Ni mi hijo ni nadie impedirán que estemos juntos, porque tú eres mío. Hallaré el modo de que nos encontremos de nuevo».
El silencio que siguió fue denso.
Vi mandíbulas apretadas, miradas bajas… y a Conor, a mi lado, con los nudillos blancos de apretar los puños.
—Espero que entendáis por qué no puedo hacerlo —continué—.
He perdido mucho por el camino. Me he perdido yo por salvar a mis hermanos.
Si esto sale a la luz, no solo se verá mi carrera salpicada.
¿Qué pensarán en la NHL? Uno de sus jugadores prostituyéndose con mujeres mayores por dinero… esa imagen no será aceptable.
—No hables así de ti —cortó Caden—. No has tenido muchas opciones, chaval. Ningún adulto a tu alrededor estuvo a la altura. Ni siquiera servicios sociales.
—Eso es lo que se dirá de mí. Se hablará de Vera, salpicará a Davenport, a mis hermanos… a Kels. ¿Os imagináis a los mellizos señalados por ser hermanos de un jugador gigoló? ¿Y mi chica? La destruirían en redes.
—Hostia, que no hables así —volvió a alzar la voz Caden—. No eres ningún puñetero gigoló, así que para ya.
Negué despacio.
—No lo entendéis. He luchado mucho y sacrificado más para cumplir la promesa de que mis hermanos tendrían una buena vida. Con uno fallé… pero no quiero hacerlo con los otros. ¿Cómo pensáis que me van a ver cuando se enteren? ¿Qué van a sentir?
—Conozco a tus hermanos —intervino Caden—. Pasan tiempo en mi casa, y estarían de tu lado, como todos nosotros.
—No. Si lo descubren, se sentirán culpables. Y vivirán toda la vida con ese peso. Y no quiero eso. Esa mochila es mía, no de ellos. Es mi familia y tengo que protegerla.
Los miré uno a uno.
—Vosotros haríais lo mismo.
—Lo hemos intentado por las buenas y hemos fallado —intervino Prescott por primera vez—. Así que es hora de poner el plan B en marcha.
Fruncí el ceño.
—¿Plan B? —repetí, desconcertado.
—Sí —tomó la palabra Kai—. ¿De verdad pensabas que te íbamos a dejar solo en todo esto? Estamos contigo. Eres nuestro amigo y no vamos a permitir que nadie te siga haciendo daño… al menos sin luchar.
—¿De qué estáis hablando?
—Mira, chaval —Conor me apretó el brazo otra vez—. Los Rift son una familia y tú formas parte de ella. No abandonamos a nadie. O estamos todos… o no está ninguno.
Negué, inquieto.
—Estoy perdido y no me está gustando nada de lo que escucho. Suena a desastre. Y a locura.
—Prepárate —sonrió Prescott—, porque lo va a ser. Chicos, ¿listos para hundir a los Rift?
Todos asintieron, uno por uno.
Mi mirada fue a Davenport, que seguía sereno, con las manos entrelazadas.
—¿No vas a decir nada?
El presidente alzó la vista.
—Hijo, hace años vi cómo mis padres y mi propio hermano destruyeron mi vida y la de la mujer que amaba, y no hice nada —confesó pensativo—. Hoy me he vuelto a enamorar y viene un hijo en camino, algo que nunca pensé que pasaría. Ellos son mi prioridad, pero también vosotros, mis hijos del hockey.
Su voz se endureció.
—Toda una vida, los Rift me mantuvieron en pie, pero el club no es nada sin vosotros. Y no me voy a quedar de brazos cruzados. He metido a dos monstruos en mi casa que dañaron a mi familia.
Sus ojos brillaron con frialdad.
—Vera y Cole pagarán por lo que han hecho. No se toca a un hijo de los Rift y se sale ileso.
Y así fue como empezaron a desgranar su plan suicida: hundir a los Seattle Rift para salvarme a mí.
A mí.
Estaban completamente locos si creían que aquello iba a salir bien…
pero eran mis locos.
Y, joder, cómo los quería.
Porque, al final, ellos eran eso. Mi puñetera familia.
***
Kelsey se montó en mi coche antes de cruzar la frontera con Canadá.
Cuando teníamos algún día de descanso —aunque fuera una paliza— nos escapábamos a Whistler.
Aquel era nuestro lugar seguro, porque viajar a cualquier otro sitio era arriesgarnos a que nos pillaran.
Ninguno de los dos pasábamos precisamente desapercibidos.
En esas últimas semanas vivíamos así: en los partidos fuera, escabulléndonos en mitad de la noche del cuarto de uno al del otro; usando a nuestros amigos como coartada para vernos un rato; y, en los días libres, pegándonos la paliza hasta Canadá, donde pasábamos más tiempo en la carretera que juntos.
Pero era lo que tocaba.