Capítulo 41 #3
»Me eché hacia atrás en la cama. Vera caminó hasta quedar pegada a mí y se puso de rodillas. Intentó alcanzarme con su mano, aunque la esquivé. Con los ojos llenos de lágrimas me confesó que llevaba tiempo queriéndome en silencio, que se había enamorado de mí.
»Me horrorizó escuchar aquello. Le volví a pedir que me dejara en paz, porque a mí no me interesaba; solo la veía como una tutora.
No se rindió. Me atacó verbalmente, echándome en cara todo lo que había hecho por mí y por mi familia, cómo siempre estuvo ahí para nosotros y cómo me escogió a mí antes que a su propio hijo.
Me pidió que lo intentáramos juntos. Que podíamos sacar la casa adelante los dos y formar un hogar de verdad.
»Volví a huir, aterrorizado. Me senté en el sofá con mis hermanos y me quedé quieto con ellos, como si fueran el escudo que pudiera protegerme. Nunca en mi vida me había sentido más impotente y vulnerable que ese maldito día.
Me acerqué a Juraj e intenté tocarlo, girar su rostro para que me mirara, pero nada. Hizo un gesto brusco, rompiendo cualquier contacto, con la vista fija en el mismo punto que al principio de la conversación.
—No pude escapar, ¿sabes? —dijo—. Creo que en el fondo siempre lo supe, aunque me negaba a verlo.
Esa noche, después de la cena, cuando coloqué los platos en el lavavajillas, ella me abordó.
Con una voz aterradora y ese olor a pachulí mezclado con tabaco me dio un ultimátum.
Lo había intentado por las buenas, había tenido paciencia.
Sí, la muy hija de puta lo dijo así. Pero era evidente que necesitaba un empujón. Así que me lo iba a dar.
—¿Qué clase de empujón, Juraj? —pregunté, muerta de miedo por la respuesta.
Giró la cabeza un segundo y me miró con los ojos más fríos que jamás había visto.
—O me convertía en su juguete o se marchaba del país y renunciaba a la custodia.
»Me negué y soltó una risa aterradora. Sus palabras todavía las recuerdo: «Pues que Dios se apiade de tus hermanos, porque tú los acabas de condenar».
Su vista se apartó de mí y volvió al mismo punto. Me cubrí la boca, intentando ocultar un grito desgarrador. Esa mujer era un monstruo. Se había encaprichado de un niño y su obsesión era tan grande que no tenía límites.
—No había salida posible y lo supe en cuanto vi a los mellizos jugar.
Después pensé en Andrej, en lo perdido que estaba, y por un instante, como un iluso, creí que podría salvarlo de ese lugar en el que se estaba metiendo.
Si tenía que sacrificarme por ellos, lo haría.
Merecían algo mejor de lo que nos dieron mis padres.
Confiaban en mí y no podía fallarles. Yo no podía.
—No, por favor —sollocé, mientras un mar de lágrimas recorría mi rostro.
—Sí, Kels. Estaba dispuesto a pactar con el diablo, pero tenía claro que jamás permitiría que se llevara ninguna primera vez de nada. Nunca le regalaría eso. Jamás.
Me puse en pie, nerviosa, caminando de un lado a otro de la habitación. Las piernas me temblaban, la vista se me nublaba. Lo miraba una y otra vez y él seguía inmóvil.
¿Por qué no se movía?
¿Por qué no se rompía?
¿Por qué no lloraba?
Respiré varias veces, intentando calmar la ansiedad que me devoraba, y apoyé mi frente contra el cristal. Su voz resonaba en mi pecho, profunda, mientras unos pitidos retumbaban en mis oídos.
—Esa noche fui al lugar donde mi hermano se reunía con los amigos, roto, hecho un despojo.
Llegué allí con los nudillos sangrando, tras pelearme con una pared.
¿Sabes lo que hice? Fumé, bebí y me dejé llevar delante de él.
Quería que viera lo que se sentía, lo que yo vivía cada día por su culpa.
Deseaba que fuera el primero en presenciar mi destrucción.
»Me coloqué. No hizo falta mucho; no estaba acostumbrado a nada de eso.
Un par de caladas y algo de alcohol fue suficiente para enrollarme con una chica.
Esa fue la primera vez que besé, que me chuparon la polla, que…
follé. En una fiesta de mierda, con una tía que ni reconocería después, sin condón, esperando enfermarme, esperando morirme.
Patético. Espeluznante. Pero me daba igual. Cualquier cosa… menos ella.
»Al llegar a casa a la mañana siguiente, los mellizos me recibieron con una tarta. Soplé las velas y deseé desaparecer. Ojalá hubiera tenido el valor de quitarme la vida.
Me miró. Una lágrima recorrió su rostro, aunque seguía frío, inexpresivo.
—Sí, Kelsey… en más de una ocasión se me pasó por la cabeza. Aun así, en ese dieciséis cumpleaños, me morí.
»Y día tras día, en la habitación de mis padres, me fui vaciando por dentro… siempre cuando todos dormían, con mis putos hermanos en casa. ¿Sabes lo que fue eso para mí? ¿Lo sabes? No. Nadie lo sabe. Nadie entiende lo que viví, ni lo que sentí, ni cómo me odié.
Tras su terrible confesión no podía contener el llanto. Me movía de un lado a otro, fuera de mí, con las piernas temblando y las lágrimas desbordándose. Un dolor inmenso me oprimía el pecho, por él, por lo que le habían hecho y por todo lo que nunca debió pasar.
—Todavía recuerdo yaciendo en esa cama, rígido, apretando las manos contra las sábanas, ese olor a pachulí impregnándome las narices, calándome hasta lo más hondo.
Sus manos presionaban mi polla, obligándola a reaccionar, y cuando no era suficiente su boca la envolvía…
hasta que mi cuerpo respondía, hasta que se ponía dura.
Yo no quería. No deseaba que se pusiera erecta. Pero lo hacía, Kelsey… joder, lo hacía.
»Y lo peor llegaba después: el cuerpo de Vera cerniéndose a horcajadas sobre mí, deslizándose por mi pene, montándome con tanta fuerza que me perdía…
me corría. Las primeras veces lloraba en la ducha después.
Luego aprendí a no sentir nada. No había sentimientos.
Estaba vacío. En aquel lugar solo estaba mi cuerpo, pero mis emociones no, porque jamás le daría eso. Ninguna puta emoción. Nunca a nadie.
»Cole lo descubrió todo una noche, cuando llegó en un vuelo de Estados Unidos y, por el horror en su cara y el odio que irradiaban sus ojos, creí que estaría de mi lado…
, aunque me equivoqué. Guardó silencio a cambio de todo el dinero de la venta de su casa en Bratislava.
Se fue. Vera volvió a apartarlo de su camino y yo seguí allí, en esa pesadilla que no terminaba, siempre con miedo de que mis hermanos lo descubrieran.
Sentí cómo las arcadas me subían desde el estómago. Corrí hacia el baño y vomité; mi cuerpo se vació por el espanto que me provocó descubrir su historia. Jamás en la vida había imaginado algo así. Jamás pensé que hubiera vivido ese infierno siendo tan joven.
Me puse en pie tras tirar de la cisterna y me mojé la cara, porque sentía que en cualquier momento iba a desmayarme. Volví tambaleándome a la sala.
Él seguía allí.
Notó mi presencia, aunque no se movió. Continuó hablando como un robot, como una máquina sin emociones.
—Si no tengo el control en el sexo, me vuelvo loco. No soporto el sexo oral; solo pensar en que me chupen la polla me bloqueo. No puedo cuando alguien se sienta encima de mí… me recuerda a aquellos momentos de impotencia en la cama de mis padres.
Y, de golpe, todos los recuerdos encajaron en mi cabeza uno por uno: cuando me agarró en la ducha apretándome el hombro porque el perfume le recordaba a Vera; cuando me descubrió en la cama de su hermano y lo interpretó todo mal…
«Dios mío».
Por eso actuó de aquella forma tan desmesurada. Por eso evitaba cualquier acercamiento en la casa donde vivían sus hermanos. Por eso necesitaba dominar, controlar…
Y entonces recordé cuando yo estaba a horcajadas sobre él y me tiró del pelo. No era a mí a quien veía. La estaba viendo a ella.
Ahí estaba todo.
Los ataques de ansiedad eran fruto del horror que había vivido, cada vez que sentía el poder de Vera o de Cole, o simplemente al tenerlos cerca, su cabeza colapsaba, comenzaba a disociar y se perdía en su propia mente.
La ira me desbordó.
Las ganas de matar a Vera Davenport, a su hijo y a cualquiera que le hubiera hecho daño me consumieron por dentro. Me sentía frustrada, rota, fuera de mí al verlo allí, inmóvil, sin reaccionar a nada.
Comencé a caminar por la habitación tirando cosas, gritando, golpeando. Quería arrancarme ese dolor. Quería arrancárselo a él.
Me perdí.
Y de repente sentí unos brazos intentando detenerme. No podía parar. No quería hacerlo.
Caímos al suelo.
Me abrazó.
Y yo rompí a llorar contra su pecho, hipando, deseando borrar todo de mi cabeza… de la suya.
—¿Qué te han hecho? Por Dios, ¿cómo pudieron lastimarte así? Solo eras un pobre crío. Eres una víctima de personas sin escrúpulos —murmuré con la voz quebrada.
Sentí cómo el agarre de Juraj se tensaba. Otra vez rígido.
—Yo no soy ninguna víctima. ¡No lo soy, Kelsey! —gritó, con los ojos húmedos por primera vez—. No puedo serlo. No quiero serlo. ¡No!
—Tienes razón —susurré, poniéndome de rodillas frente a él—. Lo que eres es un superviviente.
Lo abracé con fuerza.
—No reprimas lo que sientes, por favor. Tienes que dejar salir ese dolor. La rabia. La impotencia. No permitas que Vera tenga poder sobre ti. No se lo des.
—Yo no quería nada de eso —su voz cedió—. Mi cuerpo reaccionaba… incluso llegaba a sentir placer. Soy tan asqueroso y repugnante como ella.
—No —negué con firmeza—. Tú eres una persona llena de amor, capaz de darlo todo por los que quiere. Solo eras un adolescente inocente y ella una adulta que abusó de ti.
Sus dedos se aferraron a mi ropa.
—Abrázame muy fuerte, por favor. No me sueltes, Kelsey. Quédate conmigo.
—Nunca me voy a ir. Siempre estaré a tu lado. No me importa si es en Seattle, en Nueva York o en la China. No voy a permitir que nadie nos separe.
Lo rodeé con los brazos y lo acuné contra mi pecho, envolviéndolo con cuidado, como si de verdad pudiera protegerlo del pasado.
Poco a poco, su cuerpo empezó a temblar de verdad.
Ya no rígido.
Ya no vacío.
Y cuando por fin se rompió entre mis brazos, yo también lloré en silencio.
Nuestras lágrimas se mezclaron, compartiendo el mismo dolor… mientras lo sostenía, decidida a no soltarlo nunca más.