Capítulo 41 #2
—Kels… —empezó mi amigo, aunque lo interrumpí.
—No me hables. Si había alguna posibilidad de ser amigos, aquí la has destruido.
—No te enfades con él. Solo intentaba ayudar —intervino Juraj en su defensa—. Mischa nos puso en contacto. Todos están preocupados por ti.
—Genial. Mis dos ex ahora amiguitos… esto es alucinante —negué con incredulidad—. ¿Sabes qué, Juraj? Puedes quedarte en esta casa y así os conocéis mejor. Yo regreso a Seattle.
Me di la vuelta y caminé hacia la cama. La cabaña era pequeña, toda la estancia abierta, así que ni siquiera podía dar un portazo y dejarlos fuera de mi vista. Aun así, los ignoré.
Abrí la maleta y empecé a meter cosas sin orden, sin cuidado, lanzándolas hasta formar una pequeña montaña.
Bufé.
Le di una patada a la cama y fui al baño a recoger lo que me quedaba.
Cuando salí ya no estábamos los tres.
Juraj seguía allí, sentado en el sofá, con la cabeza entre las manos.
Recorrí la distancia que nos separaba —ni dos pasos— y me planté delante de él.
—¿Te puedes largar de una puñetera vez? Quiero recoger mis cosas en paz.
Silencio.
No contestó.
—¡¿Estás sordo?! ¡Que te pires! —abrí la puerta, fuera de mí. Me dolía tanto el pecho que apenas podía respirar. Quizá no quería controlarme—. ¡Vete!
Se puso en pie. Llegó hasta mí.
Y, con la misma calma devastada que había tenido todo el tiempo, cerró la puerta, dejándonos dentro.
A solas.
—Lo siento… —su voz salió desgarrada—. Lo siento de verdad. No quería hacerte daño.
—Pues lo has hecho. Y mucho. Así que vete, por favor.
Las dos últimas palabras apenas me salieron con fuerza.
—Me iré cuando haga lo que he venido a hacer. Después no volveré a molestarte nunca más.
—No quiero escucharte. No me interesa. No te voy a perdonar nunca. ¿Lo entiendes? Has jugado con mis sentimientos, te has metido debajo de mi piel y me has roto de la peor manera.
Juraj negó despacio.
—No he venido a buscar perdón… ni a intentar recuperarte, Kelsey.
Me quedé paralizada.
Durante un segundo estúpido había pensado que estaba allí por mí.
Y sí… dolió.
—No puedo estar contigo —continuó, la voz cada vez más áspera—.
Aunque quiera. Aunque te quiera como jamás he querido a nadie.
Pensé que si conseguía que me odiaras te sería más fácil olvidarme, que ocultar la verdad te protegería.
Pero hablar con todos me ha hecho ver el daño que te he causado, y eso me está matando.
Empezó a caminar de un lado a otro, pasándose la mano por el pelo.
—Cuando Owen me contactó supe que no podía callar más. Que si renuncio a ti… a nosotros… si me voy a Nueva York lejos de mis hermanos y de ti… es solo para protegeros. Necesito que lo sepas. Esto lo hago por amor. No porque no me importes.
Se dejó caer en el sofá y volvió a ocultar el rostro entre las manos.
Yo no podía moverme.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que me dolía.
No sabía si sentir alivio o si se me estaba rompiendo otra vez.
—El día de la fiesta para conocer el sexo del bebé de Mia —comenzó sin mirarme—, Cole me interceptó en los vestuarios. Me amenazó con desvelar la verdad de mi pasado, todo lo que hice.
»Él y Levi, su padre, que se suponía muerto junto al mío, están tramando quedarse con el dinero de Davenport y el club de los Rift. Pero eso no es lo que me preocupa.
Alzó la vista. Y por primera vez vi miedo real en sus ojos.
—Cole quiere venganza. Contra todos los que están en su lista. Pretende acabar con Caden y River, con Kai… y por eso se ha acercado al club. Pero también conmigo y con su madre.
Soltó el aire con fuerza.
—Está dispuesto a quitarme lo que más me importa, mis hermanos y tú. Busca aislarme. Que me quede solo. Y, si no hago lo que pide, revelará cosas de mi pasado. Cosas turbias. Oscuras. No solo destruirían mi carrera en la NHL, también os salpicarían a vosotros.
El mundo me daba vueltas. Aun así, me acerqué y me senté a su lado.
—Te está amenazando con contar lo que pasó con aquella mujer en Eslovaquia, ¿verdad?
Juraj asintió lentamente.
—Eso va incluido en el pack … pero hay más. Algo de lo que nunca te hablé. Por vergüenza. Porque, si no lo decía, era como si no existiera. Porque me hacía débil. Porque pensé que te daría asco.
El miedo me recorrió la espalda.
—Me estás asustando. ¿Qué es eso tan terrible?
—Princesa…
Se giró hacia mí y su mano temblorosa se posó en mi mejilla.
Cerré los ojos al sentir su calor, odiándome por necesitarlo.
—Te lo contaré todo. Pero sé que cuando lo haga, no volverás a verme igual. Aunque ya no importa. Porque no estaré aquí para ver tu cara todos los días.
Respiró hondo.
—Solo quiero que te quede claro algo: mis sentimientos por ti siempre han sido sinceros. Nunca jugué contigo. Todo lo que viví a tu lado fue real. Te amo como nunca he amado a nadie.
Se me partió el pecho.
—Y me has hecho muy feliz —añadió en un hilo de voz—. Siempre guardaré lo que fuimos en un lugar donde nadie pueda tocarlo. En mi corazón.
—Juraj… —sollocé.
Me deshizo completamente.
Él rompió el contacto y, con manos temblorosas, agarró la botella de agua medio llena. Al llevársela a los labios, parte del líquido se derramó por el movimiento incontrolable de sus dedos, que no dejaban de sacudirse ni un segundo. Se quedó rígido, ausente, como si de repente ya no estuviera allí.
Me acerqué un poco más y cubrí sus manos con las mías, intentando reconfortarlo de algún modo, pero no reaccionó. Su mirada se había perdido en un punto infinito, fría y vacía… y, si no fuera porque seguía respirando, habría jurado que era hielo.
—Cuando salimos del centro de menores y Vera se hizo cargo de nosotros, yo estaba feliz.
Agradecido con esa mujer que había estado a nuestro lado desde pequeñitos, siempre con palabras de apoyo, entendiendo mi silencio como nadie.
Ella me comprendía, me veía, me ayudaba.
No hubo momento especial o doloroso en nuestra casa en el que no estuviera ahí, como un miembro más de mi desestructurada familia.
»Pero todo empezó a cambiar cuando obtuvo la tutela.
Pasaba bastante de mis hermanos; le daba igual lo que hicieran con tal de que no la molestaran.
Supongo que con Cole eso le servía; sin embargo, a mí no me bastaba.
Tenía que haber un orden. Todo se estaba yendo a la mierda con aquel descontrol, Matej se volvió rebelde, Andrej empezó a juntarse con malas compañías y yo no sabía cómo frenar aquello.
»Quizá mi mala relación con ella no empezó solo por eso, sino por otros detalles…
más íntimos, que al principio quise creer que eran simples descuidos.
Caricias mientras veíamos la tele, besos sin venir al caso, abrazos demasiado largos…
y luego entraba en el baño cuando me estaba duchando.
Una de las veces, en lugar de salir para irse, cogió una toalla e intentó secarme con ella.
Molesto, se la arranqué y la eché fuera.
Ese mismo día le prohibió a mis hermanos dormir conmigo; dijo que ese hábito tenía que cambiar, que no estaba bien.
Yo lo percibí como una especie de venganza, o algo así.
»Dos noches más tarde, Vera vino a mi habitación y se metió en mi cama.
Al principio pensé que era mi hermana, pero pronto me di cuenta por el olor de que no era ella.
Me revolví, asustado, y ella estaba llorando, diciendo que tenía miedo, que dormir en el cuarto de mis padres le traía muchos recuerdos, que extrañaba a Cole…
mil historias que hicieron que yo sintiera lástima. Así que cedí a que se quedara.
»Entonces noté cómo se pegaba a mi espalda, cómo su brazo me rodeaba la cintura y colaba la mano por debajo de mi camiseta para acariciarme el pecho, mientras su boca dejaba besos en mi espalda.
»No podía. Aquello no estaba bien. Además, no deseaba tenerla allí. Así que me aparté, salté de la cama y le dije que le cedía mi habitación, pero que no íbamos a dormir juntos. Salí de allí, me metí en el cuarto de Andrej, me tiré en el suelo y pasé la noche.
Juraj hablaba como si estuviera leyendo un libro. Como si aquella historia no fuera la suya.
Me recosté contra el respaldo del sofá, sintiendo cómo todo mi cuerpo temblaba. Me llevé la mano a la boca y la cubrí, intentando contener cualquier sollozo… o, al menos, que él no llegara a oírlo.
—Durante unos días apenas nos dirigimos la palabra —siguió—. Yo procuraba no cruzarme con Vera. La calma duró poco, la tormenta estaba por llegar.
»Esa tarde había jugado un partido. Cuando llegué a casa, mis hermanos estaban a lo suyo con la Play. Fui directo a ducharme; no lo hacía con el equipo porque procuraba pasar el menor tiempo posible lejos de ellos. Era un iluso, creía que, si me mantenía cerca, todo iría bien.
»En esa casa nada iba bien. Y, por si me quedaba alguna duda, aquel día lo entendí.
Él seguía inmóvil, sin pestañear, ajeno a todo.
Cuánto dolor debía de cargar para no ser capaz ni de expresarlo.
¿Qué le habrían hecho para encerrarse así en sí mismo?
—El agua resbalaba por mi cuerpo cuando la mampara se abrió y Vera entró.
No debía estar allí. Me quité el jabón de los ojos y, al ver sus claras intenciones de besarme, la aparté.
Sus manos se dirigieron a mi polla; la empujé con más fuerza y, trastabillando, salí de la ducha, cogí una toalla y me cubrí.
Le grité, le pedí que se fuera, pero no se movía. Seguía plantada allí.
»Corrí hacia la puerta, la abrí y me escondí en mi habitación. Ya vestido, aunque no más tranquilo, pensé en todos los momentos, en cada detalle, en su comportamiento conmigo. Nunca había sido igual que con el resto de mis hermanos. Me asusté y me negué a creerlo.
»La puerta se abrió de nuevo y entró, ya vestida también. En sus ojos había rabia, enfado. Le supliqué que saliera, y su respuesta fue que me quedara callado y escuchara lo que tenía que decir, que no alertara a mis hermanos.