Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 41
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Capítulo 41

KELSEY

En estas últimas semanas, Mischa era la que se encargaba del contenido de redes y de todo lo que involucrara a los chicos, mientras que yo había asumido el rol de reuniones de relaciones públicas —coordinación de eventos institucionales, gestión de imagen corporativa, atención a patrocinadores y medios y planificación de campañas de comunicación—, todo lo que no implicara contacto directo con el equipo de hockey sobre hielo.

Pero se había puesto enferma y eso significaba que me tocaba bajar a la planta inferior.

Eso suponía cruzarme con Juraj, así que, cuando vi que tenía que hacerse una revisión médica rutinaria del club, aproveché ese tiempo para reunirme con el resto de sus compañeros y evitar coincidir directamente con él.

Hasta ese momento había funcionado, aunque de lejos, obviamente, nos veíamos; era imposible no coincidir en los partidos, en los viajes…

y la situación era bastante extraña, para qué mentir.

Todos nos observaban, y lo peor era que lo hacían con pena.

Pensé que él se comportaría con normalidad, que volvería a ser el Thor del hielo, aunque me equivoqué.

Estaba apagado, incluso abatido. Desde luego, no sería por mí…

sino quizá por la situación incómoda de que iba a dejar el equipo y todos lo sabían.

Yo qué sé. Pero que el ambiente estaba raro… lo estaba.

Y yo, por mi parte, fingí normalidad. Mi punto fuerte siempre había sido aparentar lo que no sentía delante de las cámaras, así que retomé ese papel solo para no preocupar a mis amigos, que estaban todos encima de mí.

Seguía en casa de Jordan y Mia no me dejaba sola ni un momento —me estaba empezando a asfixiar—, así que a veces me iba a la casa de Mischa, donde al menos parecía tener más espacio.

También seguía viendo a los hermanos de Juraj.

Aunque era muy duro, no iba a perder mi relación con ellos. Los quería.

Aun así, mi lugar favorito era mi cuarto y las noches, para poder llorar libremente durante horas.

Había bajado de peso, no tenía hambre y comía casi porque me obligaban y por no aguantarlos, aunque estaba tan rota que todo me suponía un esfuerzo.

Nunca me había sentido tan mal; a veces me faltaba el aire, a veces el dolor era tan inmenso que parecía que estuviera enferma.

Iba a pasar. Tenía que pasar. Todo sería más fácil cuando él ya no estuviera.

Pero mientras tanto…

Cuando la puerta del ascensor se abrió, salió Zoey. Desde que se enteraron en el equipo de su decisión de irse a Nueva York la próxima temporada, ella aprovechaba cualquier ocasión para disfrutar de mi dolor soltando frases hirientes.

La de hoy fue:

—No eras tan especial, princesita.

Apreté el micro en mi mano y me adentré en el ascensor, dándole al botón para que bajara de una vez. Mi teléfono comenzó a sonar y, al mirar la pantalla, me quedé paralizada.

Un FaceTime de Owen.

Obviamente, descolgué, porque temía que fuera algo importante.

—Hola, preciosa —dijo a modo de saludo, con esa sonrisa que siempre delataba su buen humor—. ¿Cómo estás?

«Mal. Horrible», pensé.

—Bien, ¿y tú? ¿Ha pasado algo?

—Nooo, nada malo. Solo que me he acordado mucho de ti y de nuestra conversación en París. Allí te dije que cuando estuviera listo para ser amigos te lo haría saber… y ya lo estoy, Kels. La verdad es que extraño a mi mejor amiga y me gustaría recuperarla, si ella también quiere, claro.

Los ojos se me humedecieron. Claro que quería. Para mí, Owen siempre sería alguien importante. Siempre.

La puerta se abrió y salí. Continué caminando.

—Nada me gustaría más —aseguré—. Como pareja no funcionamos, aunque como amigos siempre hemos sido los mejores.

—Kels, tengo que contarte algo. Entre nosotros no hay secretos, ¿recuerdas? Siempre sinceros.

—Sí, dime. Sabes que puedes contarme lo que quieras.

—Estoy saliendo con alguien. Y prefiero que te enteres por mí.

—Eso es estupendo, de verdad. ¿Has vuelto con Asher?

—No, qué va. No lo he vuelto a ver desde que rompimos. Además, si algo no funcionó una vez, dudo que lo haga una segunda.

Sentí un pinchazo en el pecho. Y no porque ese también fuera nuestro caso, sino porque a mi cabeza vino cierto eslovaco. Y, como si lo invocara, apareció con su bolsa cargada al hombro.

Me miró. Vi su nuez moverse y desvié la mirada hacia el teléfono, aunque en realidad no estaba viendo nada. Mi corazón latía tan fuerte que me temblaba todo el cuerpo.

—Kels… —murmuró a mi altura.

Cerré los ojos un momento, bajé el móvil y me giré para mirarlo.

—No te atrevas a decirme nada. Y no vuelvas a referirte a mí como Kels, princesita o algo por el estilo. Soy Kelsey.

Y continué mi camino.

Cuando giré la esquina, abrí la puerta de donde se guardaba el material, la cerré y me apoyé contra ella, resbalando hasta el suelo mientras lloraba. Me había olvidado completamente de Owen hasta que escuché su voz.

—Preciosa, ey, preciosa, ¿qué está sucediendo? ¿Estás bien?

Levanté el teléfono y negué.

—No, no lo estoy. Tengo el corazón roto y duele demasiado.

—Ay, cuánto lo siento. Así que los rumores son ciertos.

«Rumores». ¿Cómo no? Pero me daba igual lo que se dijera. Nada podía lastimarme ya más.

—Cariño, mírame.

Levanté la vista.

—Estoy pensando… ¿por qué no te vienes conmigo y con mi novio a Portland? Te va a venir bien hacer una escapadita del hielo.

—Estaría bien, Owen, pero es un poco extraño que me vaya con mi ex y su nuevo novio mientras lloro por el chico que quiero.

—Hombre, visto así suena terrible —me arrancó una sonrisa—.

Aunque no lo es. Kels, nosotros nunca fuimos muy tradicionales en nada, así que que le den a lo que piense el resto del mundo.

A ti te vendría bien y a mí me gustaría estar a tu lado como tu amigo.

¿Qué mejor manera de retomar nuestra amistad? Venga, ¿qué dices?

—Que deberías preguntarle antes a tu pareja. No sé, quizá no le apetezca conocerme.

—Ah, él estará encantado —aclaró con toda la naturalidad. Así que era él, no ella—. Es más, te adora.

—¿Lo conozco?

—Sí. Es Pierre.

—¡Nooo! ¿Tú y Pierre? Ja, qué locura.

—Sí, lo es. Bastante.

—Me encanta. Él es genial, los dos lo sois. Seréis muy felices juntos y estoy segura de que nunca te aburrirás.

—Ya asumí que perdí cualquier momento de tranquilidad en mi vida.

—Estoy muy contenta por los dos —lo dije con toda la sinceridad del mundo.

—Lo sé, Kels. Pero, por favor, piénsate lo de la escapada.

—Lo haré. Gracias, Owen. Me alegro de tenerte de nuevo en mi vida.

—Yo también, preciosa.

Colgué y me sequé las lágrimas. Me ponía muy feliz haberlo recuperado; la verdad es que pensé que eso no se iba a dar, pero por suerte no fue así. Aunque ese calorcito me reconfortó por un momento, rápidamente volví a sentir ese vacío.

No podía seguir así. Me iba a volver loca.

Quizá ir no era tan mala opción.

***

Había algo en aquel lugar que me hizo sentir libre.

La cabaña estaba situada a la orilla de un lago cristalino, rodeada de pinos, abetos y una cascada cercana.

Por primera vez en mi vida estaba con influencers y no estaba grabando nada para redes; de hecho, llevaba semanas sin entrar en ninguna de mis cuentas.

No quería, no podía. Esta vez me elegí a mí misma, a recuperarme, a ponerme bien.

Había juntado cuatro días, los de descanso, más el viaje que los jugadores tenían con el equipo. Mischa los acompañó mientras yo me quedaba en Seattle trabajando desde casa, online. Y por eso estaba aquí, y no me arrepentía.

El primer día, tras instalarme en la cabaña, nos dedicamos a explorar.

Hicimos rutas por senderos, paseos entre árboles y rocas, y me sorprendió ver a Pierre, tan acostumbrado a la ciudad, lidiando con la naturaleza con torpeza pero entusiasmo.

Owen, el urbanita por excelencia, también parecía descubrir otra parte de sí mismo.

Y yo… yo creí que era igual, pero aquel fin de semana, en Whistler, mi percepción cambió.

No era lo mismo que estar con los hermanos Novák en Canadá, pero al menos sentí paz, menos asfixia, más libertad.

Además, estar con Owen y Pierre me hacía bien. Volvíamos a ser los amigos de antes. La primera vez que los vi darse un beso fue extraño, incómodo, pero pronto me acostumbré. Con mis dos chicos estaba bien, muy bien.

—Preciosa, tenemos que grabar contenido para redes. ¿Seguro que no quieres venir? Te distraerás y después vamos a cenar —Owen me sonrió, intentando convencerme.

—No, gracias. Prefiero quedarme. Id vosotros y pasadlo bien.

—Cariño, pero vas a estar todo el día sola.

—Estaré bien, no te preocupes. Todavía tengo trabajo pendiente por delante.

Me abrazó con fuerza y me dio un beso en la frente.

—Ahora me voy. Llámame si necesitas cualquier cosa.

—Que sí, pesado —lo acompañé hasta la puerta.

Al abrirla, mi corazón se detuvo.

Definitivamente estaba teniendo una alucinación.

Juraj estaba allí.

—Hola —saludó.

No pude ni parpadear.

Owen abrió la puerta del todo y la vista del eslovaco se desvió hacia mi amigo.

—Tú debes de ser Juraj —dijo Owen, extendiéndole la mano.

Juraj se la apretó con firmeza.

—Me alegro de que estés aquí. Aunque no voy a mentir, pensé que no vendrías.

Giré la cabeza, perpleja, buscando una explicación.

—Preciosa, perdóname —comenzó Owen—. Te he visto muy mal y no podía quedarme de brazos cruzados. Pierre me dio la idea; al principio me pareció un poco loca, como todo lo que propone, pero luego me di cuenta de que podía funcionar.

—¿¡Funcionar qué, Owen!? —grité, decepcionada, enfadada—. Es mi dolor, es mi problema y nadie tiene derecho a interferir en mi vida. No lo quiero ver, no quiero volver a saber nada más de él. Solo deseo que los partidos se acaben para no cruzarme jamás con él. ¿Puedes entender eso? ¿Es tan difícil?

Me metí dentro de la cabaña, temblando de ira, con ganas de golpear algo.

—Tú… —me dirigí a Juraj—. No sé por qué estás aquí, pero tu viaje ha sido en vano. Quiero que os vayáis los dos.