Capítulo 39 #2
Lo sabía.
Lo de Mia.
— Nikdy ma to nezaujímalo. Vziať si ho bolo o prežití. Rovnako ako všetko ostatné, čo sme robili. Sme tí, ktorí prežili, Juraj. A nemáme žiadne obmedzenia.
«Nunca me importó. Casarme con él fue sobrevivir. Igual que todo lo que hicimos. Somos supervivientes, Juraj. Y no tenemos límites».
Apreté los puños.
— Mám oči všade. Zoey prestala byť pre mňa užitočná, keď sa s tebou zaplietla. Teraz zabáva Henryho Johnsona. On a môj syn už hovoria o budúcnosti klubu.
«Tengo ojos en todas partes. Zoey dejó de servirme cuando se enredó contigo. Ahora entretiene a Henry Johnson. Mi hijo y él ya están hablando sobre el futuro del club».
—Estás loca. ¿Por qué me cuentas todo esto?
Intentó acariciarme la cara. Le retorcí la muñeca antes de liberarla.
—No me toques.
— Chránim ťa.
«Te estoy protegiendo».
Solté una carcajada vacía.
—¿Tú? Me arruinaste la vida. Me rompiste por dentro.
— Vybral som si teba pred svojím synom. Vždy som tu bol. Staral som sa o teba. Miloval som ťa.
«Yo te elegí a ti antes que a mi hijo. Siempre estuve ahí. Cuidándote. Queriéndote».
—No me jodas.
— Ak pôjdem dole, pôjdeš so mnou. Nebude síce odsúdenie, ale budeme v správach. Čo si myslíš, že urobí NHL, keď sa to všetko prevalí? A tvoji bratia? Keď zistia, kto naozaj si.
«Si caigo, tú caes conmigo. No habrá condena, pero seremos noticia. ¿Qué crees que hará la NHL cuando todo salga a la luz? ¿Y tus hermanos? Cuando sepan quién eres realmente».
—¡Cállate! —me tapé los oídos—. ¡Cállate!
Me apartó las manos.
— Musíme v tom byť spolu, ako predtým.
«Tenemos que estar juntos en esto, como antes».
La miré horrorizado. Los ojos me ardían.
—No cuentes conmigo. Estás sola. Y si tengo que ir al infierno para verte caer, iré encantado.
Me di media vuelta. Caminé hacia el coche con la respiración rota, los ojos húmedos, pulsando el mando sin saber siquiera cuál era el mío.
Solo necesitaba salir de allí.
***
Atravesé el portón de la casa de Jordan y estacioné el coche junto a uno de los de Prescott. Aún no había cerrado la puerta cuando sentí un cuerpecillo pegarse a mi espalda y rodearme con sus brazos.
Esbocé una sonrisa involuntaria porque, joder… ¿había algo mejor en el mundo que lo que Kels provocaba en mí? No.
Me giré dentro de su agarre hasta quedar frente a frente. Le alcé el mentón con un par de dedos y la besé.
La hice girar y la empujé suavemente contra el coche, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba y temblaba contra el mío, su respiración chocando con la mía, caliente, rápida.
Sus manos recorrieron mi trasero y tiraron de mí, arrancándome un gruñido. Respondí apretándola más contra mi cuerpo mientras mi boca descendía de sus labios a su mandíbula… a su cuello. Probé su piel con la lengua, mordiendo apenas.
«Joder, Kels… solo tú me haces olvidar todo. Solo tú me haces pensar que hay una maldita oportunidad de ser feliz».
La levanté y la senté sobre el capó sin dejar de besarla. Quedé entre sus piernas, tan cerca que podía sentir cada estremecimiento de su cuerpo.
Nos miramos, respirando entrecortado.
—No dejes de besarme nunca, princesita.
—Mmmm… me has echado de menos —sonrió divertida mientras me quitaba la gorra y se la colocaba ella.
Mi nariz buscó su olor, ese que borraba cualquier otro del maldito mundo. Jugó con mi pelo y tiró de mí hacia sus labios, entreabriéndolos para mí.
Esta vez mi lengua buscó la suya sin pedir permiso. Ella respondió con un gemido y las uñas clavadas en mi nuca, tirando otra vez de mi pelo.
Bajé por su cuello, por su clavícula, dejando que mi lengua dibujara su piel mientras mis manos la sujetaban por la cintura, pegándola más a mí. Nos movíamos al mismo ritmo, sin prisa… pero sin freno. Cada beso más profundo. Cada caricia más ansiosa.
Más desesperada.
—¿Y si nos vamos? —propuse, aún perdido en su boca.
—Sí, sí… —jadeó contra mis labios—. Ay… no, no.
Puso una mano en mi pecho y se echó un poco hacia atrás, intentando recuperar el aire.
Fruncí el ceño.
—¿Sí o no?
—Me encantaría, pero no podemos. Ya le dije a Jordan que cenábamos con ellos. No estaría bien darles plantón ahora.
—Arg… —dejé caer la cabeza—. Tienes razón. No quiero volver a ganármela como enemiga.
—Bobo —rio divertida—. Nunca fue tu enemiga. Digamos que solo… fue mi amiga.
—Píntalo como quieras, pero mejor no volver atrás. No me apetece nada tener otra charla tan íntima con ella. El cupo ya lo llenó la fisioterapeuta.
—Ja. Te encanta River, no lo niegues —se apoyó en las manos, recostándose hacia atrás.
Me incliné un poco, bajando la voz como si fuera a confesar un crimen.
—Te contaré un secreto, princesita… le tengo miedo. Esa mujer fue capaz de convertir al puñetero Caden Hughes en un gatito manso. Y ni hablemos de Jones… ese será mi futuro si la sigo teniendo cerca.
—Te quieren. Todos te quieren, aunque finjas ser un bravucón. Y tú también los quieres a ellos.
Bajé la mirada y sentí un pinchazo seco en el pecho.
Porque tenía razón.
Quizá «querer» era una palabra grande. Pero sí, había desarrollado algo. Lo suficiente como para que Seattle fuera un poco como un hogar.
—Eh —me levantó el rostro—. ¿Qué pasa? Te has apagado de golpe.
Negué.
No iba a hablar del desastre que había sido el día. Ni de cómo mi vida podía irse a la mierda en cualquier momento. De camino aquí pensé en contárselo todo, pero ¿cómo coño le sueltas algo así a alguien que te mira como si fueras algo bueno?
En cuanto ella —o mis hermanos— lo supieran, nada volvería a ser igual. Y lo tenía presente.
Aun así… era un cobarde.
Esbocé una sonrisa ligera y cambié de tema.
—No es nada. Solo estoy agotado. Conor me está dejando seco… y no en el buen sentido —vacilé con media sonrisa—. No como me puedes dejar tú.
Ella soltó una risa. Perfecto. Distracción conseguida.
—Y ahora dime —añadí—, ¿qué ha pasado para que quisieras cancelar nuestra salida y tenga que verme aquí cenando con los Prescott?
—Uff, por un momento me había olvidado. Me confundes, Novák —puso los ojos en blanco—. Estoy preocupada por Mia. No sé qué le pasa últimamente. Ella nunca ha sido irresponsable ni de hacer locuras.
—No creo que Mia sea así. Ni tú tampoco lo crees. Si te refieres a lo de Davenport, esas cosas pasan. No se pueden controlar los sentimientos.
Me detuve en seco.
—Ay, Dios… ¿esa frase ha salido de mi boca?
Ella asintió, sonriendo.
—Se me está pegando lo de esta gente. Ya hablo como ellos. Es terrible.
—¿Terrible? —alzó una ceja—. ¿Eso es lo que piensas de tus sentimientos hacia mí? Genial. Esto mejora por momentos.
—No —besé sus labios—. Lo que yo siento por ti jamás lo llamaría terrible. Como mucho, catastrófico.
Abrió más los ojos.
Sonreí.
—Es broma. Kels, esto que me pasa contigo es lo más increíble y jodidamente bonito de mi vida. Sin embargo, la frase sigue siendo cursi.
—No tienes remedio —resopló—. Siempre haciéndote el duro.
—Preciosa, entiendo que quieras proteger a Mia. Pero yo la veo feliz con Davenport. A veces es mejor no meterse.
Ella dudó.
—No lo comprendes, no es solo el romance que salió de la nada, es que… —se estremeció—. Ay, Dios, solo decirlo me pone los pelos de punta.
—¿Qué? Habla, me tienes intrigado.
Me miró directa.
—Está embarazada. De cuatro semanas.
Parpadeé.
—¿Embarazada? Vaya, nuestro presi va fuerte.
—Idiota, no es gracioso. Apenas se conocen. Viven a escondidas. ¿En qué están pensando?
—Probablemente han follado más que pensado. De ahí el resultado.
—Uf. Si vas a soltar estupideces, mejor cállate. No es momento para que saques a Thor.
Suspiré.
—A ver, princesa, ¿ellos están felices?
Asintió.
—Entonces eso es lo que importa. Quieren a ese bebé. Juntos o no, serán buenos padres.
Ella no parecía convencida. La observé mejor.
—Aquí hay algo más que te preocupa y no es el bebé.
Silencio.
—Kels —sujeté su rostro con suavidad—. ¿Qué pasa?
Su voz salió más baja.
—Tengo miedo, ¿vale? No quiero que lastimen a Mia… ni a ese bebé.
Entonces lo comprendí.
—Hablas de Vera, ¿no?
Asintió sin mirarme.
Y sentí una impotencia de mierda subir por el pecho.
La abracé más cerca.
—Preciosa, sé mejor que nadie cómo es Vera. Y sí, estar en su radar es lo peor que te puede pasar, pero Mia no le interesa. No va a hacerle nada.
—¿Y cómo estás tan seguro?
«Por la conversación del aparcamiento».
Aunque eso no iba a decírselo.
—Porque la conozco —respondí al final—. Si está detrás del divorcio, lo único que le importa de Davenport es su dinero. Mia no es un obstáculo, es una ventaja.
Kels se tensó.
—Dios, qué terrible suena todo. Odio que la conozcas así. Lo odio.
«Yo también lo odio, la odio», pensé.
Sin embargo, no dije nada.
Nos quedamos en silencio un buen rato. La abracé y ella permaneció contra mí.
Creo que los dos necesitábamos exactamente eso.
Porque cuando Vera Davenport aparecía en el tablero…
siempre dejaba dolor en medio.
—¡Pareja, parad con los arrumacos y vamos a cenar! —la voz de Nathan nos llegó desde la entrada.
«Mierda». Me había olvidado de que tocaba confraternizar. «Allá vamos».
Bajé a Kels del coche y, cuando llegamos a la altura de Nathan, lo vimos descolgar el teléfono. El nombre de Kieran quedó flotando en el aire.
Sí, seguramente hablaba con Kieran Price.
Cómo olvidar al rubio con aires de surfero demasiado cercano a mi chica.
«Oh, Dios».
¿Desde cuándo me había vuelto tan jodidamente celoso?
Entramos en la casa y nos dirigimos hacia la mesa que Jordan tenía preparada. Madre mía, aquello estaba milimétricamente organizadoJusto lo que yo decía, era peligrosamente parecido a la primera comida con los padres de tu novia.
Tomamos asiento y Jordan se volcó en modo anfitriona intensita. Primero me ofreció bebida, después quiso confirmar si me gustaba el menú —que, por supuesto, ya había consultado previamente con mi chica— y siguió con una cadena de atenciones que empezaba a ponerme nervioso.
Hasta que Kels rompió a reír.
Y, joder, menos mal.
Nosotros la seguimos enseguida y la tensión incómoda de la mesa se aflojó un poco. Justo a tiempo, porque Nathan no tardó en sentarse también y, por suerte divina, sacó tema de conversación.
Porque, si alguien me preguntaba cómo estaba… decir que sudaba por todos los putos poros del cuerpo se quedaba corto.
—Creo que sería buena idea invitar a Kieran a pasar el verano con nosotros —comentó Prescott, visiblemente preocupado.
—¿Tan mal siguen las cosas? —se interesó Jordan.
—Peor que mal. Su padre es tan cabrón como el mío. Si no sale de ahí, no solo le va a joder la carrera en el hockey, le va a joder la vida.
—Sí, invítalo —asintió Jordan sin dudar—. Hay que ayudarlo.
—Yo tengo que viajar a Chicago —añadió mi novia—. Puedo intentar quedar con él allí.
La miré, desconcertado.
¿Chicago?
¿Qué coño iba a hacer en Chicago?
¿Y por qué demonios yo no sabía nada?
—Estaría genial —aprobó Jordan, dándole un mordisco a… ¿eso era carne? Vegana, por supuesto—. Pensé que el Midwest Creator Summit se había suspendido este año.
—No, solo se pospuso unos meses —suspiró Kels—. No puedo faltar; tengo un contrato firmado. De los pocos que me quedaron después de lo de mis padres y… bueno… lo otro.
La alusión a su ruptura mediática quedó en el aire.
—Así que debo asistir —continuó—. No habrá problema, aunque coincide con los playoffs y, por lo que veo, los Rift rara vez llegan a semifinales.
Nathan y yo le lanzamos una mirada acusadora al unísono.
Jordan, la muy traidora, soltó una carcajada.
—Eh, perdón, no quería ofender —levantó las manos, aunque la risa le seguía bailando en la boca a Kelsey—. Pero si estoy en Chicago quizá pueda ir a ver a tu antiguo equipo, Nathan —añadió con tono inocente.
—Tú la matas y yo me deshago del cuerpo —me propuso Prescott.
Asentí con solemnidad.
—Les has dado donde más les duele —bufó Jordan—. Ignóralos. A veces se ponen un poco intensitos.
Y soltó una risa más fuerte de la cuenta.
—Por cierto, ¿a ese evento no ibas con…? —Jordan se quedó callada al darse cuenta de que acababa de meter la pata.
Kels le lanzó una mirada asesina.
—No importa —terminó Jordan, bebiendo.
Demasiado tarde.
—¿Con quién? —pregunté, muy despacio.
—Con compañeros —contestó Kels, con excesiva rapidez.
—Ajá. Entre ellos… no me digas más —me recosté en la silla—. Está tu ex.
Asintió.
—Joder… —resoplé—. Ese viaje promete ser de lo más divertido. Price, Owen, reencuentro con el pasado…
—Y no te olvides de que va a ver al equipo de Chicago —recordó Nathan antes de recibir un codazo de Jordan—. ¡Au!
—¿No estarás celoso? —Kels me miró como si estuviera alucinando.
—No. No lo estoy. Me da igual.
—Oh, no te creo. Y no, no te da igual. Si no, no estarías haciendo esta pataleta.
—Ah, genial. Encima la que se molesta eres tú. Había que verte si yo hiciera lo mismo.
—Lo entendería. Porque uno es un amigo y el otro es mi ex. Punto. Y no te olvides: viajo por trabajo.
—A ver… —intervino Nathan, levantando las manos—. No quiero meterme donde no me llaman, pero algo de razón tiene el chaval. A mí tampoco me haría ni puñetera gracia.
—¡Cállate! —soltaron Jordan y Kels al unísono.
Nathan me miró con cara de lo siento, hermano, hasta aquí llego.
—Vente conmigo —propuso Kels de pronto—. Acompáñame.
La miré de reojo.
—Me lo pensaré… si es que nos eliminan en los playoffs —respondí, intentando conservar un mínimo de dignidad.
Porque sí.
Estaba celoso.
Nathan decidió cambiar de tema. Menos mal.
—Ehhh, me enteré de que el equipo de Nueva York te quiere —dijo—. Es un buen club. Los grandes están detrás de ti, y no es de extrañar. Eres un centro cojonudo.
Negué con la cabeza.
—No me interesa. No tengo pensado cambiar de equipo por muy bueno que sea.
Y lo decía en serio. Mi contrato entraba en su último año y, al terminar la temporada, podría convertirme en agente libre sin restricciones y negociar con quien quisiera.
No pensaba moverme, no sin antes devolverles a los Rift todo lo que me habían dado, aunque aún no hubiera levantado una Stanley Cup.
—Admiro tu fidelidad, chaval —declaró Prescott con sinceridad.
En ese momento se escuchó el motor de un vehículo. Todos giramos la cabeza hacia la ventana.
El coche de Davenport.
Aparcó en la casita de invitados y vimos a Mia salir a recibirlo. Él la abrazó con cuidado, luego se agachó y besó su incipiente barriga y, por último, la besó a ella.
Vi cómo a Kels se le humedecían los ojos.
Y, joder…, yo también sentí la misma emoción.
Porque aquel hombre solo quería ser feliz con su familia.
Y Vera…
Vera era veneno.
Todo lo que tocaba lo pudría.
Solo esperaba que, al menos a él —y por ese bebé que venía en camino—, esta vez la vida le diera una puta tregua.