Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

—Juraj, no tiene por qué pasar nada. Podemos acostarnos y dormir. Ha sido un día intenso —se apartó un milímetro para mirarme y me acarició la mejilla con los pulgares.

Negué suavemente.

—Te deseo muchísimo, princesita. Y no podemos vivir siempre huyendo por mis miedos. Solo te pido paciencia. Puede que me lleve tiempo, pero voy a poner todo de mí.

—Amor, estamos juntos en esto —respondió con calma—. De cualquier manera será increíble. No te presiones, solo intenta sentirme, sentirnos. Sin forzar nada. Paso a paso.

Sonrió con una ternura que me estrujó el pecho.

—Kels, tienes que recordar siempre que contigo nunca ha sido igual que con nadie. Ni en esto ni en nada.

—Lo sé —aseguró—. Soy tu primera novia, ¿recuerdas?

Apoyé la frente contra la suya.

—Eres mi primer todo, princesita.

La tomé de la cintura y la guie conmigo hasta la cama, recostándola con cuidado sobre el colchón, sin apartar los ojos de los suyos.

Recorrí con las manos toda su espalda, apretándola mientras ella rozaba sus labios contra mi boca y se frotaba contra mi erección, lo que incrementaba el deseo entre nosotros.

Deslicé mi mano por el interior de sus braguitas, descendiendo con lentitud por sus nalgas, sintiendo cómo su respiración se entrecortaba en un suave jadeo.

Bajé mis labios por su cuello en un rastro pausado y suave, rozando su barbilla con la frente, hasta que mi boca encontró sus firmes pezones.

—Juraj —ronroneó, estremeciéndose bajo mis labios.

Mi boca recorría la piel de sus senos; mi lengua dibujaba líneas húmedas sobre ellos. Succioné un pezón y luego cambié al otro, dejando un mordisco leve que le hizo arquear la espalda. Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando con fuerza.

—Más… esto que me haces es… —volví a morder, esta vez un poco más fuerte—. Mmm… increíble —susurró, apretándome la cabeza con una urgencia que me hizo respirar hondo.

Joder. Yo quería ir despacio, disfrutarlo, cuidar cada detalle, pero verla así, tan entregada, confiando en mí de esa manera, me estaba desarmando.

—Juraj… —jadeó otra vez, sin abrir los ojos—. Mi cuerpo reacciona solo cuando me tocas. Solo tú consigues que me sienta así.

Una sacudida me atravesó el cuerpo. No sabía si era consciente del efecto que tenían esas palabras o si justamente quería que lo supiera, que entendiera lo que provocaba en ella.

«Princesita, así no voy a poder contenerme», pensé, notando cómo cada gemido, cada roce, cada aliento caliente contra mi piel iba rompiendo mi autocontrol poco a poco.

La calma ya pendía de un hilo y estaba a punto de romperse.

Me arrodillé entre sus piernas, incorporándome levemente. La tenue luz iluminaba cada curva de su cuerpo desnudo. Estaba tan hermosa que dolía mirarla.

Con suavidad, me deshice de su ropa interior. Separé más sus piernas y, sin perder un segundo, hundí mi rostro en ella, permitiendo que mi boca alcanzara su sexo. Cerré los ojos un instante, disfrutando de ese contacto.

—¡Oh, Dios! —gimió, apretando la sábana con las manos mientras empujaba hacia adelante con su pelvis, dándome más acceso.

Deslicé la lengua por su clítoris, sintiendo la textura suave y húmeda, dejando que su sabor envolviera mi boca. Cada movimiento era una explosión en su cuerpo. Repetí la acción una y otra vez, disfrutando del placer de sus jadeos, sintiéndome cada vez más satisfecho con cada segundo que pasaba.

—¡Ay, joder! Creo que voy a desfallecer —balbuceó con el cuerpo tensionado.

Así que, sintiendo que estaba tan cerca de alcanzar el clímax, con mi lengua seguí embistiéndola, más hambriento que nunca.

Volví a su centro, trazando círculos, succionando y mordisqueando, mientras mis dedos jugueteaban en su interior.

Su cuerpo perdió el control y, en un soplo, sentí cómo se corría emitiendo un delicioso gemido.

Retiré mi rostro y me recosté sobre ella para besarla. Kels correspondió aún jadeante, con los labios entreabiertos y los ojos brillantes.

—Es mi turno —susurró, y con un pequeño empujón invirtió las posiciones.

Mi cuerpo se tensó al instante. Sentí cómo una parte de mí empezaba a desconectarse de ella, a alejarse justo cuando más cerca estaba.

El impulso fue apartarla, crear distancia antes de que todo se torciera, pero sabía que, si lo hacía, la heriría.

Tenía que aguantar. Respirar. Encontrar la forma de volver a ese lugar donde solo existíamos los dos.

No reaccioné.

Me quedé inmóvil, atrapado entre lo que quería y lo que mi cabeza intentaba sabotear, mientras sus labios buscaban los míos con suavidad. Y lo único que pude hacer fue observarla, sentirla ahí, esperando a que yo también regresara.

Y, para complicar más la situación, una de sus pequeñas manos acabó sobre mi erección, envolviéndola a través de la tela. Cerré los ojos y un gruñido bajo se me escapó de la garganta. No era placer.

Era dolor.

De pronto ya no estaba allí con Kelsey. Había vuelto a ese cuarto, a otras manos, a otra boca sobre mi cuerpo, a la misma sensación de quedarme rígido, de no poder moverme, de no poder escapar.

Abrí los ojos justo cuando la vi sacar mi miembro de los calzoncillos, dejarlos a un lado y envolverlo por completo.

Se acercó un poco más y su boca se pegó a la mía; lamió y mordisqueó mis labios.

A continuación, descendió por mi cuello, rozando mi piel con delicadeza antes de volverse traviesa.

Luego llegó a mis pezones, jugueteando con ellos, hasta que sentí sus dientes marcando la piel, primero uno y después el otro, dejándome un cosquilleo entre dolor y deseo que me hizo estremecer.

«Es Kelsey. Concéntrate en ella. Mi princesita nunca me haría daño», me repetí una y otra vez, intentando calmar la ansiedad que me recorría el cuerpo.

Continuó su descenso de besos por mis oblicuos mientras sus manos exploraban mis abdominales con insistencia.

Se recolocó sobre sus rodillas y un gemido abrupto salió de mi garganta cuando rodeó mi glande con sus labios.

En ese instante, todo mi campo de visión y mi cordura se redujeron a la horrible sensación de otra boca sobre mí.

Me apretó la base del pene y bajó la cabeza para introducir más centímetros en su cálida humedad. Se deslizó más y más hacia abajo, abriendo mucho los labios para cubrirlo casi entero. Jadeé sin quererlo cuando comenzó a trazar círculos con la lengua una y otra vez.

Estaba completamente atrapado entre los recuerdos del pasado; si no retomaba el control, me rompería por dentro o, peor aún, podía perder la cabeza y hacerle daño a Kelsey.

—Para, para —supliqué, agitado, tirando suavemente de ella para incorporarla—. No quiero más juegos. Te necesito a ti ahora, princesita.

Ella me regaló una sonrisa amplia, pura, inocente, completamente ajena a todo el dolor que sentía, y así debía ser. Después se lanzó a besarme.

Le correspondí mientras estiraba la mano para alcanzar los preservativos que estaban en la mesilla. Tomé uno a toda prisa, lo llevé a la boca, rasgué el borde con los dientes y lo desplegué alrededor de mi erección.

Kels me observaba absorta mientras se recostaba y yo me inclinaba sobre ella. Sus piernas estaban ligeramente separadas, invitándome sin palabras.

«Es ella, mírala», me repetí, intentando calmar el caos dentro de mí. «Todo está bien. Quédate aquí. Ahora tú tienes el control, tú mandas. Nada puede salir mal, no con Kelsey».

Porque, si todo estaba bien, si estaba allí con ella, deseándola y queriéndola, entonces ella era mi lugar seguro.

Apoyé mis antebrazos a ambos lados de su cabeza y dejé que mis dedos jugaran entre su cabello, deslizándose por su nuca. Ladeé el rostro y la besé lentamente, dejando que la presión de mis labios la hiciera estremecerse.

Acerqué la mano a su sexo y me perdí entre sus pliegues. Acaricié su clítoris mientras inclinaba la cadera hacia delante para situar la polla justo en su entrada.

—Mírame, princesita. —Moví la pelvis y le metí la punta.

La saqué lo suficiente para empaparme con su humedad antes de empujar y ganar algún centímetro más.

—No me dejes ir, Kelsey, ayúdame a sentir —le pedí, mientras notaba su respiración y cómo se removía contra mí, mezcla de deseo y un ligero miedo que me hacía tensarme aún más.

—Joder —gruñí, hundiéndome más, más profundo, intentando no desconectarme, no perderme en los instintos, sino permanecer en ella, con ella.

Kels abrió los ojos, apretó los labios, arqueó la cabeza hacia atrás y me ofreció su cuello, escondiendo en ese gesto cualquier tristeza que aún rondaba su mirada.

Mis labios vagaron por su piel antes de fundirse con los suyos en un beso profundo y hambriento.

Después descendí lentamente, besando su cuello, rozando sus hombros, deteniéndome un instante en sus pechos y dejando que mis labios y mi lengua marcaran cada centímetro.

Volví a subir despacio, deteniéndome en su cuello antes de rozar su oreja con un mordisco suave.

Con la voz baja, todavía cargada de respiración y emoción, le susurré:

—Te quiero.

Lo dije pegado a su piel, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía bajo el mío y cómo ese temblor, más que encenderme, me atravesaba por dentro.

La saqué un poco y, acto seguido, me deslicé con una acometida profunda que la hizo gemir y contraerse al mismo tiempo.

Incliné la cabeza hacia delante y le mordí un pezón. Siseó al notar la presión de mi boca sobre su pecho. Se sacudió y comencé a mover las caderas con más intensidad.

Jadeó más fuerte, se retorció y comenzó a corresponder a mis envites. La forma en que me envolvía el miembro iba a provocarme la mayor corrida de mi vida.

—¡Yo también te quiero! —soltó entre gemidos, enroscando sus piernas alrededor de mí y estirando los brazos para aferrarse con fuerza a la cama, acercándose peligrosamente al clímax.

Deslicé una mano por su vientre y, con cuidado, le acaricié el clítoris mientras levantaba un poco la cadera para introducirme más en ella. Se corrió con fuerza y me apretó tanto que apenas podía moverme.