Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 38
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Capítulo 38

JURAJ

Tras visitar mi antigua casa, la sensación que se me quedó en el cuerpo no fue buena.

Demasiados recuerdos, demasiado dolor, demasiado intenso.

Quizá también necesario. Creo que lo soporté porque ella estaba a mi lado; me dio el valor para abrir la carta.

Y es que, cada vez que la miraba o la tenía cerca, algo dentro de mí se encendía, una pequeña llama de esperanza.

Pero siempre aparecía algo que, con un simple soplido, la apagaba y me obligaba a regresar a la realidad.

No tenía derecho a soñar ni a creer en un futuro para mí.

No desde el día en que acepté sellar mi destino junto al de Vera Davenport.

Esa mujer tenía —y tendría siempre— poder sobre mí.

Intenté fingir que no era así, pero me mentí.

La única libertad que me quedaba era saber que, si yo caía, ella también lo haría; ninguno quería llegar a ese punto porque sería nuestro final.

Había luchado demasiado, perdido demasiado, como para destruirlo todo ahora.

Cuando acepté lo que acepté, comprendí que ya no habría oportunidad para mí, pero sí para ellos. Por eso hice lo que hice.

A la mañana siguiente desperté después de una noche en silencio, con el cuerpo de mi princesita pegado al mío, consolándome sin palabras, sosteniéndome simplemente estando.

Lo agradecí. No más preguntas, no más llanto, solo dejar que todo aquel caos emocional descendiera poco a poco.

Era lo que necesitaba… bueno, eso y la pastilla que tomé.

Estar en Bratislava parecía aumentar mi consumo de ansiolíticos.

Cuando despertó y me regaló una sonrisa, apretándose contra mí, quise guardar esa imagen para siempre, para cuando ya no estuviera.

Fue entonces cuando lo decidí: si aquello era un sueño del que iba a despertar en cualquier momento, pensaba aprovecharlo.

Después volvería el vacío…, pero uno que al menos estaría lleno de su recuerdo.

Salimos a desayunar y recorrimos el casco antiguo. Le enseñé mi ciudad. Al principio, cada calle me arrastraba a algo oscuro. Me pregunté si existía un solo lugar en el que hubiera sido feliz. Parecía que no. Sin embargo, con ella todo era distinto: más vivo, más luminoso.

Llegamos a la Iglesia Azul y la imagen de mí mismo, años atrás, fue terrible, tirado contra la puerta, dormido, perdido. Hasta ese momento.

Saqué una foto de ella y luego alguien nos tomó una juntos.

Y entonces ese lugar ya no pertenecía al pasado.

Ahora guardaba un recuerdo nuevo. Uno bonito.

***

Y ahí estaba, en un auditorio lleno de luces y murmullos, y yo sentía que todas las miradas caían únicamente sobre mí.

Vestía mi mejor traje, sintiéndome extrañamente encorsetado, y mantenía las manos juntas frente al atril sin saber muy bien dónde colocarlas.

En la izquierda sostenía el trofeo, brillante bajo los focos.

No decía que fuera el mejor jugador del mundo, ni el más fuerte, ni el que ganaba cada noche, pero sí decía algo importante: mi país no se había olvidado de mí.

Los flashes golpeaban mi cara y yo sonreía, quizá un poco forzado. Orgullo y ansiedad mezclados. Orgullo por haber llegado hasta allí. Ansiedad porque, en cuanto bajara del escenario, mi vida real seguiría esperándome.

Aclaré la voz.

—No soy muy bueno hablando —algunas risas suaves recorrieron la sala—. Siempre me ha resultado más fácil expresarme sobre el hielo.

Miré el trofeo un instante.

—Pero… —tuve que detenerme un momento, intentando controlar la emoción—. Esto no es solo mío. Nunca lo fue.

»A mis hermanos… Todo lo que soy existe porque vosotros existís. Cada paso que doy es para asegurarme de que vuestro camino sea más fácil que el mío. Ojalá hoy podáis sentiros orgullosos de mí. Siempre he intentado ser mejor por vosotros.

Tragué saliva antes de continuar.

—A Kelsey: gracias por enseñarme que la vida puede ser bonita incluso cuando uno está convencido de que no lo merece. Por quedarte, por escuchar, por no intentar cambiarme, solo acompañarme. Haces que todo tenga sentido.

Hice una breve pausa.

—Y a mis compañeros, a mis amigos y a nuestro presidente, Davenport. Lejos de casa encontré una familia inesperada. Me habéis acogido, empujado cuando flaqueaba y recordado cada día por qué amo este deporte.

Respiré hondo.

—Y, por último, quiero dedicárselo a alguien que ya no está entre nosotros.

Besé la pulsera que llevaba en la muñeca. El auditorio quedó en silencio.

—A mi hermano Andrej. —La voz me salió más baja, más sincera—. No pudo ver este momento, pero estuvo conmigo mucho antes de los reconocimientos, cuando solo éramos dos niños soñando con escapar de todo. Y hoy, esté donde esté, espero que sepa que cada paso que doy lo doy también por él.

Levanté apenas la mirada.

—Este premio no es solo un reconocimiento deportivo. Es la prueba de que seguimos adelante. Y yo sigo adelante por los que están y por los que ya no pueden estar.

Incliné levemente la cabeza.

—Gracias.

Bajé del escenario con el corazón golpeándome el pecho.

Nada más pisar el suelo, Kelsey corrió hacia mí. Me besó con fuerza, sin importarle las cámaras ni la gente alrededor, y me agarró de la mano.

—Mira —susurró, emocionada.

Me enseñó el móvil.

Una videollamada múltiple.

Risas. Gritos. Cervezas alzadas.

Todos estaban allí felicitándome… y, en medio del salón de la casa de los Hughes, mis hermanos.

Matej intentaba aparentar normalidad, aunque tenía los ojos húmedos.

—Estoy orgulloso de ti —declaró con voz firme, demasiado firme.

Anica no lo disimuló.

—Eres mi ejemplo, ¿lo sabes? Te quiero muchísimo.

Aquello me llegó muy adentro. Tuve que apartar la mirada un instante para no romperme delante de todos.

Era la primera vez que no recibía un premio solo.

Colgué.

Sin pensar, agarré a Kelsey por la cintura, la levanté del suelo y la besé con desesperación, como si todo lo que no sabía decirle se quedara atrapado entre nuestros labios. Amor puro. Gratitud. Necesidad.

Ella era probablemente la razón de todo aquello.

Nunca me juzgaba. Nunca pedía nada. Solo estaba. Me escuchaba, me sostenía cuando caía, me hacía sentir humano.

Kelsey era amor. Entera.

Cuando el ruido a nuestro alrededor volvió a existir, la bajé despacio.

—Gracias —susurré— por estar aquí, por hacer esto posible y por quererme como me quieres, aunque no lo merezca.

Apoyó las manos en mi pecho y se acercó un poco más.

—Gracias a ti por dejarme formar parte de tu vida, por abrirte conmigo y por darme la oportunidad de conocer al hombre más maravilloso del mundo. Y, sobre todo, por dejarme ser yo.

Sonreí apoyando mi frente contra la suya.

Nos interrumpieron para llevarme a la zona de prensa. Ella asintió y se quedó a un lado, mirándome con esa sonrisa que siempre encontraría entre cualquier multitud.

—¿Qué significa este reconocimiento para ti?

—Que el camino valió la pena.

—¿En quién pensaste primero al escuchar tu nombre?

—En mis hermanos y en mi chica.

—¿Objetivos para la próxima temporada?

—Seguir disfrutando del hockey y ser mejor compañero que ayer.

Después vino la recepción.

Música baja, trajes oscuros, conversaciones cruzadas entre jugadores, entrenadores y gente del entorno del hockey. Reconocía a la mayoría, algunos rivales, otros antiguos compañeros. Charlas, bromas, palmadas en la espalda.

Kelsey, en cambio, no pertenecía a ese mundo y, aun así, en minutos hablaba con todos como si siempre hubiera estado allí. Reía, escuchaba, conectaba. De vez en cuando buscaba mis ojos y me regalaba una sonrisa.

Era imposible no quererla.

Y era mía.

Mi chica.

***

Todo el trayecto hasta el hotel lo pasamos hablando sin parar. Kelsey estaba radiante, todavía emocionada por la noche, y su felicidad era tan genuina que resultaba contagiosa; no dejó de contarme detalles, de reír, de revivir cada momento. Era imposible no mirarla y pensar que era especial.

Pero al entrar en la habitación, los dos miramos inevitablemente hacia la cama y el silencio cayó entre nosotros.

Incómodo.

Desde el día en que decidimos estar juntos yo había evitado ese paso y ella, sin preguntas ni reproches, lo había respetado.

Nunca llegué a explicarlo en voz alta, pero tampoco hizo falta.

Kelsey sabía leer mis pausas, mis cambios de respiración, lo que necesitaba incluso cuando yo mismo no lo entendía.

La deseaba. Mucho más de lo que había deseado nunca a nadie.

Y, aun así, ambos sabíamos que cuando cruzáramos esa línea no sería como antes.

Ahora ella conocía el motivo de mi desconexión, de cómo mi cuerpo reaccionaba mientras mis emociones quedaban al margen, incapaz de sentir nada más allá del placer físico.

Temía que eso la hiriera, que con el tiempo acabara creyendo que para mí era igual que todas las demás.

Y no lo era.

Nunca lo había sido.

Por eso tenía que intentarlo, por ella… por nosotros.

Solo pensarlo me puso nervioso, torpe, casi como un adolescente enfrentándose a su primera vez.

Me quité la chaqueta, abrí la camisa que empezaba a asfixiarme y dejé caer los zapatos al suelo.

Cuando levanté la vista, ella también comenzaba a desvestirse.

Mi respiración se volvió irregular al instante; el calor me recorrió entero mientras me deshacía del pantalón.

Kelsey forcejeaba con el cierre de su vestido, sin atreverse a mirarme. Me acerqué despacio y tomé su mentón con suavidad, obligándola a alzar los ojos hacia los míos.

—Princesa, eres preciosa —murmuré.

Mis dedos encontraron la cremallera y la bajé con calma, dejando que la yema rozara su espalda en el recorrido, sin prisa.

La tela cayó por sus hombros hasta el suelo. Mi mirada recorrió cada línea de su cuerpo mientras mis dedos bajaban con lentitud entre sus pechos y por su abdomen, que se contraía tras cada caricia, hasta detenerse contra la tela ligera de su ropa interior. Solté un suspiro tembloroso.

—Ven —la rodeé con los brazos, buscándola más para sostenerme yo que para sostenerla a ella.