Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—Él tenía razón. Vera se fue pocos meses antes de que yo cumpliera los dieciocho. Cole la chantajeó con denunciar todo a servicios sociales y renunció a nuestra tutela. Se marchó a Estados Unidos.

Vi el impacto en su rostro.

—Yo tenía diecisiete. Pensé que aguantaríamos hasta febrero, no aguantamos ni una semana.

Vinieron. Dijeron que era provisional, por seguridad, temporal.

Siempre dicen temporal. Nos llevaron a un centro en Bratislava.

Dormíamos los cuatro juntos en la misma habitación.

Fue lo único que pedí. No nos separaron y eso fue mi primera victoria.

Respiré despacio.

—Cumplí los dieciocho allí. No hubo pastel.

Solo papeles. Ese día dejé de ser menor protegido para convertirme en «joven adulto sin red familiar».

Podía irme, pero ellos no. Me ofrecieron un piso compartido y ayuda mínima.

Les dije que no me iba sin mis hermanos.

Me explicaron que necesitaba dinero, casa y una resolución judicial.

Solté una risa seca.

—No tenía nada.

Kelsey ya lloraba abiertamente.

—Así que encontré la única salida. Busqué a la exjefa de Vera e hice un trato. Un contrato por mis servicios.

Se cubrió la cara.

—Oh, Dios…

—Tenía que sacarlos de allí. Yo ya no importaba. Dejé de importar hacía tiempo.

—Ahí fue cuando empezaste a separar el sexo de las emociones…

—Supongo. Solo recuerdo acostarme con ella, descargar la rabia, no pensar, sentir control aunque no lo tenía. Me pagaban por ello.

Me quedé mirando al techo.

—Después llegó el draft . Cuando dijeron mi nombre no pensé en mi futuro en el hielo; pensé en un despacho de juez.

Firmé el contrato, conseguí dinero, presentamos la solicitud de tutela.

Revisaron todo: ingresos, vivienda, colegio, seguro, quién los cuidaría cuando yo no estuviera, meses de entrevistas, informes psicológicos, trabajadores sociales preguntando si quería ser su hermano o su padre.

La miré.

—Le respondí que solo quería que no volvieran a dormir en una habitación con ocho niños.

Kelsey bajó la cabeza, me secó el rostro con sus manos y me besó la frente, la mejilla, la boca, con una ternura que me rompía por dentro.

—¿No te asquea lo que hice? —pregunté, hundiendo mi mirada en sus ojos vidriosos.

—Nunca podría sentir algo así por ti —aseguró—. Lo diste todo por tus hermanos, todo… incluso a ti mismo.

Negué, sin ganas de creerlo.

—Pero no fue suficiente, Andrej está muerto.

Sentí cómo se me quebraba la voz y las lágrimas me traicionaban. Ella apoyó su frente en la mía y también lloró conmigo.

—Hubo un tiempo en que creí que había esperanza.

Cuando se mudaron a Seattle, entró en rehabilitación y parecía otro…

tenía ganas de vivir, se acercó a los mellizos, sobre todo a Matej.

Conmigo… conmigo las cosas seguían tensas.

Yo lo vigilaba demasiado; después de la recaída no podía dejar de hacerlo.

Cada vez que jugábamos fuera temía volver y encontrarlo drogado…

pero tampoco podía abandonar el hockey. Era lo único que los mantenía conmigo. Me estaba volviendo loco.

Me obligué a tragar saliva y continué, con el corazón hecho trizas.

—Un día cancelaron un vuelo por una tormenta de nieve y llegué antes a casa.

Todos tenían que estar en clase, pero escuché un golpe en el baño.

Abrí la puerta y lo encontré en el suelo, casi sin respiración.

Le grité, lo sacudí… nada. Llamé a emergencias mientras intentaba mantenerlo despierto, contándole cualquier cosa para que no se fuera. Minutos que parecieron horas.

»Esa fue la última vez que lo ingresaron… estuvo más tiempo que las otras veces. Entonces compré la casa en Whistler. Creí que cuando saliera de allí podríamos ir los cuatro de vacaciones. Pensé que serviría.

Negué de nuevo.

—No ocurrió así. Lo primero que hizo fue buscar cómo marcharse de Seattle y volver a Bratislava.

Iba a cumplir dieciocho. Encontré el billete y el dinero escondidos…

Venía de la clínica. No entendía de dónde los había sacado.

Discutimos y me confesó que Cole lo había estado ayudando.

Le daba contactos para comprar droga y dinero para consumir.

Kelsey se llevó las manos al rostro.

—¿Por qué haría algo así?

—Para vengarse de mí —manifesté—. Destruir a mi hermano era hacerme daño. Decía que yo le había quitado todo y que no pararía hasta dejarme sin nada. Andrej… me traicionó. Nos dijimos cosas horribles y se fue. La siguiente vez que lo vi ya estaba muerto.

—Cole está loco —exclamó—. Primero con Caden y Kai, ahora contigo. Tenemos que hablar con Davenport.

Me incorporé y la miré a los ojos.

—¡No, Kelsey! Nadie puede saber que conozco a Vera ni a Cole. Nadie.

—Juraj, tengo miedo de que te haga daño —dijo desesperada—. No podría soportarlo.

La abracé con fuerza, hundiendo mi cara en su cuello.

—No va a pasar nada. Confía en mí…, pero por favor, no me falles. Júramelo.

—Está bien, pero si intenta algo no me quedaré quieta —aseguró mientras se pegaba a mí.

Noté mi cuerpo temblar y el aire escaparse de mis pulmones. Busqué las pastillas en el bolsillo y coloqué una bajo la lengua.

—Se me pasará, solo abrázame. Fuerte. Que no sienta nada más, Kels.

El pánico apareció en su rostro. Me rodeó con sus brazos y apoyó mi cabeza contra su pecho. Y allí, en ese abrazo, sentí que todo dolía un poco menos.

Porque ella era mi verdadero ansiolítico.

Cuando desperté ya había anochecido. Los dos nos habíamos quedado dormidos en mi cama; Kelsey seguía aferrada a mi pecho y la tela de mi sudadera estaba completamente empapada bajo su rostro, señal suficiente de que llevaba tiempo llorando antes de rendirse al sueño.

Moví el brazo con cuidado hasta el bolsillo del pantalón y saqué el teléfono. Las nueve. Varias notificaciones; sin embargo, hubo una que captó toda mi atención: un mensaje sin número, escrito en eslovaco.

Desconocido

Gratulujem k oceneniu. Vždy som ti veril.

« Felicidades por el premio. Siempre he creído en ti».

El corazón empezó a golpearme las costillas con violencia. Sabía perfectamente quién era. No podía ser nadie más.

Otro mensaje apareció enseguida.

Desconocido

Musíme sa porozprávať, je to dôležité. Pravda môže vyjsť najavo.

«Tenemos que hablar, es importante. La verdad puede salir a la luz».

Me incorporé con sumo cuidado para no despertarla y me pasé las manos por el pelo, tirando con fuerza.

No importaba dónde estuviera, el pasado siempre encontraba la forma de alcanzarme.

¿Cuánto tiempo más iba a poder fingir que era un chico normal?

¿Creer que tenía derecho a una relación, a un futuro, a algo parecido a la esperanza?

Mis ojos se desviaron hacia la carta. La cogí y la apreté contra mi pecho.

Me puse en pie y caminé en la penumbra hasta la habitación de mis pesadillas, ese agujero negro del que nunca había logrado escapar del todo. Abrí la puerta sin hacer ruido. Bastó un vistazo.

Los recuerdos impactaron como ráfagas: uno tras otro, sin tregua. Lágrimas, dolor, impotencia, vacío. Me apoyé en la pared y fui resbalando hasta quedar sentado en el suelo. Encendí la luz y fue peor.

Muerte. Mi muerte. Allí había muerto una y otra vez.

La carta se estaba empapando entre mis manos. Quizá había llegado el momento de abrirla. Ya no podía romperme más… o sí: el día que perdiera a Kelsey. Porque iba a pasar. La cuenta atrás había comenzado y, si quedaba alguna posibilidad de salvación, acababa de desaparecer con ese mensaje.

Durante un segundo deseé poder llevarme a mis hermanos y a Kels lejos de todo, abandonar el hockey y huir a Whistler o a cualquier rincón del mundo donde pudiera protegerlos… de mí. De lo que hice. Seguir siendo el Juraj que ellos creían conocer.

Con manos temblorosas saqué la carta y algo cayó al suelo. Era la pulsera que me había hecho mi hermano. La nuestra. La que le devolví en mi cumpleaños número dieciséis y que él había guardado todo ese tiempo.

La envolví en mi puño y lo llevé a la boca, ahogando un grito mientras las lágrimas caían sin control y el cuerpo me temblaba. Con movimientos torpes logré ponérmela de nuevo en la muñeca.

Después abrí la carta.

Tenía los ojos tan inundados de lágrimas que no conseguía leer; los secaba y, al instante, volvían a empañarse. Hasta que por fin logré enfocar.

Juraj:

Si estás leyendo esta carta es porque estoy muerto.

No puedo quejarme. La he esquivado más veces de las que imaginas… y, si soy sincero, llevo años persiguiéndola.

Sé que te he decepcionado. Que te he fallado.

Y que en el último tiempo te traicioné aliándome con las personas que más te han hecho daño.

Podría inventar mil razones, mil excusas para explicarte cómo he llegado hasta aquí, pero cada vez que me lo pregunto solo encuentro una respuesta: soy débil. Siempre lo he sido.

¿Recuerdas cuando me meaba en la cama? Tú eras el que cambiaba las sábanas antes de que nadie lo notara. Yo siempre fui ese hermano. El que necesitaba que lo salvaran.

Nunca fui tan fuerte como tú. Ni tan seguro. Ni tan valiente. Por eso te admiré toda mi vida. Y por eso jamás me preocupé por los mellizos. Sabía que te tenían a ti. A tu lado estarían a salvo. Sin nuestros padres. Sin mí.

Son como tú, ¿lo sabías? Los has criado bien. Van a llegar lejos, los dos. De eso no tengo dudas. Así que, aunque ahora te cueste, tienes que estar orgulloso. Los salvaste.

Y sé lo que estás pensando mientras lees esto: «A ti no te salvé».

Pero no podías hacerlo, Juraj. Porque yo no quería que lo hicieras.

Con el tiempo entendí algo que nunca supe decir en voz alta, yo no intentaba curarme.

Intentaba apagarlo todo. Las voces. El miedo.

Esa tristeza que se me quedó pegada el día que comprendí que nuestros padres no nos querían.

Seguí los pasos de mamá, sí… pero a diferencia de ella yo quería sentirme bien. Feliz.

Y lo fui.

Aunque me hayas visto destrozado cuando el efecto pasaba, mientras la droga corría por mis venas era jodidamente increíble.

Todo se detenía. Todo dolía menos. Por eso no quería rehabilitarme.

Mi vida no estaba en Seattle, ni en Bratislava ni en ningún lugar concreto.

Estaba en ese instante en que el mundo se callaba.

¿Cómo iba a contártelo? Habrías intentado salvarme otra vez. Así que, en mi desesperación, busqué a Cole. Sabía que ese cabrón no se negaría a ayudarme a destruirme.

Lo siento.

Te fallé. Otra vez. Pero después de tantas… pensé que una más no cambiaría nada.

No estés triste. Y no te culpes. Sé que lo harás, porque eres tú. Pero esta fue la vida que yo elegí. Tú nunca tuviste opción de cambiarla.

Sobre nuestra última discusión… perdóname. No quise decir nada de lo que te lancé a la cara. Ni ese día ni los anteriores. Te admiro. Te respeto. No solo por mantenerte en pie cuando cualquiera se habría roto, sino por convertirte en el héroe que nosotros nunca tuvimos.

Ojalá algún día puedas perdonarme. Comprenderme ya es demasiado pedir. Pero no pierdo nada intentándolo.

Ah, y una cosa más.

El día que ganes la Stanley Cup —porque lo harás, estoy seguro— lleva nuestra pulsera contigo. Será mi manera de estar ahí.

Te quiero.

Y no llores por mí.

Ahora, por fin, estoy en paz. Este mundo nunca fue para mí… y en el fondo creo que tú también lo sabías.

Andrej

Comencé a llorar con la cabeza apoyada en la pared, apretando la carta contra mi pecho, hasta que mis ojos se desviaron hacia la fotografía sobre la mesa. Nuestra familia, o lo más parecido que habíamos tenido nunca a una.

Mis padres. Andrej y yo siendo apenas unos niños. Los mellizos recién nacidos en brazos.

La tomé. Al arrastrar el marco, un mechero con la bandera de Eslovaquia cayó frente a mí.

Había nacido allí, sí, pero aquel país, aquella ciudad, aquella casa y aquellos padres nunca los sentí míos.

Observé la imagen con detenimiento. No había felicidad en ninguno de nosotros. Ni siquiera en los mellizos: el ceño fruncido, la piel enrojecida, debían de estar llorando cuando la tomaron.

Saqué la foto del marco y la guardé dentro de la carta. Después cogí el mechero.

La llama prendió al instante.

El papel ardía entre mis dedos mientras la tinta se deformaba y desaparecía. No aparté la mirada. Las cenizas empezaron a caer al suelo y solo cuando el calor rozó mi piel lo solté. El fuego continuó consumiéndolo todo sobre la madera.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Juraj!

Kelsey corrió hasta mí y aplastó los restos con el pie, aunque ya no quedaba nada. Se arrodilló y me abrazó. Mi aspecto debía de ser terrible por el miedo que vi reflejado en su rostro.

—¿Estás bien? —susurró, sujetando mi cara entre sus manos para examinarme.

Asentí con dificultad.

—Sí, creo que sí. Me he reconciliado con mi hermano. Era su carta lo que viste arder. Le dije adiós.

—Ay, amor… —me estrechó con más fuerza.

Respiré hondo.

—Se acabó, Kels. Es hora de cerrar esta maldita puerta para siempre.

Me miró en silencio y asintió.

—Me llevo lo único que de verdad importa —le mostré la pulsera en mi muñeca—. No queda nada aquí para mí.

—Entonces vámonos.

Me ayudó a levantarme; tenía el cuerpo entumecido, como si hubiera pasado horas bajo el agua. Salí de aquella habitación sin volver la vista atrás.

Solo miré a la persona que me sostenía.

Solo a ella.