Capítulo 37
JURAJ
Diré que en mi batalla con Kelsey sobre viajar a Bratislava ganó ella. En realidad no creo que en ningún momento tuviera opción de salirme con la mía. El problema nunca fue el viaje, sino todo lo que arrastraba detrás.
Aquello nos obligó —a mis hermanos y a mí— a remover cosas que llevábamos años enterrando: recuerdos amargos, conversaciones incómodas siempre a medias, silencios que fingíamos ignorar.
Según la princesita, si queríamos avanzar teníamos que nombrar lo que dolía, sacarlo de donde llevaba demasiado tiempo pudriéndose.
Yo no estaba tan seguro de que hablar sirviera para olvidar; de hecho, sabía que no iba a olvidar nunca, pero aun así nos llevó al siguiente punto.
La casa.
La maldita casa seguía en pie.
Pagaba a alguien para mantener el jardín, limpiar una vez al mes y arreglar lo básico.
Nada más. Por mí podría haberse hundido en la tierra, pero también era de ellos y nunca supe qué querrían hacer cuando fueran mayores, así que había decidido aplazar esa conversación hasta los dieciocho. No hizo falta.
—Venderla —propuso Matej sin dudarlo—. No pienso volver ahí jamás.
Anica ni siquiera la llamó casa.
—Es donde nacieron mis pesadillas.
Para mí era peor; ese lugar no me había dado recuerdos, me había quitado lo que era hasta dejarme vacío.
Mi agente contactó con un gestor inmobiliario para preparar la venta en cuanto fueran mayores de edad.
El dinero sería para ellos o lo donarían, me daba igual; nada de lo que sostuvo ese sitio estaba limpio.
Y así terminamos allí Kelsey y yo, con el coche aparcado frente a la fachada.
El agente insistió en que revisara si quería conservar algo.
Nada, esa era la respuesta. Aunque la princesita seguía convencida de que quizá habría algo, por pequeño que fuera.
No sé por qué acepté volver… bueno, sí lo sabía: había una cosa que no tocaba desde la muerte de mi hermano.
No tenía la certeza de que seguiría allí ni siquiera si pensaba llevármela; solo necesitaba verla una última vez.
El psiquiatra llevaba tiempo diciéndome que tenía que enfrentarme a esto, que no podía vivir fingiendo que no existía.
Yo no estaba listo y probablemente nunca lo estaría.
—Juraj —giró mi cara hacia ella—. Estoy contigo, ¿vale? Si es demasiado nos vamos. Hemos venido por tu premio.
Asentí y saqué el blíster del bolsillo. Su expresión se apagó al verlo; solo las tomaba cuando temía perder el control o sabía que iba a romperme.
Abrí la puerta. Desde fuera, nadie diría lo que había pasado ahí dentro, parecía una casa normal, silenciosa, incluso bonita. Solté aire mientras Kels entrelazaba su mano con la mía.
—Ahí —señalé el lateral junto al viejo abeto— montábamos una tienda de campaña. Dormíamos los cuatro fuera… escapando de lo que había dentro.
Caminamos hasta el porche.
—Ahí comprendí que no iba a poder estudiar medicina.
Entramos en la casa. No había olor, lo tenía claro, la casa estaba limpia y vacía.
Pero lo sentí igual. Recorrimos la planta baja; faltaban muebles, las paredes estaban pintadas, todo arreglado…
y aun así la sensación seguía pegada a la piel.
Las imágenes empezaron a venir una detrás de otra, todas malas.
—Concéntrate en lo bueno —susurró ella.
No había nada bueno.
Subimos al piso de arriba y entonces me faltó el aire.
Mis ojos fueron directos a la puerta cerrada del dormitorio de mis padres; no necesitaba abrirla para verlo, recordaba cada marca, cada esquina.
Ahí dentro no había vida, ahí dentro me rompí.
Las lágrimas me nublaron la vista mientras intentaba no volver a ese momento; sin embargo, cuanto más luchaba más nítido se volvía.
—¡Juraj! ¡Juraj!
La miré y me di cuenta de que le estaba apretando la mano. La solté de golpe.
—Lo siento.
—No me duele —negó—. ¿Qué pasa ahí?
Señaló la puerta y tragué saliva.
—Ahí encontraron a mi hermano… después de la sobredosis.
No comenté nada más.
—Ven —tiró suavemente de mí—. No tenemos que entrar. Enséñame tu cuarto, donde dormíais.
La guie primero al de los mellizos; lo recorrió con cuidado, señalando fotos, imaginándolos pequeños. Después al mío. Se burló del orden y de un peinado horrible en una foto con un trofeo viejo, pero yo ya no la escuchaba porque mis ojos estaban en el cajón del escritorio.
Tenía que estar ahí.
Lo abrí con la absurda esperanza de que hubiera desaparecido solo. No. Seguía donde la dejé. La sujeté con manos temblorosas y me senté en el borde de la cama, derrumbado, mientras Kelsey se dejaba caer a mi lado en silencio.
—Esta carta la escribió mi hermano antes de morir —murmuré, sin atreverme a mirarla—. Una para cada uno; yo fui el único que no la abrió. La policía me la devolvió y así se quedó.
El papel temblaba entre mis dedos.
—La escribió después de la primera vez que… —tragué saliva— estuvo muerto un minuto. Supo que aquello solo era tiempo prestado, que la próxima vez no volvería. Y no luchó, Kels… simplemente se despidió.
La arrugué sin darme cuenta. Kelsey me la quitó con cuidado antes de que la rompiera y la colocó sobre la mesa. A continuación, se deslizó hasta la cabecera y apoyó la espalda en la pared.
—Ven.
Me encogí a su lado, en posición fetal, y coloqué la cabeza sobre su regazo. Sus dedos comenzaron a moverse despacio entre mi pelo, como si intentara relajar mi respiración.
—¿Por qué no la abriste? ¿No quieres saber qué te quería decir?
Negué contra sus piernas.
—No puedo… —la voz me salió desgarrada—. Porque me odiaba. Esa no es una despedida como la de Anica o Matej. Ahí dentro no hay consuelo, solo… lo que quedó entre nosotros.
»Nuestra madre se suicidó y ni siquiera dejó una nota —añadí, casi sin darme cuenta—. Nada. Ni una palabra. Al menos ellos saben que Andrej los quería…, aunque se perdiera por el camino.
Una lágrima resbaló hasta su muslo. La limpié rápido, pero mi mano se quedó aferrada a su ropa.
—Juraj. No puedes estar seguro sin leerla. Quizá ahí dentro haya algo que te dé paz.
Cerré los ojos.
—No. Ahí dentro está nuestra última conversación. Se fue después de discutir conmigo…
—¿Qué fue eso tan grave que ocurrió entre vosotros?
Me giré en la cama y cambié de lado. Tenía el rostro mojado; no sabía en qué momento había empezado a llorar. Me acerqué más a ella, hundí la cara en su abdomen y me aferré con fuerza. Si iba a decirlo, necesitaba sostenerme en algo, y ella era lo único firme que tenía.
—De pequeños éramos inseparables —empecé—. Supongo que por ser mayores que los mellizos y entender antes lo que pasaba a nuestro alrededor… nos unimos de una forma especial. Siempre juntos. Pero cuanto peor se volvía todo en esta casa, peor se volvió la relación entre nosotros.
Respiré hondo.
—Él vivía pendiente de nuestra madre. Buscaba su atención, su cariño…
estaba convencido de que aún podía recuperarla.
Yo no. Yo estaba enfadado. Porque ya no era solo que no estuviera para nosotros…
es que tampoco estaba para los mellizos —mi voz tembló—.
Llegábamos del colegio y los encontrábamos sucios, con hambre, llorando en una esquina mientras ella dormía medicada.
Siempre era así. Hasta que mi padre intervino y los llevó a la guardería, y aun así se olvidaba de recogerlos.
Sentí su mano limpiarme la cara. Ni siquiera había notado las lágrimas.
—Ellos no tenían a nadie, Kels. Así que estuve yo.
Callé un momento antes de continuar.
—Nunca vi lo dependiente que Andrej era de nuestra madre.
Cuando hablaba del futuro… siempre decía que la cuidaría.
Ese era su plan de vida. Y cuando murió, se perdió.
Pasaba el día encerrado en su cuarto, durmiendo en su cama, abrazado a su almohada como si todavía pudiera olerla.
Tuve que arrancarle la ropa de las manos para lavarla.
—Eras un niño, Juraj. No podías entender algo así.
Negué contra ella.
—Me centré en los mellizos y lo dejé solo.
—¡No! Tú no fallaste. Fallaron tus padres. Tú mantuviste a flote a Anica y a Matej. Míralos ahora.
—Pero a él no —logré decir—. Cuando nos fuimos del centro de menores empezó a aislarse y a juntarse con chicos mayores. No hice nada; pensé que le vendrían bien amigos. Tenía trece años la primera vez que lo vi borracho. Drogado. Con una mujer encima.
Cerré los ojos con fuerza.
—Trece malditos años, Kels.
Mi mano se cerró en su camiseta.
—Después empezó a robar en casa. Cada vez más. Yo no entendía de dónde sacaba dinero… hasta que descubrí que vendía droga en el instituto. Y, mientras tanto, yo intentaba evitar que todo se derrumbara, resolviendo problemas que ni siquiera puedo nombrar.
El recuerdo me dolió.
—La noche antes de cumplir dieciséis fui a una de sus fiestas. Y… —mi respiración cedió— dejé que viera cómo el Juraj que conocía desaparecía. Delante de él empecé a destruirme.
Abrí los ojos, clavándolos en ningún punto.
—Y lo odié, lo odié porque me había dejado solo. Porque ya no estaba a mi lado. Porque parecía que nosotros ya no le importábamos.
Levanté la vista cuando noté que sus caricias se habían detenido. Su respiración era irregular y tenía la mano cubriéndole la boca, intentando no hacer ruido. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Pero las cosas siempre pueden ir a peor, ¿no?
—seguí, con la voz cada vez más baja—. Con quince se metía de todo, Kels…
, y ese mismo año descubrió lo que yo hacía.
O, mejor dicho, Cole se lo contó. Me miró con asco…
con decepción… como si la única persona en la que había creído también fuese una mentira.
Vi reflejado en su rostro el mismo odio con el que miraba a nuestro padre. Para él yo era un gigoló.
—Juraj, no te castigues así. Tú no eres ni serás eso.
Sonreí sin humor, con una mueca amarga.