Capítulo 36 #2
Mis amigas se habían ofrecido a acompañarme. Jordan incluso insistió, pero me negué; acababa de empezar a trabajar y no quería arrastrarla a todo aquello ni preocupar a nadie. Especialmente a él.
Quería que fuera Mia.
Nadie entendía mejor lo que aquello suponía para mí, pero nada salió como planeamos. Aquella madrugada, cuando íbamos a tomar el avión privado de Nathan, se puso fatal: pálida, mareada, vomitando. Aun así insistía en venir, y tuve que engañarla prácticamente para viajar sin ella.
Y ahora estaba allí.
Sola.
El coche se detuvo frente a la entrada y el ruido llegó de golpe: cámaras, micrófonos, voces llamándome por mi nombre como si me conocieran.
Al parecer, alguien había filtrado la fecha a última hora; hasta ese momento se había mantenido en secreto.
El abogado y su asistente tiraron suavemente de mí para hacerme avanzar.
—Nada de declaraciones —me recordaron.
No hacía falta. Ni siquiera podía hablar.
Subí los últimos peldaños intentando no mirar a ningún lado… hasta que una mano se enredó en la mía.
Me detuve en seco.
Giré la cabeza.
Juraj.
Mis pulmones volvieron a funcionar y me envolvió en un abrazo sin decir nada, hundiéndome en su pecho como si mi cuerpo hubiese estado esperando exactamente eso para no romperse.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo lo has sabido? —pregunté sin soltar su cintura.
—Me llamó Mia. Estaba preocupada por ti, así que moví algunos hilos para llegar a tiempo. No ibas a pasar por esto sola, Kels.
—Lo siento, no quería preocuparte. Bastantes cosas tienes ya.
Sujetó mi rostro entre sus manos obligándome a mirarlo.
—No vuelvas a dejarme al margen de tu vida. Todo lo que te pase me importa. Y no olvides que ahora soy tu novio —se inclinó hacia mi oído—. Ese título implica algo más que proporcionarte orgasmos.
Una risa nerviosa escapó de mi pecho sin poder evitarlo. Justo lo que necesitaba.
—Tenemos que entrar —avisó la asistente.
Entrelazó su mano con la mía y caminamos. A lo lejos vi a mis padres cruzar el pasillo rodeados de gente y mi cuerpo se tensó al instante. Nunca estaría preparada para eso, aunque tampoco podía seguir huyendo.
Entramos al juzgado y me senté en el banco designado, todavía abrazada a la carpeta de documentos. Mis manos temblaban, así que respiré hondo e intenté concentrarme en el papel.
El murmullo de la sala, los clics de las cámaras y el eco de los pasos hacían que todo pareciera irreal, como si estuviera viendo una película.
Hasta que los vi.
Mis padres estaban en el banquillo de los acusados mirándome de reojo.
Durante años había fingido que éramos una familia normal, que podían quererme, pero allí, sentados bajo la mirada del juez, entendí algo que dolió y alivió al mismo tiempo: nunca me habían cuidado, nunca me habían protegido.
Yo había llamado hogar a un lugar donde solo era un adorno que movían a su conveniencia.
El juicio comenzó.
Hablaron de la productora falsa, de los contratos fraudulentos y del dinero. Después llegó Francia.
El abogado explicó cómo se habían puesto en contacto conmigo para firmar unos documentos urgentes con los que «salvar la casa». Yo estaba trabajando allí; mi agente me dijo que eran necesarios para pagar las deudas de mis padres y evitar que lo perdieran todo.
Firmé confiada.
Cuando me llamaron al estrado sentí que la sala se estrechaba a cada paso.
La abogada defensora hizo preguntas técnicas y otras más insinuantes, intentando cargar parte de la responsabilidad sobre mí, aunque mi abogado tenía cada detalle preparado: transferencias, recibos, mensajes, cada intento de manipulación.
Mi voz tembló al principio. Después miré hacia un lado y vi a Juraj sentado, quieto, atento.
El nudo en el pecho se aflojó.
Expliqué cómo confié en ellos, cómo pensé que estaba ayudando y cómo nunca tuve control real sobre nada.
Mis padres me observaban sin expresión. Ya no podían lastimarme. Dolía, aunque también me quitaba un peso que llevaba demasiado tiempo encima.
Cuando el juez los declaró culpables, la sala se llenó de murmullos. Mi madre intentó llamarme, aunque no respondí.
Juraj me rodeó con sus brazos mientras salíamos del juzgado. Afuera los periodistas intentaron acercarse, aunque él me protegía apartándolos sin soltarme, y yo me dejé llevar, refugiándome en su calor.
Tras cruzar unas últimas palabras con el abogado, me explicó que en unos días se celebraría la vista final, donde se dictaría la sentencia por todos los cargos relacionados con la productora falsa y las personas perjudicadas. Según él, probablemente les caerían entre diez y quince años de prisión.
Asentí sin sentir nada.
Aquello ya no era asunto mío. Había quedado desvinculada de toda esa pesadilla y no quería volver a escuchar sus nombres.
Le pedí a Juraj que me llevara a Seattle de una vez, como si allí estuviera mi lugar seguro.
Permanecí todo el vuelo en silencio, abrazada a él. No tenía fuerzas. Estaba agotada, demasiados años viviendo con el daño de su ausencia, de sus acciones y de sus abusos.
Cuando llegamos, Juraj me llevó directamente a su casa.
—Date una ducha y descansa —dijo con suavidad—. Voy a prepararte algo de comer. Yo me encargo de avisar a todos; tú no te preocupes por nada.
Besó mis labios antes de salir del cuarto.
No tenía ropa allí, así que cogí una camiseta suya y unos boxers y me metí en la cama de lado. Las lágrimas volvieron sin pedir permiso.
No me sentía bien por haber testificado contra ellos…, pero tampoco podía pagar por algo que no había hecho. Y me enfadaba sentir siquiera pena por quienes no dudaron en robarme y arrastrarme a su desastre.
Era absurdo.
Unos golpes suaves sonaron en la puerta antes de abrirse. Me dio tiempo a secarme las lágrimas.
—Kels, te he traído algo para comer —dejó la bandeja sobre la mesa—. Y… mis hermanos están en la puerta. Quieren verte. Si prefieres estar tranquila, les digo que se vayan.
Negué con la cabeza mientras me sentaba en la cama y me acomodaba el pelo, como si eso pudiera disimular algo.
—No, que pasen.
Entraron tímidos, algo nerviosos. Les sonreí y, tras mirarse entre ellos, se lanzaron a la cama conmigo.
Anica se apretó contra mi pecho y Matej rodeó mis hombros acercándonos a los tres.
Algo dentro de mí se desquebrajó.
Los quería con locura. Siempre me habían hecho sentir parte de su hogar.
Miré a Juraj, apoyado en la puerta con los brazos cruzados, observándonos con los ojos brillantes mientras disfrutaba de ese calor familiar que sus hermanos me regalaban.
—Venga, chicos —habló finalmente—. Dejad que Kelsey cene algo.
Anica me pasó la bandeja y, sin separarse de mí, vigiló que me comiera cada bocado. Empezaron a hablar de cosas triviales: clases, entrenamientos… y luego redes sociales.
Había cientos de comentarios sobre las fotos de Juraj y mías y un posible romance. Las chicas del equipo de hockey de Anica no habían subido nada que confirmara que estuviéramos juntos, aunque la cercanía que se veía en las imágenes había encendido todas las alarmas.
Con lo de mis padres ni siquiera había pensado en eso. Subí la publicación del equipo femenino y no volví a entrar; no quería leer nada antes del juicio.
Pero después de que Juraj apareciera conmigo allí, era evidente que ya no había dudas.
Tras echar a los mellizos de la habitación, no tardó en regresar.
Yo permanecía con los ojos cerrados. Supuse que pensó que dormía. Se acercó, besó mi frente, me cubrió y desapareció en la ducha.
Escuché el agua correr hasta detenerse. Después sus pasos, el colchón hundiéndose a mi lado, una botella abriéndose y el sonido de una pastilla saliendo del blíster.
El corazón se me paralizó. La estaba tomando otra vez.
Tenía pánico, y eso me rompía por dentro. Pensé en qué pasaría cuando volviera a jugar y dejara la medicación, si se alejaría de nuevo por miedo a hacerme daño.
Aislé esos pensamientos.
Me acomodé contra él, sintiendo su brazo rodear mi cintura y sus labios dejar pequeños besos en mi cabello.
Solo ese momento.
Él y yo.
***
Cuando desperté, la cama estaba vacía a mi lado. Alcancé el teléfono: todavía era muy temprano y la casa permanecía en silencio.
La pantalla estaba llena de notificaciones —Mia, el grupo con mis amigos, incluso Owen—, pero decidí que respondería más tarde.
Me puse en pie y caminé hasta la planta baja.
Olía bien, muy bien.
Mi estómago rugió antes incluso de llegar a la cocina.
Al acercarme al umbral, mis ojos se deleitaron con una imagen exquisita.
Y no hablaba de la comida repartida por la mesa, sino del impresionante hombre que cocinaba con unos pantalones deportivos grises y el torso desnudo.
Su camiseta blanca estaba perfectamente doblada sobre uno de los taburetes de la isla; él era así: meticuloso, cuidadoso, ordenado… todo lo contrario a mí.
Avancé despacio, viendo cómo los músculos de su espalda se movían casi invitándome a tocarlos.
Lo rodeé por la cintura y besé su espalda, respirando ese olor que ya sentía como hogar. Sujetó una de mis manos y la llevó a sus labios antes de girarse. Depositó la espátula a un lado y besó los míos.
—¿Tienes hambre? —preguntó, apretándome contra su cuerpo.
—Mucha…, demasiada —aseveré, deslizando mis dedos por su cuello hasta sus pectorales, ladeando la cabeza mientras lo observaba.
—¿Te has despertado traviesa, princesita?
Me sorprendió al alzarme por las caderas y sentarme sobre la isla. Sus labios descendieron a mi cuello y un escalofrío me recorrió entera. Con él mi cuerpo vivía siempre al límite.
Rodeé su cintura con las piernas, atrayéndolo más cerca.
Así, sí.
El teléfono comenzó a sonar en el bolsillo de su pantalón. Gruñó y yo dejé caer la cabeza hacia atrás, frustrada.
—¿Quién llama a estas horas…?
Me mostró la pantalla: Davenport.
Descolgó con un saludo seco, claramente molesto. Escuchó unos segundos mientras yo, incapaz de quedarme quieta, dejaba que mis manos bajaran por su torso. Una sonrisa distraída apareció en sus labios.
—Sí, gracias, pero no será necesario. Estoy pensando en incorporarme antes. Ya sabes que no hay lesión… y tengo ganas de volver al hielo. Además, no me ha vuelto a dar ningún ataque.
Durante ese tiempo, Juraj había seguido con las supuestas sesiones de fisioterapia, ejercicios específicos y entrenamientos suaves sobre hielo.
Aunque a veces se emocionaba demasiado, hasta que Conor o alguno de los chicos le hacía una señal para que se controlara y entonces fingía alguna molestia. Era pésimo mintiendo.
Me recosté sobre los codos mirándolo sin disimulo. Estiré una pierna y mis dedos descendieron por sus abdominales hasta la cinturilla de sus pantalones, intentando engancharla.
Cerró los ojos y carraspeó. No pude evitar reírme.
—No acudiré a la gala. Le pediré a alguien que recoja el premio —continuó.
Alcé una ceja, curiosa. Mi pie llegó justo donde sabía que lo desconcentraría. Él lo atrapó con su mano deteniendo mis movimientos.
—Sí, sí, me lo pensaré —añadió rápido—. Si decido ir a Eslovaquia te lo haré saber.
Colgó deprisa.
Tiró de mis piernas acercándome al borde de la encimera hasta chocar contra su cuerpo. Se inclinó para besarme, pero me eché hacia atrás apartándolo.
—Espera, ¿de qué estabais hablando?
—Nada importante —intentó besarme de nuevo, llevando las manos a mi trasero.
—Pues a mí no me lo ha parecido. Mencionaste un premio.
—Arg, ¿no podemos hablar de eso más tarde? Ahora tengo asuntos más importantes que atender.
Se inclinó otra vez, pero puse la mano en su pecho negando, esperando una explicación. Apoyó las manos a ambos lados de mi cuerpo sobre la encimera y dejó caer la cabeza, derrotado; había fracasado estrepitosamente en su intento de distracción.
—Me han nominado al Hockeyista roka, el mejor jugador eslovaco que juega fuera del país. La gala es en Bratislava.
—¡Eso es genial! —exclamé, besándolo emocionada.
—Gracias, pero tampoco es para tanto. Ya estuve nominado otras veces —le quitó importancia, rascándose la nuca con incomodidad.
¿Que no era para tanto?
Era un gran jugador, uno de los más prometedores de su generación. Lo querían equipos históricos de la NHL y con la selección siempre destacaba cuando los calendarios internacionales permitían su participación. No cualquiera era reconocido a ese nivel.
—Tienes que ir.
Negó rápido. Se apartó de mí, volvió a la cocina y empezó a servir el desayuno.
—¿Por qué? —me interpuse quitándole el plato de las manos.
—Kels, la última vez que estuve allí fue para enterrar a mi hermano. ¿Lo entiendes?
Se me partió el alma. Lo abracé y él me correspondió.
—Pero esto es importante para ti, Juraj. Es el resultado de tu trabajo.
Se separó, rompiendo el contacto.
—¿De qué importan los premios, los reconocimientos o los trofeos si cada vez que sostengo uno veo lo solo que estoy?
¿Sabes lo que es subir a un escenario y hablar para nadie?
—se apoyó en la isla—. Nunca hubo nadie.
Ni mis padres ni mis hermanos; eran demasiado pequeños…
nadie. Así que cuando me mudé a Seattle decidí que no volvería a pasar por eso.
No volvería a estar ahí arriba sin tener a quién abrazar al bajar.
—Cielo, pero ahora es distinto. Ellos ya son mayores y estarían felices de acompañarte. Quizá Bratislava no sea posible por el instituto, y también por todo lo que pasó allí. Pero los premios que recibas aquí, permíteles disfrutarlos contigo.
—Me lo pensaré —apoyó sus manos en mis hombros y cerró los ojos antes de murmurar—. Y, por favor, no me llames así. No me gusta esa palabra.
—¿Cómo? —pregunté confundida.
—«Cielo». La odio.
La forma en que la pronunció sonó casi dolorosa. Asentí al ver su expresión apagada, llena otra vez de sombras.
—Tengo una idea —lancé con entusiasmo—. Es hora de cambiar lo que te duele. No puedes dejar de vivir las cosas buenas solo por los recuerdos malos; podemos transformarlos.
—No te sigo, Kels.
—Vas a ir a recoger ese premio y yo estaré contigo. Feliz, orgullosa… te aplaudiré tan fuerte que me oirás desde el escenario y, cuando bajes te besaré.
—No. No lo voy a hacer. No insistas.
—Sí, iremos. Esta vez no estarás solo, Juraj. Ni para recoger el premio, ni para caminar por sus calles, ni para nada. Yo sujetaré tu mano.
—No. Olvídalo, es mi última palabra.
—Pues todavía falta la mía —protesté, decidida a no rendirme. Tenía que entender que su vida ya no era aquella y que ya no estaba solo. Nunca más lo estaría.