Capítulo 36
KELSEY
Estaba en la pista de hielo donde jugaba Anica, rodeada de todas las chicas del equipo.
Aquello no era solo un entrenamiento; queríamos hacer ruido.
Dar visibilidad. Recordarle al mundo que el hockey femenino existía, que tenía talento, fuerza y una pasión que no tenía nada que envidiar al masculino.
Me puse la camiseta oficial del equipo, me até bien los patines y empecé a grabar contenido para mis redes.
Si ser influencer servía para algo más que posar, que fuera para esto.
Hablé de igualdad en el deporte, de oportunidades, de lo injusto que era que ellas tuvieran que luchar el doble para conseguir la mitad.
Las chicas se unían a los vídeos, reían, levantaban los sticks , gritaban el nombre del equipo. Era auténtico y muy necesario.
Y entonces Juraj entró en la pista con sus patines, tranquilo, como si no estuviera a punto de revolucionarlo todo. Llevaba la camiseta del equipo de su hermana. No la de la NHL. No la de su club. La de ellas.
Anica fue la primera en verlo. Se quedó paralizada un segundo y después patinó hacia él como si le fuera la vida en ello. Lo abrazó con una emoción tan pura que me calentó el pecho. No se lo esperaba. Nadie se lo esperaba.
Y era un gesto enorme.
Un jugador de la NHL apoyando públicamente al equipo femenino. Sabía que habría comentarios, titulares, críticas. Le dio exactamente igual.
Cuando se separó de su hermana, sus ojos me buscaron. Y supe que estaba perdida.
Patinó hacia mí, seguro, decidido. Rodeó mi cintura sin pedir permiso y me hizo girar sobre el hielo. Reí, agarrándome a él para no caer, y entonces me estampó un beso en los labios.
Fue breve. Rápido. Pero suficiente para que todo mi cuerpo se desestabilizara. Sentí el latido en las sienes, en el estómago, en las rodillas. Como si alguien hubiera cambiado la gravedad.
Se apartó con esa media sonrisa que siempre me derretía y regresó junto al equipo femenino. Yo seguí grabando, intentando aparentar normalidad, aunque por dentro era un manojo de nervios.
Lo miraba embobada.
Jamás pensé que pudiera pillarme así por alguien. Que sintiera mariposas cada vez que se acercaba. Incluso cuando lo veía de lejos en los rinks , algo en mí reaccionaba.
Sí, me había instalado con Jordan después de que ella diera el paso de hablar con él. No quise quedarme con Mia. La casa de invitados no era muy grande y, además, era su refugio con Davenport, el único lugar donde podían sentirse una pareja normal sin llamar la atención.
Sabía que Vera no cedía con lo del divorcio. Si se separaban, quería su parte del club. El presidente de los Rift le había ofrecido cantidades desorbitadas de dinero, incluso la mansión Davenport. Nada era suficiente. Ella seguía empeñada en no ceder.
Y eso me angustiaba.
Me angustiaba que ella y su hijo estuvieran cerca de Juraj. Cada vez que coincidían veía cómo su estado empeoraba, cómo regresaban los ataques de pánico, cómo se le tensaba la mandíbula como si estuviera retrocediendo años en un segundo.
Y yo la odiaba.
Odiaba su presencia. Odiaba lo que había hecho a los hermanos Novák. Especialmente al hombre que amaba. Había días en los que el rencor me quemaba por dentro.
Sacudí esos pensamientos cuando lo vi reír, envolviendo a su hermana en un abrazo. Esa imagen borró todo lo demás.
Me centré en la cámara y grabé un poco más del pequeño juego improvisado que tenían en el hielo.
Nada serio, una tontería ligera: nadie llevaba toda la equipación puesta y, además, él se suponía que estaba lesionado.
No tenía nada que ver con las exigencias de un partido real ni de un entrenamiento.
Era un paseo, cámara lenta y pura diversión.
Juraj esquivó a varias oponentes, saltó un stick , giró con agilidad, cubrió el puck con los patines y disparó a portería.
Gol.
Aplaudí sin poder evitarlo.
Corrió hacia mí recolocándose la gorra que llevaba al revés. Estaba guapísimo. Siempre lo estaba, pero así… así era directamente una fantasía. No era impresionante. Era devastador.
Llegó a mi altura, agachó la cabeza y besó mis labios. Después siguió patinando de espaldas, arrastrándome con él, sujetándome contra su pecho.
Creo que podría haberme quedado así toda la vida.
Parecíamos dos adolescentes: mirando el móvil cada cinco minutos, mandándonos mensajes absurdos, haciéndonos videollamadas por las noches solo para asegurarnos de que el otro estaba bien. Eso nos tranquilizaba. Yo necesitaba verlo respirar tranquilo. Él necesitaba escuchar mi voz.
Cenábamos juntos cuando podíamos, salíamos solos o con amigos, pasábamos mucho tiempo con Mischa y Kai. Incluso habíamos planeado otra escapada a su casa de Canadá, solo nosotros.
Sin embargo, el plan se vino abajo cuando Anica y Matej se apuntaron, con invitados especiales incluidos.
Y ahí murió la fantasía.
La idea placentera de estar encerrada con él, sin interrupciones, sin horarios, practicando sexo todo el día, quedó reducida a una ilusión que me hacía suspirar por las noches.
Porque no nos habíamos acostado.
No sabía qué clase de penitencia estaba cumpliendo, pero aquello rozaba el celibato. En el club. En el coche cuando me dejaba en casa. Incluso en el jardín de Mischa. Me tocaba. Nos quedábamos al borde.
Y, sin embargo, seguía con esa jaula imaginaria en su miembro.
Impenetrable.
Era tan agotador que más de una ocasión terminamos en videollamadas demasiado calientes, jadeando, desesperados como dos adolescentes con las hormonas fuera de control.
Nunca en mi vida había necesitado tanto a alguien.
Nunca había deseado así a una persona.
Y lo peor era que sabía que él estaba exactamente igual.
Eso hacía que todo fuera todavía más insoportable.
—Ohhh, uhh… —los silbidos victoriosos resonaron a nuestro alrededor.
Y en ese momento fui consciente de que no solo nos estábamos deslizando por el hielo. Seguíamos besándonos.
Nos separamos un centímetro, riendo con los dientes todavía rozándose, y miramos hacia las amigas de Anica, que nos observaban entre carcajadas y gestos exagerados. Juraj negó con la cabeza, fingiendo resignación.
—No te apartes —murmuró, pegándose a mi espalda y rodeándome con los brazos.
Y entonces noté su erección.
Solo llevaba pantalones deportivos. Una prenda traicionera. Muy traicionera.
—Joder, Kels… estoy cachondo todo el puñetero día.
Solté una carcajada nerviosa.
—No me das ninguna pena, Thor. Estoy exactamente igual. Y es culpa tuya.
—Mmm… si ahora mismo me colara entre esos pantalones, estarías mojada.
—Oh, por Dios, cállate o me aparto —empujé hacia atrás con la espalda contra su miembro.
—Au —protestó en voz baja, aunque lo siguiente que hizo fue pegarse aún más.
Se inclinó hacia mi oído. Con una mano tomó mi mentón, giró suavemente mi rostro hacia él y atrapó mi labio inferior entre los dientes.
—Definitivamente es necesario hacer algo con este problema que tenemos entre las piernas.
Intenté tragar saliva.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué propones?
—Tú y yo esta noche. Duerme en casa. O llamo a Amelia para que se quede con los mellizos y nos vamos a cualquier sitio —suspiró contra mi piel—. Odio mi falsa lesión. Odio no poder viajar contigo y aprovechar esas noches durmiendo juntos.
Me giré despacio para mirarlo, divertida.
—Lo siento, pero no va a poder ser. Hoy tengo planes.
—¿Con quién? —arqueó una ceja, juguetón.
—Con las chicas —señalé al equipo—. Y mañana viajo muy temprano. Ya veremos si a mi regreso se da.
Me aparté patinando hacia atrás, provocándolo.
—Te estás vengando —alzaba la voz lo justo para que lo oyera.
Me encogí de hombros.
Él alzó la cabeza y se rio con fuerza. Ese sonido… profundo, libre. Siempre me llegaba muy adentro. Ojalá nunca dejara de reír así.
Cuando regresamos junto a Anica y sus compañeras, vi varios móviles con imágenes nuestras.
Nos habían grabado. El corazón me dio un vuelco.
—No, no, chicas. No lo hagáis.
—¿Por qué? —preguntó una de ellas.
—Eso, ¿por qué? —repitió Juraj, pero su rostro ya no tenía rastro de diversión.
—Porque si suben eso, todo el mundo sabrá que estamos juntos.
Él sostuvo mi mirada.
—¿Y qué pasa con eso?
—Pasa que estarás expuesto. Las redes pueden ser muy crueles. No sabemos qué puede pasar. Solo quiero protegerte.
Lo dije más bajo. Más sincero. Me tomó de la cintura y me apartó unos pasos del grupo.
—Princesita —dijo con calma—, primero, nunca me ha importado lo que otros piensen de mí. Segundo, no voy a ocultar nuestra relación ni a esconder a mi preciosa novia… —hizo una mueca—. Dios, suena raro de cojones decirlo.
Sonreí. A mí también me resultaba extraño. Aunque bonito.
—Y tercero —continuó—, ese es tu mundo. Es importante para ti. Lo acepto. Y quiero formar parte de todo lo que tenga que ver contigo.
—Ay, qué mono…
Se apartó medio paso.
—No me llames mono. Ni dulce. Ni tierno. Ni nada empalagoso.
—Vale, vale… gruñón.
—Esa está mejor —esbozó una sonrisa de lado—. Entonces, ¿les damos luz verde?
Lo miré unos segundos.
Con su camiseta apoyando al equipo femenino. Sin miedo. Sin esconderse.
Asentí.
—¡Chicassss! —gritó levantando el pulgar.
Ellas aplaudieron, vitorearon, celebraron.
Y yo solo pude pensar que no tenía ni idea del mundo en el que acababa de meterse conmigo.
***
Llegábamos al edificio donde se celebraría el juicio y sentía el estómago completamente revuelto, como si llevara horas cayendo sin llegar nunca al suelo.
La cabeza iba demasiado rápido: fechas, firmas, recuerdos, frases que había repetido mil veces con el abogado, y aun así nada parecía suficiente.
Iba con uno de los del bufete. Desde muy temprano habíamos estado reunidos en una habitación del hotel repasando documentos y estrategias por última vez. Llevaban semanas preparándome para ese momento, pero la teoría era muy distinta a cruzar realmente esas puertas.