Capítulo 35 #2
—Si queremos que esto funcione, Kels, y yo sí quiero que funcione, tenemos que hacer las cosas bien.
—¿A qué te refieres? —con la cabeza todavía apoyada en su pecho alcé la barbilla para mirarlo mejor, jugueteando con sus dedos.
—Creo que sería buena idea que te mudaras una temporada a la casa de alguna de tus amigas… o con Mia.
Me quedé completamente inmóvil. Mis caricias se detuvieron y mi mano quedó suspendida, sin fuerza. Durante un instante pensé que había entendido mal, que mi cabeza estaba jugando conmigo. Pero no. Lo había dicho en serio.
—Kels —me sostuvo el mentón entre el pulgar y el índice y me dio un beso breve—.
Te juro que esta idea me gusta menos que a ti.
Pero considero que es lo mejor para los dos.
Me está costando controlar los ataques de ansiedad y, cuando disocio, no controlo nada.
Ya te he hecho daño dos veces. No quiero que haya una tercera.
Su voz se volvió más baja.
—Y teniéndote tan cerca, no voy a poder evitar acercarme a ti.
—Pero yo quiero estar a tu lado cuando pase. Quiero que te apoyes en mí.
—Lo sé, preciosa. Y me ayudas, más de lo que imaginas. Sin embargo, esto es algo que tengo que enfrentar yo. No siempre vas a poder estar cuando me ocurra. Necesito aprender a regularlo solo.
Respiró hondo antes de continuar.
—El terapeuta me explicó que durante años desarrollé un mecanismo de defensa muy fuerte.
Aprendí a minimizar lo que me dolía. A restarle importancia.
A convertirlo en algo frío, casi anecdótico, para poder sobrevivir.
Construí una versión de mí que funciona sin implicarse demasiado, sobre todo cuando se trata de crear vínculos o mostrarse vulnerable.
Se pasó una mano por el cabello, nervioso.
—En lo sexual también. Necesito separar el deseo de cualquier conexión emocional.
Mantener el control. Dejarlo en algo físico, impulsivo.
Porque cuando hay afecto real, cuando bajo la guardia, todo lo que he estado evitando durante años vuelve de golpe.
Y no sé gestionarlo. No sé gestionar ese dolor. Es ahí cuando aparecen los ataques.
Lo escuchaba con los ojos brillantes, pegada a su cuerpo como si así pudiera sostenerlo.
—Juraj, ¿desde cuándo vas a terapia?
Me miró desconcertado un segundo y luego sonrió con ironía.
—Ah, claro… Cuando estabas en Francia, aquí tuvimos unos días interesantes. Me dio un ataque en pleno partido. Justo lo que siempre temí. Se enteraron todos nuestros amigos y Davenport.
—¿Qué dices? ¿Y ahora?
—Ahora nada. Me están ayudando. Te lo juro, casi lloro como un crío en ese momento.
Así que digamos que son cómplices. Eso sí, el presi me obligó a ir a terapia.
Acabé con el psiquiatra de Kai. River me está tratando una supuesta lesión para que pueda descansar unos días y, como condición, tengo que hacer yoga y mindfulness con su monitor. No me jodas.
Solté una carcajada y me tapé la boca por si despertaba a los mellizos.
—Eh, no te pases —protestó haciéndome cosquillas—. Creo que nunca he hecho más el ridículo en mi vida. Odio a la fisioterapeuta. Esa mujer ha destrozado mi imagen.
Volví a reír. No podía ni imaginármelo flexionando esos enormes músculos en posturas exigentes.
—Vale, vale, paro —aseguré al ver que se ponía serio.
Le sujeté el mentón y mordí suavemente su labio.
—Para compensarte, si quieres te acompaño.
Chasqueó la lengua.
—Ni de coña, princesita. No pienso estar con una erección toda la clase viéndote hacer posturitas delante de mí. A no ser que estés dispuesta a solucionar ese inconveniente al terminar.
—Ja. Pervertido.
Mis dedos descansaron sobre los suyos hasta que nuestras manos se entrelazaron, y me pregunté si podía notar cuánto lo deseaba, cuánto anhelaba su contacto.
Casi sentía los latidos de su corazón bajo mi mejilla y la cadencia lenta, profunda, de nuestras respiraciones acompasadas cuando me recliné sobre él.
Se inclinó hacia mi oído.
—¿Quieres saber qué tan depravado puedo llegar a ser? —susurró antes de rozar el lóbulo con los labios y morderlo suavemente.
Le apreté la mano con suavidad antes de guiarla hacia abajo, hasta mi cintura, invitándolo a acercarse más.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Y a mí también.
—Me vuelves loco —suspiró con voz ronca.
—Entonces, tócame. Tócame como sé que quieres hacerlo.
—Joder —bramó sombríamente en mi oído, en un tono tan bajo que sabía que solo yo podía oírlo.
Su mano descendió por mi vientre hasta que llegó a la cinturilla de mi pantalón del pijama y se coló dentro.
Con la oscuridad a nuestro alrededor, sus suaves dedos se acercaron hasta la fina tela de mis bragas.
—Acaríciate las tetas —me susurró al oído.
—¿Qué? —pregunté, mirando hacia el interior de la casa.
—Ahora, Kelsey. Hazlo.
Tragué saliva, colé las manos bajo la sudadera y, con la mayor elegancia posible, me acaricié los pezones endurecidos.
—Abre las piernas para mí, princesa —dejó escapar un gemido silencioso y me reclinó contra él; sus dedos alcanzaron mi centro.
Su tacto era suave y delicado, y me provocó hasta que me retorcí—.
Quédate callada, Kels. No queremos que mis hermanos se den cuenta de lo que te estoy haciendo bajo esta manta.
Tuve que morderme el labio para no jadear cuando sus dedos tentaron mi clítoris antes de deslizarse lentamente en mi interior.
Muy despacio jugó con mi sexo, deleitándose con el efecto que me causaban sus caricias.
Cerré los ojos, disfrutando de la delicada intimidad entre nosotros.
Puede que no estuviéramos solos en la casa, con sus hermanos a apenas unos metros, pero en ese instante solo existíamos nosotros dos.
Casi se me escapó un gemido cuando me penetró con los dedos con más fuerza y mi cuerpo temblaba de anticipación.
—Echo de menos tus gemidos —murmuró cerca de mi oído—. Me encanta cómo me empapas la mano, princesa. Estás tan húmeda para mí…
Contuve un gritito para no delatarme. Sus palabras, mezcladas con cada embestida lenta y profunda, me estaban deshaciendo por dentro.
Cuando añadió un segundo y después un tercer dedo, me sentí muy colmada y dilatada a su alrededor. Aumentó la velocidad y sus movimientos eran breves, aunque intensos. Pero pronto me tensé; no poder moverme, rozarme ni gritar lo hacía todo mucho más excitante, y estaba a punto de explotar.
Cerré los ojos con la cara apoyada en su pecho; sin embargo, él me levantó el mentón.
—Mírame, Kelsey.
—Oh, Dios —balbuceé—. Voy a…
En ese momento se iluminó la sala con una pequeña luz blanca que se deslizaba por la estancia.
Y justo entonces, sin dejar de follarme con sus dedos, Juraj apoyó la palma en mi clítoris y la presionó con firmeza, marcando el ritmo con un movimiento rápido y contundente.
La sacudida fue tan intensa que se me escapó un grito ahogado.
Afortunadamente, todo volvía a estar a oscuras en el interior.
Me permití cerrar los ojos y descansar en su pecho, con el placer todavía recorriéndome todo el cuerpo.
Cuando sentí que mi cuerpo regresaba poco a poco a la realidad, percibí que los brazos de Juraj seguían rodeándome por completo.
Su respiración era más tranquila; sin embargo, su polla aún permanecía rígida, inflamada por la erección.
Deslicé la mano hacia ella con la intención de aliviarlo, pero antes de alcanzarlo me detuvo y negó con la cabeza cuando mis ojos buscaron los suyos.
—¿Por qué? ¿No quieres que yo…?
—No, no es necesario. Estoy bien —aseguró con suavidad—. He disfrutado muchísimo viéndote a ti, sabiendo que era yo quien provocaba cada sacudida.
—Pero…
—Escúchame —me interrumpió—. Si seguimos, ya sabemos cómo termina todo esto. Y no quiero que vuelva a ser como siempre. Contigo no, Kels.
Fruncí el ceño.
—Juraj, yo no tengo ningún problema con hacerlo a tu manera. Es más… me gusta. Siempre ha sido increíble.
—Puede que ahora no te importe, aunque llegará el día en que quieras más. Que el sexo sin conexión no te baste. Y está bien… porque a mí tampoco me basta. Quiero dejarme llevar. Sentir. Joder, sentir de verdad. No funcionar como un animal.
Dejó caer la cabeza hacia atrás, frustrado.
Acaricié su rostro y me acomodé de lado contra su cuerpo.
—El terapeuta me dijo que tengo que desaprender para volver a aprender —reveló, más calmado—.
Que he convertido la intimidad en algo automático, en impulso y control.
Que necesito reconstruirla desde cero. Descubrir el sexo con afecto, con besos, con caricias, con todo lo que pasa entre medias.
Disfrutar el proceso, no solo el final. Y eso es algo que nunca supe hacer ni algo con lo que me sintiera cómodo.
Hizo una pausa antes de mirarme de nuevo.
—Y eso es lo que quiero descubrir contigo. Quiero aprender a ser vulnerable. A confiar.
Mi corazón se encogió.
—No hay prisa. Tenemos toda una vida para descubrirnos. Día a día, ¿recuerdas?
—Dios… ¿de dónde has salido tú? —susurró antes de atrapar mis labios en un beso lento—.
Va a ser muy difícil no tenerte en casa.
Pero espero controlar lo que me pasa pronto.
O al menos no desorientarme así. Mientras tanto podemos intentar ser una pareja normal, aunque no tenga ni idea de qué hacen los novios.
Sonreí apoyando la barbilla en su pecho.
—¿Y qué se supone que hacen?
—No sé… salen, viajan, cenan, hacen planes. Deberías decírmelo tú, yo nunca he estado en una relación.
—Espera —lo señalé y luego me señalé—. Entonces…, tú y yo estamos juntos. ¿En una relación?
Me miró confundido, adorable.
—¿Ah, no estamos?
Reí.
—Somos lo que tú quieras que seamos. No necesitamos etiquetas ni copiar a nadie. Tú y yo nunca hemos sido convencionales.
—Precisamente por eso, esta vez quiero hacerlo bien contigo.
Nos conocimos, nos acostamos, volvimos a coincidir, acabamos viviendo juntos con mis hermanos…
abstinencia, depresión… Mi vida siempre ha sido una locura.
Nunca elegí nada. Así que no estaría mal tener algo estable.
Aunque sea un poco mayor para tener mi primera novia.
—Me gusta eso.
—¿Que seas mi primera novia?
—No. Que tú seas mi novio.
Sonrió contra mis labios.
—Soy tuyo. Y tú mía. Así que nada de viajecitos sospechosos ni fotitos demasiado cercanas con tu ex.
Me aparté riendo.
—¿Estás celoso de Owen?
—No… Bueno, sí. Te vi muy cercana. Y donde hubo fuego…
—Entre Owen y yo solo hubo unos besos. Era una despedida. Bonita, pero triste. No le decía adiós a un ex, sino a un amigo. Siempre será importante para mí.
—Pues sí que te ha calado hondo Owen —masculló con ironía.
—Y tú tampoco tienes derecho a hacer escenas —contraataqué—. Yo también te vi en una foto con una mujer en esa fiesta.
Suspiró exageradamente.
—Princesita de los followers , me has jodido tanto que ya no puedo estar con nadie más. Mi polla vive en una jaula que solo tú abres.
Solté una carcajada.
—Me encanta cuando eres un chico bueno.
Besé su cuello, subí por su mandíbula y le di un pequeño mordisco. Él me sujetó por los hombros, serio pero con el pecho acelerado.
—Y tú te estás volviendo muy traviesa. Y eso me encanta. Pero ahora vamos al salón con mis hermanos. No me fío ni de ti ni de mí.
Reí poniéndome en pie mientras me abrazaba por detrás.
El calor nos envolvió al abrir la puerta. Juraj fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Entonces vi cómo sacaba una pastilla y se la llevaba a la boca.
—¿Qué es eso?
—Me la recetó el médico. Es para la ansiedad. Solo la tomaré mientras no esté jugando.
Me acerqué y lo rodeé por la cintura.
—¿Estás bien?
—Sí. Estoy bien. Nunca he estado mejor —respondió, sincero—. Pero prefiero tomarla. No me fío de mí cuando duermo. Tengo miedo de hacerte daño sin querer. Y no quiero arriesgarme. Ni contigo ni con mis hermanos aquí.
Asentí intentando contener las lágrimas. Vivía con miedo a lastimar a quienes quería. Y no se daba cuenta de que el más herido era él.
Nos acomodamos en la cama improvisada en el suelo. Me abracé a su pecho y su respiración no tardó en volverse lenta y profunda.
Mis ojos permanecieron abiertos, fijos en el fuego. Después recorrieron los tres cuerpos que descansaban a mi alrededor.
Y en mi mente apareció la imagen de aquellos niños que, años atrás, se apiñaban unos contra otros para resistir en un hogar que no les dio nada más que frío.