Capítulo 35
KELSEY
Era imposible creer cómo en un día —o, más bien, en un instante— todo podía cambiar. En una misma semana había deseado que un viaje terminara cuanto antes; incluso cogí un vuelo anticipado para volver a casa. Y ahora, en cambio, quería que no acabara nunca.
Al final, todo dependía de con quién lo compartías.
Ir a Whistler no solo era especial para los hermanos Novák. También lo era para mí. Estaba exactamente donde quería estar. Con él.
Durante el trayecto a Canadá paramos en un restaurante de carretera y después en un supermercado, donde los mellizos y yo llenamos el carro con todo tipo de comida basura. Juraj terminó metiéndolo todo en una bolsa enorme mientras negaba con la cabeza, resignado.
Whistler nos acogió con montañas cubiertas de nieve y ese silencio que existe en los lugares rodeados de naturaleza.
La casa estaba apartada, en una zona elevada con vistas al bosque y a las pistas.
Era una construcción amplia de madera oscura y grandes ventanales que permitían disfrutar del paisaje blanco.
Tenía un porche cubierto, chimenea exterior y, en la parte trasera, una pequeña piscina climatizada humeando entre la nieve.
Por dentro era todavía más acogedora: techos altos con vigas, vistas abiertas, una chimenea enorme de piedra en el salón y un sofá en forma de U que incitaba a no moverse de allí en todo el fin de semana.
Nada más dejar las maletas salimos a dar un paseo por el pueblo.
Recorrimos las calles llenas de luces, entramos en una tienda de chocolate caliente y acabamos haciendo el idiota en una explanada nevada, lanzándonos bolas hasta que Juraj, indignado porque siempre le apuntábamos a él, organizó una competición absurda de puntería contra un banco cubierto de nieve.
Ya de vuelta en la casa descubrimos que había dejado la piscina climatizada encendida. El contraste entre el vapor del agua y la nieve alrededor era una tentación imposible de ignorar.
—El que pierda se tira a la nieve y vuelve rodando como una croqueta —dictaminó Matej.
No recuerdo ni qué juego inventaron —algo de aguantar más tiempo bajo el agua sin reír—, pero lo cierto es que acabamos todos perdiendo en algún momento. Y allí estábamos, saliendo del agua caliente para lanzarnos chillando sobre la nieve helada y volver corriendo a la piscina entre carcajadas.
Yo perdí una ronda contra Anica y, cuando me tiré al suelo, Juraj vino detrás y me empujó para que rodáramos juntos. Entramos al agua riendo, con la piel ardiendo por el contraste térmico.
Y fue entonces cuando pasó. Sin pensarlo, me sujetó por la cintura y me besó.
Fue espontáneo, natural. Tardó un segundo en darse cuenta de que sus hermanos estaban allí mirándonos.
Se tensó, sorprendido. Era la primera vez que hacía algo así delante de ellos.
Yo sonreí ampliamente y, sin darle tiempo a arrepentirse, le rodeé el cuello con los brazos y le besé de nuevo, despacio esta vez. Después apoyé la frente en la suya y le di un beso corto en la comisura.
Percibí cómo su respiración cambiaba y algo en él se relajaba.
Juraj nunca había estado con alguien de ese modo. No había vivido el cariño sin reservas, sin esconderlo. Y podía verlo en su mirada, le gustaba.
Esa noche encendimos la chimenea y cenamos en el gran sofá del salón, alargando el día un poco más.
Los mellizos hablaron casi todo el tiempo.
Matej estaba entusiasmado con las clases de dibujo que había empezado.
Caden le estaba enseñando nuevas técnicas: proporciones, sombreado, perspectiva.
Incluso habían comenzado a experimentar con pintura acrílica y bocetos con spray sobre lienzo.
Una vez por semana se sentaban juntos en el estudio y Caden le corregía las líneas, la profundidad y la forma de trabajar la luz.
Matej tenía claro que quería estudiar algo relacionado con el arte —ilustración, quizá diseño gráfico o bellas artes—.
Sabía que no sería fácil acceder a una gran universidad, no con su expediente irregular, pero desde que le habían diagnosticado TDAH muchas cosas empezaban a ir mejor.
Ahora estaba en tratamiento: seguimiento psicológico, pautas de organización, técnicas de concentración y una medicación ajustada que le ayudaba a regular la impulsividad y mantenerse centrado.
Anica, por su parte, había empezado a trabajar como niñera para los Hughes.
No necesitaba el dinero, pero le gustaba ganarlo por sí misma.
Decía que la hacía sentirse útil, productiva, independiente.
Además, tanto Caden como River estaban encantados porque eso les daba más «momentos especiales», como ellos los llamaban con total descaro.
Anica tenía la mirada puesta en la University of Wisconsin, con uno de los programas de hockey femenino más potentes del país. Empezar de cero. Encontrar su lugar. Salir, por fin, de la sombra.
Sabía que cuando llegara el momento de que los mellizos se marcharan, para Juraj sería un golpe duro. Había ejercido de padre prácticamente toda su vida; cuando el nido quedara vacío, el silencio pesaría más de lo que admitiría jamás. Yo ya tenía pensado distraerlo de mil maneras distintas.
Y aunque él aún no lo supiera, también necesitaba ese tiempo. Un espacio para sí mismo. Para recuperar la vida que había dejado en pausa durante demasiados años.
Después de comer hasta reventar, nos acomodamos los cuatro bajo las mantas y vimos una película.
Matej hizo comentarios sarcásticos cada diez minutos, Anica fingía indignarse y yo estaba prácticamente acurrucada contra Juraj, abrazándolo por la cintura, con la cabeza apoyada en su pecho.
Él me acariciaba el pelo distraídamente y, de vez en cuando, me regalaba un beso en la coronilla.
Hasta que los mellizos empezaron una guerra de palomitas de chocolate.
Primero fue una broma; después, un ataque directo. Y en menos de dos minutos estábamos todos lanzándonos comida, riendo como críos, con el suelo lleno de maíz inflado.
Y, de golpe, la luz se fue. Todo quedó a oscuras.
—Genial —murmuró Juraj.
Fue a comprobar los interruptores; sin embargo, estaba todo correcto. Miramos los móviles y vimos la notificación: una tormenta había derribado una línea eléctrica en la zona alta del pueblo. El suministro podía tardar horas en restablecerse.
—Dormimos todos aquí, como cuando éramos pequeños —propuso Anica al instante.
Juraj me miró, casi disculpándose. Tenía otros planes, lo sabía. Yo asentí con una sonrisa tranquila. Verlos así, juntos, felices… me encantaba formar parte de aquello.
Subimos con las linternas de los teléfonos a por mantas, almohadas y todo lo necesario. Montamos un campamento frente a la chimenea, que seguía encendida.
Cuando estaba casi todo listo, la luz volvió.
Nos miramos.
—El plan sigue en pie —decidió Matej.
Y así nació la noche de películas. De miedo, por supuesto, aunque a Anica, según contó Juraj, siempre le habían encantado…, aunque luego se tapara hasta las orejas y pasara el resto de la noche mirando todos los rincones como si algo fuera a salir de la nada.
Uno a uno fueron cayendo rendidos.
Juraj dormía a mi lado, con el brazo sobre mi cintura. Tenía el rostro relajado, las facciones suaves, ajenas a cualquier tormenta interior. Los mellizos también estaban profundamente dormidos.
Yo, en cambio, no podía pegar ojo. Sentía tanta felicidad que me dolía. Apagué la televisión con cuidado, me cubrí con la manta del salón, abrí mi mochila y saqué un cigarro.
Salí a la parte trasera y me senté en un balancín en forma de huevo, bajo la zona cubierta del porche. La nieve lo envolvía todo. El silencio era absoluto. Deposité la ceniza en un recipiente desechable y di una calada lenta.
¿Y si todo aquello era un sueño?
¿Y si al volver a Seattle todo se desvanecía?
El juicio de mis padres. Ese tema pendiente que tenía que contarle. El miedo a que él volviera a alejarse para «protegerme». El caos que siempre parecía rodearlo.
Recordé cómo me había besado en la piscina. Cómo me había tocado delante de sus hermanos sin esconderse. Por un instante me permití fantasear con esa posibilidad. Con estar juntos de verdad.
Apagué el cigarro y me levanté para retirar el recipiente. Él estaba allí, de pie, observándome en silencio.
—No deberías fumar. Es malo para la salud —refunfuñó mientras caminaba hasta mí y se sentaba en el balancín, ocupando el lugar que yo había dejado.
—Solo lo hago cuando estoy nerviosa. Me ayuda a calmarme.
—¿Y por qué lo estás? —señaló el hueco entre sus piernas.
Me acomodé allí sin pensarlo demasiado y nos cubrí a los dos con la manta que llevaba sobre los hombros. El frío se colaba por los bordes, aunque el calor de su cuerpo era suficiente.
—No son nervios, es emoción. Estoy tan contenta que asusta. Estoy feliz. Mucho.
—Yo también lo estoy, princesita —me apretó contra su pecho y apoyó la barbilla sobre mi cabeza—. Y precisamente por eso me da miedo. Todo parece demasiado perfecto.
Alcé el rostro para mirarlo. La luz tenue del porche dibujaba sombras suaves en sus facciones.
—Juraj, ¿no te gustaría tener esto? —pregunté en voz baja—. Ya sé que la vida no es una línea recta, que habrá altibajos, pero ¿no crees que merece la pena pelear por momentos así?
Se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera ordenando lo que sentía antes de decirlo en voz alta.
—Claro que me gustaría —confesó al final, más sincero que nunca—. Lo que no sé es si sabré hacerlo bien. Nunca estuve con nadie así… ya sabes, en pareja, de verdad.
Deslicé la mano por su pecho hasta entrelazar mis dedos con los suyos.
—Entonces aprendamos juntos, porque esto también es nuevo para mí. Ninguna relación es igual, Juraj, y además no me ha ido muy bien en las anteriores —comenté—. No tenemos que hacerlo perfecto, solo tenemos que hacerlo juntos.
Sentí cómo su respiración se volvía más profunda. Me besó el pelo, despacio.
—Contigo… suena menos aterrador.
Apoyé la frente en su cuello, respirando su olor, dejando que ese instante se quedara grabado en mí.