Capítulo 34 #2
—Yo… —tragué saliva—. No sé qué decirte. Pero si esperas que me lamente o que ponga excusas, no las vas a oír. No me arrepiento de nada de lo que tenga que ver con ella.
—Guau —chocó suavemente su brazo con el mío—.
Me gusta esa sinceridad. Y no esperaba que lo hicieras, ni creo que debas hacerlo.
Sin embargo, aquella noche tuvo consecuencias.
Acabó en una especie de relación que no era relación, una ruptura que no era ruptura, un enganche constante con Owen que la mantenía infeliz.
—Esa relación estaba condenada al fracaso. Apareciera yo o no en su vida, iba a explotar por algún lado. Porque incluso con él no era feliz.
—Lo sé —asintió—. Después vino Seattle. Tenía la oportunidad de empezar de cero, alejarse de todo lo que le hacía daño: las redes, sus padres, la ruptura. Y apareces tú otra vez… con la mentira de vuestra relación.
—Así soy yo —me encogí de hombros, intentando quitarle peso.
—Eso ya me quedó claro —sonrió con suavidad—.
Lo tuyo no es pasar desapercibido. Pero, Juraj, ahí tuve miedo.
Kels estaba mal e iba a compartir demasiado tiempo contigo.
Me aterraba que lo de Aspen se repitiera, que para ti fuera un juego y que ella se enamorara.
Porque después, ¿qué quedaba? Trabajáis juntos, compartís amigos…
no habría escapatoria. Y sé lo que es quedarse atrapada en un lugar así, ver cómo la vida avanza mientras tú te quedas estancada, sobreviviendo sin ganas de nada.
No quería que pasara por lo mismo que yo.
Se cubrió el rostro con las manos. Los recuerdos se habían apoderado de ella. No éramos cercanos, pero verla llorar me pudo. Rodeé sus hombros y la atraje hacia mí. Si alguien me hubiera dicho unas horas antes que acabaría reconfortando a Jordan, habría pensado que estaba loco.
—Eh, no llores. Si alguien entra y te ve así, pensará que te he hecho algo. Nadie creería que te estoy consolando.
Soltó una pequeña risa, aunque seguía afectada.
—Perdóname. No he sido justa contigo. Y bueno…, ahora mismo no me pareces tan capullo.
Sonreí. Me separé lo justo para secarle las mejillas.
—No tienes que disculparte por querer proteger a tu amiga. Yo haría lo mismo si la viera acercarse a alguien como yo. Tiene suerte de tener personas que la quieren así.
—No —se apartó de golpe—. Me equivoqué. Y fue más que evidente el día que cenamos todos en mi casa, cuando, tras un comentario mío de mierda, se levantó y te defendió.
Se enfrentó a todos, incluso a Davenport.
Hablaba desde lo más profundo, con una garra que solo aparece cuando tocan a alguien a quien amas.
Me quedé paralizado.
Kelsey, ¿había hecho eso por mí?
—Creo que nadie la había visto así jamás —continuó—. Ni siquiera Mia, que la conoce desde niña. Esa noche quedó claro que Kels había cambiado: más auténtica, más fuerte, más ella. Que tú eres mucho más de lo que aparentas. Y que estar contigo no la daña, la hace feliz.
Se puso en pie. Yo parpadeé varias veces; los ojos me picaban. Nunca nadie me había defendido así. Nunca. Siempre había aprendido que todo tenía un precio, que si recibías algo, debías pagar por ello.
—Juraj, no te alejes de ella. Yo estaba equivocada. Y tú también lo estarás si lo haces.
—Gracias por tus palabras, pero no puedo seguir tu consejo. Prefiero no tenerla en mi vida antes que hacerle daño. Y eso es lo que pasaría si me quedo cerca.
—No —negó con rotundidad—. Encontrarás la manera de cuidarla y quererla bien. Créeme, se puede. Solo inténtalo.
Miró la puerta.
—Ahora debería irme. No queremos levantar sospechas. River tendría que estar aquí contigo.
Asentí.
—Me gustaría que empezáramos de cero —añadió—. Que nos conozcamos de verdad. ¿Qué dices?
—Me parece bien.
—Genial. Entonces me voy. Nos vemos, Juraj.
—Nos vemos, Jordan.
Se giró antes de salir.
—Ah, recuerda: si se quiere, se puede.
Sonrió y cerró la puerta tras ella. Me dejé caer en la camilla.
Joder. Qué mañana tan jodidamente intensa. Tenía que salir de allí antes de que alguien más decidiera entrar en mi cabeza.
***
Ya había cumplido con todo lo establecido: visita al terapeuta, clases de yoga y deberes para hacer en Whistler, un refugio en plena naturaleza, rodeado de montañas y nieve en invierno, a apenas unas horas de Seattle.
Allí había planeado ir con mis hermanos.
Tenía unos días libres por culpa de mi falsa lesión y pensé que sería buena idea pasar el fin de semana juntos, cambiar de entorno.
Ese lugar lo había comprado en mi segunda temporada en los Seattle Rift.
Los centros de desintoxicación no estaban funcionando del todo con mi hermano Andrej.
Había temporadas mejores, otras peores; sin embargo, al poco tiempo siempre recaía.
Mi brillante idea había sido encerrarnos allí durante todo el descanso de verano que tenía con el club, justo después de que saliera de la clínica, con la esperanza —ingenua— de evitar otra caída.
No funcionó. Nunca llegamos a ir. Así que, de algún modo, aquella iba a ser la primera vez.
Cerré la puerta al entrar. La planta baja estaba en silencio.
A medida que subía las escaleras, empecé a oír voces.
No me sorprendió; los mellizos estaban en casa y seguramente estarían preparando las cosas para el viaje.
Pero, al pasar por sus habitaciones, ambas estaban abiertas: ropa extendida sobre la cama en la de Anica y un caos absoluto en la de Matej. Las voces venían de otro lado.
Mi cuerpo se tensó al reconocer de dónde salían. Del cuarto de Kelsey.
Y ahí escuché su risa.
No entraba en mis planes cruzarme con ella.
No estaba preparado. En Whistler pensaba meditar todo con calma, ordenar ideas, respirar.
Pero iba a ser que no. Me acerqué a la puerta y los vi, los mellizos a cada lado de ella, enseñándole algo en el móvil.
Estaban cómodos, relajados. Se entendían, la apreciaban y Kelsey les hacía bien.
Aparté la vista un segundo y reparé en las maletas, algunas cerradas, otras abiertas, un montón de ropa desparramada. Cuando volví a mirarlos, el silencio se había instalado en la habitación. Los tres me observaban.
—Chicos, ¿nos dejáis un momento a solas?
Asintieron y se pusieron en pie. Anica pasó a mi lado y me regaló un beso en la mejilla. Matej me guiñó un ojo. Negué con la cabeza.
—Terminad de preparar las cosas —les grité a la espalda—. Nos vamos en nada.
Entré en la habitación sin cerrar la puerta.
—He venido a recoger el resto de mis cosas. Pensé que estarías en la pista —alegó ella, incorporándose.
Apoyé la mano en su brazo y se lo impedí, sentándome a su lado.
—¿Tanto me odias que ya no quieres ni cruzarte conmigo?
—No te odio, y lo sabes. Simplemente creí que así sería más fácil, al menos para mí. Verlos a ellos, verte a ti, la casa… todo esto me remueve por dentro.
No tenía muy claro qué contestar a eso. Yo tampoco me sentía mucho mejor que ella, viendo cómo todo se reducía a esas maletas en el suelo, sintiendo que aún no se había ido y, aun así, el vacío ya estaba instalado en mi pecho.
Giré la cabeza para mirarla. Seguía con la vista fija al frente, el cuerpo rígido. Quizá lo correcto —lo sensato— sería darle su espacio, permitir que terminara de recoger sus cosas y largarme con mis hermanos. Cuando volviéramos, todo estaría como antes.
Pero joder, no quería que nada volviera a ser como antes.
Obviamente no dije nada de eso. Solo intenté alargar un poco más el momento. Patético.
—¿Qué tal por Francia?
«Genial, Juraj. Súper original. Si ves que la conversación no fluye, pregúntale por el tiempo», me reprendí mentalmente.
Ella giró la cara hacia mí con gesto molesto.
—¿En serio? ¿Quieres hablar de eso? Pues te diré que fue tedioso, agotador y asfixiante. Estaba deseando coger un vuelo y volver a Seattle.
Lo soltó con un tono cortante que me hizo fruncir el ceño. Por lo que se veía en redes, no parecía precisamente una tortura.
—No se te veía tan mal en los vídeos. Ni en las fotos que circulan por ahí. Es más, yo te vi bastante animada. Y bien acompañada.
Abrió mucho los ojos. A continuación, frunció el ceño y sus labios formaron una «o» perfecta.
—Ah, ¿ahora me stalkeas ? Está bien saberlo.
—En realidad…, llevo tiempo haciéndolo.
Su expresión pasó de molesta a sorprendida. Tuve que esforzarme para no sonreír.
—Desde el día que nos conocimos en la piscina.
—Guau. Me deja más tranquila saber que no es algo reciente. Todo un profesional —meneó la cabeza y después se quedó mirándome fijamente—. ¿Y por qué?
—Al principio me generaste curiosidad. Más tarde eso se convirtió en interés.
—¿«Interés»?
—Sí. ¿Tan raro te parece?
—Lo que me parece raro es que, conociéndome como me conoces, viendo lo que otros no ven, no te dieras cuenta de que casi todo era forzado.
—Pero no con él —se me escapó antes de poder frenarlo.
No tenía derecho. Sin embargo, la duda me estaba carcomiendo.
Ella sostuvo mi mirada.
—No. Con Owen no.
Sentí algo retorcerse por dentro.
—Me alegro entonces. Parece un buen tipo. Y que te importa de verdad.
—Estoy alucinando contigo —abrió las manos, incrédula—. No sé qué estás intentando hacer.
—No lo sé ni yo, ¿vale? —solté, frustrado—. Esto no es fácil para mí.
—Si no vas a ser sincero, mejor no digas nada. Porque esta conversación me está incomodando muchísimo.
Respiró hondo antes de continuar.
—Me odio por no poder quedarme con Owen.
Por no poder intentarlo de verdad con él.
Y todo porque no consigo sacarte de la cabeza.
Me enfado conmigo misma por seguir sintiendo esto cuando estoy contigo.
Estar aquí, con tus hermanos, en Seattle…
me cambió. Y ahora no me amoldo a la vida que tenía antes. Ya no puedo volver a ser la que era.
El aire se volvió denso.
—Entonces, ¿era verdad lo que me escribiste en aquel mensaje?
Abrió los ojos con incredulidad.
—¿Lo leíste? ¿Y ni siquiera contestaste?
Se puso en pie, pero la sujeté del brazo para que se sentara de nuevo. Perdió el equilibrio en el movimiento y terminó cayendo sobre mi regazo.
Perfecto. Justo lo que necesitaba para que todas mis defensas se desmoronaran.
—Claro que lo leí —confesé—. Y cuando lo hice sentí que el corazón volvía a latirme. Y en el momento en que lo borraste pensé que te habías arrepentido. Así que me quedé al margen. No tenía derecho a interferir en tu vida. Te juro que mantenerme lejos de ti es lo más difícil que he hecho jamás.
Nos quedamos mirándonos, respirando el mismo aire, demasiado cerca.
Estaba a un paso de besarla.
De apretarla contra mí.
Se humedeció los labios sin darse cuenta.
Tragué saliva.
Y ahí supe que estaba perdido.
—¡Juraj!
La voz de mi hermana irrumpió en la habitación y Kelsey saltó torpemente de mi regazo hasta la cama.
—Oh, perdón. ¿Es que no sabéis cerrar la puerta? —bufó.
—¿Estáis listos? —corté rápido.
—Casi. Matej está hablando con su novio. Venía a preguntarte por la comida, tenemos que llevar algo.
—No hace falta. Cogeremos lo que necesitemos por el camino. Además, pedí que compraran lo básico para la casa.
—Vale, pero este fin de semana comemos rico.
Si con eso se refería a comida basura, asentí.
—Kels, tú vienes también con nosotros, ¿no? No puedes dejarme sola con el aburrido de Juraj y con el enamorado de Matej, que se pasa horas al teléfono.
Kelsey me miró. Yo la miré a ella. Conociendo a mi hermana, aquello no era casual.
—Dile a Matej que cuelgue de una vez. Nos vamos —apremié, intentando que desapareciera cuanto antes.
Anica hizo un gesto con los ojos señalando a Kels y me guiñó uno. Definitivamente iba a matarla.
—Tengo que terminar de hacer la maleta —se apresuró Kelsey, poniéndose en pie algo nerviosa—. Ve a buscar a tu hermano o no os iréis nunca.
La vi doblar ropa sin ningún cuidado. Me acerqué hasta quedar pegado a su espalda.
Lo que estaba a punto de hacer era una locura. Seguramente un error. Pero inevitable.
—Estoy pensando que Anica tiene razón. Podría estar bien que nos acompañaras a la casita que tengo en Canadá. En Whistler. Es un lugar increíble. ¿Qué dices?
Se giró con una prenda entre las manos, apretándola con fuerza. Sus ojos brillaban. Intentó decir algo, pero no le salió la voz. Estábamos demasiado cerca. Yo con la cabeza inclinada hacia abajo; ella, hacia arriba.
—Ay, joder… Vale, esto puede parecer una locura. No, definitivamente lo es. Dios, estoy nervioso. No sé cómo decirlo.
Soltó la ropa y entrelazó sus dedos con los míos.
—Vamos, inténtalo.
—No puedo —exhalé.
—Sí puedes —susurró, sujetando mi mandíbula con una de sus manos y apoyando su frente en la mía.
Cerré los ojos un segundo.
—Kels…, ven. Es un momento importante para mí. Y quiero que formes parte de él.
—¿Por qué, Juraj?
—Puedo alejarme. Puedo aprender a vivir sin tenerte a mi lado. Pero no voy a dejar de sentir esto por ti.
—No tienes que conformarte con nada. Porque yo no voy a hacerlo. No quiero renunciar a ti. Ni negar lo que siento.
—Pero…
—Sé que no será fácil. Pero también sé que va a merecer la pena. Y que podemos enfrentarlo juntos. Solo iré si estás dispuesto a intentarlo. A no rendirte.
La miré. A sus ojos húmedos. A su pecho subiendo y bajando al mismo ritmo que el mío.
—Puedo intentarlo. No prometo nada más que eso.
—Me vale. Vivamos día a día, ¿sí?
Asentí.
—Sí, joder, ven aquí.
Envolví su cintura. Entonces ella sujetó mis hombros con ambas manos y me besó con desesperación, como si en ese instante nos jugáramos la vida entera.
Mis manos se enredaron en su cabello con una urgencia que no dejaba de crecer. La arrastré hasta la cómoda y la aprisioné con mi cuerpo contra la madera, mientras nuestras bocas se fundían en un beso intenso, de esos que queman.
Mis labios se movían sobre los suyos; la necesitaba para seguir respirando. Para mí, besarla era lo único que aún tenía sentido en el mundo. Ella respondió con la misma hambre: las manos aferradas a mi nuca, el cuerpo pegado al mío, sin dudas, sin reservas.
Su lengua rozó la mía, provocadora, atrevida, valiente, como si supiera exactamente lo que yo ansiaba. Mi piel ardía, mi mente se apagaba y mi corazón… joder, mi corazón latía como si fuera a estallar en el pecho.
Un carraspeo nos hizo detenernos. Nuestros ojos volaron hacia la puerta.
Mis dos puñeteros hermanos. Más oportunos no podían ser.
—Eso significa que Kels viene con nosotros a Whistler —indagó Matej, apoyado en el quicio de la puerta con el brazo por encima de los hombros de Anica.
Kelsey me miró, me regaló una sonrisa y asintió. Ambos se acercaron y la rodearon en un abrazo. Los observé en silencio; aquel instante fue uno de los más felices de mi vida. Para muchos no significaría gran cosa, aunque para mí lo era todo.
Kelsey tiró de mí y me unió a ese jodido abrazo.