Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 34
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Capítulo 34

JURAJ

Estaba sentado en la camilla de fisioterapia, esperando a que River viniera a atender mi lesión ficticia. Y es que, en el último partido, no fui capaz de controlar un ataque de ansiedad al ver a Vera y a Cole en las gradas.

Todo ocurrió tras un choque contra el plexiglás que rodeaba la pista de hielo.

Un impacto provocado por un oponente me hizo perder el equilibrio y acabar en el suelo.

Para el resto fue una lesión más; nadie sospechó nada.

Sé que Conor fue quien me sacó del hielo y que River se hizo cargo de mí en el vestuario.

Fue así como todos mis amigos descubrieron lo que me estaba pasando. Y no solo ellos: Davenport también.

Gracias a Kai, Mischa y Prescott —que expusieron lo que me ocurría o lo que yo les había contado sobre el origen de esos ataques—, el secreto dejó de ser solo mío.

Por algún milagro que aún no comprendía, todos, literalmente todos, lo aceptaron.

Incluso Jordan, a quien yo no le caía especialmente bien y que acababa de incorporarse al equipo, formó parte de ese pacto silencioso.

Y, sinceramente, aquello me llegó muy adentro.

Nunca en mi vida me había sentido tan arropado… bueno, miento, solo cuando Kelsey estaba a mi lado. Aun así, no sentirme solo fue, digamos, agradable.

Pero no todo podía ser tan sencillo, ¿verdad?

Davenport me exigió acudir a un profesional de la salud mental. Así que terminé, nada menos, con el terapeuta de Kai. Me negué a tomar medicación; se lo expliqué y lo comprendió. Aunque, durante los días en los que no iba a jugar, sí me recetaron una pastilla suave para descansar mejor.

Y ahí no acabó la cosa.

La maldita fisioterapeuta tuvo otra idea brillante: yoga o mindfulness .

Según ella, iba muy bien. Así fue como acabé dando clases privadas…

obviamente, con su monitor. No quería ni imaginar qué pasaría si alguien del equipo me veía haciendo el perro boca abajo mientras fingía una distensión leve en el cuádriceps.

Una lesión que, convenientemente, me mantendría fuera unas semanas.

Aun así, había salido bastante bien parado de todo aquello. Y no quería ni pensar qué pasaría si alguien llegaba a enterarse de la verdad.

La puerta se abrió y River entró con dos vasos desechables. Me entregó uno antes de sentarse a mi lado en la camilla.

—¿Chocolate?

Levanté la bebida, desconcertado. Sinceramente, aquello era lo último que esperaba.

—Sí, es lo que tomas, ¿no?

—Sí, pero ¿qué clase de trampa es esta? —entrecerré los ojos—. Tú estás tramando algo. Ya nos conocemos. Oh, Dios, estás sonriendo. Esa es mi señal para salir huyendo de aquí.

Me puse en pie.

—Ja. Novák, sienta tu culo otra vez —ordenó—. No tienes escapatoria. Todo el mundo cree que te estoy tratando, así que durante un rato vas a tener que disfrutar de mi compañía.

—Por mí no te preocupes, adelanta trabajo. Seguro que tienes mil cosas que hacer.

Negó con la cabeza, acompañando el gesto con una mirada que solo podía significar una cosa, estaba jodido. Muy jodido.

—Creo que podemos aprovechar este rato para hablar.

—Mejor nos quedamos callados —propuse—. Podemos meditar, si quieres. O comentar de posturas de yoga que no termino de entender. Quizá tú podrías explicármelas.

Se echó a reír.

—No. Definitivamente no. Prefiero charlar.

—No sé… ¿no tienes a tus amigas para esto? ¿O a Jones, que es tu mellizo? ¿Por qué yo? ¿No te bastó con esclavizarme en el embarazo? Todo el mundo me conoce como tu camello. ¿No crees que ya podrías buscarte a otro al que arruinarle la reputación?

—Tranquilo, que no vamos a centrarnos en mí, sino en ti.

—Uf, eso sí que no. Mi vida últimamente es aburridísima. No tengo chismes.

—Pero los tengo yo —sonrió—. Por ejemplo, que mañana Kels estará aquí. Llega esta noche a Nueva York.

Desvié la mirada y le di un trago largo al chocolate. Luego otro.

Los días en los que estuvo en Francia con su ex habían sido durísimos.

Y no podía culparla de nada; yo la había alejado.

Estaba en su derecho de intentar recomponer su vida.

Pero cuando vi aquella foto de ellos, en primer plano, con el cabecero de una cama detrás y ella sonriendo… sentí que me arrancaban el corazón.

Después llegó ese mensaje. Y, de repente, volvió a latir con fuerza.

Estuve a punto de responderle, pero lo borró casi al instante. Supuse que se había arrepentido, así que no hice nada. Esa misma noche la vi en el desfile, radiante. Y también vi cómo su ex —o no tan ex— la cuidaba. En cada vídeo juntos parecían perfectos.

Owen era claramente una mejor opción. Con él reía, se la veía tranquila, segura. No tenía que temerle.

Y, entre esa maraña de pensamientos y el corazón completamente fuera de control, asumí lo inevitable: lo que sentía por ella era amor. Así que sí, era otro idiota más en este mundo, enamorado hasta la médula. Y qué sensación tan jodida, o te elevaba o te destruía. No podía ser sano sentirse así.

Sin embargo, tampoco era capaz de controlarlo. Creo que, en realidad, nunca tuve el control de nada con ella.

—No es asunto mío, River.

—Vamos, Juraj, deja de hacerte el duro —se puso en pie hasta quedar frente a mí—. La quieres. Y ella a ti.

—¿Y qué importa? —exploté—. Hay cosas que no pueden ser. Y es mejor no insistir.

—¿Por qué? ¿Quién lo dice?

—Lo digo yo —respondí—. No soy bueno para ella.

—Estoy teniendo un déjà vu —resopló—. Kai intentó hacer exactamente lo mismo que tú. ¿Sabes de qué le sirvió?

No esperó respuesta.

—De nada. Porque no se puede luchar contra el corazón.

—Yo no soy Jones.

—No —asintió—. Pero eres otro idiota como él.

—Genial. Me alegra tener algo en común.

—En serio —siguió, más suave—. Por experiencia te digo que alejar a la persona que amamos no es protegerla. Es lastimarla. No va a dejar de preocuparse por nosotros ni de querernos solo porque le ocultemos la verdad o la apartemos de nuestro lado.

Me agarró la mano.

—Juraj, todos necesitamos un hombro en el que apoyarnos. A veces hay que parar y permitir que otros nos cuiden. No somos invencibles.

Me sequé las lágrimas con el antebrazo. Ella también lloraba. Maldita fisioterapeuta.

Dio un paso al frente, se colocó entre mis piernas y me abrazó. Tardé un segundo en corresponderle, pero mis manos se movieron solas. Necesitaba ese abrazo sincero.

—No apartes a los que te quieren —murmuró sin soltarme—. No cometas ese error. La vida no es fácil, pero los problemas pesan menos con la persona adecuada al lado.

La puerta se abrió y ambos nos quedamos paralizados, todavía abrazados.

Lo primero que pensé fue en Caden, y maldije por lo bajo.

Aunque cuando nos separamos, la situación empeoró.

Jordan.

Definitivamente, prefería a Caden y acabar con el labio roto antes que enfrentarme a ella.

—Perdón por la interrupción, pero me he enterado de que estabas con él —se dirigió a River—. ¿Sería posible que nos dejaras un momento a solas?

«No, no, no», gritaba mi mente mientras negaba con la cabeza, suplicándole en silencio a River que no aceptara. Qué iluso fui. Maldita mujer, estaba claramente compinchada con la otra.

River me guiñó un ojo, le dio una palmada en el hombro a Jordan y salió de la sala.

«Claro que sí, tú dale ánimos. Venga. El perjudicado soy yo, pero tú anímala», pensé con amargura.

—¿Cómo estás? —se interesó Jordan, rompiendo el hielo.

—Bien, supongo.

—Me alegro —se frotó las manos, nerviosa.

¿Pero qué le pasaba?

De pronto, el silencio se volvió incómodo, pesado.

—Si has venido a hablarme de Kelsey, ahórratelo —solté de una vez—.

Sé que no te caigo bien y que me quieres lejos de ella, pero puedes estar tranquila.

No pienso acercarme. Y en cuanto a la mentira de nuestra relación, tengo pensado zanjarla de la mejor manera posible.

Te prometo que ella no saldrá perjudicada.

Silencio. Otra vez.

¿Por qué no decía nada?

—Lo siento —murmuró entonces, tan bajo que por un segundo pensé que había imaginado oírla.

—¿Cómo?

—Que lo siento.

—Joder… —abrí los ojos, incrédulo—. No sé si me estoy perdiendo algo o si esto es algún tipo de broma, aunque te advierto que no estoy de humor.

—No, Juraj, estoy siendo completamente sincera. Creo que te debo una disculpa por cómo te he prejuzgado, sin darme la oportunidad de conocerte y dejándome influir por opiniones ajenas.

—Vaya… —fue lo único que conseguí decir, todavía sorprendido.

Jordan, visiblemente nerviosa, empezó a caminar de un lado a otro hasta que se detuvo frente a mí. Avanzó un paso, soltó el aire despacio y se sentó a mi lado en la camilla.

«Oh, joder», pensé.

—Sé que no he sido agradable contigo y que siempre he dejado clara mi animadversión —continuó—.

Pero no era algo personal. Mi rechazo venía del miedo.

De preocuparme por Kelsey. Por experiencia sé que, cuando no estamos bien mentalmente, somos más manipulables, tomamos decisiones que en otro momento no tomaríamos…

y lo peor que puede pasarte es que alguien llegue, te confunda y te empuje aún más al abismo.

Y eso, por desgracia, ya lo había vivido. Supongo que conoces su historia, ¿no?

Asentí. Por primera vez la miré de verdad. Tenía los ojos húmedos.

—Entonces sabrás cómo todo eso la llevó a estar mal diagnosticada.

Cuando conoció a Owen encontró seguridad, estabilidad, una relación sana, algo que la sacó del lugar en el que la habían encasillado los médicos.

Pero, como bien sabemos, esa relación se desgastó hasta convertirse en algo de tres.

Lo estaba pasando fatal y ahí apareciste tú. Aspen.

Abrí los ojos. Conocía lo sucedido allí.

—No me mires así —añadió—. Te vi salir de su habitación y no tuvo más remedio que contármelo.

La escuchaba y no la reconocía. Kelsey siendo infiel a Owen por un calentón, eso no era posible en ninguna realidad.

Pensé que la habías influenciado, que se había dejado llevar por todo el dolor que tenía dentro.