Capítulo 33
KELSEY
Llegué a Val d’Isère sintiendo que estaba entrando en una vida que ya no era mía.
Todo era espectacular: la nieve perfecta, los chalets de madera, la gente guapa moviéndose con naturalidad entre copas, risas y música.
El après-ski en su máximo esplendor. Y yo allí, intentando recordar cuándo había dejado de pertenecer a ese mundo.
La casa que compartiríamos era enorme. Owen estaba allí, con esa sonrisa que rara vez desaparecía de su rostro. Pierre, exagerado y encantador a partes iguales. Landon, el ex de Mischa, al que no soportaba y que hacía como si yo fuera invisible. Y dos chicas más, influencers de moda y lifestyle .
No hubo pausa. Guardé la maleta y, casi de inmediato, empezaron las grabaciones.
Un trend de TikTok tras otro, risas fingidas, repeticiones infinitas hasta que todo quedara perfecto.
Cambios de ropa, distintos maquillajes, luces donde se podía.
Grabé otro vídeo con una de las chicas, vestidas con conjuntos de esquí, posando entre los modelos más exclusivos del resort .
Sonreía. Cumplía. Sin embargo, estaba agotada. Owen lo percibió.
—Ven —me dijo en voz baja—. Vamos a hacer snow de verdad.
Acepté sin pensarlo. Siempre me había gustado más el snowboard que esquiar. Era menos rígido, más libre. Subimos juntos, dejando atrás el bullicio, las cámaras, la presión constante de estar «bien».
El aire frío me despejó la cabeza en cuanto empezamos a bajar. Owen intentó sacar el tema de mis padres, de la citación, de todo lo que yo llevaba guardado desde Seattle.
—No —le pedí—. Hoy no. No quiero hablar de nada.
Me miró unos segundos, como calibrando mis límites, y asintió.
—Entonces hagamos esto como antes. Solo divirtámonos. Como cuando nos conocimos.
Y lo hicimos.
Nos tiramos por la nieve como críos, nos caímos a propósito, grabamos vídeos absurdos, hicimos fotos sin posar. Por un momento, el tiempo dejó de existir. Recordé por qué Owen siempre había sido así: pura energía, una alegría que te contagiaba sin pedir permiso.
Pierre se nos unió y aquello se convirtió en una sucesión de risas, empujones y nieve en la cara.
Los días siguientes fueron iguales. Más grabaciones, más gente, más montaje. Y algo empezó a pesarme por dentro. Antes todo aquello me entusiasmaba; ahora solo me dejaba vacía. Sonreía, pero no estaba del todo allí.
Pensaba en Seattle. En Juraj.
Apartaba esa idea cada vez que aparecía, como si hacerlo fuera una traición.
Aun así, vi el partido de hockey a ratos, con el móvil apoyado entre sesión y sesión.
Juraj jugó mal. Se le notaba en el cuerpo, en la tensión.
Apostaría a que la ansiedad le ganó. Conor fue rápido y lo sacó del hielo. No volvió a entrar.
Me habría gustado estar allí, a su lado.
Esperé alguna imagen, alguna señal de que se hallaba bien. Lo único que vi fue a Vera Davenport con su hijo Cole y Henry Johnson, el hombre que luchaba por convertirse en el próximo presidente de los Rift.
La diferencia horaria me hacía sentir aún más lejos.
En el chat del equipo empezaron a circular fotos de una fiesta. En una de ellas, Juraj aparecía de fondo, hablando con una mujer guapa. Sentí un pinchazo seco en el pecho. Celos. Dolor.
«No voy a llorar por ti. Haz lo que quieras. Si esa es la vida que eliges, adelante».
Me quedé medio dormida con el móvil en la mano. Al despertar, el chat grupal con mis amigos era un caos: Caden se había peleado con Cole. Juraj había acabado implicado. Parte del equipo también.
Iba a preguntar cuando Owen apareció en la puerta, ya listo para salir.
—Vamos —dijo—. Olvídate de Seattle un rato. Disfruta. Estamos aquí juntos.
Y lo intenté.
Pasamos el día recorriendo Val d’Isère, parando en miradores desde los que las montañas parecían infinitas.
Allí, Owen se acercó sin invadir, como si me pidiera permiso incluso cuando ya lo tenía. Sus labios rozaron los míos con suavidad, probándome, y sentí ese reconocimiento inmediato, ese gesto de dos personas que ya se habían querido.
Me dejé llevar. Nuestros labios encajaron mejor, con más intención, y cuando nuestras lenguas se unieron lo hicieron despacio, sin prisa, como si supieran exactamente dónde ir.
Ese beso nos arrastró a otro tiempo, a lo que fuimos cuando todo era sencillo, cuando reír juntos bastaba. A lo bonito que hubo.
Entre risas y besos se nos fue el día.
Por la tarde, en el après-ski , bebí, bailé y grabé más imágenes. Me reía con Pierre, con Owen, con cualquiera que se cruzara.
Hasta que sonó una canción.
Désenchantée .
Y algo dentro de mí se quebró.
Esa canción la escuchaba mi madre cuando yo era pequeña. De pronto volví a esa vida solitaria en Los Ángeles. A Nueva York. Miré a Owen y el pasado regresó entero. Todo lo que ya no era.
Sentí que no encajaba allí, que ya no era mi lugar.
—¿Estás bien? —preguntó Owen—. ¿Te has pasado con el alcohol?
—Me voy —informé—. Estoy cansada.
—Ni hablar. No vuelves sola así.
Me dio agua, me obligó a beber. Después, me rodeó los hombros.
—Yo te acompaño.
Caminamos en silencio hasta que llegamos a la casa. Entré directa en mi habitación y me senté en la cama, mirando por la ventana.
Owen apareció con una infusión caliente. Me la entregó y se sentó detrás de mí, apoyado en el cabecero. Tiró de mí con suavidad hasta encajarme entre sus piernas. Besó mi cabeza.
Y por un momento —solo por un momento— me permití no pensar en nada.
—Ha sido perfecto. Como antes —apuntó en voz baja—. Es como si el tiempo no hubiera pasado y volviéramos a ser esos dos jóvenes que eran felices juntos, Kels.
Me apretó un poco más contra su cuerpo, rodeándome con los brazos. Deposité la taza sobre la mesa, consciente de que, por un instante, yo también había viajado al pasado. Sin embargo, aunque quisiéramos quedarnos allí, ninguno de los dos era el mismo.
—Me he dado cuenta de que, por momentos, estabas ausente —añadió—. Intentabas disimularlo, pero te conozco. Y lo comprendo, con el juicio tan cerca, yo estaría igual o peor.
Ah. Se refería a eso.
Sí, claro que estaba nerviosa. Nada más llegar tenía programada una reunión con los nuevos abogados que ya estaban moviendo el caso.
Me habían llamado un par de veces para hacerme preguntas, y poco más.
Desde luego, se notaba que trabajaban de otra forma.
Aunque la verdad era otra, mis pensamientos no estaban allí.
Volaban lejos. A Seattle. Al equipo. A mis amigos. A él.
Nunca pensé que podría echar tanto de menos todo aquello. Y si no fuera porque necesitaba el dinero, habría cogido un vuelo de vuelta sin pensarlo. Pero aún me quedaban desfiles, compromisos, días eternos que parecían no avanzar. Menos mal que estaba Owen. Y, a ratos, el caos maravilloso de Pierre.
—Kels —dijo de pronto, besándome la coronilla—. ¿Me estás escuchando?
—Sí, perdona —sonreí—. Es solo que no quiero hablar del tema. Ni de nada. Solo quedémonos así. Abrazados. En silencio. ¿Puede ser?
—¿Me estás pidiendo que duerma contigo? —preguntó, divertido.
—Sí. Solo dormir.
—Nada me gustaría más.
Levantó mi mentón y apoyó sus labios sobre los míos un segundo.
—Dios, no sabes cuánto te he echado de menos —exclamó con esa alegría suya tan contagiosa.
Sacó el móvil del bolsillo, lo desbloqueó y nos enfocó a los dos. Ajustó la luz, sonrió, escribió algo rápido y subió la foto.
Mi persona favorita en el mundo. No importa el lugar, si es con ella.
Dejó el teléfono sobre la mesa y nos tumbamos de lado en la cama, aún vestidos con la ropa térmica.
Nos cubrimos con la manta y me rodeó con un brazo.
Me acomodé un poco más contra su pecho, buscando calor, buscando algo que no sabía nombrar.
Owen me abrazó con más fuerza, como si pudiera intuirlo, y por un momento permití que esa cercanía me engañara.
Pero no funcionó.
No era a él a quien buscaba.
No era su voz.
No era su risa.
Era otra presencia. Otro silencio. Otro tipo de abrazo.
Una mano más grande.
Un pecho más duro.
Un refugio construido a golpes.
Retuve las lágrimas y dejé que el pensamiento pasara sin aferrarme a él. No podía. No debía.
Y, aunque Owen me quisiera —y yo lo quisiera a él a mi manera—, había otra persona a la que no podía dejar atrás.
***
Luces por todas partes, música fuerte, gente mirándonos como si fuéramos parte del espectáculo. Alta costura llevada al extremo: colores eléctricos, prendas que parecían más una provocación que ropa. Sonreír. Posar. Girar. Todo mecánico.
Los medios estaban allí, captando cada detalle, hasta el más mínimo.
—¿Habéis vuelto?
—¿Otra oportunidad?
—¿Estáis juntos de nuevo?
Sentí cómo el cuerpo se me iba tensando poco a poco. El vestido me apretaba tanto que me costaba respirar y cada pregunta me cerraba un poco más el pecho. Owen percibió mi rigidez enseguida. Me pasó la mano por la espalda baja, firme.
—Tranquila —me susurró—. Déjamelo a mí.
Me besó la mejilla, suave, y se giró hacia los periodistas.
—Estamos bien —declaró—. Nos queremos y nos respetamos, pero no vamos a cometer el mismo error dos veces. Exponer nuestra vida privada nos costó muy caro. Especialmente a Kelsey.
Me quedé quieta, pegada a su cuerpo.
Entonces llegó la pregunta que no esperaba.
—¿Y qué hay del juicio de tus padres?
Un temblor me recorrió entera: las manos, las piernas… todo.
—Ese tema se tratará donde corresponde, en los tribunales —Owen se adelantó antes de que pudiera decir nada—. No aquí. Buenas noches.
Tiró de mí con cuidado y nos alejamos.
—¿Estás bien, preciosa?
Negué, llevándome una mano al pecho.
—No, no lo sé. Quiero irme. No puedo. Ni con el vestido. Ni con nada de esto, Owen. No lo quiero.
—Ven —me llevó hacia los aseos—. Respira un poco. Acabamos el desfile y nos vamos al hotel, ¿vale? Pasamos de la fiesta.
Asentí.
—Voy al baño un momento.
Me besó la mejilla y solté su mano. Dentro había dos actrices; las saludé y me encerré en uno de los cubículos. Apoyé la frente en la puerta y saqué el móvil.