Capítulo 32
KELSEY
Las lágrimas me caían sin control, como dos ríos desbordados.
Cuanto más avanzaba en aquella historia, más me rompía por dentro.
Más me dolía imaginar a ese niño solo, plantado frente a una vida injusta, rodeado de adultos que solo supieron herirlo a él y a sus hermanos.
Y aun así, fue él quien se convirtió en el muro de contención de todo. El que sostuvo. El que aguantó.
Quería abrazarlo. Sacudirlo. Gritarle que no había hecho nada malo. Que no era culpable de nada. Que solo había sido una víctima más de personas despreciables.
Pero Juraj permanecía distante. Frío. Impasible. Con la cabeza apoyada contra la pared y la mirada perdida en un punto inexistente, como si ese episodio perteneciera a otra vida, a alguien ajeno a él.
Y entonces comprendí ese vacío del que hablaba.
No era crueldad ni indiferencia, sino supervivencia.
Su forma de no sentir para no romperse. De anestesiarse para no morir de dolor.
Se me partió el corazón al descubrir hasta qué punto lo habían dañado, tanto que tuvo que alejarse de los sentimientos, de las personas, de ese niño que había sido, incluso de sí mismo.
Y también comprendí algo más, que yo había tenido una suerte inmensa. Porque había conseguido ver más allá de lo que él permitía al resto del mundo. Había logrado verlo a él.
Sabía que había mucho más, escondido en algún rincón oscuro y olvidado de su vida.
Y si ya lo amaba, esa noche lo amé todavía más.
Amé cada una de sus partes: la vacilona, la apasionada, la bravucona, la borde, la tierna, la rota.
Y sobre todo la real. Esa que se ocultaba tras el hombre con el corazón más grande que había conocido jamás. Generoso. Luchador. Humano.
Tras unos segundos de silencio incómodo, me giré hacia él. Le tomé el rostro entre las manos y lo obligué a mirarme. Intentó resistirse, aunque acabó cediendo. Su piel estaba helada, dura, como el hielo. Sin embargo, no me dejé intimidar. No iba a permitir que se alejara.
Antes de que pudiera decir nada, él sujetó mis manos y las apartó con cuidado.
—No te he contado todo esto para que sientas pena —declaró con voz baja—. Ni para que empatices conmigo. Ni para que intentes comprenderme. Lo hice para que veas las cosas horribles que he hecho. Para que sepas quién soy. No hay nada bueno en mí. Estoy vacío.
—Juraj, basta —negué con la cabeza—. No me das pena. Te admiro. Y no necesito comprenderte para quererte. No eres el culpable de esta historia. Eres la víctima.
—¿Víctima? —escupió, con la voz quebrándose—. No me jodas. He vendido mi cuerpo para sacar algo a cambio. No vuelvas a llamarme así. No lo soy.
Ahí estaba.
Su armadura.
Prefería verse como un monstruo antes que como alguien herido. Era la única forma que había encontrado para seguir en pie. Para no sentirse débil. Para sobrevivir.
Tenía que sacarlo de ahí. Derribar, aunque fuera uno de los cientos de muros que había levantado.
—Vale —dije—. ¿Esperabas que te castigara? ¿Que te llamara repugnante? ¿Que te dijera que no puedo ni mirarte? ¿Eso querías? Pues lo siento, has fallado. Porque yo también hice algo parecido.
—¿De qué coño estás hablando?
—Yo no practicaba sexo por deseo. Lo hacía buscando cariño. Así que sí, yo también me vendía, de algún modo.
—No compares —gruñó—. No es lo mismo.
—Claro que no. Lo mío fue peor. Tú lo hiciste por tus hermanos. Yo solo para sentirme querida.
—Para ya —me cortó, agotado—. Te he contado todo esto para que te alejes de mí. Para que veas lo jodido que estoy. Kelsey, por favor.
Y ahí volvió la distancia. Ya no era «Kels». Volvía a ser «Kelsey». Me estaba empujando fuera.
—Cuando era pequeño —confesó con la voz hondonada— y veía a Matej vomitar, a Andrej mearse encima, a Anica despertar aterrorizada…
pensé que tenía suerte de ser el único al que no le pasaba nada.
Pero me equivoqué. Guardarlo todo fue mi error.
No podía permitirme flaquear. Tenía que ser fuerte. Ellos me necesitaban.
»Y me fui rompiendo poco a poco. Dejando pedazos de mí por el camino. Cuando cumplí dieciséis años supe que mi vida había terminado. Apagué esa vela sabiendo que ya no había esperanza para mí, aunque sí para ellos.
—Juraj… —sollocé.
Entrelacé nuestros dedos. Para mi sorpresa, no se apartó. Me apretó la mano con fuerza.
—He odiado a mi madre durante años —continuó—.
Luego a Andrej. Los llamé cobardes, egoístas.
Pero ahora entiendo que estaban enfermos.
Que ninguno podía controlar lo que le pasaba.
Y yo no soy tan distinto a ellos. Cada día me pierdo un poco más.
Mi cabeza es un volcán en erupción. He tenido que llegar hasta aquí para comprenderlos.
Me solté para abrazarlo con fuerza. Él me devolvió el gesto, me apretó contra su pecho y besó mi cabeza. Cuando habló de nuevo, ya estaba llorando.
—Llegaste a mi vida y lo cambiaste todo —su voz temblaba—. Nunca pensé que pudiera sentir esto por alguien. Contigo he sido feliz de verdad. Me diste más de lo que jamás merecí y, por eso mismo, esto tiene que terminar. Es mejor que te marches.
Sentí cómo el cuerpo se me paralizaba. El corazón dejó de latir. El aire se quedó atrapado en mis pulmones. Me separé despacio, como si el mundo se moviera a cámara lenta. Vi una lágrima caer de su rostro y estrellarse contra mi muslo.
—No digas tonterías —susurré—. Están tus hermanos. Está el club.
—Me da igual todo eso. Los mellizos saben la verdad y podrás verlos siempre que quieras. Y los Rift… que se vayan a la mierda. Tú eres lo único que importa.
—Tú también importas. Para mí importas. ¿De verdad no lo ves? No te culpo por ese momento de confusión, sé que no eras tú.
—¡Basta! —gritó—. También soy esa persona, Kelsey. Mi cabeza no funciona bien. No me arriesgaré a lastimarte otra vez. ¿Y si la próxima no paro? ¿Y si no reacciono a tiempo?
—Yo no te tengo miedo.
—Pues deberías —arrojó—. Vete, Kelsey.
Negué, llorando.
—¡Que te vayas!
Me puse en pie, temblando. Y en ese instante, al alejarme de él, sentí cómo el corazón se me rompía en mil pedazos. Al pensar que no despertaría más en esa casa. Que me había enamorado de un imposible.
Que ese hombre había cambiado mi vida sin proponérselo.
Que, aunque todo fuera difícil a su lado, nunca había sido tan feliz.
Nunca tan yo.
***
Mia se acercó con dos tazas de té caliente.
Era tarde. No había esperado a la mañana siguiente para marcharme de la casa de Juraj con una pequeña maleta, procurando no hacer ruido.
Era mejor que sus hermanos no supieran que había regresado solo para volver a irme.
Así nos evitaríamos preguntas incómodas.
Llamé a un taxi y fui al primer lugar que se me ocurrió, la casa de Mia.
Necesitaba su consejo. Presentarme en la de Mischa o en la de Jordan a esas horas no me parecía apropiado.
Pero cuando abrió la puerta, algo en su rostro me alertó.
Nerviosismo. Pensé que sería por mi llegada sorpresa en plena noche; sin embargo, no desapareció.
Incluso diría que le temblaban las manos cuando me tendió la taza.
—Cariño, ¿qué ha pasado? ¿Por qué vienes a estas horas? —me sostuvo el mentón y examinó mi rostro.
—Me he enamorado y todo está mal.
—Del chico eslovaco, ¿verdad?
—Sí. Y no, no estoy confundiendo las cosas por la cercanía o la atracción. No es eso.
Apreté los dedos contra mis rodillas.
—Nunca había tenido tan claros mis sentimientos por alguien. No sé en qué momento pasó, pero pasó… y no puedo hacer nada contra eso.
—¿Y él siente lo mismo por ti?
—No sé exactamente qué le pasa por la cabeza ni por el corazón, pero sé que le importo. Y por eso estoy aquí. Me ha apartado de su lado, Mia.
—Porque cree que puede lastimarte.
—Sí.
—¿Y puede hacerlo?
—No del modo que él piensa, pero sí de otro.
Mia frunció el ceño, claramente perdida.
—Ay, cariño, no estoy entendiendo nada. Y tú estás muy abrumada esta noche. A veces tomar distancia nos da perspectiva. Quizá sea bueno para los dos. Así sabréis si merece la pena seguir adelante con la relación.
—No hay relación, Mia. Nunca la hubo. Y sexo, hasta esta noche, tampoco.
Se quedó paralizada, la taza detenida a medio camino de los labios.
—Cuando nos conocimos, lo único que nos unía era lo físico —continué—, pero al vivir juntos todo cambió.
Nos descubrimos desde otro lugar: desde las heridas, el dolor, lo más vulnerable.
Y aunque nada resultó fácil, para mí fue perfecto.
Por primera vez fui yo. Esa casa la sentía como mi hogar y a ellos, como mi familia.
Sé que suena a locura, pero fue una locura preciosa e impredecible.
Mia me observó con atención antes de hablar.
—Sigo sin comprenderlo del todo. Aunque te escucho y no eres la misma chica que llegó a mi casa de Nueva York con el corazón roto, pendiente del teléfono esperando un mensaje de Owen.
He visto el vídeo que subiste, cariño, y estoy muy orgullosa de ti, de lo valiente que fuiste.
Venir a Seattle te hizo bien. Tocaste fondo, empezaste de nuevo y te reinventaste.
No sé si ese chico formó parte del cambio, pero esta mujer que eres ahora ya es tuya. Pase lo que pase.
—Él me trajo hasta aquí, Mia —sollocé—. Con Juraj nunca tuve que fingir. Me sacó de mi zona segura, hizo que se me cayera la máscara y que cada día descubriera algo nuevo de mí.
—Ay, Kels —me abrazó con fuerza—. No te adelantes a los acontecimientos. Todo pasa cuando tiene que pasar. Y si no pasa, es que esa persona no era para ti. Hay todo un mundo ahí fuera. Uno enorme, lleno de cosas bonitas. Y aunque algunas duelan, las buenas siempre compensan a las malas.
Me quedé apoyada en ella, dando un sorbo al té.
—Es muy tarde —indicó al poco rato—. ¿Por qué no descansas un poco? Mañana verás las cosas de otro modo.
—¿Puedo dormir contigo esta noche?
Se tensó.
—¿Conmigo? —bebió un sorbo torpe de la taza, derramando un poco—. Sí, claro…, pero en tu habitación.