Capítulo 31 #2
—Qué escena tan bonita. Casi me emociono —balbuceó Andrej, intentando enfocar la mirada—. Pero luego recuerdo lo que me acaba de contar Cole en la puerta y me dan arcadas.
Mi cuerpo se quedó rígido. Paralizado.
—Siempre el hijo perfecto, el hermano ejemplar —continuó—. Y resulta que eres un…
—¡Basta! —gritó Anica, aterrada, aferrándose a mí—. Andrej, para. Mírate. Mira cómo estás.
Andrej tiró de ella para apartarla de mí. Yo no reaccioné. No podía. Jamás había visto ese odio en sus ojos. Y lo peor era que lo entendía; sabía lo que había hecho y me detestaba por ello.
—¡Suéltala! —Matej se plantó delante—. Lárgate de aquí y déjanos en paz. Nunca te has preocupado por nadie que no fueras tú o mamá.
—Mira cómo te defienden —sonrió Andrej con crueldad—. Quizá si les cuento lo que haces a sus espaldas cambien de opinión. ¿Qué dices? Compartimos un secretito, como buenos hermanos.
Ahí reaccioné.
Me puse en pie de golpe.
No. No podía. No podía romperlos así.
—No los metas en esto —lo empujé hacia fuera—. Ellos son inocentes. No les jodas más la vida.
—No me toques —escupió, apartándose como si le diera asco—. Me repugnas.
Aquel gesto fue más cruel que cualquier insulto.
—Chicos, quedaos aquí —les dije, intentando mantener la voz firme—. Voy a ocuparme de él.
—No —Matej negó—. No vamos a dejarte solo. ¿Y si te hace daño?
Ver esa preocupación en su cara me traspasó.
—¿Por qué es así? —susurró Anica—. ¿Por qué ya no nos quiere?
—Andrej os quiere. Siempre lo ha hecho. Pero está enfermo y a veces no puede controlar ciertos impulsos.
—No lo justifiques —chilló Matej con rabia—. Enferma estaba mamá. Ella no eligió. Él sí eligió drogarse.
Cerré los ojos. Mierda.
—Más tarde hablaremos de esto. Pero sigue siendo nuestro hermano. No podemos darle la espalda.
Salí al pasillo. Andrej estaba apoyado contra la pared, medio dormido, con la baba cayéndole por la comisura. Lo sujeté para llevarlo al baño. Repetía «no me toques» entre balbuceos. No sabía qué dolía más, su rechazo o saber que no tenía herramientas para ayudarlo.
Lo metí bajo el agua fría. Empezó a patalear, a golpearme. Lo inmovilicé. Entonces lo vi cuando le quité la ropa.
Cardenales por todo el cuerpo. Viejos, nuevos. Caídas, peleas, quién sabía. Bajé la mirada y se me revolvió el estómago, ampollas, heridas y una infección evidente en su polla.
Tuve que apartarme y apoyarme en la pared. Él resbaló hasta quedar sentado en el suelo. Cerré el agua y terminé por desplomarme frente a él, vencido al verlo así.
—Cole me contó lo que llevas haciendo todo este tiempo —balbuceó con voz pastosa—. Y también que ayer te vendiste a una ricachona por dinero.
Cerré los ojos. Oírlo así era insoportable.
—¿No te da asco mirarte al espejo? —continuó—. Eres un puto gigoló. Cualquier día te encuentro chupándole la polla a un viejo.
—¡Cállate, joder! —me pasé la mano por el pelo, desesperado—. ¿Crees que esto me gusta? ¿De verdad lo crees? Me odio. Me doy asco. He perdido todo lo que soy. Estoy vacío.
—Entonces ¿por qué lo haces?
—Por nosotros —gruñí—. Para que no nos separen, ese fue el trato con Vera. Y para que tengamos comida, calefacción, una casa. Pero a ti eso te da igual. Si es para droga, robas a tus propios hermanos. Prefieres un buen viaje a que tengamos agua caliente.
Me dio una patada floja. Estaba destrozado.
—Vienes, me acusas, me insultas y ni una sola vez te preguntaste por qué —seguí—. Preferiste juzgarme. Tú.
—¿Quieres que te felicite por follarte viejas?
Negué con la cabeza, las lágrimas cayendo sin control.
—¿Sabes la diferencia entre tú y yo? —dije—. Yo hice cosas horribles para salvaros. Me jodí la vida por vosotros. Y no me arrepiento. Lo haría otra vez. Porque al menos espero que ellos tengan algo mejor.
Me levanté.
—¿Y tú qué excusa tienes? Te pasaste la vida pidiendo el amor de una madre ausente. Cuando murió y papá se fue, te encerraste en tu dolor y acabaste en las drogas. Siempre tú. Tu mierda. Tu sufrimiento. Mientras yo tenía que pensar en cómo sacar a esos niños adelante. En ti. En esta casa.
La voz me temblaba.
—¿Y yo? ¿Dónde quedé yo todos estos años, Andrej? En el olvido. Nunca pude permitirme sentir, caerme, pedir ayuda. Fui el colchón que amortiguaba los golpes de los adultos. Esperaba que al menos lucháramos juntos, pero solo te dedicaste a hacerlo todo más difícil.
Respiré hondo.
—Así que sí. Todo lo que has dicho es verdad. Me odio por ello. Pero no tienes derecho a reclamarme nada. Me dejaste solo. Nunca estuviste ahí. Y si te importan un poco… no dirás nada. Ellos ya no confían en casi nadie. Solo me tienen a mí.
Abrí la puerta.
Detrás de mí, Andrej rompió a llorar.
No me giré.
Bajé las escaleras de dos en dos. Vera estaba en el salón, fumando nerviosa. La agarré del brazo y la saqué fuera.
—¿Qué has hecho? —rugí—. ¿Por qué mi hermano sabe lo de ayer? ¿Se lo contaste a tu hijo?
—¡Para! —gritó—. No se lo dije. Estaba hablando con mi jefa. Él escuchó. Te advertí que Cole no se iría tranquilo sin el dinero.
—Pues ahora te advierto yo —lancé con odio—. Llegará el día en que tú y tu hijo paguéis por todo esto. Mi hermano me odia por vuestra culpa. Y eso no os lo voy a perdonar jamás.
Golpeé la pared. Pateé la puerta.
Subí corriendo a mi habitación y me tumbé, mojado, sobre la cama.
La puerta se abrió enseguida.
Matej y Anica entraron, se subieron conmigo y se tumbaron a mi lado, abrazándome.
Ellos eran lo único que tenía. Y en ese momento me lo juré: los protegería de todo. Les daría una buena vida. No se perderían como Andrej ni crecerían vacíos como yo. Ellos tendrían una oportunidad.
Había fallado con mi otro hermano, pero no fallaría con los mellizos. Nunca.