Capítulo 31
JURAJ
Seis años antes…
Revolví toda la cocina con manos temblorosas. Abrí armarios, cajones, moví platos, paquetes… hasta que volví a coger la caja de cereales y la giré una vez más. Vacía.
No podía ser.
Lo había escondido ahí. Me había parecido un buen sitio. A nadie le gustaban esos cereales; llevaban meses olvidados, casi caducados. Pensé que estarían a salvo. Me equivoqué.
La puerta de la entrada se cerró de golpe. Solo podían ser dos personas: Andrej, llegando de fiesta, o Vera. Los mellizos ya se habían ido al colegio.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —chilló a mi espalda.
Sí. Era ella. Esa voz aguda que me ponía de los nervios.
Me giré y di dos zancadas hasta plantarme delante.
—¿Dónde está el dinero?
—¿Qué dinero?
—El dinero de la venta de los cuadros y los muebles —escupí—. ¿Dónde cojones está? Lo guardé aquí. Era para el colegio, la comida y arreglar la caldera.
—Y yo qué sé —respondió encogiéndose de hombros—. Después de venderlo me lo quitaste de la mano. «Esto lo gestiono yo», dijiste. Igual no lo gestionaste tan bien si ahora no lo encuentras.
—No me jodas —lancé la caja al suelo—. Sé perfectamente dónde lo puse. Alguien se lo llevó.
—Claro —ironizó—. Y ese alguien soy yo, ¿no?
Pues te equivocas. ¿O es que no ves cómo me estoy partiendo la espalda para salir adelante?
Trabajo en la casa, trabajo en las oficinas a las cinco de la mañana…
¿De verdad crees que yo robaría ese dinero?
Abre los ojos. Aquí solo hay una persona capaz de hacerlo, tu querido hermano.
Y lo sabes. Cuando tiene mono, le da igual todo.
—¡Cállate! —grité, dándole la espalda.
Había pensado en Andrej. Claro que sí. No era la primera vez. Pero no quería que fuera él, porque eso significaba que le importábamos una mierda.
—Cuando yo salí a trabajar, él entraba en casa —insistió—. Pregúntale.
—No está en su habitación.
—Ahí lo tienes. Encontró el dinero y se fue a por su dosis.
Una presión insoportable se me instaló en el pecho.
Todo se estaba yendo a la mierda. Andrej nos ponía en peligro constante, faltaba a clase, vendía droga en el instituto.
Evitábamos entrevistas con servicios sociales porque tenía los ojos inyectados en sangre y la cabeza perdida.
El dinero de mi padre se había acabado. Lo que yo ganaba en el parque infantil y lo de Vera no llegaba ni de lejos.
La casa era demasiado grande y ya no podíamos vender más muebles sin levantar sospechas.
—Juraj, cielo —me tocó la espalda.
Me aparté de un manotazo.
—No me toques.
—¿Puedes calmarte? No la pagues conmigo. Solo intento ayudar.
—Sí, claro. Como todos estos años —mascullé—. Me voy a cambiar. Tengo clase. Ya veré cómo arreglo esto luego.
—Espera —me agarró del antebrazo. La miré y me soltó—. Necesito contarte algo. Es importante.
—Habla. Tengo prisa.
—Mi hijo ha vuelto. Cole está aquí.
—Felicidades. Disfruta de su compañía.
—Escúchame. Si ha venido es por algo.
—Sorpréndeme. ¿Qué quiere ahora tu hijo?
—Más dinero. Acabó el de la venta de la casa y me ha pedido más.
—Ese es tu problema, no el mío.
—Bravo —rio sin humor—. ¿Crees que puedes librarte? Pues no. Te recuerdo que sabe lo de nuestro acuerdo. Y como darle todo el dinero no sirvió, me ha amenazado con ir a servicios sociales.
Di un paso hacia ella.
—Primero: tú y yo nunca hemos tenido un acuerdo. Me obligaste, chantajeándome con mis hermanos. Segundo: tu hijo no va a hacer nada. Jamás te traicionaría. Eso sería tu final. Así que deja de meterme miedo.
—No conoces a Cole. Está lleno de rabia. Siempre te ha odiado. Y ahora más.
—No voy a preocuparme por él. Tengo problemas reales.
—De eso quería hablarte.
—No quiero oírte.
—¡Juraj! No tienes opciones. Piensa en los mellizos.
Solo por ellos. Solo por ellos aguantaba todo.
—La señora para la que trabajo es muy rica —continuó—. Su marido es diplomático, casi nunca está. Ella se aburre y se entretiene con hombres jóvenes.
El mundo se me vino encima.
Di un paso atrás y me apoyé en la mesa. Mi cabeza tardó segundos eternos en entender lo que me estaba pidiendo. Porque, si no me equivocaba, quería que yo…
—Te juro que esto me duele más que a ti —declaró con lágrimas en los ojos.
Quise arrancárselas. ¿Cómo se atrevía a llorar?
—Es solo una vez —siguió—. Pagará muy bien. Cole se irá y todo habrá terminado.
—Nunca se va a terminar. Voy a vivir siempre con esto. Me has vaciado por dentro. Me has podrido. Y ahora quieres venderme. No tienes límites. Eres un monstruo.
—Cuando lo pienses en frío lo entenderás —dijo dejando una tarjeta sobre la mesa—. Es nuestra única salida. Y no le digas tu edad. Le gustan jóvenes, pero no tanto.
—No lo voy a hacer —arrugué la tarjeta y se la lancé.
—Está bien. Como quieras —se encogió de hombros—. Entonces no me dejas otra opción que hablar con Andrej. Seguro que él acepta, aunque dudo que veamos ese dinero. Lo más probable es que se lo funda en fiestas.
—¡Cállate, joder! —me revolví, el pulso desbocado. La agarré del brazo y la empujé fuera de la cocina—. Tú y yo teníamos un acuerdo. Uno solo. No te acercabas a ninguno de mis hermanos. Ese era el puto trato.
—Y no lo he hecho. Pero tú no me dejas alternativa.
—¡Lárgate! —grité señalando la puerta—. ¡Déjame solo!
Se fue.
Me llevé la mano al pecho. El corazón me golpeaba con tanta fuerza que pensé que iba a estallar. Me dejé caer al suelo y lloré sin hacer ruido, con el aire escapándoseme de los pulmones.
Mis ojos se desviaron hacia el cuchillo de la encimera.
Lo agarré con fuerza.
Ojalá hubiera sido más valiente.
Pero nunca lo fui.
Siempre, en el último segundo, aparecían ellos. Mis hermanos.
Y por ellos… seguía respirando.
***
Ya era casi medianoche cuando abrí la puerta de casa.
Desde las nueve llevaba horas deambulando por la ciudad, sin rumbo.
Mis pies avanzaban y yo me limitaba a seguirlos.
No sentía el frío. La cabeza se me había quedado en blanco y lo único que hacía era apretar con fuerza el sobre de dinero dentro del bolsillo de la chaqueta.
Mi padre tenía razón. Todos tenemos un precio. El mío era ese. Eso era lo que yo valía.
No sé en qué momento mis pasos decidieron regresar, pero de pronto estaba allí, frente a la casa.
Ese lugar que llevaba horas evitando. Tenía que mirarlos a la cara y me aterraba que se dieran cuenta de que el hermano al que admiraban ya no existía.
Que había desaparecido poco a poco para convertirse en nada.
Eso era yo ahora. Nada.
Al abrir la puerta, el sonido del televisor se apagó de golpe. Vera apareció enseguida a mi lado.
—Cielo, estás empapado —intentó tocarme, pero di un paso atrás—. ¿Cómo estás? ¿Cómo fue todo?
¿Que cómo estaba? Asqueado de mí mismo. Aunque ese sentimiento, por desgracia, ya no me era extraño.
—Juraj —insistió—. ¿Puedes decirme algo? ¿Te pagó?
Y entonces sonreí. Le dediqué una sonrisa leve, torcida, cargada de ironía.
—Sí, me pagó —dije—. Quedó muy complacida con mis servicios. Tanto que me pidió que volviera la próxima semana.
Palideció.
—No habrás aceptado. Esto iba a ser solo una vez. No puedes convertirte en el juguete de esa mujer.
—¿Y por qué no? —respondí con frialdad—. He pensado que quizá pueda pedirle que me haga un contrato, inflarlo como el tuyo. Así, cuando cumpla los dieciocho, te doy una patada en el culo.
—No digas estupideces —protestó alterada—. No puedes prostituirte.
—¿Y cómo llamas a esto que hago?
—¡No sigas! —su voz temblaba. Por primera vez vi verdadero miedo en su cara.
Y me reí. Me reí fuerte, sin ganas, sin alegría.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó, incrédula.
—Eres patética —escupí—. Un trozo de mierda.
—No me hables así, Juraj. Dime, ¿tienes el dinero? Cole ha estado aquí. Mañana vuela al mediodía. Si no lo tiene, dijo que nos atuviéramos a las consecuencias.
—Sí, tengo la pasta. Pero no he hecho toda esta mierda para que tu hijo viva cómodamente en Estados Unidos. Esto es para mis hermanos.
—No lo hagas —suplicó—. Conozco a Cole.
Pasé de largo. Cuando ya estaba subiendo las escaleras, me giré.
—Ah, por cierto, deberías buscar otro trabajo. Estás despedida. A tu jefa no le gustó saber mi edad real. Aunque me dio un extra. Supongo que para acallar su sucia conciencia.
Subí a mi habitación. Cogí ropa limpia, coloqué la usada en el cesto y me metí en la ducha. No había agua caliente. Aun así, me senté en el suelo y dejé que el agua fría cayera sobre mí hasta que el cuerpo empezó a temblarme sin control.
Sabía que esa sensación de suciedad no se iría jamás. Por mucho que me lavara. Siempre estaría marcado.
Me vestí, cogí el sobre y decidí no dejarlo en casa. No era un lugar seguro. Lo guardaría en una consigna.
Esa noche entré en la habitación de Matej, donde también dormía Anica. Deposité el sobre y mi teléfono encima de la mesa y me tumbé en el colchón del suelo junto a ella. Se sobresaltó.
—Juraj, estás helado. ¿Estás bien?
—Ahora sí —susurré—. Solo abrázame.
Lo hizo sin dudar. No le importó el frío ni nada. Me rodeó con los brazos y me dio un beso en la mejilla. Ese momento con ellos fue lo mejor del día. Hacía tiempo que no me sentía tan poco solo.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí.
—Te quiero mucho.
Y ahí me rompí. Apoyé el mentón en su pelo rubio, la apreté contra mí y lloré en silencio.
A la mañana siguiente me despertó un peso encima. Matej estaba atravesado sobre Anica y sobre mí. Lo empujé. Él me devolvió el empujón. Empezamos una guerra de almohadas en la que, claramente, él iba perdiendo, hasta que Anica se puso de su lado y pasaron a ser dos contra uno.
Durante unos minutos todo fue perfecto. Volvimos a ser niños. Esa época en la que no sabíamos que las cosas siempre podían ir a peor.
Reí. Y lo mejor, me olvidé de todo.
Hasta que la puerta se abrió y entró Andrej, todavía puesto.