Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

—Tranquilo. Conmigo estás a salvo —susurré—. Vamos a respirar juntos, ¿vale? Inhala conmigo: uno, dos, tres, cuatro. Aguanta. Y ahora suelta despacio.

No respondía, pero no me apartó. Repetimos la respiración una y otra vez. Poco a poco, su cuerpo empezó a ceder. Los hombros dejaron de estar tan rígidos, sus manos se aflojaron, la respiración se volvió menos errática. Hasta que, por fin, volvió a respirar con normalidad.

—¿Estás mejor? —murmuré.

Asintió.

—Voy a prepararte algo caliente.

—No —me sujetó con fuerza—. No te muevas. Quédate. Tú… tú me calmas. Me haces bien.

Se me rompió algo por dentro al oírlo. Era increíble cómo podía pasar de intimidar como un oso a parecer tan frágil, como si fuera de cristal.

Tardó en dormirse. Cuando sentí que por fin estaba completamente relajado, yo también me rendí al cansancio.

Hasta que se removió inquieto.

Empezó a agitarse de nuevo, a murmurar cosas incomprensibles. Me acerqué y le susurré palabras suaves, tranquilizadoras. Dejé besos ligeros en su mejilla, en su cuello. Me acomodé a horcajadas sobre él, con la cabeza apoyada en su pecho, acariciándolo con cuidado, solo para calmarlo.

Entonces habló.

—Eres una maldita zorra —murmuró—. Vas a chupármela hasta que ya no pueda resistirme. Y luego me vas a follar convencida de que es lo que quiero.

Me quedé helada. No entendía qué estaba pasando. Yo solo estaba intentando ayudarlo y, aun así, todo se volvió extraño, fuera de lugar, como si él estuviera interpretando otra cosa. Nada encajaba hasta que me fijé mejor y comprendí que no estaba despierto del todo.

—Hazlo de una puta vez —continuó, con voz rota—. No soporto que me toques.

Me llevé la mano a la boca. Sudaba, se revolvía, atrapado en algo que yo no podía ver.

—Tranquilo. Todo está bien, cielo —susurré, acercando mis labios a los suyos—. Estoy aquí.

—¡Que no me llames así! —gritó de repente.

Su mano se enredó en mi pelo y tiró con fuerza, apartándome. Grité, más por el susto que por el dolor.

—Juraj —dije temblando—. Soy yo. Kelsey. Abre los ojos, mírame, por favor.

Los abrió.

Y cuando me vio, me soltó de golpe, arrastrándose hacia atrás hasta chocar con el cabecero. Miró su mano como si no fuera suya. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo siento. Lo siento mucho —balbuceó—. Yo… no sabía que eras tú. ¿Qué he hecho?

—Juraj, mírame —intenté acercarme.

—No —negó una y otra vez—. Vete. Aléjate de mí. ¡Vete!

Salté de la cama, completamente desbordada. Salí de allí sin pensar, con el corazón encogido. Cuando llegué a mi habitación cerré la puerta tras de mí y me dejé caer contra ella, llorando, sin entender cómo algo tan bonito podía romperse de una forma tan brutal.

Todavía con las lágrimas picándome en los ojos, empecé a caminar por la habitación sin rumbo. Entré en el vestidor, me puse cualquier cosa encima, volví al dormitorio y abrí una botella de agua que dejé sobre la mesita. Me senté en la cama, intentando ordenar lo que acababa de pasar.

Sus palabras.

El dolor en su rostro.

La forma en que me había agarrado del pelo, con esa rabia ciega que no parecía dirigida a mí, sino a algo mucho más profundo.

Era una pesadilla. Tenía que serlo.

Sí. Solo eso.

Pero al ponerme en pie, un escalofrío me recorrió entera.

Porque, por más que intentara explicarlo, algo dentro de mí gritaba que allí había mucho más.

Algo oscuro. Algo mal cosido. La manera en que su mente se desconectaba, cómo se obligaba a mantenerse fuerte solo para romperse después entre mis brazos…

No. Juraj no estaba bien.

Y entonces el aire empezó a faltarme a mí también.

Demasiadas preguntas sin respuesta. Escenas sueltas. Momentos a su lado que ahora intentaban encajar en un rompecabezas incompleto. Abrí la puerta de la terraza y permití que el aire helado me golpeara la cara. Me apoyé en la barandilla, intentando respirar.

Cuando me giré, lo vi.

Estaba sentado en el suelo, al fondo, con las rodillas recogidas contra el pecho y la cabeza hundida entre ellas.

Solo llevaba una camiseta de manga corta, a esas horas, con ese frío.

Corrí hacia él. No me había visto; toda su atención parecía atrapada en su propia cabeza o en un ataque que no sabía cómo frenar.

Me agaché a su lado y le toqué el brazo con cuidado. Estaba helado.

—Juraj. Vamos dentro. Aquí hace demasiado frío.

No levantó la cara.

—Estoy bien. Déjame solo, por favor.

Me puse en pie y volví al dormitorio. Miré alrededor buscando algo, cualquier cosa, pero nada era suficiente.

Así que tiré del cobertor de la cama, deshaciéndola por completo, y regresé a la terraza.

Lo cubrí con cuidado, enganchando un extremo a su espalda, y me senté a su lado, metiéndome también debajo.

Entonces levantó la mirada.

Tenía los ojos enrojecidos, brillantes.

—¿Qué estás haciendo?

—Evitar que nos pongamos enfermos.

—No. Me refiero a ti. ¿Qué haces aquí?

Estiré el brazo, lo apoyé sobre su rodilla y entrelacé mis dedos con los suyos.

—No te voy a dejar solo, Juraj. Yo no voy a hacerlo.

Y ahí se rompió.

Apoyó la cabeza contra la pared y las lágrimas empezaron a caerle sin control.

—Joder —se secó el rostro con el dorso de la mano—.

Me estás matando. Deberías salir corriendo por esa puerta y odiarme por lo que te he hecho, no estar aquí sentada conmigo.

Eres demasiado buena —tragó saliva—. Nunca había conocido a alguien como tú.

Tan… especial. Jodidamente especial. Y yo no tengo nada que ofrecerte.

Nada. Estoy vacío. Hace mucho que lo estoy.

—Eso no es verdad —negué con la voz rota—. Eres mucho más de lo que dejas ver. Yo te veo, Juraj. Y no estás vacío. Dentro de ti hay amor. Mucho. Y alguien por quien merece la pena luchar.

—¡No! —soltó mi mano de golpe—. No tienes ni puta idea de quién soy ni de las cosas horribles que he hecho. Si lo supieras, te daría asco tocarme.

—No lo creo. Alguien que cuida así de sus hermanos no puede ser malo. Alguien que siempre está para sus amigos no es horrible. Y alguien que me mira como tú me miras jamás me daría asco.

—No quería llegar a esto. Pero necesito abrirte los ojos. Aunque después me mires distinto. Aunque me duela. Ya hubo personas en tu vida que te hicieron daño y yo no pretendo ser otra más. Porque sé que podría destrozarte. Mucho más de lo que imaginas.