Capítulo 30 #2
Me demoré a propósito, lentamente, disfrutando de cómo apretaba los dientes ante mi tardanza.
En cuanto lo hice, me liberó el cuello, me arrastró hasta el borde del mueble y se colocó entre mis piernas, acariciando mis bragas húmedas con su erección.
Fue brusco, casi desquiciado, y para mi propia sorpresa estuve a punto de perder la cabeza.
Retiró la ropa interior y me embistió de golpe; le rodeé el cuello con los brazos para mantenerme erguida y él volvió a penetrarme, llenando mi cuerpo de pequeñas sacudidas eléctricas.
—¡Oh, Dios! —eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Dejé que el vaivén de sus caderas me meciera como quisiera, porque, en definitiva, ni mi cuerpo ni mi mente me pertenecían ya.
—Kels —sujetó mi mentón para obligarme a levantar la cabeza—. Quiero que me mires. No apartes la vista de mí; necesito que sigamos conectados.
Su tono sonó casi a súplica.
—Juraj, di mi nombre así otra vez. Me gusta cuando lo haces, te siento más cerca —tiré de él y apresé su boca, mordiendo, succionando y besando sus labios.
—Kels. Joder, Kels, estate quieta —murmuró entre gruñidos salvajes—. Me está costando mucho aguantarme. Hace demasiado tiempo que no estoy con nadie. Esto va a tener que ser rápido.
—¡Más fuerte! —grité.
Sus jadeos agónicos resonaron en mis oídos mientras follábamos sobre la cómoda en la penumbra.
—Me vas a matar, princesita. Eres como una maldita luz y yo soy una puta polilla.
—Mi polilla —repetí, casi sin pensarlo.
—Joder, sí. Solo tuya. —Aumentó el ritmo de sus embestidas hasta que casi levité entre sus brazos, sin apenas tocar la repisa de madera.
Me penetraba con tanta fuerza que solté un grito, le clavé las uñas en la espalda y le estreché la cintura con las piernas mientras me perdía en una oleada de placer.
No tardó en alcanzar el orgasmo, embistiéndome con tanta fuerza que los huesos de sus caderas me maltrataban las piernas. Se estremeció en mi interior y soltó un bramido que no pudo silenciar.
Su frente seguía pegada a la mía. Mis piernas se aflojaron al fin y lo liberaron.
Nos quedamos así, jadeantes, con el corazón todavía desbocado y las respiraciones intentando encontrarse a medio camino.
Juraj me sostuvo el rostro con ambas manos, como si temiera que pudiera escaparme, y entonces me besó.
Fue un beso suave. Muy suave.
Nada que ver con el hombre que, segundos antes, me follaba con una intensidad casi salvaje. Ese había desaparecido. El que me besaba ahora estaba desnudo de otra forma, desarmado.
Parpadeé, desconcertada.
Se incorporó sin decir nada y me llevó hasta la cama. Me dejó recostada con cuidado, como si yo fuera algo frágil. Se quitó el preservativo y la ropa mojada, y se tumbó a mi lado. Antes de que pudiera reaccionar, tiró de mí hasta pegarme a su pecho y nos cubrió a los dos.
Allí, entre sus brazos, lo miré de reojo.
¿Cuántas capas tenía ese hombre? Cada vez que creía entenderlo, rascaba un poco más y aparecía algo distinto.
Algo nuevo. Y no voy a negar que esa mezcla —lujuria primero, ternura después— me tenía completamente fascinada.
Porque ya no era solo sexo. Era esto. Dos cuerpos compartiendo una cama. Un abrazo que no necesitaba nada más.
—Oh, Dios mío —murmuré al darme cuenta.
Porque aquello lo cambiaba todo.
¿O no?
¿Para él significaría algo?
Los pensamientos me asaltaron sin permiso y tuve miedo. Porque, si de algo estaba segura, era de que me había enamorado.
Y no del Thor del hielo.
Sino de Juraj. Del hombre con el que conecté desde un lugar distinto, o desde todos a la vez. El que me provocaba lo suficiente como para descubrir partes de mí que ni sabía que existían.
—Kels —susurró.
Alzó mi barbilla con cuidado para que lo mirara.
—¿Estás bien? ¿Ha sido demasiado para ti? Si en algún momento no te sientes cómoda con algo, dímelo. ¿Sí? Me paras.
Lo dijo con una naturalidad que me descolocó. Como si hubiera un después y no fuera algo puntual.
Mi corazón dio un pequeño salto y luego tropezó con el resto de la frase.
«Si no te sientes cómoda…»
¿Incómoda?
¿Con él?
—Oh, por favor —pensé, cerrando los ojos un segundo—, que no tenga gustos raros.
Imágenes absurdas desfilaron por mi cabeza, una peor que la otra, y ninguna encajaba conmigo. Ni un poco.
Abrí los ojos de nuevo y lo miré.
Juraj seguía ahí. Esperando. Sin presión. Sin prisa.
—¿Kels? —murmuró—. ¿Me estás prestando atención?
—Sí, sí. Estoy bien, pero…
—¿Pero? —frunció el ceño—. ¿No te gustó? Porque a mí me dio la impresión de que lo estabas pasando bastante bien.
—Calla, engreído —le di un manotazo en el pecho—. No es eso.
—Entonces dime qué es —dijo más serio—. Si no hablas conmigo, esto no va a funcionar.
«Esto. Funcionar».
Las palabras se me quedaron dando vueltas en la cabeza.
—Es que… esto es nuevo para mí.
—¿El sexo?
—Idiota, sabes que no —suspiré—. Me refiero a cómo me hablas. A cómo me tocas. A que todo sea tan… intenso.
—Princesita —se pasó una mano por el pelo—, deja de dar rodeos porque me estás empezando a asustar.
—Vale —tomé aire—. Sí, me ha gustado. Mucho. Pero yo estoy acostumbrada a algo más normal. Más sencillo. Menos calenturiento.
—O sea —arqueó una ceja—, aburrido.
—No —me incorporé apoyándome en un codo, mirándolo fijamente—. Entonces, para ti solo es divertido si es así: frío, impulsivo, medio salvaje.
—Guau —bufó—. Esa imagen que tienes de mí es preciosa. Y aun así, para parecerte tan terrible, temblabas bastante con mi polla dentro.
—Jesús —puse los ojos en blanco, exhalando despacio—. De verdad, a veces eres desesperante.
Él no sonrió. No esta vez.
—Kels —pronunció con calma, mirándome de frente—. Si lo que quieres saber es si esto —hizo un gesto vago entre nosotros— es lo que soy y lo que hago, la respuesta es sí.
Se pasó la mano por la nuca, incómodo.
—No esperes más de lo que te he dado esta noche. No sería justo prometerte algo que no sé dar.
La punzada fue inmediata. Y debió notarla, porque su expresión cambió.
Se acercó, me apartó el pelo húmedo de la cara y dejó el pulgar quieto en mi mejilla, como si no supiera si tenía derecho a seguir.
—Kels —habló más bajo—. Contigo he hecho cosas que no hago con nadie.
Aquello no me tranquilizó. Todo lo contrario.
Me dejé caer boca arriba, mirando el techo. Sentí cómo se acercaba y apoyaba el peso en un brazo junto a mi cabeza, sus dedos enredándose en mi pelo.
—Ojalá pudiera ofrecerte algo más —besó mi frente—. De verdad. Pero no puedo.
Lo miré despacio y llevé mi mano a su mentón, rozándole los labios.
—Creo que puedo con esto —aseguré—. Con lo de hoy. Mientras sea así, está bien. Pero me da miedo que tú quieras algo más. Algo que yo no sepa darte.
—¿Y qué es exactamente lo que crees que no puedes darme?
—No lo sé —me encogí—. Cosas más extremas. Juegos raros. Fetiches que estén en otro nivel. ¿Me entiendes?
Por un segundo me observó en silencio. A continuación, se tumbó boca arriba y se echó a reír.
—No te rías —me incorporé, molesta—. No tiene gracia.
—Vale, vale —se pasó una mano por la cara—. Princesa, ¿de verdad piensas que soy una especie de sádico perturbado?
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo pensaste —sonrió—. Y no. No me van esas movidas. Eso sí, necesito llevar el control. ¿Eso es un problema para ti?
—No lo sé —reconocí—. Supongo que no. Tendremos que ir viéndolo.
—Exacto. Paso a paso.
—Creo que es hora de irme —intenté levantarme.
Me sujetó de la cintura y me devolvió contra su cuerpo sin esfuerzo.
—¿Por qué te vas? ¿Estás molesta?
—No. Pero tú no duermes con quien te acuestas —resoplé—. Pensé que era lo que tocaba. Dios, qué lío. ¿Es que no puedes ser normal como el resto del mundo? Creo que necesito una enciclopedia para entenderte.
Sonrió de lado.
—Primero: no necesitas ningún manual. Segundo: es verdad, no duermo con nadie. Tampoco suelo tener sexo en casa, ni abrazar, ni besar así. Tenía normas muy claras… hasta que llegó una princesita de Manhattan y me puso la vida patas arriba.
—Eso no suena tan mal —sonreí.
—No lo es —admitió—. Me encanta verla revolotear por mi casa.
Se inclinó y me besó despacio. Sus manos rodearon mi abdomen, sus dedos jugaron con el elástico de mis bragas hasta retirármelas, y su pene rozó mi muslo con una intención que me erizó la piel.
Todo era perfecto.
Su boca sobre la mía, despacio, como si no tuviera prisa por llegar a ninguna parte. Sus caricias eran suaves, casi reverentes, y su beso tan delicado que me desarmaba. Su lengua se enredaba con la mía en un baile lento, íntimo. Mi mano se perdió en su pelo, pidiéndole un poco más.
Entonces su teléfono sonó.
Lo ignoró.
Volvió a sonar.
Se separó de mí con un gruñido molesto. Miró la pantalla: un número desconocido. Cortó. El teléfono vibró de nuevo, insistente. Esta vez lo cogió con más brusquedad. Al abrir el mensaje frunció el ceño; estaba escrito en un idioma que no entendía, probablemente eslovaco.
Apretó el móvil con tanta fuerza que pensé que lo rompería. Lo apagó y lo lanzó sobre la mesa con un golpe seco que me hizo dar un respingo. Después se tumbó boca arriba, rígido, la mirada clavada en el techo.
El Juraj de hacía un momento ya no estaba allí.
—¿Va todo bien? —indagué con cuidado.
—Sí. Número equivocado.
Mentía. No tenía el contacto guardado, pero sabía perfectamente quién era. No insistí. Aun así, dolía que no confiara en mí.
—Vamos a dormir —indicó, dándome la espalda.
Me quedé inmóvil, boca arriba, con el corazón acelerado, sin entender qué acababa de pasar ni qué se suponía que debía hacer ahora.
No tardó en empezar a respirar mal.
Me volví hacia él y lo toqué, todo su cuerpo estaba tenso, los puños apretados, los brazos rígidos. Le estaba dando otro ataque.
—Eh, eh —me acerqué más—. Estoy aquí.
Lo giré con cuidado y lo atraje hacia mí. Apoyé su cabeza en mi pecho y empecé a acariciarle el pelo, despacio, constante.