Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 30
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Capítulo 30

KELSEY

—Espera aquí —dijo Juraj antes de salir del coche.

Ni siquiera me dio tiempo a responder. Rodeó el vehículo y, cuando abrió mi puerta, ya tenía esa expresión tan suya que significaba no pienso discutir. Colocó una mano bajo mis piernas y la otra en mi espalda y me levantó sin esfuerzo.

—¿Pero qué haces? —me reí—. Puedo caminar, ¿sabes?

—Lo sé. Pero no pienso dejar que atravieses la casa con esos tacones. Mi hermana y sus amigas están durmiendo en el salón.

—Vaya… —le pellizqué la barbilla—. Qué considerado eres. El hermano mayor ejemplar.

—No abuses —murmuró, aunque la comisura de su boca se curvó un poco.

Apoyé la cabeza en su cuello, más por darme el gusto que por necesidad. Olía a lluvia y a él. Mala combinación para mantener la cabeza fría.

Entró despacio, como si llevara una bomba en brazos en vez de a mí. Subió las escaleras evitando cada obstáculo y, justo al llegar arriba, unas risas seguidas de gemidos poco sutiles se colaron por el pasillo.

Levanté la cabeza al instante.

—No —susurré—. Dime que no es lo que creo.

—No me jodas —gruñó—. Mi hermano pequeño montándoselo con el novio. Genial. Justo lo que necesitaba oír hoy.

Tuve que taparme la boca para no soltar una carcajada. Pero entonces noté que seguíamos avanzando y pasábamos de largo mi habitación.

—Eh —me tensé un poco—. ¿A dónde vas?

Juraj empujó la puerta de su cuarto y la cerró tras nosotros.

—A la ducha.

—¿Perdona?

—Estamos empapados. Y hace frío.

—Juraj —lo miré—. ¿Estás diciendo…?

—Sí —respondió, como si fuera lo más normal del mundo—. Los dos.

—¿Y se puede saber por qué?

—Porque así gastamos menos agua —dijo, serio. Demasiado serio.

—Claro. El ecologista del año.

No respondió. Entró en el baño, abrió el grifo y, sin darme opción, nos metió bajo el agua caliente. El contraste me arrancó un gemido que no pude controlar.

—Joder —murmuré—. Vale. Esto sí que no lo voy a discutir.

Me dejó en el suelo, aunque no se apartó. Cerré los ojos un minuto, disfrutando del calor, del sonido del agua, de su cercanía.

Cuando los abrí, Juraj ya se había quitado la parte de arriba.

Era alto, muy alto, imponente. Su presencia me hacía sentir pequeña, casi diminuta. ¿Siempre había sido así o era cosa mía?

Tenía la cabeza inclinada hacia mí cuando sus manos rodearon mi cintura, atrayéndome hasta pegarme por completo a su cuerpo. Sus dedos ascendieron despacio, recorriendo la redondez de mi pecho con los pulgares, marcando cada pezón.

Incliné la cabeza hacia atrás. Con la mano derecha sujetó la cremallera de la sudadera y la bajó hasta el final. La prenda se abrió y apartó la tela con cuidado, dejando mi torso al descubierto.

—Eres preciosa.

Sus dedos siguieron la curva de mi cadera, apretando mi carne, y un pequeño gemido se me escapó sin poder evitarlo. Se demoró allí unos segundos más antes de empujarme con las caderas, haciéndome sentir su creciente erección mientras me rozaba con suavidad y deslizaba la prenda por mis brazos.

El cuerpo me ardía y la mente se me apagaba. Llevaba demasiado tiempo fantaseando con ese momento, con revivir lo de Aspen, con aquellos besos urgentes de un año atrás.

Mis manos fueron a su torso. Recorrí su pecho, intentando abarcarlo —imposible—. La musculatura era firme bajo mis dedos. Descendí por sus abdominales, siguiendo cada línea, hasta llegar a la V que asomaba por encima de sus pantalones.

Él soltó un gruñido, me rodeó la cintura con fuerza y me aprisionó contra la pared. Se me escapó un jadeo al separar los labios y no perdió la oportunidad de besarme.

Juraj me estaba besando, y no era un roce casual, sino un beso en toda regla: intenso, voraz, capaz de dejarme sin fuerza en las piernas.

Murmuró algo ininteligible antes de deslizar la lengua en mi boca, no de forma exigente, sino con una exploración lenta y cálida. Nuestras lenguas se encontraron y el sonido grave que escapó de sus labios me excitó todavía más, debilitándome por completo.

Era mucho más grande que yo, y estar atrapada entre su cuerpo y la pared, con el agua cayendo sobre nosotros, me hizo sentir como si fuera a devorarme. Y me encantaba. Cada pocos segundos apretaba mi cintura, justo donde tenía las manos ancladas, marcando el ritmo de un deseo que crecía sin freno.

Me relajé contra él y exploré su espalda tersa, deslizando los dedos hacia arriba hasta su cuello, dándole un acceso aún mayor a mi cuerpo, que ya se pegaba al suyo con impaciencia.

Bajó las manos y las posó sobre mi trasero, apretándome con decisión.

Un incendio se prendió en mi interior y el corazón se me aceleró cuando descendió un poco más, tirando de mis bragas.

Soltó un gruñido ahogado y sentí su miembro contra mí, duro, palpitante, como una promesa imposible de ignorar. Me moría por tocarlo.

Entonces, casi sin aliento, rompió el beso.

Una de sus manos seguía aferrada a mis nalgas, mientras la otra se deslizaba peligrosamente, acercando los dedos a un lugar mucho más sensible.

Sus dedos alcanzaron la tela húmeda de mis bragas y tantearon mis pliegues con una caricia lenta, provocadora.

Jugaron, se demoraron, como si supieran exactamente lo que hacían, observando cómo mis piernas se tensaban y se separaban, reclamando más.

Entonces atrapó mi labio inferior mientras apartaba la prenda hacia un lado y me rozaba el centro, arrancándome un suspiro.

Abrí los ojos y me encontré con los suyos, fijos en mí, con las pupilas dilatadas.

—Esto no está bien. Vamos a complicar todo más de lo que ya está —declaró con la voz ronca.

Sentí una punzada de decepción. Tal vez tuviera razón, pero en ese momento me importaba muy poco lo que viniera después.

—Sí, deberíamos parar. ¿Tú quieres hacerlo?

Me ardían las mejillas, el cuello. Me ardía el pecho, el vientre y los brazos, como si estuviera atrapada en un incendio descontrolado de deseo e indecisión.

—No. Llevo demasiado tiempo deseando lo contrario. Te quiero a ti. Entera. Toda la noche. En mi cama.

Sentí sus dedos en mi entrada, inquietos, y un deseo casi desesperado de cruzar ese límite se apoderó de mí. La necesidad de sentirlo de nuevo era tan grande que me asustó.

—Estás empapada, Kels —susurró, y yo casi me derrito al escuchar por primera vez cómo me llamaba así—. ¿Sientes lo cerca que estoy de estar dentro de ti? ¿Quieres correrte en mis dedos, princesa, o por lo contrario prefieres que sea mi polla la que esté en tu interior?

Solté un gemido; mi cabeza no funcionaba lo bastante bien como para responderle. Era mi cuerpo el que me delataba ante esas palabras que me excitaban aún más. ¿Desde cuándo me gustaba ese rollo?

Bueno, estaba claro que hasta ese momento nadie había hecho lo que hacía Juraj y, solo con ver lo excitada que estaba, saltaba a la vista que, definitivamente, sus provocaciones me ponían demasiado.

No iba a analizar nada. Lo único en lo que podía pensar era en que ese hombre —que no era mi novio ni nada parecido— me estaba tocando, y que eso era, precisamente, lo que más deseaba.

—Juraj, sácame de esta ducha y llévame a la cama. Ya.

Retiró las manos de mis bragas y dio un paso atrás. De repente me levantó y me cargó sobre su hombro.

—¡¿Qué haces?! —exclamé mientras atravesaba el baño conmigo a cuestas.

Madre mía. Nunca nadie me había levantado así, y era raro de narices.

No sabía muy bien cómo sentirme: por un momento me cabreaba estar boca abajo; por otro, me entraba la risa por lo absurdo de la situación; y, por último —y siendo sincera, el argumento más convincente— tenía una vista panorámica de su tremendo trasero.

Así que, en definitiva, no estaba tan mal. Aproveché la ocasión para tantear el terreno, es decir, sus glúteos por encima de los pantalones. Sentí cómo se tensaba y no pude evitar esbozar una sonrisa, hasta que me dio un azote en el trasero.

Oh, por Dios. Solo esperaba que se tratara de una broma y no que le fuera algún tipo de rollo fetichista. Todo bien con la libertad sexual, pero eso de castigar o que me castigaran no entraba dentro de mi precario catálogo de diversión.

De golpe me bajó y me dejó sentada sobre una cómoda. Abrió el cajón que había junto a mi pierna y cogió una caja de preservativos. Creo que mis ojos casi se salieron de las cuencas al ver todo el arsenal que había allí.

—Vaya, si el mundo se va a la mierda, tú no te quedas desprovisto de gomitas.

Se le escapó una sonrisa. Sacó una de la caja y la dejó junto a mi muslo.

—Digamos que me gusta tener reservas. Nunca se sabe cuándo puedes necesitar —me agarró del cuello y me atrajo hacia él para besarme con fuerza.

—Ahora sácame la polla y con tus preciosas manos colócame un condón, como la última vez, princesita.

Tenía los ojos como platos y la expresión seria. Jamás lo había visto tan abrumado por la lujuria. Volvió a cogerme del cuello y me acercó a su rostro.

—¿Quieres tocarla? —curioseó.

Asentí. Sus dedos se tensaron alrededor de mi cuello.

—¿La quieres toda para ti?

El corazón se me aceleró y asentí de nuevo. Juraj me mordió el labio inferior con tanta fuerza que me dolió, y yo gemí contra su boca.

—Pues sé buena y sácamela, Kels.

Una súbita excitación se apoderó de mis entrañas, y ya no estaba solo preparada, sino también necesitada.

Tiré del elástico de sus pantalones deportivos con rapidez, frenética, y tanteé entre sus calzoncillos para aferrarme a su pene como si fuera mi bien más preciado.

Llevó el envoltorio a su boca y lo rasgó, entregándome el preservativo con urgencia.

Con una mano lo sujeté; la otra seguía aferrada a su miembro, como si me negara a soltarlo.