Capítulo 29 #3
—Yo no voy a traicionarte. Ni a ti ni a tus hermanos.
—¿Me lo juras? —pregunté, sintiéndome ridículamente vulnerable.
—Te lo juro. Pero tú prométeme algo —dijo—. Cuando tu cabeza se llene de mierda, antes de acusar, habla. Conmigo.
—Lo haré. Pero ahora dime que vienes a casa.
—¿Y por qué debería?
Me eché hacia atrás, incrédulo.
—¿Hablas en serio? ¿Todo esto no ha servido?
Ella se rio, suave.
—Solo quería escucharte un poco más. No todos los días el Thor del hielo se abre así.
—Vale —resoplé—. Te prometo que de camino a casa seguiré regalándote los oídos. Pero sube al coche. Estamos empapados.
Corrió hasta el asiento del copiloto con una sonrisa tan grande como la mía. Dentro del vehículo se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo; yo hice lo mismo y subí la calefacción al máximo. No estábamos mojados, estábamos directamente calados, como dos charcos humanos.
—¡Juraj! —exclamó, girándose hacia mí—. Estoy esperando.
—Vale, vale —arranqué el motor—. Tienes que volver porque mis hermanos te adoran, porque he llenado la casa de adolescentes y está todo invadido por comida basura, porque ya me he acostumbrado a escucharte cantar a David Bowie en la ducha y porque Anica necesita a otra mujer cerca que la entienda.
Ah, y también tienes que conocer al novio de Matej.
—Ajá —arqueó una ceja—. Todo eso está muy bien, pero no has dicho ni una sola razón que tenga que ver contigo. ¿Tú por qué quieres que vuelva?
—Venga, Kelsey, no hace falta…
—Oh, sí que hace falta, porque, si no, te pido que des media vuelta y me dejes en casa de Mischa.
—Maldita mujer —bufé, y ella ocultó una sonrisa—. Porque me he acostumbrado a tu presencia molesta.
—Uf, qué romántico. No me convence.
—Joder —me quedé callado unos segundos, debatiendo si decirlo o no—.
Porque desde que estás en casa todo funciona mejor.
No solo ellos están más felices, yo también.
Me has ayudado a ver las cosas de otro modo, a darme cuenta de carencias que ni siquiera sabía que tenía.
Cuando estás cerca me siento más tranquilo, más seguro…
y esa sensación constante de estar solo desaparece.
Todo me gusta más cuando tú formas parte de ello.
No la miré. No me atreví.
—A mí también me gusta estar con vosotros —reconoció al cabo de un momento—. A veces siento que formo parte de vuestra familia, y es bonito.
Le castañearon los dientes al final de la frase. Al mirarla, se frotaba los brazos. Se había quitado la chaqueta, aunque el vestido también estaba empapado. Mejor no comentar nada al respecto.
—Joder, estás temblando. Voy a parar en el área de servicio.
Tomé la salida, apagué el motor y abrí mi sudadera, que milagrosamente seguía seca.
—Voy a por algo caliente. Quítate esa ropa y ponte esto, o vas a pillar algo.
—Gracias —asintió, agarrando la sudadera con entusiasmo.
Me puse la cazadora empapada y salí corriendo bajo la lluvia.
El área de servicio estaba casi desierta; era tarde y caía un diluvio de los que calan hasta los huesos.
Me atendieron rápido. Al volver, di un golpecito en la ventanilla por pura inercia —ironías de la vida, teniendo en cuenta que ya la había visto desnuda—.
Sacudí ese pensamiento y lo mandé a la esquina más oscura de mi cabeza.
Kelsey abrió la puerta y me metí en el coche. Coloqué las bebidas en el portavasos y me quité la chaqueta mojada, lanzándola a los asientos traseros.
—¿Mejor? —pregunté, repasándola sin disimulo.
La cremallera de la sudadera estaba medio bajada y dejaba ver un poco de escote; la chaqueta, demasiado grande para ella, se le había subido unos centímetros. Sus manos se movían bajo la tela, concentrada en algo.
—No te cortes —añadí con una sonrisa sesgada—. Sigue. Y si necesitas ayuda, solo dilo. Soy muy colaborador.
Se quedó quieta de golpe y bajó la mirada hacia su propio vientre. Si hubiera habido más luz, habría jurado que se le habían encendido las mejillas.
—Mal pensado —me dio un empujón—. Para tu información, estoy intentando quitarme las medias, pero están pegadas. ¿También vas a ayudarme con eso?
Oculté la sonrisa como pude y me incliné un poco hacia ella.
—Podría —dije, haciéndome el pensativo—. Pero luego no digas que no te advertí.
Antes de que pudiera replicar, mis manos llegaron a sus muslos.
Se tensó al instante. Joder, cómo disfrutaba de ese segundo exacto en el que se quedaba sin aire.
Ascendí lentamente por la cara interna de sus piernas, lo justo para provocarla.
Ella apretó las manos contra el bajo de la sudadera, agitada.
Aquello estaba empezando a ser peligroso incluso para mí.
—Quietecita —murmuré.
Tiré con firmeza de las medias. Se rasgaron de inmediato.
—¡¿Pero qué haces?! —exclamó, llevándose las manos a las piernas y mirándolas horrorizada.
—Ayudarte —me encogí de hombros—. Ahora ya puedes quitártelas sin pelearte con ellas.
Me miró un segundo y luego estalló en carcajadas mientras terminaba de deshacerse de los restos.
—Eres un cavernícola.
—Y aun así te encanto —le tendí el chocolate caliente—. Bebe. No te iba a traer un capuchino a estas horas.
Dio un sorbo, levantó los pies hacia las rejillas de la calefacción y puso esa cara rara que pone cuando algo le gusta demasiado.
—Esto está muy bueno —admitió—. A veces dan ganas de comerte.
—Sí, eso ya lo he notado —reconocí sin pensarlo—. Sobre todo antes, justo cuando estaba tan cerca de tu sexo.
—Puf, siempre tienes que estropearlo todo.
—¿Por decir lo evidente? —me acerqué un poco más, bajando la voz—. Cuidado, porque como vuelva a acercar la mano y estés mojada, te juro que no respondo.
—Ni se te ocurra —advirtió sin apartar la mirada—. Porque, como lo hagas, yo también podría empezar ciertas investigaciones entre tus piernas. Y estoy bastante segura de que ahí dentro se esconde una erección considerable.
—Guau —sonreí, ladeando la cabeza—. Me encanta cuando hablas con esa seguridad, aunque me da que no eres tan atrevida como presumes.
—No me hace falta —contestó tranquila—. Con bajar un poco la mirada ya salta lo evidente. Y prefiero que no tengamos un accidente.
Suspiré, derrotado. O eso quise hacer ver.
—Vale, punto para ti, princesita. Has ganado esta.
—¿Esta? —arqueó una ceja.
—Sí —arranqué el coche—. Ya veremos qué pasa cuando lleguemos a casa.
—¿Cómo que cuando lleguemos a casa?
No contesté. Solo sonreí.