Capítulo 29 #2
—Estoy bien. Y no, no lo he visto —mentí. Odiaba mentir, pero ¿qué coño iba a decirle? «Oye, Conor, que Liam se está liando con otro y te va a mandar a la mierda».
—Voy a buscarlo.
—¡No! —lo agarré del brazo antes de pensarlo.
—¿Pero a ti qué cojones te pasa?
—Nada, no me pasa nada. ¿Qué me iba a pasar? —forcé una sonrisa—. Venga, juega conmigo.
Le lancé el balón.
—No me apetece.
—¿Qué pasa, entrenador Flanagan? ¿Pesan los años ya?
Me miró de arriba abajo, ofendido. Justo lo que esperaba. Era competitivo como él solo y, joder, estaba en forma. Nadie diría que había dejado el hockey; en los entrenamientos seguía siendo uno más.
—Niñato, te va a pesar a ti otra cosa. Vamos, empieza.
Me devolvió la pelota y nos enzarzamos en un uno contra uno de esos en los que las reglas se inventan sobre la marcha, pero da igual porque lo importante es ganar… o perder con dignidad. Al final lo dejé ganar por un punto. Uno solo.
—Ahí lo tienes —resopló—. El número uno.
—No te emociones, irlandés. Has tenido suerte —seguí provocándolo—. Pero mírate, estás reventado. Y mírame a mí.
—Si estás así es gracias a ese irlandés que tienes de entrenador, que no te permite ni respirar.
—Ay, no —bufó Kai a nuestra espalda—. No empecéis con Irlanda y Eslovaquia, por favor. Siempre igual…
Nos giramos los dos a la vez.
—Tú no te metas, inglés.
—Uf, creo que he llegado en mal momento —dijo Liam al acercarse.
Me tensé al instante.
Conor se le echó encima y lo estrujó contra su pecho. No miré. Si lo hacía, no iba a poder disimular nada.
—¿Qué tal tu madre? —se interesó Conor.
—Bien, pero echa mucho de menos a mi padre. Iré a verla uno de estos días.
Me alejé hacia donde Kai había dejado una botella de agua. No tenía sed, pero necesitaba hacer algo con las manos. Aquello me estaba revolviendo por dentro.
—Quizá esta vez pueda acompañarte —añadió Conor.
—Quizá —respondió Liam, sin ningún entusiasmo.
—¿Por qué no os quedáis a jugar? —propuso Kai.
Bendita interrupción.
—Sí, tengo ganas de cerrarle la boca de una vez al eslovaco engreído —espetó Conor.
—Quédate tú, amor —dijo Liam—. Yo estoy un poco cansado.
—Voy contigo. Que se maten estos dos —dijo, señalándonos—. Kai, tío, nunca pensé que diría esto, pero, aunque odio a los ingleses con toda mi alma, te excluyo a ti, que eres como una mutación americana. Hoy quiero que ganes y machaques al eslovaco.
Nos echamos a reír.
Me quedé mirándolos mientras se alejaban hacia la casa. Y, joder, qué fácil parecía todo desde fuera. Qué normal. Qué sólido.
Y, aun así, aquella relación que parecía invencible no tenía nada de eso.
Era demasiado frágil. A punto de romperse.
—Ey —me lanzó la pelota—. Tío, estás ido. O vuelves del sitio al que se acaba de ir tu cabeza o me piro a casa, que aquí fuera hace un frío horrible.
—Sí, perdona. Vamos —respondí, sacudiendo la cabeza.
Empezamos el uno contra uno entre risas, empujones y comentarios fuera de lugar. Kai se movía rápido, ligero, como si el frío no le afectara en absoluto. Yo fallé la primera entrada y él no perdió la oportunidad.
—¿Eso era un tiro o estabas pensando en Kelsey otra vez?
—Cierra la boca y defiende —le respondí, pero me reí.
—Ajá. Confirmado. Punto para mí.
Cada vez que paraba una jugada o me robaba el balón, ahí estaba su voz. Kelsey por aquí, Kelsey por allá.
—Cuidado, Novák, que te vas a enamorar.
—Eres insufrible.
—Y tú estás distraído.
Ganó. Por poco, pero ganó. Al final nos apoyamos en el poste, los dos jadeando, riéndonos como idiotas mientras bebíamos agua directamente de la botella.
—Quiero la revancha —dije—. Kai Jones, eres un miserable tramposo. Y, como no juegues limpio, empiezo a hablar de Mischa.
—Ni se te ocurra —me lanzó un chorrito de agua.
—Ponme a prueba, pequeño cabroncete. Y, por cierto, ¿qué coño son esos pelos? Te veo así, sudado, con el flequillo en la cara y pienso que la fisio tenía razón: pareces el puto Slash.
Sonrió escasamente. Y ahí lo pillé.
—No me digas que esa melena tiene algo que ver con la fisioterapeuta…
—Perdí una apuesta con River —se encogió de hombros.
Me eché a reír.
—Qué pringado.
—No menos que tú, camello de los dulces —me devolvió.
—Ni me lo recuerdes. Esa mujer es peligrosa. No se le puede decir que no. Mira a Hughes, cuando está con ella es un dulce gatito.
—Ya, pero es imposible no adorarla.
Asentí. River era buena en todo y con todo el mundo.
Kai me miró de reojo.
—Venga. Ahora me vas a contar qué pasó con Kels. Ella no nos dijo mucho, solo que no os entendíais y que tú eres un insoportable con corazón de hielo y normas rígidas como un palo.
—Para no querer decir nada, soltó bastantes perlas sobre mí.
—Hombre, algunas son ciertas —se rio—. O casi todas.
Le di un empujón.
—¿Vas a contármelo o no?
—No hay nada que contar. Tonterías.
—Claro —bufó—. Mira, mi teoría es esta: os estáis pillando el uno por el otro y, en vez de hablar, peleáis. O peleáis y folláis. Pero hablar ayuda, te lo digo yo.
—No follamos. Solo peleamos. Y no hablamos porque no hay nada que decir.
—Jodeeer, esto es histórico —se llevó la mano al pecho—. Juraj Novák sin acostarse con una mujer que le gusta. Esto hay que grabarlo.
—Cierra la puta boca, Jones.
—Es que hay más —siguió, exagerando—. El dios del hielo ha salido de su trono y ha ido detrás de la chica. Fantasía pura.
—Paso de ti. Me largo.
—Eh, no, no. Si has llegado hasta aquí, ahora no me dejes con la película a medias.
Tiró de mí justo cuando escuchamos un coche.
—Oh, oh… —sonrió—. Demasiado tarde. Kelsey está aquí.
El corazón me dio un golpe seco en el pecho y maldije por dentro ese arrebato que me había llevado hasta allí.
Desde donde estábamos vimos a Mischa y a Kelsey bajar del coche.
River nos saludó con una sonrisa que prometía interrogatorio intenso en la próxima sesión de fisioterapia; negué con la cabeza, no estaba preparado para eso.
Jordan, al volante, también saludó, más seca.
Nunca comprendí muy bien por qué no terminaba de caerle en gracia.
Siempre fue correcta, pero esa distancia…
daba igual. No necesitaba caerle bien a todo el mundo, bastante tenía con sobrevivir al día a día.
—Hola, chicos —saludó Mischa, efusiva, dándome un beso en la mejilla antes de lanzarse sobre Kai.
Suspiré. Eran todos más empalagosos que una tarta de merengue.
Cuando el coche se fue, Mischa volvió la atención hacia mí.
—No sabía que os ibais a juntar esta noche.
—Yo tampoco —soltó Kai—, pero ha merecido la pena. Le he dado una paliza en baloncesto.
Eso era debatible, pero no iba a entrar ahí.
—Kai, estás empapado —apreció Mischa, apartándole el pelo de la frente—. Deberías ducharte. Tú también, Juraj, si quieres. Vamos dentro, hace mucho frío.
—No.
La palabra se me escapó antes de poder meditarla.
Demasiado firme. No quería distracciones ni charlas de relleno.
Entonces la miré a ella… y joder. Kelsey estaba seria, quizá molesta, y aun así guapísima.
Las sombras oscuras marcándole la mirada, los labios perfectos, esos rasgos a medio camino entre lo salvaje y lo dulce.
Como si no perteneciera del todo a este planeta.
—No quiero una ducha, no quiero entrar en vuestra casa y no he venido de visita —manifesté sin apartar los ojos de ella—. He venido a hablar contigo.
—Pues siento que te hayas tomado tantas molestias —respondió, pasando a mi lado—, porque ya te he dicho que no quiero hablar contigo.
Le corté el paso.
A la mierda. No iba a irme ahora.
—Lo siento, ¿vale? —solté, ya agotado—. He sido un capullo.
Uno enorme. Jamás debí insinuar lo que insinué.
No te lo merecías. Desde que entraste en mi casa no has hecho otra cosa que ayudar a mis hermanos y a mí.
Estás en tu derecho de no perdonarme, pero dame cinco minutos.
Solo cinco. Después, si no quieres volver a verme, no insistiré más.
Silencio. Nadie se movió.
Ella respiró hondo y levantó la vista.
—Cinco minutos. Ni uno más. Y no te los mereces.
—Bueno, nosotros entramos —añadió Kai a nuestra espalda—. Os dejamos.
La puerta se cerró y todo se redujo a los dos.
Me acerqué al coche, me puse la cazadora y me apoyé en el capó. Aquello iba a doler.
—No confío en la gente —empecé—. Nunca lo he hecho.
Todos los adultos que estuvieron a nuestro alrededor nos fallaron de una forma u otra.
Comprendí que nadie da nada gratis, que siempre hay algo detrás.
Con ellos —señalé la casa— estoy aprendiendo que no siempre es así, pero aun de ese modo me cuesta. Me aterra abrirme.
Tragué saliva.
—Cuando te vi allí, con él, mi cabeza se fue directa a lo peor. Porque siempre hemos vivido ahí, en lo malo. Mi cerebro ya ni considera que pueda haber otra opción. Está tan acostumbrado a perder que espera la traición incluso cuando no existe.
La lluvia empezó a caer suave, pero ninguno contempló la opción de moverse.
—Me dolió —reconoció ella—. Mucho. Pensé que tú me conocías. Justo tú. Con quien nunca he fingido, con quien he sido todas mis versiones. Y aun así dudaste de mí.
—Lo sé —acepté—. Veros juntos me bloqueó. Aunque cuando te miré a los ojos… algo dentro de mí gritaba que eras inocente.
—Pero me acusaste igual —replicó, sin dureza—. No me diste ni el beneficio de la duda.
—Porque quizá era más fácil pensar que eras como todos y no aceptar esto otro.
—¿Esto otro qué es? —preguntó en voz baja.
Me acerqué. Le aparté el pelo mojado del rostro y la sostuve entre mis manos, secándole las mejillas con los pulgares.
—Eres todo lo que me da miedo —susurré—.
Contigo me abro como nunca. Me has visto llorar, derrumbarme, perder el control.
Has cambiado mi vida y la de mis hermanos.
Has roto mis normas, mis muros… y me has dejado expuesto.
Y tengo miedo, Kelsey. Miedo de que me traiciones, porque entonces no sabría cómo afrontarlo.
Ella llevó sus manos a mi rostro y me obligó a mirarla. Pegó su frente a la mía.